Por Ángel Callejas de Velázquez
I Historia
Desde la altura en que el Morro domina la entrada de la bahía, entre plataformas que descienden hacia el agua y muros cuya continuidad disimula las intervenciones de varios siglos, el visitante difícilmente sospecha cuánto de lo que contempla procede de una reconstrucción, cuánto conservó el trazado anterior y cuánto respondió a un peligro que nunca llegó a materializarse. A esa impresión de permanencia, favorecida por la fotografía y la costumbre de asociar el monumento con el nombre de su primer constructor, Antonio Ramos Zúñiga opone, en Castillo del Morro de Santiago de Cuba. Arquitectura y arte defensivo, 1635-1898, una investigación que devuelve a cada parte sus circunstancias, sus ejecutores y las necesidades para las cuales fue concebida. Conforme avanzan los planos y las relaciones de obras, la fortaleza adquiere la movilidad histórica que su presencia sobre la roca parecía negarle.
Entre las peticiones de protección que acompañaron los primeros tiempos de Santiago y las posiciones preparadas para la guerra de 1898, cuya artillería ya imponía exigencias ajenas a las del edificio inicial, Ramos reconstruye una ciudad que hubo de defenderse mediante recursos desiguales, decisiones aplazadas y soluciones provisionales. El puerto, con su entrada estrecha y sus alturas dominantes, ofrecía condiciones favorables para detener embarcaciones; los caminos abiertos desde otros puntos de la costa permitían que una expedición alcanzara la población sin exponerse al fuego principal del castillo. Al seguir ambos movimientos, el del barco obligado a penetrar por un paso vigilado y el de la tropa que podía desembarcar lejos, se comprende por qué la historia del Morro necesita extenderse hacia un territorio que sus cañones no alcanzaban.
Cuando las solicitudes del siglo XVI se confrontan con las defensas que efectivamente llegaron a levantarse, la distancia entre la urgencia expresada y la capacidad de satisfacerla impide imaginar un programa continuo, cumplido con la regularidad que sugieren las cronologías monumentales. Hubo vigilancia, pequeñas posiciones artilleras, reparaciones y proyectos que aguardaron una decisión o unos fondos insuficientes, de manera que la futura fortaleza fue precedida por tentativas cuya modestia no disminuye su interés histórico. En ese recorrido, donde las necesidades locales debían hacerse entender dentro de una administración que atendía otros puertos y prioridades, Ramos permite reconocer la negociación prolongada que precedía a una obra militar y continuaba después de iniciada su construcción.
Al situar la llegada de Juan Bautista Antonelli, hijo de Bautista Antonelli, dentro de esa acumulación de solicitudes y amenazas, el autor devuelve al ingeniero un problema concreto que resolver, en lugar de concederle la libertad retrospectiva de un creador que hubiera elegido sin restricciones. Sobre el promontorio, cuyo relieve reducía las posibilidades de un recinto regular, había que disponer posiciones de tiro, alojamientos y accesos sin perder las ventajas de la altura. La comparación con otras fortalezas caribeñas muestra los conocimientos disponibles, las afinidades y los límites de una solución que no necesitaba carecer de antecedentes para resultar meritoria. El parentesco formal sirve aquí para precisar el trabajo de Antonelli y para sustraerlo al elogio impreciso que convierte cualquier adaptación en una invención.¹
Al comienzo del examen dedicado a ese modelo irregular, Ramos escribe «No conocemos de qué fuentes de diseño Antonelli aprendió el arte de fortificar», declaración que, seguida por la reconstrucción de sus experiencias americanas, separa lo documentado de aquello que solo puede proponerse como influencia probable.² En un libro poblado por atribuciones y fechas, esa reserva constituye una de sus mejores lecciones de método, porque evita que la semejanza entre dos construcciones se transforme automáticamente en prueba de una transmisión directa. El lector conoce el entorno profesional del ingeniero sin recibir como certeza lo que los documentos conservados no permiten demostrar, distinción que debería acompañar todas las tentativas de establecer genealogías de formas y soluciones militares.
Ante la tendencia a celebrar la irregularidad por sí misma, resulta todavía más significativa la afirmación que aparece en la página 373, cuando el autor sostiene que «Esta ruptura no constituye una innovación o novedad, pues está presente en los modelos irregulares precedentes y en las referencias tratadísticas».³ La frase obliga a reconsiderar el vocabulario con que suele justificarse el valor de un monumento. Para que una obra posea singularidad no hace falta atribuirle una primacía absoluta, y la capacidad de ajustar conocimientos existentes a un enclave difícil merece un juicio más preciso que la proclamación de una originalidad sin antecedentes. Ramos encuentra el interés del Morro en esas relaciones verificables entre dimensiones, terreno y necesidades defensivas, desde las cuales su belleza puede reconocerse sin convertirse en un argumento de superioridad técnica.
En los planos correspondientes a la reconstrucción iniciada por Francisco Pérez a finales del siglo XVII, tras los daños que habían afectado a la fortaleza, el perímetro conservado convive con una reorganización que modifica sustancialmente la vida interior. Muros, alojamientos, iglesia, depósitos y obras exteriores adquieren una secuencia cuya lectura impide atribuir el edificio entero a su fundador. Lo que se mantiene en el trazado no permanece idéntico en sus usos ni en sus condiciones de resistencia, y la contribución de Pérez ocupa por ello un lugar que excede la reparación subordinada. Al recuperar esa intervención, Ramos redistribuye la autoría de una construcción cuya historia se empobrece cada vez que varios siglos quedan reunidos bajo un solo nombre.¹
A través de las solicitudes de reconocimiento profesional de Pérez, maestro formado en Cuba cuya competencia era apreciada por las autoridades, aparece una sociedad capaz de depender de un saber y restringir al mismo tiempo el ascenso de quien lo ejercía. Las barreras raciales no desaparecían porque una muralla estuviera bien construida ni porque el gobernador necesitara el trabajo de su ejecutor. Esa contradicción, que el volumen permite advertir sin desarrollarla en todas sus consecuencias, abre una vía hacia la historia social de la construcción militar. Junto a las medidas y los materiales cabría seguir con mayor continuidad la distribución del prestigio, las condiciones laborales y la diferencia entre participar de una obra y obtener un lugar reconocido en su memoria.
Después de que la expedición de Myngs alcanzara Santiago por tierra en 1662 y la guarnición abandonara el castillo, los daños causados por los atacantes podrían inducir a declarar fracasado el diseño sin examinar cómo ocurrió su ocupación. Ramos detiene esa deducción al advertir «Objetivamente, desconocemos si era una fortaleza eficaz en batalla, porque en 1662 no combate a los ingleses, porque su guarnición la abandona».⁴ La reiteración causal del fragmento refuerza una diferencia que importa preservar, pues un edificio desocupado no ha sido sometido a la misma prueba que una posición defendida hasta ser vencida. A partir de ese episodio, el estudio obliga a considerar la relación entre construcción, mando y tropa, cuya ruptura puede volver inútil una obra sin demostrar que sus disposiciones fueran técnicamente inadecuadas.
En los proyectos posteriores, donde aparecen defensas para la Estrella, la Socapa y otros puntos capaces de proteger o amenazar la boca del puerto, se vuelve visible la necesidad de asegurar posiciones que el castillo no dominaba por el solo hecho de existir. Cada batería formaba parte de una relación de apoyos y vulnerabilidades, dentro de la cual una altura ocupada por el adversario podía alterar el valor de una obra situada más abajo. Al reconstruir esas relaciones, Ramos consigue que las denominaciones militares dejen de ser un repertorio reservado al especialista y permitan seguir decisiones sobre distancias, aproximaciones y campos de tiro. El mapa adquiere entonces un espesor que la contemplación aislada del monumento no proporciona.
Con la expedición de Vernon en 1741, después del fracaso británico en Cartagena de Indias, esas relaciones alcanzan una dimensión territorial que constituye uno de los momentos más fértiles del libro. Según la reconstrucción de Ramos, el riesgo de forzar la entrada llevó a los atacantes a establecerse en Guantánamo y a intentar una aproximación terrestre, obligada a sostenerse sobre caminos y espacios en los que las ventajas navales perdían parte de su utilidad. Las disposiciones de Cagigal, con la intervención de Langle y Limonta, atendían la boca de la bahía, la costa exterior y los accesos interiores, de modo que las fortificaciones permanentes se completaban con obras de campaña y acciones móviles. La resistencia dependía de esa articulación, cuya eficacia excedía la capacidad de cualquier pieza considerada separadamente.⁵
En medio de la narración del fracaso expedicionario, cuando cabría esperar la descripción de un combate ante las murallas, el autor introduce una precisión que modifica la imagen acostumbrada de la victoria «Tampoco abrieron fuego el castillo del Morro ni sus baterías porque no fueron atacados».⁶ Las tropas británicas no llegaron a las puertas de Santiago, y el hostigamiento, las dificultades del avance y los problemas de la expedición impidieron que la campaña se resolviera mediante un gran enfrentamiento ante la ciudad. El silencio de los cañones no equivale a su irrelevancia, pues la amenaza de su fuego había intervenido en la elección de una ruta más difícil; tampoco autoriza a adjudicarles por entero un resultado que requirió la acción de fuerzas situadas lejos de sus plataformas.
A partir de esa diferencia entre la capacidad de disuadir y la experiencia de un combate efectivo, convendría moderar cualquier uso absoluto de la inexpugnabilidad, incluso cuando el término reproduzca la confianza o el temor de los contemporáneos. Que Vernon considerara demasiado arriesgada la entrada expresa un cálculo referido a barcos, tropas e información determinados, sin demostrar que todas las alternativas posibles hubieran concluido necesariamente en una derrota. El estudio resulta más persuasivo cuando conserva esa distancia entre la valoración de un actor y la explicación del historiador, porque así la decisión británica puede analizarse dentro de sus circunstancias, sin que el desenlace conocido convierta retrospectivamente cada preparación defensiva en garantía de éxito.
Al recuperar las partidas que emboscaban a los invasores y la participación de las milicias de los Caneyes y Jiguaní, Ramos ofrece un punto de encuentro con la interpretación de Olga Portuondo sobre el «sentimiento de amor y apego a la patria local», fragmento de Una derrota británica en Cuba reproducido por Lilyam Padrón Reyes.⁷ El contrapunteo puede situarse en el énfasis, dado que esa formulación invita a examinar las adhesiones de los habitantes y Ramos desarrolla con mayor detalle la organización material y territorial de la resistencia. Los pasajes cotejados no justifican una oposición entre población y fortificaciones, ya que ambos factores aparecen relacionados, ni permiten suponer que Portuondo prescinda de los preparativos militares.
Si ese apego local se entiende dentro de las condiciones del siglo XVIII, cuando proteger casas, familias y actividades podía coexistir con la obediencia al rey, la comparación ayuda a evitar que la defensa de 1741 se convierta en un episodio independentista anticipado. La pertenencia compartida tampoco suprimía las diferencias de condición jurídica o de intereses entre los participantes, cuya movilización requiere preguntas más precisas que la invocación de una comunidad unánime. Desde ese ángulo, Portuondo permite interrogar las razones sociales de una resistencia cuyos procedimientos Ramos describe, sin que haga falta convertir la diferencia de atención en una controversia que las fuentes consultadas no demuestran.⁷
En las páginas donde se acumulan las noticias sobre enfermedades, lentitud de las operaciones y desacuerdos entre los jefes británicos, la explicación admite además relaciones que no conviene resolver mediante una competencia entre causas. Si una columna tarda más en avanzar por el hostigamiento y los obstáculos, prolonga su exposición y agrava las dificultades de abastecimiento; si aumentan las bajas, disminuye su capacidad para abrir caminos y sostener posiciones. Esa lectura conjunta, sugerida por la campaña que Ramos reconstruye, permite reconocer el mérito defensivo sin retirar del análisis las condiciones que afectaban a los cuerpos. La acción militar y el deterioro de la expedición podían reforzarse mutuamente, con efectos cuyo peso relativo no siempre es posible medir.
Entre las propuestas de Beaumont, Crame, Zermeño y Buceta, que habrían alterado de manera considerable las posibilidades del frente terrestre, el lector descubre una fortaleza proyectada cuya extensión supera la de las obras finalmente realizadas. El archivo conserva así respuestas a problemas que continuaron pendientes en el terreno, y Ramos tiene el acierto de no incorporar todas aquellas soluciones al poder militar del castillo. Para juzgar la defensa disponible en un momento preciso es necesario reconstruir ese intervalo entre la aprobación, la financiación y la ejecución, dentro del cual una necesidad podía permanecer reconocida durante décadas. Los planos adquieren su verdadero valor cuando se sabe cuáles describen una existencia y cuáles registran una expectativa.⁸
Con las reformas del siglo XVIII, que reforzaron dependencias, modificaron alturas y reorganizaron circulaciones, el Morro obtuvo buena parte de la configuración que hoy permite reconocerlo, sin que cada mejora interior resolviera los problemas de su relación con el entorno. Las bóvedas protegían espacios de alojamiento y servicio, pero no deben confundirse con casamatas artilleras; la conservación del trazado principal tampoco significa que los cambios fueran secundarios. En esa precisión de términos, cuya utilidad excede el detalle descriptivo, se encuentra una contribución del volumen a la interpretación patrimonial, porque impide que una denominación prestigiosa o una fecha temprana sustituyan el examen de lo efectivamente construido.
Ante las críticas formuladas por Calderín en 1770, reproducidas y discutidas por el autor, sería igualmente impropio juzgar a Antonelli como si hubiera debido prever todas las exigencias posteriores. Una fortaleza podía resultar razonable para las condiciones de su construcción y perder eficacia conforme cambiaban las armas, las formas de ataque y los recursos de los contendientes. La comparación entre evaluaciones de épocas distintas permite reconocer esa caducidad, que no equivale necesariamente a un error original. Ramos muestra el edificio sometido a revisiones cuyo desacuerdo se vuelve comprensible cuando cada informe recupera su fecha, su destinatario y el problema militar al que pretendía responder.⁸
Al pasar de los planos a las fotografías de finales del XIX, donde pueden identificarse daños, dependencias y posiciones que después desaparecieron, la investigación cambia de fuente sin abandonar la pregunta por las transformaciones. Las imágenes obligan a distinguir lo que permaneció, lo que se perdió y lo que una restauración volvió a presentar con otra apariencia. Su incorporación al argumento permite apreciar el valor documental de detalles que podrían parecer secundarios para una historia de grandes acontecimientos, desde un parapeto roto hasta una construcción próxima al acceso. La celebridad del conjunto no garantiza el conocimiento de sus partes, y la comparación visual corrige con frecuencia la seguridad que proporciona un nombre conocido.
Dentro de esa abundancia, al alternarse el relato cronológico, los inventarios, los comentarios de planos y el examen tipológico, algunos argumentos reaparecen sin que siempre resulte evidente qué añade su nueva exposición. Una revisión editorial podría aligerar esas reiteraciones y hacer más visible la diferencia entre hallazgo, hipótesis y antecedente bibliográfico, facilitando que el lector no especializado siga la demostración sin perderse entre sus materiales. En la prueba consultada, la tabla de la página 135 requiere asimismo una aclaración, pues anuncia una tasación de 110 611 pesos y presenta una relación cuyo total es 96 286. Antes de utilizar esos valores para calcular un ahorro, convendría explicar si corresponden a conjuntos diferentes, si faltan partidas o si se trata de una errata.⁹
Al documentar los fortines y posiciones del período independentista, el libro introduce finalmente una dificultad política que acompaña a la continuidad física del monumento. Las obras destinadas a proteger el dominio español frente a expediciones extranjeras quedaron integradas en dispositivos de control territorial y represión de la insurgencia, y la defensa de Santiago dejó de poder narrarse bajo un significado invariable. Preguntar qué se defendía y contra quién permite reconocer que una misma población podía ser objeto de protección y de vigilancia, según la autoridad y los intereses considerados. Los muros conservaban su utilidad sin conservar necesariamente el sentido que la memoria posterior deseaba asignarles.¹⁰
Cuando en 1898 las baterías de la Socapa, el Faro y Punta Gorda adquirieron funciones que el viejo recinto ya no podía asumir en iguales condiciones, la supervivencia del Morro tampoco demostró que hubiera vencido a la guerra moderna. Ramos distingue el castillo de las posiciones próximas y permite reconstruir una defensa compuesta por elementos de edad y capacidad diferentes, cuyo funcionamiento dependía de comunicaciones, personal y armamento. Desde ese desenlace, la permanencia del edificio adquiere un significado más preciso, porque su valor histórico no necesita confundirse con una eficacia militar inagotable. El monumento que ha llegado hasta nosotros conserva también las huellas de aquello para lo que dejó de servir.
Después de recorrer esas modificaciones, desde los primeros intentos de protección hasta las baterías que cerraron el siglo XIX, se vuelve al promontorio con una mirada menos dispuesta a atribuir al volumen de la piedra la totalidad de la historia. El libro de Ramos merece atención por la cantidad y la precisión de las relaciones que restituye, por el lugar concedido a constructores relegados y por las preguntas que sus documentos permiten formular más allá de la intención inmediata del autor. Sobre las plataformas continúan visibles las posiciones de los cañones; fuera de ellas, en caminos y poblaciones que la imagen monumental deja al margen, se prolonga una defensa que solo puede comprenderse cuando el castillo recupera la ciudad y el territorio de los que dependía.
II Los mapas y planos de la defensa de Santiago
En el mapa de Joan Vinckeboons, fechado hacia 1639 y reproducido en la página 27, la bahía ocupa una superficie clara alrededor de la cual se distribuyen pequeñas elevaciones, caminos y signos de población, trazados con una delicadeza que aproxima la descripción geográfica a la pintura del paisaje. Las embarcaciones dibujadas sobre el agua, la rosa de los vientos y las construcciones agrupadas junto a la costa orientan la mirada hacia un puerto habitado, comunicado y potencialmente vulnerable. Al incorporarlo a Castillo del Morro de Santiago de Cuba. Arquitectura y arte defensivo, 1635-1898, Antonio Ramos Zúñiga permite observar una representación en la que la información militar todavía comparte espacio con convenciones pictóricas. Los cerros sugieren una topografía accidentada, pero sus perfiles no deben confundirse con una medición precisa de las pendientes.
Entre la fecha atribuida al dibujo y los acontecimientos que Ramos relaciona con su contenido aparece, además, una diferencia que exige atención. El pie de imagen vincula la representación con el contexto del ataque de 1603, pese a que la ejecución del mapa se sitúa décadas después. La imagen, por tanto, necesita examinarse como una elaboración cuya fecha no garantiza que todos sus elementos correspondan a una observación simultánea. La forma de una construcción, su tamaño relativo y su posición dentro de la escena pueden responder a convenciones o a información anterior. Desde esta primera ilustración se advierte cuánto depende la interpretación de los mapas de la lectura conjunta del dibujo, su procedencia y el comentario documental.
Al pasar al plano de Juan Síscara de 1668, reproducido en la página 65, la mirada encuentra una bahía alargada, con la ciudad concentrada en uno de sus extremos y las defensas distribuidas hacia la entrada. Las construcciones urbanas aparecen mediante pequeños signos agrupados, separados del dispositivo de la boca por una extensión de agua y terreno cuya amplitud ayuda a comprender la dificultad de proteger ambos sectores. La disposición del Morro, la Estrella y las baterías próximas permite seguir una defensa escalonada, en la que cada posición dependía de su relación con las demás. Más que el volumen individual de una fortaleza, interesa aquí la distancia entre los lugares que debían auxiliarse y la persistencia de una ciudad que carecía de un recinto protector equivalente al de otras plazas coloniales.
En la hoja de Francisco Pérez de 1693, situada en la página 92, el castillo ocupa el sector izquierdo y comparte la superficie con dos columnas manuscritas que, según explica Ramos, distinguen las obras realizadas de las pendientes. El contorno irregular, los trazos del frente terrestre y la proximidad del agua proporcionan una información espacial que las anotaciones convierten en una relación de trabajos. Al reunir dibujo y escritura, la lámina conserva un momento de la reconstrucción, con sus avances y sus necesidades. Su valor para el libro reside precisamente en esa condición intermedia, porque permite reconocer un edificio en transformación y discutir la atribución de sus partes sin suponer que todo cuanto aparece delineado estaba terminado.
Sobre la superficie del plano hidrográfico de Antonio de Arredondo de 1734, reproducido en la página 110, los contrastes entre las áreas claras del agua, las franjas verdosas y las masas oscuras del relieve producen una impresión de profundidad que organiza la lectura del territorio. Los sombreados y las pequeñas marcas del terreno hacen que las elevaciones pesen visualmente sobre los bordes de la bahía, de manera que la dificultad del emplazamiento resulta perceptible antes de descifrar las leyendas. Las líneas de orientación que atraviesan el agua introducen otro orden, destinado a situar y relacionar posiciones. La riqueza visual procede de la convivencia entre esa superficie mensurable y una tierra cuya representación insiste en los accidentes que condicionaban las decisiones defensivas.
En los perfiles del mismo ingeniero, reproducidos en la página 113, la sucesión de plataformas se comprende desde una perspectiva que la planta no podía proporcionar. Los cortes muestran las construcciones asentadas sobre la pendiente, los espacios interiores y el descenso desde las posiciones altas hasta las próximas al mar. A través de esa disposición puede distinguirse la altura natural del cerro de la elevación añadida por los muros, diferencia indispensable para juzgar las condiciones de tiro y la circulación entre niveles. El color ayuda a separar sectores del dibujo, pero su significado exacto debe establecerse en cada documento, sin convertir una tonalidad determinada en un código universal para todas las láminas del libro.
En torno al Morro representado por Langle y Limonta en 1741, cuya reproducción aparece en la página 123, las líneas defensivas se prolongan hacia el terreno exterior y obligan a desplazar la atención desde el edificio hasta sus aproximaciones. Los parapetos y las obras avanzadas adquieren sentido por la forma en que ocupan los accidentes del lugar y protegen los accesos. Ramos señala, además, que ciertos dibujos a lápiz superpuestos pertenecen al proyecto de Beaumont de 1764. Esa observación modifica la lectura de la hoja, porque dentro de una misma imagen conviven intervenciones de momentos diferentes. Sin la advertencia, el lector podría atribuir al dispositivo de 1741 una fortificación concebida más de veinte años después.
A lo largo de la franja costera que ocupa el plano de la página 134, las defensas aparecen distribuidas sobre una extensión horizontal acompañada por recuadros con plantas y perfiles. La composición permite pasar de la ubicación general de un puesto a la forma particular de su construcción, reuniendo escalas de observación distintas dentro de una misma hoja. El litoral deja de ser el fondo sobre el que se recorta el castillo y se convierte en una sucesión de posibles desembarcos que debían vigilarse o dificultarse. Mediante esa organización, el mapa explica por qué la protección de la entrada del puerto resultaba insuficiente si otros puntos de la costa ofrecían al adversario una vía de aproximación terrestre.
En el plano del territorio defendido durante la expedición de Vernon, reproducido en la página 136, el espacio comprendido entre Santiago y Guantánamo adquiere una importancia que las vistas del Morro no podían mostrar. Los caminos, las elevaciones y las posiciones señaladas convierten el interior en parte de la operación militar. Las masas oscuras del relieve interrumpen la superficie y hacen visible una geografía que debía recorrerse, conocerse y abastecerse. Al relacionar esta imagen con la narración del avance británico, se comprende que una distancia sobre el papel no equivale a una marcha sencilla sobre el terreno. Para determinar tiempos y dificultades concretos, sin embargo, el mapa necesita complementarse con diarios, informes y noticias sobre las condiciones de los caminos.
En la carta británica de hacia 1765, reproducida en la página 143, la atención se desplaza hacia las condiciones de navegación. Las líneas que irradian desde distintos puntos, las sondas distribuidas por el agua, los signos de fondeo y las anotaciones laterales ofrecen un puerto que debía conocerse para entrar, maniobrar y permanecer en él. Frente a los dibujos que destacan el espesor de una muralla o la distribución de un alojamiento, esta hoja concentra información sobre la superficie navegable y sus restricciones. Su inclusión permite contemplar Santiago desde una necesidad de conocimiento diferente, sin que deba suponerse que toda carta británica documentaba por sí misma un ataque concreto. La procedencia del dibujo y su posible utilidad militar son datos relacionados, pero no equivalentes.
Entre las líneas que cruzan el estudio de fuegos de Ventura Buceta de 1776, reproducido en la página 197, aparecen relaciones que no existen como construcciones visibles sobre el terreno. Los trazos indican direcciones y campos de tiro, haciendo perceptible la acción que se esperaba de las posiciones artilleras. Allí donde una fotografía mostraría una explanada o un parapeto, el plano permite examinar qué sector podía cubrirse y cómo se pretendía proteger una aproximación. Conviene, no obstante, distinguir esa capacidad calculada de su cumplimiento efectivo, que dependía del armamento disponible, la munición, los servidores y las condiciones del combate. Una línea de fuego dibujada constituye una previsión técnica, no el registro de un disparo realizado.
En la gran propuesta de Buceta de la página 198, los contornos angulares de las obras exteriores, las franjas coloreadas de las construcciones y el sombreado del relieve forman un conjunto de considerable elaboración visual. La planta superior muestra la ocupación prevista del espacio, y los perfiles inferiores permiten reconocer alturas, bóvedas y relaciones entre dependencias. La minuciosidad puede producir la impresión de estar ante una fortaleza existente; precisamente por ello resulta indispensable recordar que Ramos presenta una propuesta que no llegó a ejecutarse. La lámina documenta el conocimiento de un problema y una solución concebida para resolverlo, sin demostrar que Santiago dispusiera de aquella protección cuando la necesitó.
En la copia decimonónica del plan de Juan Pio de la Cruz de 1810, reproducida en la página 215, la bahía comparte protagonismo con una red de caminos, cursos de agua y lugares del interior que extiende la defensa hacia el territorio habitado. Las líneas se ramifican desde distintos puntos y hacen que la ciudad aparezca inserta en comunicaciones cuyo control podía facilitar o impedir el movimiento de tropas. El pie de imagen informa también sobre la historia de la copia, recordando que el documento reproducido pertenece a una transmisión posterior del plan. Esa separación entre la fecha de la concepción y la de su reproducción importa cuando se busca establecer qué información procede del original y qué pudo incorporarse durante su reutilización.
Ante las plantas de Plazaola de 1824, especialmente la de la página 237, la distribución de plataformas, escaleras y espacios interiores permite seguir el castillo con una precisión distinta de la que ofrecían las representaciones tempranas. El borde azul del agua delimita el promontorio, los sombreados explican sus pendientes y las líneas de la construcción muestran la adaptación del recinto. En los perfiles de la página 239, donde destacan los sectores rosados de los elementos cortados y los huecos de las bóvedas, el edificio se abre para revelar lo que sus fachadas ocultan. Leídas conjuntamente, ambas ilustraciones permiten relacionar el desplazamiento horizontal con los cambios de nivel y distinguir los espacios cubiertos de las explanadas destinadas a la artillería.
Sobre el fondo azul de la reproducción correspondiente a la comisión de defensa de 1889, situada en la página 264, los grandes arcos trazados alrededor de las posiciones proyectadas alteran otra vez la extensión del espacio militar. El castillo ya no proporciona por sí solo la medida de la defensa, pues las circunferencias representan alcances que se prolongan mucho más allá de su recinto. El dibujo hace visible una concepción dependiente de las posibilidades de la nueva artillería y de la distribución de baterías complementarias. Al compararlo con el croquis del armamento de julio de 1898, reproducido en la página 293, debe conservarse la diferencia entre el radio previsto por un proyecto y las piezas cuya ubicación registra un documento posterior. Esa confrontación resulta más esclarecedora que la lectura aislada de cualquiera de las dos imágenes.
En los esquemas geométricos elaborados por Ramos y reproducidos en las páginas 351 y 352, desaparecen los colores del paisaje y la escritura manuscrita de los documentos antiguos para dejar paso a cotas, ángulos, circunferencias auxiliares y nombres de los elementos defensivos. La simplificación facilita reconocer cortinas, flancos, golas y líneas de defensa, proporcionando al lector un vocabulario con el que volver a los planos históricos. Su condición es, sin embargo, distinta de la de aquellos testimonios. Son instrumentos actuales de análisis, mediante los cuales el autor interpreta las proporciones del castillo, y no dibujos originales que permitan conocer directamente cada operación mental de Antonelli. La claridad didáctica gana valor cuando conserva explícita esa distancia.
Después de recorrer estas láminas, cuya belleza convive con manchas, pliegues, diferencias de reproducción y leyendas que a veces resultan difíciles de descifrar en el tamaño impreso, se comprende cuánto del argumento de Ramos depende de hacerlas dialogar. Los mapas territoriales sitúan las obras; las plantas explican su distribución; los perfiles muestran alturas y espacios ocultos; los proyectos registran aspiraciones que pueden haber quedado sin ejecución. La reproducción editorial limita en algunos casos la lectura de anotaciones y escalas, por lo que las mediciones minuciosas exigirían consultar imágenes de mayor resolución o los originales. Con esa reserva, el conjunto constituye una de las aportaciones más valiosas del libro, porque permite seguir la defensa de Santiago desde el contorno de la bahía hasta el ángulo de un baluarte, sin confundir lo dibujado, lo construido y lo que llegó a funcionar en la guerra.
Notas y referencias
1. Antonio Ramos Zúñiga, Castillo del Morro de Santiago de Cuba. Arquitectura y arte defensivo, 1635-1898, prueba editorial suministrada por el lector, pp. 35–125 y 344–386. Todas las páginas de esta reseña remiten a la numeración impresa del PDF.
2. Ramos Zúñiga, obra citada, p. 353. Fragmento transcrito directamente del ejemplar consultado.
3. Ibídem, p. 373. Fragmento transcrito directamente del ejemplar consultado.
4. Ibídem, p. 355. Fragmento transcrito directamente del ejemplar consultado. Sobre el ataque de 1662, véanse también las páginas dedicadas a Myngs en el capítulo sobre el Morro abaluartado.
5. Ibídem, pp. 126–134, especialmente pp. 128–129, sobre organización territorial, obras de campaña y milicias.
6. Ibídem, p. 133. Fragmento transcrito directamente del ejemplar consultado.
7. Olga Portuondo Zúñiga, Una derrota británica en Cuba, edición de 2015, p. 162, citada por Lilyam Padrón Reyes, «Conflicto y guerra en el Caribe. Papel desempeñado por las milicias de indios frente al intento de invasión británica a Santiago de Cuba (1739-1748)»
8. Ramos Zúñiga, obra citada, pp. 144–211 y 344–386; informe de Calderín reproducido en pp. 407–412.
9. Ibídem, p. 135. La diferencia señalada requiere cotejo editorial o documental antes de atribuirla a una causa concreta.
10. Ibídem, pp. 274–343, sobre las fortificaciones del período independentista y el dispositivo de 1898.