El hombre martiano de la América Nuestra

por Jose Raul Vidal y Franco

En Nuestra América ―ensayo al que siempre hay que volver como el punto más encumbrado de su madurez política―,  Martí perfila el concepto de hombre natural con el que toma partido frente a un proyecto de modernidad para la  América hispana. Agrupa, a saber, tres individuos: el hombre político: (entendida la política como el arte de mancomunar intereses y ejercitar el respeto al derecho natural y al bienestar de los  integrantes de la sociedad). Sería éste el hombre real de la América nuestra, capaz de gobernar auténticamente a su pueblo sin prescribirle un modelo foráneo que lo distancie de las necesidades reales del país; el hombre cultural: referido al mestizo autóctono que ha tomado, selectivamente, lo mejor de las varias culturas que han influido en él para crearse  y superarse en medio de la marginación; un hombre cuya raíz  está en el conocimiento cabal de su historia, con la que  recorre el conjunto de la vida espiritual y material, en la que incluye además, factores de índole geográficos que le permiten distinguirse como pueblo universalmente; y por último, el hombre moral, evocador del Homagno que detalla en Yugo y Estrella; un hombre de excelsitud ética, conocedor de su deber ante la historia.

El concepto de hombre natural no resulta totalmente novedoso en Martí; al contrario, fue un concepto que moldeó la escuela filosófica cubana del XIX desde aquel hombre rústico que perfiló el padre Varela en sus discursos ―y por el que aboga continuamente para que se le tuviese en cuenta a nivel social; sin embargo, aún cuando  no es en esencia el mismo hombre natural del que habla Martí, sí se inserta en este concepto para conformar aquel universo social  con el que habría de hacerse causa común  —según se expone en Nuestra América. En esencia, el concepto de hombre natural no se mueve en la cuerda de la racionalidad occidental, ni mucho menos en el imaginario renacentista sobre el buen salvaje; al contrario, delinea al ser nacido del espacio poético y el entorno histórico de la realidad americana, cuyo presupuesto es la fusión de culturas y razas en la instancia de la naturaleza. Basta apuntar que nuestros pensadores ―aún inconscientemente― saborearon la idea del latinoamericano: todo lo vivo, desde la belleza más sublime hasta la condición más trivial. Para nada poseyeron una visión edulcorada de la realidad americana, antes bien defendían el derecho legítimo de una cultura tan alta y especial como la europea, en la que latía un gran espíritu autóctono y universal.

El concepto, hombre natural, representa, a saber, al legítimo indio, síntesis y esencia viva de la autoctonía  americana; al negro, ya lejano en su práctica tribal, proveedor de nuevos y ricos elementos para la cultura en que fue forzosamente insertado; y al campesino, creador de riquezas en medio del entorno americano eminentemente agrícola. Por razones obvias, para Martí estos elementos conforman el sello de una identidad que al compás de la historia ha creado una cultura de aportes y dimensiones universales. Adecuado al tema de Cuba, Martí va a trascender entonces el marco tradicional de pensamiento al promover un proyecto de emancipación al que entregó todo su esfuerzo, toda su vida; tal parece como si el padre Varela ―por estremecedora providencia―, hubiera delegado en su discípulo más auténtico, la culminación de la obra de independencia.

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