Eddy Campa: en lucha contra fuerzas superiores

Por Leopoldo Luis

He leído Curso para estafar y otras historias. Casi de inmediato abrí las páginas de Boarding Home, porque reencontrarme con ese texto era casi una deuda que traía desde Cuba, donde primero supe que existía esa novela; que alguna vez existió un tipo llamado Guillermo Rosales, y que ambos –novela y autor– eran casi una obsesión para ciertos jóvenes narradores, que se burlaban del canon como de un artículo en Granma sobre el cumplimiento de un plan de producción de leche.

No voy a detenerme en Rosales, a quien, no voy a negarlo, llegué atraído por el desconocimiento. “A uno siempre le interesa lo desconocido”, diría Ernesto Sábato. Más que por desconocimiento, fue por ignorancia total que me acerqué a Eddy Campa, es decir, a los poemas y relatos de Eddy Campa (que es la mejor manera en que uno puede acercarse a un escritor). No es una metáfora: me refiero a la ignorancia cabal que nos abofetea en público, cuando descubrimos fuera de tiempo lo que muchos a tu alrededor ya han descubierto.

Un poco antes de leer Curso para estafar y otras historias había visto un video de Campa leyendo sus poemas en una Feria del Libro de Miami. Eran textos de Little Havana Memorial Park, publicado a escasas millas de La Habana, donde ni el fantasma del poeta fuera admitido en peñas y tertulias literarias. Nadie –absolutamente nadie– mencionó su nombre jamás en mi presencia. Vine a Miami sin saber que alguna vez vivió en ella alguien de apellido Campa, negro, marginal; que dormía en las calles, vendía manillas de bronce como si fueran de oro y escribía viñetas magníficas, entre realidad y ficción, que manos amigas conservaron cuando el autor desapareció como por arte de magia, sin dejar la más mínima pista sobre su paradero.

Llegado a este punto cabría recordar –siguiendo a Planiol y Ripert– que desaparecido es aquel que con toda probabilidad ha muerto, mientras que la ausencia es existencia que no se puede establecer por ningún hecho, y en cuyo caso el fallecimiento tampoco podría probarse. Si nos apegamos a la doctrina jurídica francesa, Eddy Campa vendría a ser el gran ausente de la literatura cubana; incluso de esa literatura cubana producida en exilio, que nace marcada por la indiferencia, ignorada olímpicamente por académicos y lectores (no solo dentro de la Isla).

En fin, que compré Curso para estafar y otras historias a muy buen precio en Amazon, editada en 2018 por el sello Hypermedia, con aclaración expresa de que los derechos corresponden a la editorial, así como a los herederos de Leandro Eduardo Campa (La Habana, 1953). La nota no debería pasar inadvertida, habida cuenta de que la desaparición del escritor es un hecho público y notorio, mas dudo que complementado por una declaración judicial de presunción de muerte. Devaneos jurídicos aparte, los relatos que componen este libro son una maravilla.

Yo habría suprimido ciertas reiteraciones, pero lo que un tipo obsesivo/compulsivo como soy hiciera con un texto, resultaría poco menos que intrascendente. Por ejemplo, habría evitado decir que abrió sus puertas el pulguero de la 37 avenida y la 7 calle del northwest de Miami, o que el protagonista de la historia apuraba el paso hacia el supermercado Sedanos, en la 12 avenida y Flagler Street en Miami, porque es obvio que las historias del Curso para estafar transcurren en Miami, no en Madrid o La Habana. No mencionaré qué más cambiaría, porque el impulso de cambiar lo escrito por otra persona –incluso por uno mismo– puede arruinar la más espiritual de las lecturas. Me limitaré a repetir: el libro en sí mismo es una maravilla.

En menos palabras: si la literatura es artificio, la de Eddy Campa es suma de imaginación, poesía y lecturas infinitas; pero a la vez simpleza ejemplar, capaz de condensar todo un tratado filosófico-callejero en par de párrafos. El narrador se regodea en su propia carga cultural, la vuelca sin contemplaciones en una prosa volátil, que pasa ante tus ojos sin tiempo para cavilaciones. “En la arena de Miami Beach, de noche, el joven H. se arrastra como una culebra y le sustrae la cartera a las parejas que hacen el amor”. O bien: “Había oscurecido cuando llegué a mi cuarto. Me senté en el borde de la cama con los billetes de a veinte, de a diez y de a cinco en las manos. La necesaria purificación nocturna, dijera San Juan de la Cruz”. Y también: “El policía siguió hablando, y mientras hablaba, yo recordé un cuentecillo de Schiller que aparece en su libro Cartas para la educación estética del hombre”.

Mas si la literatura fuera mero ejercicio destinado al goce estético, la de Eddy Campa es entonces resta de excesos prescindibles; ajena por completo a los recursos morales y sin embargo humana. Por último, diría que este recuento de pobrezas está dotado de una espiritualidad enorme, a la que no falta buen humor (no dejen de leer el cuento de los joyeros que se lanzan prendas como si fueran proyectiles en pleno downtown de Miami).

Mucho más corrosivo es el humor con que narra el atropello a que lo somete un policía en un parque de Miami Beach, o en el bayside, no viene al caso. El uniformado lo increpa, viola sus derechos, le pide que vacíe sus bolsillos y Eddy –el sujeto narrativo Eddy– cumple su rol de sometido; prueba su inocencia y recibe con aplomo autorización para marcharse, no sin antes recoger sus escasas pertenencias, entre ellas un ejemplar de El contrato social de Rousseau.

En Sagua la Grande, hace 20 años, un libro me devolvió la paz en medio de una batalla cotidiana por la supervivencia del espíritu. Era la Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez. Esa historia no viene al caso, pero ¿qué inexplicable conexión me lleva a recordar ahora una lectura como aquella?

A los que han leído al autor de El rey de La Habana les dejo este fragmento:

“Ser o no ser: he aquí el dilema. Es más noble para el espíritu sufrir los golpes y dardos de la airada fortuna o armarse contra un Piélago de calamidades y…”

–Pero no acabas de venirte y ya yo tengo que irme. Qué tú te crees, que voy a estar aquí mamando toda la vida.

–Espérate, ya voy a venirme.

¿Será que hay un Zeitgeist al que no escapan escritores que viven en tiempos similares, aunque en entornos diferentes?

En todo caso, el propio Eddy nos deja una respuesta plausible: “A todo poeta, si es verdadero, se le niega el presente, por eso tiene que luchar siempre contra fuerzas superiores”.

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