La isla escrita desde afuera: una reseña de «Exodus. Versos desde afuera»

Por Victor M. Cortina

Toda antología poética nace bajo una sospecha. El antólogo elige, excluye, ordena y, mediante esas operaciones aparentemente editoriales, propone una imagen de la literatura que su tiempo deberá aceptar o discutir. Exodus. Versos desde afuera, publicada por Ediciones Exodus y Ego de Kaska Foundation en 2019, no evade esa condición, aunque renuncia expresamente a establecer un canon. Reúne a veintinueve poetas cubanos de distintas generaciones y ciudades del exilio, cuyos textos habían aparecido, en su mayoría, en Eka Magazine. El resultado no constituye una escuela ni una declaración estética común, sino el testimonio plural de una poesía que continúa pensándose cubana después de haber perdido la coincidencia entre nación, territorio y domicilio.

El título contiene la clave del libro. «Afuera» no señala solamente una posición geográfica. Es también una condición espiritual. Se está afuera de la isla, de la historia oficial, del idioma cotidiano que alguna vez rodeó a estos autores y, en ciertos casos, afuera de las antiguas certidumbres sobre la patria. Sin embargo, cuanto más se alejan los poetas del territorio, con mayor insistencia reaparecen sus calles, músicas, ruinas, muertos y rencores. La isla expulsada de la geografía regresa convertida en imaginación.

En estos poemas, Cuba no constituye una unidad tranquila. Es la «isla atormentada» de Julio Benítez, la patria maldecida y amada, la tierra convertida en carapacho, recuerdo y discusión. Es también el país dividido entre Adentro y Afuera que David Lago González examina con particular agudeza. La nación queda reducida a dos espejos enemigos que se deforman mutuamente. Los de Adentro imaginan monstruos exteriores; los de Afuera reconstruyen la realidad insular mediante noticias fragmentarias y relatos incompletos. Ambos terminan prisioneros de una oposición que les impide reconocerse como partes de una misma historia.

Denis Fortún Bouzo aborda el regreso mediante una de las imágenes más irónicas del volumen. En «Repatriados», la cabra que huyó de la «rara nube verde» sobrevive durante casi medio siglo alimentándose de sargazos junto a una playa extranjera. Nunca olvida el sabor de la yerba natal ni aquella «verdadera nube blanca», y termina obedeciendo al conocido axioma según el cual la cabra siempre tira al monte. Pero el retorno no recupera intacto el origen. La patria ha cambiado, los pastores han muerto y la nube que provocó la huida se ha vuelto más detestable.

La fábula de Fortún desmonta la idealización del regreso. Volver no significa reparar el tiempo, pues el país recordado ya no existe y quien regresa tampoco es el mismo que partió. La cabra lleva consigo la nostalgia, pero también el hábito adquirido en otra orilla. El poema combina humor, desencanto y alegoría política sin convertirlos en consigna. Sus repeticiones —«antes», «después», «en el regreso»— marcan las estaciones de una biografía colectiva. El exiliado huye, sobrevive, recuerda y, finalmente, se enfrenta a la imposibilidad de regresar al lugar exacto que conserva en la memoria. En «Feudo árido del haber donde no hubo», Fortún amplía esa visión mediante una geografía acuática. La charca se vuelve arroyo, el arroyo se hace río y el río intenta besar un golfo donde flotan «absurdos y mesías». El agua prometía movimiento y fecundidad, pero termina dejando arena, fango y sequía. El poema convierte el lenguaje revolucionario en sedimento de una promesa extinguida. Lo que alguna vez anunció abundancia concluye en esterilidad. La historia cubana aparece entonces como transformación regresiva, no desde la pobreza hacia la plenitud, sino desde la corriente viva hacia el feudo árido.

Esa fractura entre supervivencia y pertenencia reaparece en Antonio Ramos Zúñiga, cuya afirmación «existo» se levanta contra el poder que pretendió abolir al individuo, expulsarlo de la historia y convertir su destierro en inexistencia. El poema avanza mediante repeticiones, improperios y desafíos que recuerdan la canción de protesta y la poesía oral del exilio. La existencia se convierte en acto político. Sobrevivir, escribir y pronunciar el propio nombre son formas de insubordinación.

Juan Carlos Recio conduce el destierro hacia una región más íntima. No basta con abandonar el país para escapar de sus mecanismos. El miedo viaja, se instala en el cuerpo y reaparece en la autocensura, en la memoria de los fusilamientos y en la imposibilidad de hablar sin sentir detrás de cada palabra la vigilancia aprendida. Su «Conversación con Virgilio» prolonga la figura de Piñera como conciencia del temor cubano. El exiliado ha cruzado el mar, pero continúa llevando consigo al guardia que alguna vez vigiló sus silencios.

Liyanis González Padrón resume otra de las paradojas centrales del libro cuando afirma que «ser cubano es llevar a cuestas una isla». La isla no es aquí un refugio sentimental, sino un peso hecho de hambre, fuego, discursos, medallas y sobrevivientes. Su presencia acompaña al emigrado incluso cuando este intenta cambiar de nombre. La identidad deja de ser una esencia apacible y se convierte en carga, herencia y batalla.

Yankilé Hidalgo construye una Habana habitada por fantasmas. Los muertos conversan con los vivos ausentes, las apariciones se reúnen en patios y obeliscos, y quienes abandonaron el país siguen siendo esperados en el puerto. La ciudad adquiere la apariencia de una necrópolis donde nadie termina de marcharse. El regreso anunciado por la poeta solo será posible cuando ella misma se incorpore a la población de espectros. La patria futura coincide, de ese modo, con la muerte.

Isbel González González adopta una mirada satírica en «Close-up». La cámara recorre símbolos políticos, ruinas, colas, hoteles, sexualidades perseguidas y privilegios turísticos. La Habana aparece inocente y pecadora, amada y odiada, observada desde las ventanas del Cohíba mientras los edificios se derrumban y las calles se inundan. El poema ataca la facilidad moral de quien contempla la desgracia desde una posición confortable y convierte la ciudad en espectáculo.

La antología no se limita, sin embargo, a la denuncia política. Uno de sus méritos consiste en mostrar que la experiencia diaspórica desborda el castrismo y produce nuevas formas de intimidad. En Osmán Avilés aparecen el deseo masculino, la fragilidad religiosa y la seducción callejera. El cuerpo se convierte en territorio donde chocan el sermón, la culpa y la belleza. En «Calle Neptuno, calle 8, cualquier calle», La Habana y Miami dejan de ser puntos opuestos y forman un mismo escenario del deseo, la mendicidad y la búsqueda.

Rosa María Batista enlaza la memoria femenina con la esclavitud, Haití, la rebelión y la continuidad corporal de las mujeres que la precedieron. Su voz no habla únicamente en nombre propio, sino desde una genealogía de cuerpos perseguidos que se niegan a aceptar el silencio. Kelly Martínez-Grandal continúa esa exploración desde la violencia ejercida contra el cuerpo femenino. En «Moiras», las mujeres del destierro buscan en fotografías los huesos de sus muertos, velan y regresan obstinadamente al origen. La memoria se vuelve tarea femenina, rito funerario y resistencia contra la desaparición.

Ramón Muñiz elabora una poesía donde el mar deja de ser paisaje para convertirse en frontera entre salvación y ahogo. Sus poemas avanzan mediante imágenes quebradas, plegarias, cuerpos heridos y deseos que llegan tarde al reparto. La pérdida no aparece como un episodio concluido, sino como fuerza que continúa alterando el presente. Yosvani Oliva Iglesias, en cambio, introduce una ironía doméstica que reduce la épica a un cuchillo de mesa, una cafetera, un perro rabioso o unos mangos que caen sin que ningún niño los apedree. Esa atención a lo mínimo evita que la antología quede encerrada en la solemnidad del trauma.

Margarita García Alonso despliega una poesía abundante en imágenes, objetos, hierbas, heridas y metamorfosis. En su escritura, el exilio no es una línea trazada entre Cuba y Francia, sino una alteración de la materia. El cuerpo cose, sangra, envejece y se convierte en taller de supervivencia. Ricardo Pau-Llosa aporta una poesía de notable concentración visual, donde la percepción organiza el pensamiento y el objeto cotidiano adquiere una reserva metafísica. Manuel Sosa conduce esa concentración hacia una zona hermética, poblada de símbolos, silencios y fábulas que se resisten a entregar un significado único.

Ismael Valdivia encuentra la memoria en los objetos más cercanos. El colchón, la cafetera, el papel y la ventana guardan señales de una existencia que teme borrarse. En «En definitiva», recordar no ofrece consuelo. La memoria es atronante, persigue y deja lobreguez. Manuel Vázquez Portal cierra el itinerario con poemas donde La Habana aparece sepultada bajo fiestas impostadas, discursos, micrófonos y promesas confortables. Frente al ruido político, reclama «un silencio austero» y la recuperación de una voz capaz de pronunciar la cordura.

También se escuchan voces vinculadas con la conversación, la música popular, el erotismo, la ironía y el relato. Algunos poemas conservan el tono de la calle cubana; otros se acercan a la prosa poética, la meditación filosófica o el testimonio político. La convivencia entre registros constituye la mayor riqueza y, al mismo tiempo, la dificultad principal del volumen. No todos los autores comparten el mismo dominio verbal ni la misma conciencia de la forma. Junto a composiciones rigurosamente construidas aparecen otras que dependen demasiado de la declaración, el desahogo o la acumulación de referencias culturales.

Esa desigualdad es casi inevitable en una antología que privilegia la representación amplia sobre la unidad estética. El libro gana como archivo de una comunidad dispersa, aunque pierde, en algunos momentos, intensidad selectiva. Habría beneficiado al conjunto una presentación crítica más extensa que explicara las relaciones entre autores, generaciones, lugares de asentamiento y tendencias poéticas. La breve nota inicial informa acerca del origen del proyecto, pero no desarrolla suficientemente la concepción de poesía, diáspora o exilio que orientó la selección.

También convendría revisar la redacción de esa presentación en una futura edición. Algunas frases poseen problemas sintácticos y oscurecen el propósito del volumen. La propia denominación oscila entre Exodus. Versos desde afuera y «Exodus, versos de afuera». Una antología cuya importancia radica en conservar la memoria literaria de una comunidad merece que sus páginas preliminares alcancen el mismo cuidado concedido a su diseño.

La maquetación, sobria y espaciosa, permite que cada voz respire. Los poemas no aparecen amontonados ni sometidos a ornamentos innecesarios. Los dibujos de Lázaro García Medina añaden una segunda escritura, más insinuada que explicativa. No ilustran mecánicamente los versos, sino que acompañan el tránsito entre autores y refuerzan la condición artística del libro.

El orden alfabético evita imponer una jerarquía visible, aunque también impide que la antología construya un recorrido temático. Una organización en núcleos —la isla, el cuerpo, la memoria, el miedo, la lengua y el destierro— habría revelado correspondencias que ahora corresponde descubrir al lector. No obstante, esa ausencia de itinerario posee una consecuencia favorable. Cada poeta aparece como una estación independiente dentro de una geografía sin centro.

Versos desde afuera demuestra que la literatura cubana ya no puede explicarse únicamente desde La Habana ni reducirse a cuanto se publica dentro de las fronteras nacionales. Barcelona, Quito, Madrid, Miami, Nueva York, California, Georgia y Normandía forman parte de su nueva extensión. La diáspora no representa un apéndice de la literatura insular. Es uno de los lugares principales donde esa literatura recuerda, se contradice y continúa.

La antología no ofrece una definición única de la cubanidad, y en esa negativa encuentra su valor. Para unos, Cuba es herida política; para otros, lengua, música, deseo, infancia o fantasma familiar. Algunos escriben contra la isla que los expulsó; otros intentan salvarla mediante la memoria; muchos hacen ambas cosas al mismo tiempo. El afuera no cancela la pertenencia, pero la vuelve problemática.

El volumen configura, finalmente, el mapa incompleto de una nación verbal. Sus desigualdades no anulan su importancia documental ni sus numerosos hallazgos poéticos. En sus mejores páginas, la distancia deja de ser una carencia y se convierte en perspectiva. Los autores contemplan la isla desde diferentes orillas y descubren que Cuba no termina en sus costas. Continúa en quienes la llevan consigo, incluso cuando la combaten, la maldicen o intentan olvidarla.

El éxodo dispersó los cuerpos. Estos versos reúnen, durante ciento noventa páginas, las voces.

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