Por El Coloso de Rodas
En las Palabras Preliminares —una sección que puede ser leída como introducción, prólogo o incluso como un ensayo de apertura— Jorge Mañach articula una meditación de notable densidad intelectual sobre la obra Diálogos sobre el Destino del doctor Gustavo Pittaluga. Desde las primeras líneas, Mañach no se limita a enmarcar el libro dentro de una circunstancia literaria o cultural específica, sino que despliega un análisis que penetra en la urdimbre filosófica del texto. Al hacerlo, no sólo recupera las preocupaciones fundamentales que atraviesan la obra de Pittaluga, sino que propone una lectura crítica del drama histórico cubano: la ausencia persistente de un horizonte colectivo que otorgue sentido al devenir nacional. En este gesto, el texto introductorio de Mañach trasciende el mero acompañamiento crítico para convertirse en un ensayo autónomo que diagnostica, con rigor conceptual y compromiso cívico, la crisis de dirección histórica que aqueja a Cuba.
La presentación de la obra en el Lyceum de La Habana, institución cultural dirigida por mujeres y de gran prestigio en la sociedad habanera de la época, es leída por Mañach no como un simple dato anecdótico o protocolar, sino como una clave hermenéutica que permite iluminar uno de los ejes de sentido de la obra de Pittaluga: la centralidad de lo femenino en la configuración de un nuevo ethos nacional. En este punto, Mañach profundiza al sugerir que la figura de la mujer no se reduce a un símbolo marginal ni a una categoría decorativa dentro del entramado discursivo de Diálogos sobre el Destino, sino que ocupa un lugar axial. Para Pittaluga —y así lo subraya Mañach— la mujer representa la encarnación de una intuición ética y cultural que puede servir como fundamento para reconstruir la identidad nacional. Más aún, la mujer no sólo aparece como depositaria de los valores sentimentales y morales del ethos cubano, sino que se proyecta como el elemento fundacional desde el cual puede pensarse una regeneración de la comunidad histórica. En este contexto, Mañach interpreta que la interlocutora femenina, con su autenticidad y hondura emocional, no es un personaje pasivo, sino el vehículo privilegiado para articular una interrogación profunda sobre el destino de la nación. De este modo, la obra de Pittaluga adquiere una resonancia mayor, al situar a la mujer como agente esencial en la tarea de repensar las raíces culturales de Cuba y en la construcción de un proyecto nacional.
En cuanto a las influencias filosóficas que nutren la obra de Pittaluga, Mañach establece una genealogía que parte del pensamiento platónico y se prolonga en la tradición dialógica del Renacimiento, particularmente en figuras como Baltasar de Castiglione y León Hebreo. Sin embargo, subraya una distinción fundamental, a diferencia de los diálogos clásicos, cuya finalidad muchas veces se concentraba en la especulación filosófica o en la elaboración estética de conceptos, Diálogos sobre el Destino se define por un impulso pragmático, orientado a la transformación concreta de la realidad cubana. Es decir, Pittaluga no se limita a problematizar ideas en el plano abstracto, sino que utiliza el diálogo como un instrumento para interrogar las condiciones históricas de Cuba y para proponer líneas de acción. Así, la obra se presenta como un ejercicio de filosofía aplicada al campo de la historia nacional, una tentativa por intervenir en la vida pública mediante una propuesta racional y articulada que permita a Cuba encontrar un rumbo definido. En este sentido, Mañach identifica en la obra un llamado a la conciencia histórica, una exhortación a superar la dispersión y a consolidar un proyecto nacional cohesionado.
Precisamente en esta línea se inscribe una de las observaciones críticas más incisivas de Mañach, la denuncia de la falta de un propósito colectivo en el imaginario nacional cubano. Desde su perspectiva, la mayor debilidad de Cuba no reside en sus limitaciones materiales o estructurales, sino en su incapacidad para elaborar una visión común que oriente su acción histórica. La metáfora que utiliza —Cuba como una isla de corcho, que nunca se hunde, pero que carece de peso— es elocuente y devastadora. Con ella, Mañach sintetiza una crítica aguda, la nación flota en el tiempo sin anclaje ni dirección, sometida a la improvisación, al inmediatismo y a la fragmentación de sus esfuerzos. Esta falta de densidad histórica, de programa nacional, de voluntad compartida, es lo que impide a Cuba transitar hacia una forma madura de modernidad política y cultural. Frente a esta deriva, Diálogos sobre el Destino aparece, en palabras de Mañach, como un texto providencial, una advertencia que exige la formación de una conciencia colectiva orientada hacia el futuro.
Desde esta óptica, Mañach no solo interpreta la obra como una contribución intelectual de alto nivel, sino también como un gesto político, en el sentido más amplio y noble del término: un llamado a refundar la nación desde los cimientos culturales, morales y espirituales que le han sido propios. Esta dimensión es la que otorga a Palabras Preliminares su estatura singular, no se limita a glosar el texto de Pittaluga, sino que lo utiliza como plataforma para ensayar una crítica penetrante de la identidad cubana. Su escritura se convierte, entonces, en un vehículo que conjuga elegancia estilística y profundidad conceptual, y que, sin perder la fidelidad al texto que presenta, amplía su alcance hacia una reflexión mayor sobre el destino histórico de Cuba. El texto de Mañach, por tanto, no sólo diagnostica un malestar nacional, sino que propone una terapéutica, la constitución de una voluntad histórica compartida, capaz de organizar el deseo colectivo en función de un ideal superior.
La visión que articula Pittaluga en su obra no se limita al análisis de las condiciones sociales o culturales de la isla. Más allá de los datos empíricos o los razonamientos filosóficos, se encuentra una interpretación profunda del devenir cubano que integra los múltiples planos de la existencia histórica, lo político, lo demográfico, lo racial, lo cultural y lo espiritual. Desde esta perspectiva, el Dr. Pittaluga propone una lectura compleja del mestizaje, no como problema, sino como solución, lo plantea como una vía legítima y necesaria para la integración de una comunidad nacional plural. No obstante, su defensa del mestizaje no le impide sugerir —con prudencia y sin caer en biologismos o prejuicios étnicos— la conveniencia de una inmigración selectiva, orientada a enriquecer la cultura nacional sin desdibujar su identidad hispánica. Esta propuesta apunta a una visión de la nación como organismo dinámico, capaz de asimilar influencias externas sin perder su núcleo identitario. Es una visión que, al mismo tiempo, reconoce la tensión entre apertura y conservación, y que busca resolverla mediante una articulación armónica entre tradición y modernización.
Asimismo, Pittaluga aborda con claridad el problema de la creciente influencia de Estados Unidos en la vida nacional. Pero a diferencia de otros pensadores que adoptan posturas fatalistas o alarmistas frente a esta relación, él propone una mirada estratégica, percibe la interacción con Estados Unidos no como una amenaza inevitable, sino como una oportunidad que Cuba puede capitalizar, siempre y cuando conserve su matriz cultural española. En este punto, la cultura se convierte, en su pensamiento, en el eje fundamental de la estabilidad o el colapso de la nación. La cultura —entendida en sentido amplio, como sistema de valores, tradiciones, hábitos intelectuales y éticos— no es un adorno ni un lujo, sino el fundamento desde el cual puede diseñarse el futuro de la nación.
La crítica de Pittaluga también se proyecta hacia el presente cultural de la isla, que él percibe como desconectado del legado martiano y de las tradiciones intelectuales que en el pasado animaron el pensamiento cubano. Esta pérdida de densidad cultural, esta ruptura entre el presente y los ideales del pasado, es vista como un signo alarmante de decadencia. La cultura oficial, empobrecida y superficial, no logra vehicular los valores que podrían articular un nuevo proyecto nacional. En este diagnóstico, se advierte una llamada a reactivar la memoria histórica como recurso para el porvenir.
Frente a este panorama, Pittaluga no se queda en la queja ni en el pesimismo. Muy al contrario, se propone ofrecer soluciones concretas. Su planteamiento apunta a una transformación integral que exige un cambio en la conciencia colectiva, una conversión de la subjetividad nacional. En sus páginas, insiste en la necesidad de generar una nueva confianza en el destino común de los cubanos, una esperanza activa que no se agote en la denuncia o en la nostalgia, sino que se traduzca en acciones, en organización, en compromiso. Esta visión sólo será viable, según él, si la ciudadanía abandona su dependencia del azar, de la superstición y de la espera pasiva, y si abraza una ética del esfuerzo, la previsión y la voluntad esclarecida.
En este punto, su crítica a la actitud especulativa y fatalista de amplios sectores del pueblo cubano adquiere un matiz pedagógico. Pittaluga llama a la nación a superar su infantilismo histórico, a dejar de confiar en fuerzas externas o en milagros providenciales, y a asumir la responsabilidad de su destino. En este marco, Diálogos sobre el Destino se constituye como una propuesta integral de renovación cultural, moral y política.
Mañach concluye su lectura subrayando el carácter profundamente movilizador del texto. Lo que está en juego no es simplemente una teoría del destino, sino una invitación a construirlo. Lo que Pittaluga plantea, en última instancia, es una convocatoria al alma colectiva de Cuba, un imperativo para que la nación recupere su voluntad de ser y se dirija hacia una forma superior de existencia. Diálogos sobre el Destino, en este sentido, no es sólo una obra de filosofía, sino un acto de fe en la posibilidad de una Cuba unida, consciente y orientada por un ideal compartido.
Según Gustavo Pittaluga, el destino no se confunde con la sucesión inevitable de los acontecimientos ni designa una fuerza superior que hubiera fijado de antemano la suerte de los individuos y de los pueblos, pues comienza a existir cuando una comunidad, después de reconocer sus posibilidades, sus limitaciones y las obligaciones derivadas de su posición en el mundo, elige una orientación histórica y acepta el esfuerzo necesario para convertirla en obra. Mientras el porvenir pertenece al orden de lo desconocido, de cuanto puede sobrevenir sin que la voluntad consiga preverlo o dominarlo, el destino exige conciencia, elección y perseverancia, ya que no desciende sobre una nación bajo la forma de una sentencia ni se encuentra escondido en la geografía, la sangre o la economía, sino que debe ser pensado, escogido libremente y sostenido mediante una conducta capaz de prolongarse más allá de las urgencias del presente.
De esta distinción procede el argumento que enlaza los nueve diálogos, el monólogo y el epílogo reunidos en Diálogos sobre el destino, publicado en La Habana en 1954 después de que una parte de sus materiales fuera transmitida por la Universidad del Aire, el proyecto de divulgación cultural dirigido por Jorge Mañach, donde Pittaluga había encontrado un medio apropiado para trasladar la meditación sobre Cuba fuera de los recintos académicos. El libro, merecedor del Premio Ricardo Veloso de la Cámara Cubana del Libro y considerado por Salvador Bueno una obra fundamental para la interpretación del país, avanza desde una pregunta filosófica hacia el examen de la geografía, la historia, la población, la economía, la cultura, la política y la educación moral, materias que no aparecen yuxtapuestas, puesto que cada una aporta una condición sin la cual la nación continuaría incompleta.
La forma dialogada, lejos de servir como ornamento literario, permite que las afirmaciones sean sometidas a preguntas, reparos y rectificaciones, mientras la interlocutora, presentada con frecuencia como una amiga inteligente que escucha y contradice, parece representar a la propia Cuba, deseosa de comprenderse aunque todavía insegura ante el diagnóstico que recibe. Pittaluga evita así el tratado cerrado y dispone una conversación en la cual el conocimiento nace del intercambio, elección particularmente adecuada para un libro que niega toda definición obligatoria del destino, pues una nación solo puede escoger su rumbo después de discutirlo y reconocer como legítima la pluralidad de voces que intervienen en su elaboración.
La condición de extranjero incorporado a la vida cubana explica una parte de la singularidad del examen, dado que Pittaluga, nacido en Florencia, formado en Italia, establecido durante décadas en España y acogido por Cuba después de la Guerra Civil, observaba la sociedad republicana desde una cercanía que no había borrado la distancia crítica. Su experiencia del exilio le permitía reconocer la fragilidad de las instituciones, la facilidad con que una nación puede perder la dirección de su historia y la necesidad de convertir el país de acogida en una responsabilidad personal, de manera que su mirada reunía el diagnóstico del médico, la amplitud del humanista y la preocupación del ciudadano que había encontrado refugio en una isla cuyo futuro comenzaba a considerar asunto propio.
Cuando sostiene que Cuba posee un pueblo pero todavía no ha concluido la formación de la nación, Pittaluga no desconoce las guerras independentistas, la existencia de una cultura diferenciada ni los sentimientos compartidos que habían acompañado el nacimiento de la República, sino que señala la distancia existente entre la soberanía jurídica y la madurez de una comunidad capaz de ordenar los intereses particulares bajo una finalidad común. La bandera, la Constitución y el reconocimiento internacional acreditan la existencia del Estado, aunque no garantizan por sí solos una conciencia histórica, sobre todo cuando la política permanece sometida a la improvisación, la economía depende de los ciclos del azúcar y buena parte de la sociedad espera de la suerte cuanto debería proceder de la disciplina pública.
Aunque ningún ideal nacional llega a realizarse enteramente, su condición inalcanzable no lo vuelve inútil, puesto que proporciona dirección, establece prioridades y ofrece una medida desde la cual pueden juzgarse las decisiones colectivas. Un país puede atravesar períodos de prosperidad sin haber definido su destino, pero esa prosperidad queda a merced de los precios internacionales, de los intereses dominantes o de la aparición de un jefe que prometa resolver mediante su voluntad las contradicciones acumuladas, mientras la conciencia del destino obliga a relacionar cada beneficio inmediato con una obra que exceda la duración de un gobierno o de una generación.
Al rechazar que la producción y la distribución de la riqueza expliquen por sí solas la conducta social, Pittaluga no disminuye la importancia de la economía, a la que dedica uno de sus análisis más detenidos, sino que discute el determinismo que convierte las instituciones, los sentimientos y la cultura en consecuencias mecánicas de las relaciones materiales. Los pueblos actúan también bajo el influjo de hábitos, temores, creencias, prejuicios y esperanzas que modifican la manera de trabajar, obedecer, rebelarse, ahorrar, consumir y relacionarse con la autoridad, razón por la cual dos comunidades sometidas a condiciones semejantes pueden responder de manera diferente si su formación moral y sus recuerdos históricos no coinciden.
Mediante esa atención a la psicología colectiva, el problema cubano deja de limitarse a la reforma de las leyes, pues una Constitución avanzada no produce ciudadanos responsables cuando las costumbres favorecen el personalismo, la recomendación y la búsqueda del beneficio inmediato, del mismo modo que una reforma económica fracasa cuando quienes deben administrarla carecen de previsión y sentido público. Pittaluga no atribuye tales defectos a una naturaleza racial inmutable, ya que las disposiciones colectivas, al haberse formado durante la historia, pueden modificarse por medio de la educación, el trabajo y la participación cívica, sin cuya intervención la libertad jurídica permanece expuesta a los antiguos hábitos de dependencia.
La geografía proporciona otra condición que no determina la historia, aunque ofrece posibilidades que una comunidad puede aprovechar o desperdiciar, y por ello Pittaluga se resiste a definir a Cuba únicamente mediante su cercanía con Estados Unidos o su posición a la entrada del golfo de México. La forma insular, la extensión de las costas, la situación de los puertos y la proximidad de diferentes regiones conducen su mirada hacia el Caribe, desde Yucatán y Centroamérica hasta Colombia, Venezuela, Santo Domingo y Puerto Rico, espacio dentro del cual Cuba podría desempeñar una función de enlace superior a la que le concedería una economía limitada a colocar azúcar en el mercado norteamericano.
La influencia que imagina para Cuba no debería proceder de una dominación militar ni de una pretensión imperial, sino de una autoridad cultural y moral capaz de concertar intereses, promover intercambios y contribuir a la cooperación regional. Aunque esa aspiración pueda parecer demasiado confiada, su sentido se comprende cuando se la relaciona con el propósito de liberar al país de una representación empobrecida de sí mismo, según la cual toda su importancia dependería de producir una mercancía solicitada por un vecino poderoso, mientras su posición entre el mundo hispánico y el norteamericano, entre las Antillas y el continente, le concedía responsabilidades que aún no había reconocido.
Al examinar la formación histórica de Cuba, Pittaluga distingue la débil continuidad de la población indígena, la herencia española, la incorporación africana, el sentimiento independentista y la presencia norteamericana, componentes cuya convivencia no produjo una síntesis inmediata ni pacífica. La ausencia de una civilización indígena sobreviviente diferencia a la Isla de México y Perú, donde las culturas anteriores a la conquista continuaron interviniendo en la vida nacional, mientras la sociedad cubana se formó principalmente mediante migraciones, mezclas y desplazamientos que favorecieron cierta movilidad y, al mismo tiempo, debilitaron el sentimiento de continuidad con una antigüedad remota.
La herencia española permanece en la lengua, la religión, las costumbres, la alimentación y numerosas manifestaciones del temperamento colectivo, de modo que la ruptura independentista no puede interpretarse como una eliminación absoluta del pasado colonial, pues Cuba se separó políticamente de España sin abandonar la tradición cultural hispánica. A ese sedimento se incorporó la presencia africana, cuya importancia Pittaluga reconoce aunque algunas de sus formulaciones conserven limitaciones antropológicas propias de la primera mitad del siglo XX y exijan una lectura crítica que no desconozca el mérito de haber comprendido que la nacionalidad cubana no procede de una pureza originaria, sino de una mezcla conflictiva que debe aceptar todos sus componentes.
Las guerras del siglo XIX introdujeron una voluntad política nueva, dado que los sacrificios, los símbolos y las memorias surgidos durante la lucha permitieron que los habitantes de la Isla se reconocieran como miembros de una comunidad separada de España, aunque aquella voluntad quedó condicionada por el crecimiento de los vínculos comerciales con Estados Unidos. Pittaluga no reduce esa relación a una conspiración ni desconoce que había nacido de la proximidad geográfica y de necesidades económicas anteriores a la República, pero advierte el peligro de que una relación exterior, por provechosa que resulte, termine decidiendo la totalidad del rumbo nacional y convierta la independencia política en una soberanía debilitada por la dependencia mercantil.
La demografía, considerada como expresión de nacimientos, muertes, migraciones, formas de trabajo y movimientos asociados con la producción, le permite mostrar que las cifras nunca permanecen separadas del territorio ni de los medios de subsistencia. Los desequilibrios entre La Habana, las zonas azucareras y las regiones con escasa población no podían corregirse mediante traslados administrativos, puesto que una población solo se establece cuando encuentra trabajo, propiedad, comunicaciones y posibilidades de mejorar su existencia, condiciones que exigían pequeñas industrias, explotaciones agrícolas especializadas y actividades relacionadas con los recursos de cada localidad.
Cuando recuerda los cafetales franceses del oriente cubano, Pittaluga encuentra un ejemplo de la manera en que una actividad económica puede modificar el poblamiento y engendrar una cultura regional, al contrario de la organización que convertía extensas zonas en reservas de trabajadores sometidos al ritmo de la zafra. La ocupación equilibrada del territorio pertenece, por tanto, a la formación nacional, ya que un país que abandona parte de su espacio, concentra sus oportunidades en la capital o deja numerosas comunidades sin continuidad productiva termina debilitando la experiencia cotidiana de pertenecer a una misma sociedad.
El examen de la economía cubana, dividido entre la reconstrucción posterior a la Guerra de Independencia, el auge azucarero comprendido entre 1914 y 1928, la crisis y reorganización iniciadas en 1929 y la consolidación que Pittaluga observa desde 1938 hasta 1950, reconoce cuanto la industria del azúcar había aportado a la reconstrucción, los puertos, los ferrocarriles y la incorporación al comercio internacional. Sin embargo, también muestra la dependencia ocasionada por el predominio de un solo producto, cuyo precio, cuotas y mercados se decidían con frecuencia fuera de Cuba, mientras la prosperidad nacional quedaba expuesta a variaciones que el país no controlaba.
En vez de proponer el abandono repentino del azúcar, medida que habría destruido la principal fuente de ingresos, Pittaluga defiende su modernización al mismo tiempo que reclama la diversificación agrícola y el desarrollo de pequeñas industrias, con lo cual dirige su crítica no solo contra el monocultivo económico, sino contra el hábito mental que hacía depender toda esperanza de una buena zafra. Su afirmación de que Cuba no carece de un pueblo capaz, sino de una clase dirigente capaz, traslada la responsabilidad hacia unas élites que no habían conseguido convertir la riqueza temporal en educación, ahorro productivo, instituciones duraderas y desarrollo regional.
La gravedad de ese juicio aumenta al recordar que el libro apareció durante la dictadura de Fulgencio Batista, cuando la legitimidad republicana se encontraba seriamente dañada y las soluciones violentas comenzaban a presentarse como únicas alternativas. Pittaluga no convoca una revolución destructiva ni propone que un poder extraordinario sustituya la debilidad de las instituciones, pero su análisis revela el agotamiento de una clase política incapaz de representar una finalidad nacional, circunstancia que abriría el camino a quienes prometieran transformar la historia mediante la concentración ilimitada de la autoridad.
Dentro de esa búsqueda, la cultura cubana se presenta como el resultado de tradiciones españolas, africanas, europeas, norteamericanas y sudamericanas que la Isla recibió, seleccionó y transformó, sin que la cubanidad deba identificarse con una esencia aislada ni con una pureza imposible. La cultura comprende las artes y las letras, pero también la educación, el conocimiento científico, las costumbres y la conversación pública mediante las cuales una sociedad interpreta su experiencia, de suerte que su función consiste en proporcionar continuidad y permitir que una población heterogénea llegue a reconocerse como comunidad histórica.
El peligro aparece cuando la vida cultural se reduce a la imitación de modelos extranjeros o al privilegio de una minoría ilustrada, capaz de acumular conocimientos que apenas modifican la educación general y las instituciones. La participación de Pittaluga en la Universidad del Aire respondía precisamente al deseo de llevar la reflexión más allá de los círculos especializados, puesto que la radio convertía el ensayo en conversación pública y acercaba los problemas históricos, económicos y morales a oyentes que no habían pasado por las aulas universitarias, ampliación indispensable para que la conciencia nacional dejara de ser patrimonio de unos pocos.
La política adquiere entonces un sentido que sobrepasa las elecciones, los partidos y la administración gubernamental, pues constituye el ámbito donde una comunidad decide su dirección y acepta las consecuencias de sus decisiones. Quien se declara indiferente no permanece fuera de la política, sino que entrega el Estado a los grupos interesados en el poder, el enriquecimiento o la distribución de favores, mientras una ciudadanía responsable obliga a los dirigentes a relacionar sus actos con una finalidad pública que no se agote en la próxima contienda electoral.
La distinción entre generaciones biológicas e históricas completa este razonamiento, ya que la proximidad de las fechas de nacimiento no basta para crear una generación nueva, cuya existencia solo comienza cuando un grupo interviene eficazmente en la vida pública, demuestra capacidad intelectual y asume una tarea diferente. Los jóvenes pueden reproducir el oportunismo, el caudillismo y la corrupción de sus mayores, por lo cual el relevo de nombres carece de valor cuando no modifica las costumbres ni la relación entre ciudadanía y poder, mientras la verdadera renovación se reconoce en la responsabilidad con que una época responde a los problemas recibidos.
Al contraponer la teoría de la suerte y la teoría del esfuerzo, el último diálogo lleva el examen de la nación hasta la conducta individual, pues la confianza en el azar, la recomendación, el premio inesperado o la cercanía de un protector termina debilitando la perseverancia y favoreciendo el deseo de obtener de una ocasión cuanto debería proceder de una obra continuada. Pittaluga no niega que un acontecimiento fortuito pueda modificar una vida ni afirma que el trabajo asegure siempre el éxito, sino que objeta la educación sentimental que transforma la fortuna en principio de conducta y enseña a esperar una solución providencial.
La moral del esfuerzo tampoco justifica la desigualdad ni convierte la pobreza en culpa personal, puesto que su propósito consiste en formar un carácter capaz de sostener la libertad mediante disciplina, preparación y continuidad. Ningún destino colectivo puede realizarse cuando los ciudadanos aguardan que un caudillo, un gobierno extranjero o una circunstancia favorable resuelvan cuanto demanda instituciones y perseverancia, de manera que la elección nacional solo adquiere realidad cuando modifica la relación de los individuos con el trabajo, la responsabilidad y el tiempo.
En el monólogo que conduce el libro hacia su conclusión, Pittaluga reúne sus argumentos dentro de la imagen de una comunidad caribeña que contaría con el apoyo de México y Venezuela, mientras Cuba, después de alcanzar la madurez necesaria, contribuiría a concertar las voluntades de Centroamérica y las Antillas. Más que un programa diplomático minucioso, esa propuesta representa la figura culminante del destino cubano, que debería superar la dependencia azucarera, reconocerse como parte activa de una región y convertir su posición geográfica en una misión de cooperación cultural, política y económica.
La frase mediante la cual niega que el destino de un país pueda limitarse a vender azúcar para comprar automóviles concentra su crítica a una modernidad reducida al intercambio y al consumo, sin que ello implique un rechazo del bienestar material. Producir y adquirir mercancías mejora la existencia, pero no justifica por sí solo la continuidad de una nación, cuyo desarrollo debería proporcionar autonomía, educación, responsabilidad y una obra reconocible, mientras el enriquecimiento privado, separado de tales fines, puede convivir con la pobreza de la vida pública y la pérdida de toda dirección histórica.
Aunque algunas generalizaciones acerca del carácter nacional y de la composición racial requieren una lectura atenta a las categorías de su época, y aunque la expectativa de una Cuba rectora del Caribe pueda parecernos demasiado confiada, esas limitaciones no anulan la intuición que recorre la obra. El país carecía menos de recursos que de una voluntad capaz de convertirlos en proyecto común, pues disponía de una Constitución avanzada, una economía que había conocido la prosperidad, una cultura extraordinaria y una población activa, pero no había conseguido ordenar tales elementos dentro de una continuidad política estable.
Después de la Revolución, la reflexión de Pittaluga adquiere una resonancia trágica, ya que el nuevo régimen afirmó haber descubierto el destino definitivo de Cuba y sustituyó las vacilaciones republicanas por una interpretación obligatoria de la historia. Sin embargo, el destino definido en estos diálogos solo existe cuando puede ser escogido libremente, de modo que un Estado que impone una finalidad única, elimina la deliberación y convierte el porvenir en obediencia no realiza el pensamiento del autor, sino que lo niega al reemplazar la responsabilidad ciudadana por una fatalidad política administrada desde el poder.
La vigencia de Diálogos sobre el destino procede de esa defensa de una conciencia nacional que no acepta ser dictada por un gobierno extranjero, una élite económica ni un partido proclamado intérprete exclusivo de la historia. Cuba continúa debatiéndose entre la espera y la decisión, entre la suerte y el esfuerzo, entre la dependencia exterior y la responsabilidad propia, mientras la pregunta formulada por Pittaluga conserva su exigencia, pues obliga a dejar de preguntar qué le sucederá al país y a considerar qué obra están dispuestos a realizar sus ciudadanos para que la libertad no sea únicamente una promesa.
Lejos de presentar la geografía, el pasado colonial, el azúcar o la cercanía de Estados Unidos como condenas inevitables, Pittaluga los considera condiciones cuya significación dependerá del uso que haga de ellas una voluntad educada, consciente de sus límites y capaz de prolongar el trabajo más allá de una coyuntura favorable. El destino permanece inconcluso mientras no sea elegido y sostenido mediante una teoría del esfuerzo que reúna cultura, libertad y responsabilidad histórica, conclusión que convierte el libro, más que en un inventario de deficiencias republicanas, en una meditación todavía necesaria sobre la capacidad de los cubanos para elegirse conscientemente como nación.
El libro ha tenido, al menos, cinco ediciones o impresiones documentadas:
- 1954, primera edición, Cámara Cubana del Libro, La Habana.
- 1954, segunda edición, publicada también en La Habana.
- 1960, tercera edición, Editorial Isla, La Habana.
- 1969, edición del exilio, Mnemosyne Publishing, Miami.
- 1999, Editorial Félix Varela, La Habana, presentada como cuarta edición cubana, con 421 páginas.
Existe una pequeña confusión bibliográfica, pues la edición de Félix Varela se denomina «cuarta edición» y no incluye dentro de la numeración cubana la reimpresión de Miami de 1969. Por eso puede afirmarse que tuvo cuatro ediciones dentro de la secuencia editorial cubana y una edición adicional en el exilio, es decir, cinco publicaciones conocidas en total.
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