Por Waldo González López
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Buenos días, ya casi tardes, amigos de Ángela de Mela.
Confieso mi satisfacción por presentar el nuevo cuaderno de la que renombrara el gran poeta cubano Félix Pita Rodríguez con el mítico nombre de Ángela de Mela, tal titulara el creador una de las fabulosas, pero reales prosas poéticas de su magnífico volumen: Las Noches, cuyo sesgo surrealista lo ubicara como el mejor representante de esa importante corriente vanguardista en la poesía cubana.
Mas, antes añado algunos aspectos para que comprendan mejor esta hermosa historia que será breve, como no pocas veces suele ser la vida.
Siempre evocaré, con salvaje nostalgia, varias décadas atrás, en aquella Habana (que ya no es la que era), cuando, por primera vez, visité el acogedor hogar del Mago Surrealista de la Poesía cubana, en la calle 13, esquina a 42, Municipio Marianao.
Allí, casi como en la borgiana Biblioteca de Babel, habría en diversos idiomas un pandemónium libresco, y este que ya era y aun es un deslumbrado fisgón y voyeur de poemas , se deslumbraría, sobre todo, con un breve pero decisivo volumen: Paroles (Palabras), de quien desde que conociera sus versos, durante mis estudios del idioma francés, sería mi poeta galo preferido: Jacques Prévert, autor de la clásica canción Les feuilles mortes (Las hojas muertas), musicada por el húngaro Joseph Kosma… Por fortuna, tiempo después Félix me obsequiaría aquellas inolvidables Paroles.
Y allí conoceríamos Mayra del Carmen y yo a una muchacha, entonces nombrada Ángela García, asesora literaria y ferviente lectora de Poesía, con quien charlaríamos en varias ocasiones.
Mas, ya mudado el Poeta a su nueva dirección, en la calle 1ª., esq. a 12, Reparto Miramar, nos reencontraríamos con la entonces apellidada Ángela de Mela, quien, con su nuevo título, otorgado por el Rey Surrealista, la conminaría a leernos sus hermosos versos y convencernos de su calidad.
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Pero la historia no quedaría allí, pues en 1987,aparecíasu primer haz de versos: De ti, melancolía, por la Colección La barca de papel, cuyos textos disfrutara este crítico y poeta, quien publicara varios en una de las secciones de poesía, creadas por mí por el placer de dar a conocer a poetas inéditos en revistas capitalinas, en este caso, a aquella nueva poeta y hoy figura de la poesía escrita por mujeres en Cuba, España y Miami. Así, ya en aquellos versos, se distinguían los definitorios rasgos de su creación o poeisis.
Y en este 2026, solo meses atrás, confirmaría su calidad en el poemario Facebook frente a la Isla de Erato, publicado por la Editorial Lunetra ―creada y dirigida por el narrador y periodistamigo Pablo Socorro, con cuidada edición de Maité Glaría, diseño de cubierta y arte de Paul Lyon, a partir de las pinturas de la propia autora y dedicado a su hija Zenia―, del que subrayo, ante todo, el lirismo que signa a fondo su verso, por así decirlo angelical,que tal es otra virtud definitoria de su impronta.
Y ello se siente en su particular poética que disfruta y aprecia el lector sensible en este volumen, donde además se advierte el influjo (que no calco) de los versos breves y escalonados, surgidos a finales del siglo xix, consolidados durante las primeras décadas de la siguiente centuria, como innovación de las vanguardias literarias. Su origen se vincula a nombres clave de la Poesía hispanoamericana: Vicente Huidobro y Pablo Neruda.
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Otras cualidades que acentúo son la querencia y la nostalgia por el pasado no perdido, sino guardado y recuperado por la Poesía: «ese silencio que alguien de oído muy fino escuchó», por decirlo con uno de los clásicos versos del Premio Nacional de Literatura Félix Pita Rodríguez, quien marcara la obra de Ángela que igualmente leería a Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, García Lorca, Antonio Machado, Rabindranath Tagore, William Shakespeare y los dos Paul: Valery y Celan, tal recuerda Juan Carlos Mirabal en su hondo prólogo «Versos y hogueras».
Dividido en tres secciones: «En el nevado Olimpo», «Al asedio de las selladas lilas» y ―la más extensa e intensa― «Cítara para oídos lejanos», el volumen de 175 páginas constituye una fiesta íntima y plena en esa genuina lectura que se agradece por el placer de estar vivos, en medio del mundo en esta compleja centuria, donde sobrevivimos, acosados por la ambición, el odio, la envidia y otros males endémicos que tipifican a no pocos «humanos, demasiado humanos», tal definiera el pensador germano Friedrich Wilhelm Nietzsche.
Durante la lectura del breve volumen se corrobora otro tópico decisivo en las más genuinas y valederas poéticas: la autenticidad de sus versos autobiográficos, que sugieren experiencias personales, de ningún modo enarboladas con la fatuidad de las vanas «pompas y circunstancias» ―por decirlo con mi gustada pieza del gran músico británico, autodidáctico y posromántico Edward Elgar―, sino apenas con la gracia que le otorgan la sensibilidad y el talento, como sus asimiladas lecturas de los poetas arriba mencionados, entre los que añado uno de los más grandes del siglo xx, compartido por Ángela y por mí: el también narrador, ensayista argentino y universal Jorge Luis Borges.
Desde los primeros poemas, se atisba otro aspecto que define su cuaderno: la enumeración, cuyo mal empleo puede afectar el verso y el poema; pero que Ángela lo utiliza con el donaire que otorga peculiaridad a su quehacer, tal constatará enseguida el lector.
De tal suerte, en la primera sección, el texto inicial: «En el nevado Olimpo», se remarca por la utilización del hábil recurso: «En la niñez nos dieron / la lengua de los pájaros / los juegos a escondidas / el mapa del tesoro / la luna de un cometa / la lira de las hadas / sin dueños y sin duelos / con la infancia llegó / la estrenada inocencia / ya de vuelta te espera / en el centro del ascua / donde caen los años / y es preciso aprenderla / del jardín que olvidamos.»
El leitmotiv ―por primera vez asumido por el compositor germano Richard Wagner en sus óperas y luego llevado a la literatura, por el narrador también alemán Thomas Mann― es otro elemento recurrente, que caracteriza su poesía en numerosas páginas, tal en «No sabría», cuyos versos evocan no pocos de los más hermosos poemas de amor escritos en nuestra lengua: «Si no te hubiera conocido / no sabría cómo quiebra / el paisaje tras tu ausencia / no sabría de los pájaros / que abrigas en tus manos / ni del ocaso que escapa / no sabría el verano de su frío / ni sabría la hora señalada / ni el mármol aterido sabría / de su terrible noche / no sabría el tiempo / de ese arcano / de sombra con la piedra / no podría no verte o respirar hasta llegar de pronto / y encontrarte.»
En otro momento, distinguimos el aura de otro memorable: Rainer Maria Rilke, descubierto en plena adolescencia por quien escribe, en las relevantes Cartas a un joven poeta y en las no menos clásicas Elegías de Duino, cuya huella sería relevante en significativos nombres del pasado siglo. Así, en los versos de Ángela, que cierran «Tú llegabas», advertimos la bien asimilada lectura del maestro bohemio-austriaco, sobre todo en la estrofa final: «[…] tú llegabas / terrible / como / toda belleza».
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Ya en la segunda sección, «Al asedio de las selladas lilas», se asoma una tríada de alta valía, integrada por el británico T. S. Eliot, el cubano Gastón Baquero y la argentina Alejandra Pizarnik, cuyos versos ungen la poética de la cubana con sutiles alegorías, dejando entrever trazos evocadores de su Isla, tales veladuras de íntimos y nunca olvidados recuerdos, como acontece en su emotivo «No fue», donde «[…] la patria no era tierra / y si busqué la tierra / no fue patria / no hubo modo posible / lo que ha sido nombrado / es la gran soledad / otro lugar no es mío».
La nostalgia reaparece en diversos idus evocadores a lo largo del breve, pero intenso poemario, desde «Los recuerdos», con el certero jeu de paroles: «Cuando marchas / y dejas la esperanza / a fuerza de esperar / te hace contrarios / eso tiene el adiós / que nunca es siempre / nadie puede pagar / interminables despedidas / es un fervor con término / no es siempre / un hombre uno / y ese uno / se va alejando con recuerdos / y los recuerdos / van sumando capas / y hay un recuerdo viejo / y otro nuevo / desde la pulcritud / que ofrecen / solo para salvarnos / los recuerdos.»
En la tercera y última parte, «Cítara para oídos lejanos», descuella su definición-confesión: «Estar», donde alude a circunstancias de su vida en la Cuba que, como tantos de nosotros, dejara atrás: «Porque / no quise estar / siempre fui leve / y en la oquedad / de todo / más liviana / mientras prendían / torres / en las nubes / mis pies fueron ligeros / ahora nadie me diga / lo que soy / no estuve / en los papeles / en las palabras grandes / no estuve / en esos claustros / en el pandemonio / de la gloria / pero fue mío / el riesgo / de ser nadie / y ganarme las alas.»
Otra suerte de confesa declaración es «Solo el amor», cuyos versos, en su íntima brevedad, aluden (que no eluden) a dolorosos tientos de su vida en aquella Cuba ida, pero no olvidada por Ángela: «No pude irme / ni aprendí / a ignorarlos / no pude decir / basta / ni voltearme / ni hacerme indiferente / sólo el amor / se me quedó / en las manos.»
Asimismo, resaltan tres poemas dedicados a su mamá, como aun otro: «Madre II», que alude a su querida progenitora, en los que evidencia su finísima sensibilidad, «En torno a ti / cruzo la noche / con un silencio / comparable con tu ausencia / recorreré la plática / derramada de entonces / a esta altura me sirve / para beber la paz / y creer en lo cierto.»
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Mas, otro texto sobresale entre quienes conocen a Ángela desde décadas atrás, como quien les habla y su esposa, quienes, con la honda lectura de sus entrañables versos, revivimos ―fulgor y hálito, mediante― las felices estadías en la «Casa de doce y mar», frente al inmenso océano, donde compartíamos la genuina Poesía de distintos y distantes autores, como las nuestras, en los inolvidables momentos, ahora evocados, en aquella querenciosa estancia casi marina, presididos por la inolvidable presencia del Poeta Mayor Félix Pita Rodríguez o, tal lo llamara la propia Ángela: «El Feliz Félix».
Y transcribo los siguientes versos, en los que La Dama de la Poesía, evoca no pocas de aquellas memoriosas jornadas: «Si alguien pregunta / es porque nada sabe / que su sangre se anima / en los escombros / que conquista la paz / al borde de las olas / que a golpe de memoria / su suerte pertenece / a las mareas / que aún esconde imposibles / y que no vale nada / porque no tiene precio / el sitio donde llevas / tu corazón a salvo.»
Un poema que envidiarían no pocos colegas cubanos que padecen el Duro oficio el exilio [v.g. Nazim Hikmet], es el definitorio «Dónde», cuyos versos remarcan el dolor, la rabia y la angustia que, en recónditos momentos, nos atacan al centro de la soledad, el distanciamiento y la salvaje nostalgia que suele acaecernos. Sintamos, pues, la resonancia de los vallejianos golpes, como del odio de Dios: «Me fui / de los amigos que no eran / y del elogio falso / del dios de los bolsillos / y de sus guardianes / de la mediocre farsa / y la engañosa gloria / de la inmortal envidia / y del taimado borrón / dado a la rosa / camino de la nube / y de la nada / aun quieren preguntarme / en qué país me exilio.»
Sin duda, según definiera la poeta y narradora mexicana Ángeles Mastretta, en sus poéticas prosas de La emoción de las cosas: «Los emigrantes [somos] polvo de estrellas, sal de la tierra, árboles con alas», tal es la amarga sensación que padecemos, en no pocos momentos, quienes dejamos atrás nuestros países.
Podría continuar comentando el valioso volumen de Ángela de Mela, pero creo que lo apuntado bastará a quienes deseen leer este germinal volumen.
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Como colofón a este fraterno abordaje a las tres publicaciones que conozco de la cosmogonía lírica de nuestra poetamiga ―cuya creación revela su pupilaje de irremplazables voces cubanas: Dulce María Loynaz, Félix Pita Rodríguez, Eliseo Diego y Rafaela Chacón Nardi― sobresale su cuidadoso empleo de la palabra y el lenguaje, rasgo que exige este poeta y crítico, como valora nuestra Dama de la Poesía, con quien, durante décadas, en la aherrojada Isla, intercambiaríamos tristezas y alegrías, ansiedades y sueños, libros y poesis; si bien, por fortuna, tres lustros atrás, dejaríamos para sobrevivir en la libérrima Capital del Exilio.
Y ya que arriba menciono a nuestra siempre presente «Rafaela de Cuba» ―tal la catequizara la telúrica chilena Gabriela Mistral― ahora, en esta hermosa tarde de Poesía y recuerdos, descubro el rostro rafaeliano, alumbrando con su límpida alegría aquellos momentos, cuando disfrutábamos su humildad infranqueable y su gracias a la Vida, por compartir con Félix, Ángela, Mayra del Carmen y quien escribe.
Claro que los agradecidos a Rafaela éramos y somos nosotros: Ángela, quien presentara su último poemario; Mayra del Carmen, quien escribiera y dedicara nueve libros a su obra, entre estudios, ensayos y antologías de y sobre su magistral creación, y este poeta, con la publicación de sus versos y entrevistas en revistas y diarios.
Mas, como no olvido la sentenciosa frase del filósofo Terencio: «No es que tengamos poco tiempo para vivir, sino que desperdiciamos mucho de él», de ningún modo pretendo desoír al también dramaturgo estoico, pues bien sé que el valioso tiempo apremia, así que entro en materia sobre el más reciente poemario de Ángela: Península de Hicacos, publicado en cuidada Edición Especial de Vitrales C.E., virtud rara avis que agradecemos quienes amamos el rigor en este oficio surgido seis siglos atrás.
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Antes aparecido en la España de 2012 por la Editorial Brief [MH1] y en La Habana de 2018, por la Editorial Letras Cubanas y prologadas respectivamente por el académico, poeta, profesor y ensayista valenciano Jaime Siles y por el también ensayista y colega, ya fallecido Enrique Saínz, la reciente edición, dedicada con querencia por la poeta a su esposo de esta suerte: «Para Jorge Galeano, la primera materia que contiene infinito», el cuaderno de Ángela ―que dividido en dos secciones: la homónima y «Mar de leva»― revela varias virtudes que resaltan los mencionados colegas.
Siles, en «Una Poética para entender la Belleza», subraya: «los vasos comunicantes que hay entre la palabra y la música, [y] se observan de manera muy clara en la poesía de Ángela de Mela», de la que expresa: «los poemas son movimientos musicales».
Por su parte, en «Las Palabras de Ángela de Mela», subraya Saínz la «fusión inesperada […] que configuran una identidad: rostro-agua, dos elementos [con los que] ha logrado entrever en una secreta similitud».
Resalto, Prima facie, el coloquio con el Tiempo que la poeta ―provista de la madurez ganada a lo largo de los hesiódicos trabajos y los duros días― nos propone en sus versos (peculiar sugerencia, mediante) de variado registro, tal corroboran los poemas iniciáticos de su acogedora Península de Hicacos, en cuyas arenas de genuina Poesía, traza «el minucioso abismo / el polvo y la piedra / la vida o la memoria [en ese] partir o regresar [donde refulge] la silueta de la fugacidad / hundida en el color de las caracolas [cerca de] la casa / los galápagos y las constelaciones / y nuestros cuerpos ofrecidos».
Asimismo, la poeta, con su hondo conocimiento de las corrientes vanguardistas de la Poesía, irrumpidas, sobre todo, durante la primera mitad de la pasada centuria, sabría escoger, entre las variadas opciones técnicas ofrecidas, las que por su sensibilidad más se avienen con su estilo.
Por ello, otro rasgo a tener en cuenta es lo dialógico que humaniza aún más su lírica conversación con el lector, al que ofrece la fabulación de sus otredades simbólicas, ganadas para estos versos, de alguna manera, iluminados por la gracia de señeros poetas, como aquel adolescente francés que, entre los trece y dieciocho años, nos legara Arthur Rimbaud sus magistrales Iluminaciones, haz inmortal de aquella nueva estructura versal en cuarenta y dos textos: el poema en prosa poética, que transformara la poesía occidental.
De tal suerte, la esclarecida expresión angelical de nuestra Poeta, revela su decisiva ofrenda, acaso el antes deslumbrante hallazgo y, ahora, «velamen desde el alba / y en tus manos / como hundida fragancia / las hojas / frutecidos retoños minerales / en los carbunclos y en las ensenadas / colonias zigzagueantes / emergentes caléndulas […] / en las arenas / y en los pórticos / la inmensa contención de claridades / oh nitidez / falsa noche de Hicacos / abierta desde el mar».
Amigos, les invito aprehender y aprender con la penetrante lectura del angélico discurso versal que, en la espesura de los días y el tiempo de las constelaciones, nos obsequia, con su anhelo y ganancia de la belleza, para continuar el no siempre augusto transcurrir que, a falta de otra palabra, llamamos la Vida.
Y, como sorpresa-ofrenda a nuestra Ángela de Mela, concluyo mis palabras con el poema-homenaje «Reino», incluido en mi antología Los estandartes clandestinos del sueño que, publicada por Lunetra, se presentará en la Tertulia de la Editorial, el sábado 28 de noviembre a las 2 de la tarde en Sentir Cubano.
REINO
Para Ángela de Mela,
en el Reino de la Poesía
Una sed de milagros
me calma la fatiga del mundo.
El recuerdo, como una tela rasgada,
entre los escarpados senderos del sueño.
La vida se ha instalado
con su fuente de premoniciones,
y sus mentiras como verdades.
Ya no estamos allí,
pero aún somos los mismos.
Ya no queremos ser otros,
pero todavía soñamos aquel reino.
[Palabras de presentación del poemario Península de Hicacos, leídas por el poeta y crítico literario Waldo González López, en el salón de actos de la URBE University, Sweetwater, el sábado 19 de septiembre].
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