Por Daniel Fernández
*Texto publicado originalmente en El Nuevo Herald, sección Artes y Letras, domingo, 8 de julio, 2006

La inconmensurable influencia del poeta cubano José Lezama Lima (1910-1976) va más allá de los límites insulares y hasta del idioma, para irradiar una preñez creadora que impone su reto trascendiendo los límites caprichosos o académicos de geografía, lengua y generación. Con su “rama dorada”, Lezama alumbra hoy esta “oscura pradera”, ostentando el mismo poder esclarecedor con que se asomara por primera vez a la alta poesía, el tiento vulnerado de La Muerte de Narciso (1937).
También en la novela y en el ensayo se vistió el poeta con el manto de armiño del que innova, abre e impulsa. El prisionero de la calle Trocadero, el que nunca pudo escapar a las burocráticas cadenas con las que el gobierno lo mantenía sin salir siquiera a ver a su hermana Eloísa —como podemos leer en sus desgarradoras cartas—, se sabía poseedor de una vela más henchida que la del navío y un ala más abarcadora que la del avión: la palabra. Como quien va abriendo camino con ensalmo de espiritista de campo, al ritmo quizá intuitivamente heredado de imposibles taínos —el protagonista en su novela Paradiso (1966) lleva el nombre de Cemí, tótem indígena— el poeta se adentra en la manigua literaria para poner otras luces que sólo para los obtusos son oscuridades, por más que no se entreguen fácilmente a la elucidación.
Aunque hay muchas claves para desenredar la madeja hermenéutica de Lezama, en su mundo de “confluencias” son tres los pilares ancilares del edificio poético: los griegos, el catolicismo y la sabiduría esotérica en todas sus variantes. La presencia del primer pie de este trípode es fácil de degustar en su paleta de imágenes donde se pasean Hermes y Júpiter, Orfeo y Proserpina. Para la segunda clave tenemos las incontables referencias crísticas de los “ijares de mi costado (…) Ijares que comprueban el sentido de mi destrucción”.
Esa certeza del alma redimida, de la perdurabilidad más allá del cementerio: “oleaje de mármol y pinos sepultados”, le da a su obra ese glorioso optimismo que la hace disfrutable de una manera poco común dentro de la poesía cubana, esencialmente trágica e irredenta. No hay aquí el desgarramiento amargo de Virgilio Piñera, ni el grito desesperado de Reinaldo Arenas. Cuando para el primero vivir es una “broma colosal” y para el otro “es ver la muerte”, en Lezama, el paso de la “oscura pradera” se convierte en una profunda confianza en la “hipertelia de la inmortalidad”.
Pero donde más se enriquece y multiplica su juego simbólico, su impronta de significados “para entendidos”, para iniciados casi, es en el tercer pilar de su estamenta imaginaria: el esoterismo; porque nunca tuvo la cultura enciclopédica un mejor aposento. Aquí tenemos el Adonai de la Kábala comulgando junto al Anubis de los egipcios, y a los derviches árabes danzando al ritmo de Pergolesi, bajo la luz del atanor alquímico. Su pasión filológica —al borde de la obsesión— le daba a cada palabra su justa multiplicación de significados. Disfrutaba la polisemia como un niño en la casa de espejos de un antiguo parque de atracciones.
Complejo sí; pero quizá lo más atractivo de esta parte del inagotable Lezama es el jugoso laberinto de posibilidades que le permitió decir lo que quiso —y hasta lo que no se podía decir— en un momento en el que una palabra de más podía sumar la cárcel al ya existente ostracismo.
Veamos por ejemplo —a manera de provisionales apuntes hacia un desciframiento de su decir—, cómo funcionan las claves esotéricas en su poema El número uno. Astuto, burlón, chistoso, y sobre todo, precavido, Lezama envuelve su befa al “máximo líder” con una trastienda difícil de acceder, si no se ha tenido un Virgilio que apuntale “el paso del mulo en el abismo”, si no se conocen las correspondencias simbólicas. Los primeros versos rezan: “El número Uno en las tablas del Tarot:/ el prestidigitador, el farsante.” El uno —mago en el Tarot— implica “el caballo” en la charada china que se usaba en Cuba para apuntar los “terminales” de la lotería en juegos ilícitos populares. Esa charada era del dominio público por lo menos hasta la década del 70, cuando empezó a desaparecer su recuerdo. Se sabe que aún hoy a Castro se lo identifica como “El caballo”, y nótese el Uno con mayúscula.
Todo esto podría ser coincidencia, si los versos siguientes no nos acercaran sin vacilaciones a una epifanía: “Oye los aplausos enguantados y la respiración retrocediendo [¿aplausos hipócritas? ¿la respiración del miedo?]/ Y más adelante: “… por debajo de la mesa de granadillo [la tribuna]/ pic, pic, pic, pero la distancia borra el sonido [el golpear con el dedo en el micrófono, cuyo eco se pierde en la plaza]”. Por si nos queda duda en cuanto al micrófono: “Si no le escuchan con asombro, la maruga será una colada de plomo” [!] O sea la perreta infantil del tiranuelo que busca el aplauso sumiso de sus súbditos “entre el polvo de la plaza”. Más adelante, el poeta se atreve un poco más: “¿Quién respira? Pero el aguador mira al melonero y se sonríen, tendrán que esperar el final que rubrica la mentira [Nadie se atreve a chistar, pero se harán cómplices hasta que llega la consigna que cierra el discurso del líder]”.
Hay golpes sueltos, pero contundentes (“la mentirilla en la flauta agrietada”) envueltos en una serie de imágenes que pueden (y deben) ser interpretadas de muchas formas y disfrazan el mensaje; pero más adelante, el poeta vuelve al ataque, casi coloquial: “la voz cejijunta que dictó que un pañuelo indiano/ no pueda parir un gallito con un perejil en el pico”. En fin, la voz discursiva bélica que impide que la bandera sea símbolo de paz y no pretexto para imaginarias, infinitas guerras que dan pie al tirano para la opresión. El discurso en la plaza (y el poema) concluye con “la inmóvil palidez y todos los murales del infierno [las vallas con consignas y dioses del comunismo en torno a la plaza]”. Más claro, el agua.
Para aquellos que puedan pensar que deliro o exagero, les revelo que quien me hizo ver algunas de estas claves del poema fue un miembro de la inteligencia cubana (nada de brutos tienen) que en aquellos años estaba casado con una de mis primas. Me dijo incluso que se había pensado en “ir a darle un susto” al poeta. ¡Quién sabe si se lo dieron! Lo cierto es —no lo olviden— que en los últimos 10 años de la vida de Lezama no le dejaban salir del país ni le publicaban nada. Paradiso fue recogido de todas las librerías.
A los 30 años de su muerte, el gobierno cubano pretende robar la gracia libre de su verbo para una oficialidad macabra que no tiene nada de revolución y sí mucho de inquisición. No obstante, desde el reino de Proserpina, el poeta se ríe eternamente del mico que aún lanza sus “mentirillas” desde la tribuna de granadillo.
FRAGMENTO
POEMA “UNA OSCURA PRADERA ME CONVIDA” DE LEZAMA LIMA
Una oscura pradera me convida,
sus manteles estables y ceñidos,
giran en mí, en mi balcón se aduermen.
Dominan su extensión, su indefinida
cúpula de alabastro se recrea.
Sobre las aguas del espejo,
breve la voz en mitad de cien caminos,
mi memoria prepara su sorpresa:
gamo en el cielo, rocío, llamarada.
Sin sentir que me llaman
penetro en la pradera despacioso,
ufano en nuevo laberinto derretido.
Allí se ven, ilustres restos,
cien cabezas, cornetas, mil funciones
abren su cielo, su girasol callando.
Extraña la sorpresa en este cielo,
donde sin querer vuelven pisadas
y suenan las voces en su centro henchido.
Una oscura pradera va pasando.
Entre los dos, viento o fino papel,
el viento, herido viento de esta muerte
mágica, una y despedida.
Un pájaro y otro ya no tiemblan.
dfernandez@herald.com