Por Galán Madruga
Publicada póstumamente por la Editorial El Ateje en 2026, La dama negra, del narrador cubano Armando de Armas, sitúa en una institución religiosa de Miami el asesinato de la monja Caroline Hemingway, cuyo cuerpo, atravesado por cien puñaladas y convertido en soporte de una siniestra simbología cristiana, obliga a confrontar la violencia material del homicidio con las fuerzas espirituales que parecen haberlo inspirado. Alrededor de esa muerte, en la cual se confunden el sacrificio, la humillación y el deseo reprimido, la novela entrelaza la culpa religiosa, el impulso sexual y las doctrinas gnósticas, hasta convertir el expediente criminal en una indagación sobre las oscuras correspondencias entre el bien y el mal.
Aunque la identidad del homicida se conoce de antemano, pues el novicio Demian Yaroslav permanece junto al cadáver, se entrega sin resistencia y confiesa su responsabilidad, la ausencia del enigma convencional no debilita la intriga, sino que la traslada hacia los motivos que la investigación policial, limitada a los hechos demostrables, apenas puede registrar. Lo que Arthur Harrison intenta descraña rebasa así la voluntad individual del asesino y alcanza una región donde las visiones, los símbolos y las represiones del cuerpo intervienen sobre la conducta humana, de modo que la pesquisa abandona paulatinamente los procedimientos del género negro para adquirir la forma de una exploración metafísica.
Bajo el sol abrasador de Miami, cuyas autopistas, gasolineras, iglesias, jardines tropicales y restaurantes constituyen una geografía reconocible, la ciudad deja de funcionar como mero escenario y adquiere la condición de frontera espiritual, ya que en ella concurren el protestantismo norteamericano, la liturgia bizantina, los cultos afrocaribeños, la gnosis, el paganismo mediterráneo y la superstición llegada de Europa oriental. Aunque todos esos sistemas parecen disputar la posesión de las almas, cada uno aporta un fragmento a la intuición central del libro, según la cual la civilización moderna, después de expulsar las imágenes y reducir el misterio a doctrina, ciencia o terapia, continúa gobernada por las mismas fuerzas que declara abolidas. Miami, ciudad del tráfico y de los templos, de la sensualidad y del aire acondicionado, resulta así menos una urbe multicultural que un laboratorio donde los dioses exiliados regresan disfrazados de obsesión, ideología, deseo o crimen.
En Arthur Harrison, cuyo oficio exige ordenar pruebas mientras su imaginación enlaza símbolos, se reúne la contradicción que sostiene la novela, puesto que la disciplina del investigador cohabita con una apetencia especulativa incapaz de conformarse con las causas inmediatas. A través de él, el relato pregunta si el mal puede reducirse a patología, resentimiento o impulso sexual, y cada respuesta provisional conduce hacia otra profundidad, en la cual Dios y el demonio ya no permanecen separados por una frontera tranquilizadora. Su aprendizaje junto a la antigua amante caribeña, su matrimonio con Mónica y sus visiones posteriores lo convierten en un hermeneuta involuntario que, aun cuando exagera, divaga y a menudo cae en asociaciones grotescas, percibe que la razón policial describe el mecanismo del acto sin tocar la raíz que lo alimenta.
Junto a esa inteligencia errante, que pasa del detalle forense a la teología y de la teología al cuerpo, Mónica encarna el desorden que la educación religiosa ha pretendido contener sin comprender. Cuanto más procura separar la pureza del deseo, más violentamente retorna este bajo la forma de sueños, imágenes blasfemas y fantasías que mezclan al monje, la monja, los animales, la Biblia y el cuerpo de su marido. No se trata únicamente de una provocación erótica, aunque la novela cultive de manera deliberada lo obsceno, sino de la representación corporal de una conciencia escindida, pues aquello que ha sido proscrito por el lenguaje piadoso reaparece convertido en espectáculo interior. La culpa, lejos de destruir el deseo, lo dota de imágenes y lo vuelve religioso.
Con Caroline Hemingway, cuya biografía se reconstruye después de que el lector haya contemplado su cadáver, el procedimiento alcanza una complejidad mayor, ya que la víctima deja de ser la figura pasiva requerida por el género y se transforma en una conciencia poblada de contradicciones morales. Su filantropía, su progresismo, su racionalismo y su devoción sin milagro forman una coraza respetable, pero debajo de ella persisten el desprecio de clase, el prejuicio contra el extranjero, la atracción sexual y una crueldad que se ejerce en nombre del bien. Al presentar el ahogamiento del niño en la frontera y la fascinación ante el cuerpo del inmigrante, De Armas no absuelve el asesinato ni transfiere la culpa a la víctima, sino que demuestra cuán fácilmente la virtud declarada puede ocultar una voluntad de poder, y cuán poco sabe de sí quien convierte sus convicciones en sustituto de la conciencia.
Frente a Caroline, aunque unido a ella por una atracción que ambos traducen en hostilidad, Demian Yaroslav representa el desastre producido cuando la represión encuentra una doctrina capaz de santificarla. Su violencia nace del deseo, pero sería insuficiente explicar el crimen solamente por la libido contrariada, porque el novicio necesita convertir su fracaso íntimo en mandato cósmico, de manera que la humillación pueda presentarse como obediencia y la impotencia como instrumento de Dios. En la celda, mientras repite la liturgia bizantina y reorganiza el asesinato según las estaciones del sacrificio, el lenguaje religioso deja de ser una vía de trascendencia y se vuelve máquina justificadora, capaz de nombrar pan al cuerpo, vino a la sangre y unción al ultraje.
Entre la doctrina de Abel y Caín, desarrollada en los capítulos centrales, se descubre la clave con que la novela examina la obediencia, la rebeldía y el exilio. Los abelitas cuidan el orden recibido, en tanto los cainitas fundan otro mediante el trabajo, la experiencia y la desobediencia; sin embargo, De Armas evita que esa oposición permanezca enteramente limpia, puesto que cada ser lleva dentro ambas tendencias y puede alternarlas según el miedo o el deseo. Demian se vuelve monstruoso no por reconocer su herencia cainita, sino por negarla y pretender actuar como humilde ejecutor de una voluntad superior. Mandy, su doble carnavalesco, acepta en cambio la marca y la encamina hacia una ceremonia del placer. Aunque el contraste contiene una defensa visible del individuo frente a la masa y del politeísmo frente a la uniformidad, también deja abierta una advertencia, pues ninguna insumisión queda exenta de convertirse en tiranía sobre el cuerpo ajeno.
Por la abundancia de digresiones, que interrumpen la acción para discurrir sobre la Reforma protestante, el totalitarismo, la sexualidad, las feromonas, la caridad, los ritos, el origen del universo o el Hombre de los Hielos, La dama negra se aparta de la economía narrativa habitual y adopta una forma ensayística, exuberante, a ratos deliberadamente desmesurada. La intriga avanza menos por acumulación de pruebas que por acumulación de analogías, como si cada objeto reclamara una genealogía y cada palabra despertara una familia de contrarios. En sus mejores momentos, esa proliferación produce una prosa hipnótica, capaz de comunicar el movimiento de una mente que no acepta la clausura de los conceptos; en otros, la reiteración demora el relato, insiste demasiado sobre equivalencias ya comprendidas y expone al lector a una saturación que parece formar parte, para bien y para mal, de la poética del autor.
Dentro de esa prosa, donde las enumeraciones, las correcciones del narrador, los juegos verbales y las asociaciones inesperadas levantan una corriente continua, lo alto y lo bajo se niegan a permanecer en compartimentos separados. El falo y la cruz, la sangre y el vino, la alcantarilla y el cosmos, la plegaria y el chiste comparten una misma página, no con el propósito sencillo de escandalizar, sino para desafiar la asepsia con que la modernidad pretende administrar el cuerpo y lo sagrado. Ese descenso hacia lo grotesco posee una tradición reconocible, próxima a la sátira menipea y al carnaval, aunque la novela lo somete a una gravedad gnóstica que impide confundirlo con mera comicidad. La risa no disuelve el horror; lo acompaña, como si fuese la mueca que adopta el entendimiento cuando descubre que también él participa de cuanto condena.
Alrededor del título, cuya dama es Caroline y es también la figura oscura que se forma cuando la santidad, el deseo y la muerte se superponen, el color negro adquiere una función que rebasa el duelo. Negra es la materia desconocida que mantiene unido el universo, negra la zona reprimida de la conciencia, negra la teología que sospecha una imperfección en el creador y negra, finalmente, la tinta con que el cuerpo asesinado queda convertido en signo. El libro no afirma que el mal sea el contrario accidental del bien, sino que examina la posibilidad más perturbadora de que ambos procedan de una fuente común y necesiten uno del otro para hacerse visibles.
Cuando Harrison encuentra el Padre nuestro gnóstico, después de haber sido guiado por la aparición de Caroline hasta la palma herida por un rayo, la investigación alcanza su revelación material y, al mismo tiempo, su fracaso racional. El manuscrito no aporta una prueba necesaria para condenar a Demian, pero ofrece la fórmula que resume el universo de la obra, pues en ella el hombre no pide ser apartado de la tentación, sino autorizado a emplear el mal en un intercambio con lo divino. Tal oración convierte la religión en negociación y devuelve a los ritos el carácter ambivalente que tuvieron antes de ser domesticados por la moral, aunque también sitúa al lector frente a un peligro que la novela no resuelve por él, el de confundir la comprensión del mal con su consentimiento.
Mediante el cierre circular, en el cual Caroline sueña el crimen mientras Demian lo ejecuta, las imágenes iniciales recuperan su origen y el tiempo abandona la línea recta. La víctima contempla desde fuera aquello que padece, el asesino descubre sobre el cuerpo una figura que cree no haber trazado conscientemente y el lector regresa a una escena que ya conocía, pero cuyo espesor simbólico ha cambiado. No hay sorpresa policial, sino reconocimiento trágico. Lo ocurrido estaba anunciado en sueños, prejuicios, deseos y doctrinas; sin embargo, esa fatalidad no elimina la responsabilidad, porque cada personaje participa en la construcción del destino al rechazar la parte de sí que no desea admitir.
Aunque su desmesura verbal, la explicitud sexual y la prolongación de ciertas especulaciones exigirán un lector dispuesto a atravesar zonas incómodas, la novela conserva una singularidad poco frecuente dentro de la narrativa cubana del exilio, pues convierte a Miami en escenario de una batalla metafísica sin renunciar al humor, a la sátira política ni a la materialidad del cuerpo. Leída únicamente como novela negra, parecerá desviarse con obstinación de su cauce; leída como novela de ideas que utiliza un homicidio para explorar la crisis religiosa de Occidente, revela una unidad más profunda, tejida por repeticiones, sueños y correspondencias.
Tras la última página de La dama negra, la explicación de un crimen cuya autoría se conoce desde el comienzo cede ante una sospecha más perturbadora, según la cual ninguna civilización consigue dominar sus demonios borrando sus nombres, del mismo modo que ninguna luz, cuando aspira a imponerse de manera absoluta, deja de engendrar una sombra todavía más feroz que aquella contra la cual se levantó. Armando de Armas lega una obra áspera, desbordada y visionaria, cuya inteligencia se aventura por los territorios que la moral decorosa evita contemplar, consciente de que solo quien reconoce el abismo abierto bajo sus pies puede decidir, con alguna libertad, si habrá de precipitarse en él, bordearlo o convertirlo en camino.