«El caballero del camino» de Eduardo Lozano Martínez

«El caballero del camino» de Eduardo Lozano Martínez

Eduardo Lozano y la poética del andar. «El caballero del camino» 

Hay algo profundamente radical en la decisión de tallar madera con gubias en pleno siglo XXI. Mientras el mundo del arte contemporáneo se debate entre el fallido NFT, las realidades virtuales y la exhibición de la carne como atractivo pictórico en las redes sociales, Eduardo Lozano Martínez permanece en su taller valenciano afilando herramientas «medievales», preparando tintas, cortando papel elegido por su gramaje preciso. No es la nostalgia lo que mueve sus manos, sino convicción, la certeza de que ciertas verdades humanas sólo pueden decirse con la paciencia artesanal del grabado, con el blanco y negro absoluto de la xilografía, con el silencio concentrado del que talla contra la veta de la madera.

El artista cubano, residente en Valencia convierte la xilografía en peregrinación y el libro de artista en territorio sagrado

El caballero del camino, su más reciente libro de artista publicado por Olán Editions, condensa esta filosofía en un objeto de belleza serena y contundente. Quince ejemplares numerados, cada uno firmado a mano, cada uno con cuatro xilografías originales que narran sin palabras —o mejor dicho, que narran con el vocabulario primordial de la luz y la sombra— la historia de don Gaiferos de Mormaltán, aquel caballero medieval que, según cuenta el romance del siglo XIII, peregrinó a Santiago de Compostela en agradecimiento por recuperar a su amada.

No es casual que Lozano, artista cubano exiliado, encuentre en esta figura medieval un espejo de su propia condición. El peregrino y el exiliado comparten una misma esencia: son seres en tránsito, desarraigados voluntarios o forzosos, caminantes que llevan la patria en la planta de los pies y la esperanza en el horizonte incierto. Durante años, Lozano ha transitado muchas veces él mismo el Camino de Santiago, y de esa experiencia ha extraído una de las series más coherentes y hermosas del grabado, un vasto ciclo de xilografías donde los peregrinos no son turistas espirituales sino arquetipos de la condición humana.

En El caballero del camino, esta obsesión temática alcanza una destilación perfecta. Las cuatro estampas que componen el libro funcionan como estaciones de un vía crucis laico, momentos suspendidos de una odisea interior. Aquí está el caminante con su mochila a la espalda —esa mochila que es metáfora de todo lo que cargamos: memorias, culpas, esperanzas—; aquí el bastón que no es sólo apoyo físico sino símbolo de fe en que habrá un próximo paso; aquí el descanso ganado, la soledad compartida, el abrazo entre extraños que se reconocen hermanos en el cansancio.

El trazo de Lozano posee una economía expresiva que remite simultáneamente a dos tradiciones, la del expresionismo alemán de entreguerras —Kirchner, Kollwitz, Nolde— y la del grabado popular latinoamericano, desde Posada hasta el Taller de Gráfica Popular mexicano. Como aquellos maestros, Lozano rechaza el detallismo descriptivo en favor de una síntesis brutal, con pocas líneas negras sobre el blanco del papel, y de pronto emerge una figura humana completa, con toda su carga psicológica, toda su vulnerable dignidad.

Hay que detenerse en la materialidad del objeto. En tiempos de lectura digital y consumo instantáneo, este libro exige otro tempo. Sus 28 x 23 centímetros obligan a sostenerlo con ambas manos. Su encuadernación artesanal, con tapas y cintas vistas, celebra sin disimulo la manufactura humana y la tradición ancestral del bibliófilo. El papel tiene una textura que pide ser tocada, que responde con su rugosidad a la yema del dedo. Cada xilografía de 26 x 21 cm es una impresión original, no una reproducción: la tinta se hundió en ese papel específico bajo la presión de ese tórculo concreto en ese instante irrepetible. Poseer uno de estos quince ejemplares es poseer no una copia sino un fragmento del acto creativo mismo.

La elección de don Gaiferos como protagonista no es meramente anecdótica. Este personaje, mitad histórico y mitad legendario —Cervantes lo menciona en el Quijote; la tradición popular ubica su tumba en la mismísima Catedral de Compostela— encarna la fusión entre caballería y peregrinación, entre la gesta heroica y la búsqueda espiritual. Para Lozano, formado en la épica visual de la escuela cubana de los noventas del siglo pasado y liberado de su retórica social en el exilio, Gaiferos representa la posibilidad de una heroicidad nueva: no la del guerrero que conquista sino la del caminante que resiste, no la de la victoria sino la de la perseverancia.

A lo largo de su trayectoria, documentada en exposiciones como Las calles de La Habana (2021) y su prolífica obra reciente, Lozano ha demostrado una fidelidad notable a ciertos temas: el trabajador humilde (el carretillero, el vendedor de flores, el repartidor), la memoria urbana de su Habana detenida en el tiempo, las referencias mitológicas que permiten pensar lo humano desde lo arquetípico (Ícaro, Jacob, el ángel caído). Pero es en su ciclo del Camino donde todas estas obsesiones convergen y se depuran. Porque el Camino, para Lozano, no es solamente una ruta geográfica entre Saint-Jean-Pied-de-Port y Santiago. Es una metáfora existencial que abarca tanto al cubano que abandona su isla como al artista que abandona las certezas estilísticas de su formación, tanto al peregrino medieval como al hombre contemporáneo que busca sentido en un mundo desencantado. En sus obras introduce una ironía delicada, incluso en el Camino, supuesto espacio de autenticidad y desconexión, la tecnología nos persigue. Pero incluso esta crítica está despojada de cinismo; hay en ella una ternura, un reconocimiento de que somos, inevitablemente, hijos contradictorios de nuestro tiempo.

La técnica xilográfica, por su propia naturaleza, impone una ética del trabajo. No admite la corrección fácil ni el arrepentimiento, cada incisión en la madera es definitiva. Requiere decisión, claridad y la paciencia de un monje. Lozano ha hecho de esta limitación una fortaleza, su obra gráfica alcanza una contundencia formal que contrasta con la indecisión estilística de mucho arte contemporáneo. Cada línea está donde debe estar porque no puede estar en otro lugar; cada mancha negra pesa exactamente lo que debe pesar. El resultado es una obra que habla con voz baja pero firme, que no grita, pero tampoco puede ser ignorada. 

Si hay algo que define las xilografías de Lozano es su resistencia a la espectacularidad, su negativa a seducir con efectos fáciles. En un panorama artístico obsesionado con la provocación y el impacto instantáneo, él apuesta por la resonancia lenta, por la imagen que se instala calladamente en la memoria y ahí permanece, trabajando en silencio. Sus peregrinos no son fotogénicos ni pintorescos; son figuras arquetípicas, casi abstractas en su universalidad, pero profundamente humanas en su vulnerabilidad. El caballero del camino representa, en este sentido, una culminación. Aquí, la depuración formal alcanzada en años de trabajo xilográfico se une a la profundidad temática de su reflexión sobre el tránsito y el exilio, y todo ello se encarna en un objeto bibliófilo que honra tanto la tradición del libro de artista como la antigua devoción del peregrino. Sostener este libro es sostener una pieza de resistencia cultural: resistencia contra la prisa, contra la superficialidad, contra el olvido de que el arte puede y debe ser también oficio, paciencia, materia transformada por manos que saben lo que hacen.

Don Gaiferos, el caballero medieval, peregrinó a Santiago por gratitud. Eduardo, el artista, graba xilografías por convicción. Entre ambos —separados por ocho siglos, unidos por el Camino— se tiende un hilo de continuidad que este libro traza con nitidez ejemplar. Es el hilo de los que caminan no porque tengan un destino claro, sino porque saben que la marcha misma, el paso tras paso, el peso de la mochila y la esperanza del albergue, es ya toda la respuesta que necesitamos.

En un mundo que parece haber perdido el sentido de lo sagrado, lo ritual y la introspección, Lozano nos recuerda que todavía queda el camino. Y nos lo recuerda con los medios más humildes y más nobles: madera tallada, tinta negra, papel blanco, manos que trabajan. Quince ejemplares que son quince oportunidades de sostener en las manos un fragmento de su verdad. El caballero del camino somos todos. Eduardo Lozano Martínez, simplemente, nos lo hace ver.


Eduardo Lozano Martínez (Las Tunas, Cuba, 1967) es artista visual residente en Valencia, España. Su obra forma parte de colecciones públicas y privadas en Europa y América. 
El caballero del camino (Olán Editions, 2025) es su más reciente libro de artista. Edición limitada de 15 ejemplares numerados y firmados. Información: www.eduardolozanomartinez.es

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