Buchú, sírvete la copa rota

Por: Galán Madruga

En épocas recientes, el interés por escuchar a los mentirosos ha disminuido considerablemente. Antaño, era un arte digno presenciar los grandes espectáculos de esta retórica sofisticada, pero hoy en día, tal hazaña es completamente imposible. Aquellos eran tiempos distintos. ¿Qué ha sucedido con Buchú, nuestro eminente maestro? ¿Dónde se ha ocultado? Los viajes a Playa Albina han disminuido.

En aquellos tiempos, todos estábamos absortos en el arte de mentir; cada día aumentaba el interés por la mentira. Anhelábamos verlo al menos una vez a la semana. En las últimas presentaciones de Buchú, había quienes pasaban horas sentados frente a su silla Luis XIV, decorada con oro y terciopelo. Incluso se llevaban a cabo dos exhibiciones semanales, una durante el día y otra durante la noche, donde los vítores realzaban el efecto. Había ocasiones en las que Buchú, al ritmo de la conga Carabalí, llevaba su letrado a las calles y al aire libre, mostrando su arte de mentir. A sus escasos 12 años, ya había leído las obras completas de Nietzsche y Freud.

Para muchos intelectuales recién llegados, clasificados por el sabio mentiroso como charlatanes de barrio, aquellos versados en ciertas obras literarias eran poco más que una broma a la que se sumaban por moda. Sin embargo, los ingenuos observadores, tomados de la mano por prudencia, miraban con asombro y admiración a aquel Rey de Copas envuelto en una parafernalia extravagante. Vestido al estilo francés con pliegues al estilo Watteau, portando prendas de primera piel como la mantilla utilizada por los antiguos monarcas, Buchú, desdeñando la comodidad de un asiento, yacía tendido en la alfombra extendida sobre el suelo.

A veces saludaba con una corta respuesta o una sonrisa forzada a las preguntas que se le dirigían. En ocasiones, asomaba un brazo entre la multitud para hacer alarde de su brillantez y luego volvía a sumirse en su propio mundo interior, sin preocuparse por nadie ni por nada, ni siquiera por el avance del tiempo, el cual era tan importante para él. El reloj, la única pieza de mobiliario visible en aquel lugar, pasaba desapercibido. Buchú se quedaba mirando al vacío, con los ojos entreabiertos, y solo ocasionalmente pronunciaba palabras cuyos significados no se encontraban en el Diccionario de la Lengua Española.

Aparte del público, que continuamente se renovaba, también estaban presentes eruditos designados por la Academia y las vacas sagradas (aunque, curiosamente, solían ser más rollo que película). Siempre debían estar tres eruditos presentes al mismo tiempo y su misión era observar al Sabio para evitar que, de alguna manera oculta, consultara un diccionario. Sin embargo, esto era simplemente una formalidad introducida para tranquilidad de los asistentes, ya que estos sabían muy bien que «Don mentira», durante el tiempo de la exhibición, bajo ninguna circunstancia, ni siquiera por la fuerza, recurriría a ningún conocimiento ajeno; el honor de su profesión se lo prohibía.

En realidad, no todos los eruditos, editores, correctores y críticos eran capaces de comprender esto. En muchas ocasiones, grupos de eruditos vigilaban de manera muy laxa, reunidos a propósito en algún rincón, sumidos en partidas de cartas con la intención manifiesta de darle un breve respiro al mentiroso. Durante ese tiempo, según su parecer, él podría extraer secretas provisiones de conocimiento de algún lugar desconocido. Se preguntaban de dónde surgía la mentira. Nada atormentaba tanto al mentiroso como aquellos guardianes del conocimiento; le perturbaban y dificultaban enormemente sus mentiras. En muchas ocasiones, Buchú se sobreponía a su falta de fidelidad como lector y escritor y cantaba un verso memorizado durante toda la exposición para aliviar la vigilancia, siempre que le quedara espacio para demostrar a la gente la injusticia de sus sospechas. Pero esto tenía poco efecto, ya que entonces se maravillaban de su arte de mentir, incluso le permitían plagiar mientras cantaba el verso.

Eran muy destacados para Buchú los eruditos que se adherían a él para vigilar cualquier tipo de fraude. Durante las exposiciones nocturnas, los eruditos se aseguraban de que la sala estuviera adecuadamente iluminada. La luz cruda no le molestaba; en general, él permanecía inmóvil, pero incluso con una leve transposición de la luz, en cualquier momento, incluso con el brillo de una multitud ruidosa, podía perturbarlo. Siempre estaba dispuesto a pasar toda la exhibición en perfecta inmovilidad, mirando al frente; estaba dispuesto a bromear con ellos, contarles historias de su vida pasada como niño prodigio y, a cambio, escuchar las suyas, todo para mantenerse discreto y serio, y para demostrarles que no necesitaba un diccionario y que podía citar frases completas y poemas enteros de su propia creación. Irónicamente, la historia ha fallado.

Sin embargo, cuando se sentía dichoso, erótico y lleno de placer, era durante las exposiciones diurnas, donde sugería a los eruditos que consultaran un gigantesco diccionario de voces cubanas casi razonadas. Era un maestro en eso. Ciertamente, había quienes veían en ese diccionario gigantesco un soborno descarado, pero el arte de mentir continuaba su curso, incluso cuando los eruditos fiscales mantenían sospechas de que Buchú ocultaba algo.

El ocultamiento ya formaba parte de las sospechas inherentes a la profesión del mentiroso. Las fuerzas se habían agotado y los eruditos no estaban dispuestos a seguir al lado de Don mentira. Nadie podía saber por experiencia propia si realmente había mentido continuamente durante la exposición; solo el mentiroso podía saberlo, ya que era el único espectador plenamente satisfecho de sus propias mentiras.

¿Acaso no era la mentira la causa de su forma redonda de reyezuelo, vestido con elegancia hasta los pies y con ansias de grandeza, que aquellos presentes, a su pesar, se veían obligados a evitar por no poder soportar su vista? Tal vez su amplitud epistemológica y su erudición literaria provenían de su propio descontento. Solo Buchú sabía, solo él y ninguno de sus seguidores, lo fácil que era decir una mentira.

Lo más fácil del mundo. No lo ocultaba, pero nadie le creía; en el mejor de los casos, lo tomaban por modesto, ingenioso y refinado, pero en general, lo consideraban un charlatán o un despreciable farsante que encontraba la mentira fácil porque sabía cómo decirla de manera sencilla y tenía el cinismo de dejarlo entrever. Debía soportar todo esto y, con el paso de los años, se había acostumbrado a mentir como forma de vida. Pero en su interior, siempre lo corroía el descontento y al final de sus mentiras, en relación con esta justicia, había abandonado el escenario con quejas entrecortadas:

«¡Camarero, sírveme la copa rota!»…

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