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NOTAS AL MARGEN: PABLO SOCORRO, NARRADOR DE FONDO

Por Waldo González López

                        «La riqueza de la vida está hecha de recuerdos olvidados.»

                                                                              Cesare Pavese

Tras disfrutar la selección de los mejores cuentos de Pablo Socorro, El beso de luna ―recién publicada por la Editorial Lunetra, creada y dirigida por el avezado periodista― en estas Notas al margen, sugiero su lectura.       

   Antecedido por un epígrafe del polémico narrador Charles Bukowski: «Algunas personas no enloquecen nunca. ¡Qué vida tan horrible deben tener!», dedicado: «A quienes me enseñaron a nadar en medio de la tormenta», prologado por la poeta y escritora Ivis Acosta Ferrer y con edición de Zenaida Ferrer, ya el propio título invita. 

   Confiado entré en el volumen, pues había leído otros títulos del autor, tales el testimonio El último que apague el Morro y la novela El almendrón azul en los que, como en la mayoría de sus textos, el conocido humour del narrador sobresale, al margen de sus hondas dotes narrativas, en las que se advierte su inmersión en autores de la talla del uruguayo Horacio Quiroga, los cubanos Alejo Carpentier y Onelio Jorge Cardoso y el americano Ernest Hemingway, por solo mencionar algunos decisivos.

   Otro elemento de valía es el carácter autobiográfico que, asimismo, sobresale en estos relatos de Pablo Socorro, genuino narrador de fondo,  parafraseando el título de la novela La soledad del narrador de fondo, adaptada al cine y realizada por Tony Richardson en 1962. Su autor, Alan Sillitoe, integraría el movimiento británico Angry Young Men, de los ’50s, leída por este cronista a inicios de los ’60s.

   En la atinada selección ―en cuyos relatos prima la síntesis, la alegoría y temas de varia intención, como amor, erotismo y lo cubano―, Pablo combina, para enriquecerlos, personajes reales o ficcionales, situaciones y países, visitados por el periodista, que ahora nutren la mayoría de estos cuentos, como los amatorios: «Mi novia triste», «El último canto del cisne» y, sobre todo, «Tus huellas en la arena», hermoso homenaje a cuatro grandes de la cultura latinoamericana: el narrador uruguayo Horacio Quiroga, la poeta argentina Alfonsina Storni y los  compositores también rioplatenses: el escritor Félix Luna y el pianista Ariel Ramírez, autores de la clásica canción «Alfonsina y el mar».

   Mas, asimismo integran esta suerte de antología, otros textos de valía sobre temáticas distantes, pero no distintas en calidad, tales: «Déjà vu» (ejemplar por su brevedad: apenas una página); «Sinfonía inconclusa» sobre el Señor Hatenoise, símbolo del americano en La Sauesera, donde,  contra viento y marea, no sé cómo, sobrevive en el ambiente abrumador de su bullicioso barrio; «Tranca y Bombita», donde se alude a «la cara oculta de esa otra revolución».

   En los siguientes se abordan dos personajes simbólicos: en «El cuento más caro del mundo» (que acontece en Barcelona con el folclórico personaje de Niurka, La Mulata de Fuego, quien en La Habana fuera Elena La Sandunguera) y en «La Diva» (que se desarrolla en Panamá, con los canallas amigos del asesino Castro: Torrijos y Noriega, muy cercano el primero de esa «diosa de azúcar, hermosa y feliz, con más carisma y talento, pero una sensualidad desbordada».

   Y aquí concluyo, pues la calidad de estos valiosos relatos no necesita excesos laudatorios. Disfruten, pues de El beso de Luna.  

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