Por El Coloso de Rodas
En 1995, en medio de aquel eufemismo llamado «Periodo Especial», bajo el cual se escondían el hambre, los apagones, la quiebra económica y la pérdida de las antiguas certidumbres, Joel James fue invitado por los organizadores del Primer Encuentro de Historiadores en Manzanillo (Gabriel Cartaya al frente) para impartir la conferencia inaugural. Llevó consigo un texto inédito, Vergüenza contra dinero*, que, escuchado entonces bajo la penumbra material de aquellos días, parecía interrogar el presente cubano desde una consigna nacida en las postrimerías de la República.
No hablaba James desde la serenidad de quien contempla una época concluida, sino desde el interior de una crisis cuya gravedad el lenguaje oficial procuraba disminuir. El dólar había regresado investido con la autoridad de un dios extranjero, la doble moneda separaba a los cubanos según el acceso a remesas y turistas, las empresas mixtas anunciaban nuevas jerarquías y la Revolución, obligada a tolerar cuanto antes había condenado, comenzaba a reconocer detrás de sus ceremonias igualitarias la formación de privilegios que ya no podía atribuir enteramente al pasado republicano.
Toda consigna que sobrevive a la circunstancia de su nacimiento termina diciendo más de cuanto quiso decir su autor, pues las palabras pronunciadas para combatir una injusticia suelen regresar, años después, convertidas en jueces de quienes las heredaron. Vergüenza contra dinero, el lema con que Eduardo Chibás quiso despertar a una República adormecida por la corrupción, regresaba en la voz de Joel James para juzgar un presente que se proclamaba distinto, aunque comenzaba a reproducir, bajo otros nombres y otras lealtades, la antigua cercanía entre poder, privilegio y riqueza.
James toma la frase por la empuñadura y procura devolverle su antigua capacidad de combate, convencido de que la nación cubana ha sostenido su existencia mediante una alianza entre la conducta moral y la acción política. Desde Céspedes y Martí hasta Chibás y la generación del Moncada, la libertad habría exigido un hombre capaz de renunciar al provecho inmediato, resistir la seducción del poder y colocar la suerte común por encima de su bienestar. La patria no sería entonces una extensión de tierra, sino una disciplina del carácter, pero esa genealogía prepara una operación ideológica mediante la cual la herencia moral de la nación termina desembocando en la Revolución de 1959.
La época republicana comparece bajo una luz casi siempre sombría. Sus gobiernos quedan asociados con el latrocinio, la malversación, el caciquismo, la dependencia de Estados Unidos y la conversión de la política en negocio privado. Los antiguos revolucionarios administran sus hazañas en beneficio propio y el ciudadano, fatigado por la repetición del fraude, se retira de la vida pública. Cuanto más se aparta el pueblo, más cerrado queda el territorio de los políticos, hasta que el dinero compra la distancia entre el gobierno y la sociedad.
En esa reconstrucción apenas encuentran espacio la Constitución de 1940, la diversidad de partidos, la libertad de prensa, las asociaciones cívicas, el movimiento sindical independiente, las elecciones competitivas y las numerosas disputas mediante las cuales la sociedad republicana intentó corregirse. La corrupción existió y alcanzó niveles graves, pero reducir el periodo comprendido entre 1902 y 1958 a una antesala moral de la Revolución borra las instituciones que permitieron denunciarla, las voces que combatieron a los gobiernos y la pluralidad política dentro de la cual pudo surgir el propio Chibás.
Chibás necesitó la República que condenaba. Su palabra circuló por la radio, fundó un partido, intervino en elecciones, acusó a ministros y movilizó seguidores sin pedir autorización a una jefatura única. La consigna pudo enfrentarse al gobierno debido a que aún existía un espacio público donde la oposición conservaba personalidad legal. James separa la indignación chibasista de esas condiciones institucionales y la convierte en energía anticipadora del Moncada, de manera que la República aporta el pecado y la Revolución hereda la redención.
La continuidad trazada entre Céspedes, Martí, Chibás y Fidel transforma la historia en una marcha hacia 1959. Las diferencias entre republicanismo, nacionalismo, democracia representativa, insurrección armada y socialismo quedan subordinadas a una misma corriente moral. El pasado vale en la medida en que anuncia la Revolución, y cuanto no conduce hacia ella se convierte en desviación, dependencia o fracaso. De ese modo, la consigna de Chibás deja de pertenecer a la cultura democrática de su tiempo y pasa a servir de legitimación retrospectiva al poder que vino después.
Cuando James examina el Periodo Especial, su mirada penetra en las contradicciones del orden revolucionario. La doble moneda divide a los cubanos según su acceso al dólar, el turismo introduce privilegios dentro de una sociedad educada en la igualdad y las empresas mixtas ofrecen a determinados funcionarios oportunidades vedadas al ciudadano común. Alrededor de la propiedad estatal comienza a formarse una riqueza privada, discreta y familiar, alimentada por el control de la información, los contactos extranjeros y la administración de recursos que pertenecían nominalmente al pueblo.
El autor presiente la llegada de una burguesía nacida dentro del Estado, no desde las antiguas familias republicanas ni junto con un ejército extranjero, sino desde las oficinas, los ministerios, las gerencias turísticas y las empresas subordinadas a quienes poseen acceso a las decisiones. El burócrata, después de administrar durante años una propiedad presentada en calidad de patrimonio colectivo, descubre que tiene a su alcance los medios para convertir la custodia en posesión y la autoridad administrativa en fortuna familiar.
Hasta ese punto, la crítica parece dispuesta a interrogar las bases del sistema. James admite que la estatización extrema destruyó pequeños negocios, debilitó al campesinado, subordinó la producción a decisiones ideológicas y extendió un orden burocrático que sustituyó la iniciativa social. La Ofensiva Revolucionaria de 1968 aparece ligada a la desaparición de oficios, comercios, talleres y formas productivas que no amenazaban la soberanía nacional. El Estado quiso encargarse de todo y, al prometer que liberaría al individuo de la necesidad, lo hizo dependiente de una administración incapaz de satisfacerla.
También desconfía de la dictadura del proletariado, del estalinismo y del socialismo de Estado, pues advierte que una clase obrera convertida en abstracción puede servir de máscara a quienes gobiernan en su nombre. Defiende la pequeña propiedad, la producción privada, el mercado regulado y una sociedad socialista más democrática, dentro de la cual la iniciativa individual no sea tratada en calidad de delito. Había comprendido que el poder económico concentrado en el Estado no desaparece, sino que cambia de guardianes.
Aunque su orientación revolucionaria y su voluntad de defender la Revolución frente a cuanto identificaba con la restauración republicana nunca llegan a quebrarse, sería injusto confundir esa fidelidad con una obediencia enteramente silenciosa, ya que Joel James perteneció al reducido grupo de intelectuales que, hablando desde el interior del proceso y aceptando sus fundamentos históricos, se atrevieron a señalar cuanto consideraban dañino para el pueblo cubano, aun cuando semejante franqueza pudiera incomodar a funcionarios, administradores y guardianes de la ortodoxia. Su denuncia de la burocracia, de la riqueza incubada en las oficinas estatales, del desprecio hacia la pequeña propiedad, de la improductividad agrícola y de la dependencia creada por un Estado que pretendía administrarlo todo no procedía de una ruptura con el socialismo, sino de la convicción de que callar aquellos males equivalía a permitir que la Revolución negara las promesas en cuyo nombre había solicitado sacrificios durante décadas.
Desde esa lealtad crítica, que establecía límites visibles a su razonamiento y al mismo tiempo le concedía una libertad poco frecuente entre los intelectuales vinculados a las instituciones oficiales, James habló de asuntos que muchos preferían reducir a rumores domésticos o a desviaciones pasajeras, de modo que sus reparos, aunque no alcanzaran la jefatura del sistema ni reclamaran una revisión democrática del poder, conservaron el testimonio de un hombre que se negó a celebrar la miseria, el inmovilismo y la arbitrariedad burocrática cuando estos recaían sobre la vida cotidiana. La defensa de la Revolución, por consiguiente, no anuló su preocupación por el pueblo, sino que determinó la forma de expresarla, pues censuró los daños para preservar el proyecto que juzgaba amenazado, no para reemplazarlo por el orden republicano que su interpretación presentaba bajo los signos del dinero, la dependencia y la corrupción.
A pesar de esas admisiones, el discurso permanece concebido para salvar la Revolución, no para someterla al mismo juicio aplicado a la República. Los males republicanos prueban la corrupción del régimen, mientras los males revolucionarios se presentan en calidad de errores, deformaciones, excesos o peligros susceptibles de corrección. Una época queda juzgada por sus resultados y la otra por las intenciones que proclama. La República es culpable aun cuando dentro de ella surjan ciudadanos capaces de combatir sus vicios, pero la Revolución conserva su inocencia aun después de producir burocracia, desigualdad, escasez y nuevas formas de enriquecimiento.
La asimetría determina el movimiento entero del ensayo. Cuando el político republicano utiliza su cargo para favorecer a familiares o amigos, James descubre la prueba de un orden agotado. Cuando algo semejante amenaza con ocurrir dentro del socialismo, lo interpreta en calidad de desviación individual contra el espíritu revolucionario. El poder anterior a 1959 genera necesariamente la corrupción, pero el poder posterior aparece traicionado por los corruptos. Así queda protegida la idea de que la Revolución continúa siendo pura aunque las instituciones formadas por ella produzcan aquello que su discurso prometió abolir.
El imperialismo desempeña un papel semejante dentro de esta defensa. Estados Unidos explica la dependencia republicana, el golpe de Batista, las presiones económicas, la circulación seductora del dólar y buena parte de los peligros del Periodo Especial. La intervención norteamericana pertenece a la historia cubana y no puede minimizarse, pero su presencia constante permite que la responsabilidad interior se disuelva. La causa llega de afuera, el funcionario ejecuta la deformación y el pueblo corre el riesgo de dejarse seducir, mientras la dirección política permanece en una región moral apenas examinada.
Cuando el razonamiento se aproxima a Fidel Castro, la crítica se detiene. Las políticas poseen consecuencias, pero parecen carecer de autor. La estatización fue excesiva, aunque no se examina a quien la ordenó. La burocracia deformó el proceso, aunque no se pregunta quién escogió a los burócratas ni bajo qué sistema prosperaron. El dogmatismo empobreció la teoría socialista, pero la autoridad que lo impuso permanece protegida por un silencio reverencial. Fidel aparece finalmente en calidad de garantía contra los males producidos durante su propio gobierno.
Ningún hombre puede ser al mismo tiempo origen del poder y vigilante exterior de sus consecuencias. Si las instituciones se encuentran subordinadas a una voluntad, los errores institucionales alcanzan también a esa voluntad. Si el dirigente decide la orientación económica, designa a los administradores, limita la discusión pública y convierte sus preferencias en política de Estado, no puede quedar absuelto cuando esas decisiones desembocan en escasez, privilegios y corrupción. La responsabilidad no desaparece por haber sido ejercida en nombre de una causa.
James concede a Fidel una inocencia que niega a los políticos republicanos. A estos los juzga por el resultado de sus gobiernos, mientras al jefe revolucionario lo juzga por la pureza que atribuye a sus intenciones. Los primeros responden por las instituciones que degradaron, pero el segundo queda separado del Estado que dirigió durante décadas. La vergüenza que no asciende hasta la cumbre termina convertida en disciplina para quienes viven debajo.
Con Chibás, Vergüenza contra dinero apuntaba hacia el gobernante. Era una exigencia de rendición pública, una voz que acusaba a quienes utilizaban el Estado para enriquecerse y obligaba al poder a responder ante el ciudadano. En James, la consigna cambia de dirección y proyecta una parte de su severidad sobre la población empobrecida, el trabajador que busca dólares, el pequeño comerciante, el campesino que desea conservar su parcela y el individuo que procura salvar a su familia de la escasez. La denuncia contra el gobierno se convierte poco a poco en vigilancia moral de la sociedad.
Buscar dinero dentro de un país donde el salario ha perdido su capacidad de sostener la vida no equivale necesariamente a vender la patria. Quien procura alimentos, vivienda o seguridad para sus hijos puede actuar desde una necesidad legítima. La pobreza carece de nobleza cuando ha sido impuesta y administrada. El sacrificio deja de ser elevación moral cuando siempre se exige a los mismos, al tiempo que quienes lo proclaman conservan acceso a viviendas, automóviles, viajes, hospitales y abastecimientos negados a la mayoría.
La libertad, ausente del duelo entre vergüenza y dinero, habría modificado el sentido de la reflexión. Sin prensa independiente, tribunales autónomos, elecciones competitivas y derecho a organizarse fuera del Estado, la vigilancia contra la corrupción queda en manos de quienes podrían beneficiarse de ella. Un pueblo puede poseer una gran reserva ética y, sin embargo, ser incapaz de corregir a sus gobernantes cuando carece de instrumentos para investigarlos, sustituirlos o juzgarlos.
La pregunta que el ensayo evita no es quién vigila al administrador, sino quién vigila a Fidel. Si la respuesta vuelve a ser Fidel, la política queda encerrada en un círculo donde la autoridad se examina a sí misma, se absuelve y anuncia después que continuará protegiendo al pueblo. La conciencia individual del líder ocupa el lugar de la ley y el carisma sustituye los límites institucionales. Un gobierno así puede denunciar la corrupción, pero no eliminar la condición que la protege, pues la impunidad comienza cuando la obediencia vale más que la verdad.
La identificación entre Revolución, patria y pueblo reduce todavía más el horizonte. El ciudadano inconforme puede ser presentado en calidad de egoísta, plattista o seducido por el dólar. La Revolución se identifica con la nación y la nación con el gobierno, hasta que disentir del gobierno parece equivaler a renunciar a Cuba. El pasado republicano sirve entonces de amenaza recurrente, pues toda apertura política o económica puede describirse en calidad de regreso al latrocinio, al capitalismo dependiente y a la dominación extranjera.
Esa utilización de la República en calidad de contrafigura permite defender el presente revolucionario sin compararlo con toda la complejidad del pasado. No se contraponen instituciones concretas, derechos, niveles de participación o mecanismos de control, sino dos imágenes morales. De un lado, una República venal, entregada al dinero y a Estados Unidos. Del otro, una Revolución sacrificada, popular y soberana, herida por errores internos y agresiones exteriores, pero todavía portadora de la conciencia nacional. Una queda reducida a sus fracasos y la otra elevada por sus promesas.
Hacia el final, James recupera la necesidad del mercado, de la pequeña propiedad y de la iniciativa privada, al tiempo que advierte contra un odio religioso al dinero capaz de producir un Estado omnipotente. Su pensamiento se acerca a una revisión profunda del modelo cubano, pues comprende que el control absoluto de la economía disminuye la libertad individual y entrega a la burocracia poderes desmesurados. Pero vuelve a detenerse antes de trasladar esa conclusión al orden político. Acepta cierta pluralidad económica, aunque no admite que de ella pueda nacer una pluralidad de ideas, organizaciones y proyectos de país.
Vergüenza contra dinero conserva la huella de una conciencia revolucionaria que había comenzado a reconocer las ruinas producidas por sus propias certezas y que, pese a no abandonar la defensa histórica del proceso, se negaba a justificar cuanto lesionara la existencia material y moral del pueblo cubano. James enumera la devastación económica, la hipertrofia estatal, el fracaso agrícola, el oportunismo burocrático y la necesidad de revisar el socialismo con una franqueza rara dentro del discurso público de aquellos años, aunque mantiene a Fidel en una región protegida de su razonamiento, de manera que ve el daño, conoce sus mecanismos, denuncia a quienes lo administran y se aproxima a sus causas, pero aparta la mirada cuando la investigación conduce hacia la figura que reúne el poder político.
El discurso, por ello, no abandona la Revolución, sino que intenta purificarla mediante la moral. La corrupción pertenecería a individuos que se alejaron de sus principios, la desigualdad al influjo del dólar, la improductividad a excesos ya reconocibles y el descontento al debilitamiento de la conciencia colectiva. La solución no consiste en limitar el poder, abrir la competencia política o devolver soberanía al ciudadano, sino en recuperar la vergüenza revolucionaria bajo la convocatoria de Fidel. El sistema queda eximido mediante una apelación ética dirigida a quienes padecen sus resultados.
La consigna de Chibás conserva, sin embargo, una exigencia más incómoda. La vergüenza debe levantarse contra todo poder que se convierta en propiedad privada de quien lo ejerce, aun cuando ese poder no produzca una fortuna declarada y se presente bajo el lenguaje del sacrificio. También existe una riqueza política hecha de obediencia, impunidad, culto personal y posesión del destino ajeno. Frente a ella, la frase recupera su antiguo filo y alcanza finalmente al hombre que Joel James quiso mantener fuera de su juicio.
*Un año después de 1995, la Casa del Caribe publicó en Santiago de Cuba la primera edición, un cuaderno de veinticuatro páginas salido del Taller Argenis Burgos, al que seguirían una versión italiana de cuarenta y siete páginas, una impresión mexicana de 2005 con prólogo de Rafael Carralero, la edición de 2008 preparada por Ediciones Caserón de la UNEAC, la reedición de Ediciones Santiago aparecida en 2012 y otra entrega del mismo sello en 2021, compuesta por cuarenta y ocho páginas y limitada a seiscientos ejemplares.