Religión y teopoética

Por: Galán Madruga

«¿Qué seríamos sin la ayuda de lo que no existe?»

Paul Valéry

El hombre ha creado para sí mismo la religión en la que cree. El siglo XXI se está globalizando, entre otras cosas por la influencia de las religiones, pero la persistencia cultural de las tradiciones religiosas se mantiene a través de cómo la fe es capaz de crear mundos enteros a partir de meros pensamientos. Desde la antigüedad, las religiones no sólo se han aliado con los imperios seculares de la historia, sino que no sólo les han proporcionado legitimidad, sino que han bajado el cielo a la tierra haciéndola hablar. Este poder va más allá de todo lo que los imperios mundanos prometen y son capaces de hacer. Quien llega al cielo obtiene una visión total. Este es también el origen del talento único de los religiosos. Promueve lo que dice: un «símbolo de inmunidad cósmica» que promete una amplia protección en la creencia de los poderes celestiales.

Aquí hay una pista a seguir. Las formas y estrategias del discurso religioso son de interés ahora. La teopoética toma la palabra de los mundos narrativos y pictóricos de las religiones de este mundo. Las religiones son «sistemas de formación», tal y como lo fue la Paideia. Los que creen entrenan la vida y la supervivencia con referencias trascendentes de sentido. La compulsión de la repetición ritual de las oraciones y los servicios permite la seguridad del comportamiento no sólo en las crisis y en las angustias existenciales. También proporciona un repertorio de orientación en la vida cotidiana de los procesos normales y libera esa coherencia de vida a gran escala que todavía se demuestra ante la muerte con esas perspectivas hacia el más allá que sólo el cielo ilustra.

El cielo ilustra la pantalla protectora psicosocial que avanzó a la imagen de la verdad en la creencia en el Dios que creó el cielo y la tierra. Al principio estaba la vista hacia arriba. En el proceso de imagen, toma la terquedad simbólica y, en el ascenso metafísico, la lleva al contenido de realidad del Dios creído. El deus ex machina debe su existencia a esa productividad teopoética de cuyo material están hechas las religiones. Las imágenes y los conceptos lingüísticos liberan conexiones, como lo marca la imperceptible transición del subjuntivo al indicativo: Lo que se cuenta en los cuentos puede hacerse realidad en ellos.

De eso se alimenta lo religioso: del excedente de la capacidad de crear sentido. En consecuencia, las tradiciones religiosas avanzadas elaboran la retirada del objeto buscado, que toma forma de esta manera: como trascendencia. Dios se queda en el decir lo indecible. La paradoja que puede formarse lingüísticamente se convierte en la ley del pensamiento religioso, que de este modo se ayuda a sí mismo a ser – como una escalada lingüístico-lógica. Se puede rastrear las conexiones que los pensamientos y las palabras permiten en esos extraños mundos de la imaginación que están en funcionamiento teológicamente en parte hasta el presente.

La imaginación religiosa, que inventó el concepto hace tiempo, perdió su inocencia. Hace que la transición de la concepción teopoética a la realidad de la fe sea vívida como auto persuasión: en la adhesión a fórmulas y esquematizaciones, que de este modo adquieren algo de objetivo, a saber, en el carácter autor representativo de una tradición firmemente arraigada. En las comunidades de fe, trabajan desde dentro.

En este sentido, las religiones pertenecen, pues, al laboratorio de los proyectos de auto creación humana. Con lo que el hombre crea, se crea a sí mismo. Los conceptos del Dios Creador acuñan la correspondiente creencia en moneda dura de la realidad al pretender activar la energía creativa de Dios. En definitiva, el Espíritu de Dios del que habla el cristianismo se manifiesta en el acto de habla. «En el principio era el Logos, y el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios». El preludio del Evangelio de Juan pone en marcha la representación teopoética por excelencia: la coalición de Dios y el hombre en el acto de habla del evangelista, con el que su Jesús monta el escenario del drama de la salvación que sigue.

Gracias a este acercamiento, que luego llegó a la equiparación, el dios o Dios entró de lleno en su apariencia humana y en sus expresiones lingüísticas. En consecuencia, Jesús no sólo se convirtió en un teólogo en persona, es decir, en la fuente del discurso de lo alto en un escenario terrenal, sino que también fue, al menos desde un punto de vista retrospectivo, el propio Dios hablante, no como un actor que recita la prosa de un papel, sino como un intérprete que logra hablar su texto extemporáneamente.

Los que creen entrenan la vida y la supervivencia con referencias trascendentes de sentido. En este modelo queda claro de qué es capaz la teopoética. Consigue la autogeneración de la fe como un mundo completo. Hay que admitir que se trata de «espejismos que se producen cuando el lenguaje celebra». Una vez que se ven a través, pierden adherencia. Y así, bajo las condiciones de esa modernidad todo lo que queda del panóptico religioso es «lo que queda de las cosmovisiones arcaicas y altamente culturales después de deducir las expresiones de vida pragmática y secularmente sustituidas». Hay que reconocer que las religiones en este desvío siguen entrando en la zona de beneficios. La libertad de religión puede, pensarse por primera vez de forma coherente cuando «la religión establecida, junto con su moral tradicionalmente omnímoda, sólo puede simular su hipercompetencia para todos los ámbitos, que antes se daba por supuesta». Más allá de todas las funciones, puede desplegar su poder narrativo de creación de mundo. La religión no es menos, pero tampoco más que el arte de la teopoética pura.

El hecho de que Thomas Mann, con su gran relato de José y sus hermanos, no solo «refuncionalizó el mito en lo humano» sino que, según su propia información, practicó formalmente la teología combinando la «invención de Dios» bíblica con la idea de que Abraham pensó a Dios, que Dios de esta manera se puso en juego, esta idea performativa de la revelación merecería una discusión propia. El teopoeta ya no puede interesarse por ello. Ya sabe todo lo que hay que decir sobre la religión.

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