Por: Gregorio Vigil-Escalera –
Evidente es que los artistas se mueven dentro de su órbita como desean y les inducen su libertad y experiencias, sin que dejen de depender, no obstante, de las circunstancias, de su humor y talante, y sin poder sustraerse tampoco a la trama de acontecimientos y prédicas de la sociedad en que viven (a veces excesivamente y sin criterio alguno), lo que juega con sus propias contradicciones como un impulso innovador que impide que ningún sistema conceptual y visual baje la persiana y se llene de polvo y carcoma.
No obstante, lo que constituye tal visión general está peligrosamente abocada a un estrechamiento si se toma en consideración lo que señaló Anne Cauquelin respecto a que el arte contemporáneo se enfrenta a una necesidad de hacer visible, no el mundo de lo visible, sino su obra misma. Así, de esta forma y con este propósito, se tiende en innumerables ocasiones a que dilemas artísticos, plásticos y estéticos se reduzcan al somero debate sobre una adscripción a distintas opciones políticas o ideológicas, con lo que se obtiene el convencimiento de que ahí, dentro de esa alternativa y estatuto, se encuentra el signo de la visibilidad y consecución del genio creador.
Sin embargo, nada es más cierto, ya que al final, de ser así, se tornará un hecho indiscutible —o discutible, como prefieran algunos— el que banderas, enseñas, etiquetas, inclinaciones, preferencias, etc., si se convierten en absolutas finalidades y núcleos de este orden como institucionalización del arte y su desarrollo, acabarán simplificándolo, adulterándolo, encajonándolo y hasta degradando su discurso y naturaleza. Pero no se preocupen, por si estoy equivocado, me he endurecido con piedra pómez mi trasero para recibir las consiguientes patadas inmisericordes.
Gregorio Vigil-Escalera
De las Asociaciones Internacional
y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)