Hilma af Klint. Serie 'El cisne' (1914-15)

Hilma af Klint. Serie 'El cisne' (1914-15)

El arte como cuidado de sí (5/5)

Por Sol de Rodela Ocoso

Entre 1906 y 1915, en Estocolmo, la pintora Hilma af Klint produjo cientos de obras abstractas de gran formato —antes de que Kandinsky publicara De lo espiritual en el arte en 1911, antes de las fechas que los manuales asignan al nacimiento de la abstracción—. No las expuso. No las vendió. Dispuso en su testamento que no se mostraran hasta al menos veinte años después de su muerte, convencida de que su tiempo no podía leerlas. Murió en 1944; el mundo tardó bastante más de veinte años en darle la razón. Cuando el Guggenheim de Nueva York le dedicó una retrospectiva en 2018, la muestra se convirtió en la más visitada de la historia del museo. Durante medio siglo, aquella obra inmensa existió sin mercado, sin sala, sin público: solo como práctica sostenida de una mujer que la necesitaba para pensar.

Esta serie ha recorrido todo lo que el sistema exige hoy a quien hace arte: argumentar un valor que ya ninguna vara mide, pagar el peaje del espacio expositivo, tributar atención —o carne— al algoritmo. Era necesario terminar aquí, en la pregunta por lo que queda cuando se descuentan todas esas exigencias, ¿por qué hacer arte, si no garantiza precio, pared ni visualizaciones? Y la respuesta más extendida hoy —el arte como terapia, como bienestar, como paz interior— es a la vez la más verdadera y la peor formulada. Conviene desarmarla en sus tres componentes, porque el discurso del bienestar los amontona y al amontonarlos los abarata.

El primero es la arteterapia propiamente dicha: una disciplina clínica, con formación específica, encuadre profesional y objetivos de tratamiento; en países como el Reino Unido el título está protegido y regulado como profesión sanitaria. Quien la ejerce no «hace manualidades con pacientes»: conduce procesos terapéuticos donde la imagen es el medio. Llamar arteterapia a pintar el domingo es tan impreciso como llamar fisioterapia a estirarse al despertar.

El segundo componente es exactamente ese: la práctica aficionada como descanso, el pintar del domingo. Es legítimo y no necesita justificación —nadie exige al que corre por el parque que compita—, pero conviene no venderle lo que no es. La retórica comercial del wellness le promete paz interior por el precio de un kit de acuarelas, y esa promesa hace trampa en los dos extremos: infla el pasatiempo y rebaja lo que la práctica artística seria tiene de trabajo.

Porque hay un tercer componente, y es el que este artículo defiende: el arte como forma de conocimiento de uno mismo. Aquí la referencia exacta no es el spa sino Foucault, que dedicó sus últimos cursos a rescatar la noción antigua del cuidado de sí (La hermenéutica del sujeto, 1981-82): no un mimo, sino una disciplina; un trabajo deliberado y a menudo incómodo del sujeto sobre sí mismo para transformarse. En esa tradición, la práctica artística sostenida se parece menos a relajarse que a examinarse: obliga a decidir, a mirar el propio resultado sin coartadas, a descubrir qué se repite, qué se evita, qué se es. John Dewey lo dijo de otro modo en El arte como experiencia (1934), el hacer artístico no expresa un interior ya formado, lo forma. Uno no pinta lo que sabe de sí; se entera pintando.

Y esto es lo que ni el mercado ni el peaje ni el algoritmo pueden tasar, porque ocurre en un registro donde sus monedas no circulan. El precio de la obra, la sala que la cuelga y las visualizaciones que acumula son hechos externos al acto de hacerla; Hilma af Klint es la prueba extrema de que la práctica puede sostenerse décadas sin ninguno de los tres. No propongo su renuncia como modelo —ella tenía medios propios, y esta serie ha insistido en que el acceso también es cuestión de clase—. Propongo su jerarquía: primero la práctica como examen de sí, después, si llegan, el precio, la pared y el público.

Esa jerarquía es la conclusión optimista de la serie, y no es un consuelo sino una constatación: todo lo que estas cinco entregas han descrito como filtro, peaje o trampa opera sobre la circulación de la obra, no sobre su hacerse. El sistema puede decidir cuánto vale, dónde se ve y cuánta atención merece. Lo que no puede impedir es que alguien, en una habitación cualquiera, se ponga a trabajar y salga de ahí sabiendo de sí algo que no sabía. Ahí no cobra nadie.

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