Por Marcos de Tropoya
Entre los numerosos cuadernos poéticos que aparecieron en Cuba durante las primeras décadas del siglo XX, pocos resultan tan reveladores de una sensibilidad de transición como Limoneros en flor, publicado en Matanzas en 1912 por Fernando Francisco Lles y Berdayes, un libro que, lejos de buscar la estridencia de las vanguardias que ya comenzaban a insinuarse en algunos centros culturales del mundo occidental, permanece fiel a una concepción de la poesía entendida como música interior, como confidencia sentimental y como prolongación espiritual del paisaje, hasta el punto de que cada uno de sus versos parece escrito bajo la luz declinante de una tarde interminable, en esa hora incierta donde la naturaleza deja de ser una realidad física para convertirse en reflejo de los estados del alma.
Desde luego, estamos ante una obra profundamente marcada por el legado del modernismo hispanoamericano, aunque no por su vertiente más ornamental y cosmopolita, aquella que llenó la poesía de cisnes, princesas, mármoles y jardines versallescos, sino por una modalidad más íntima y sentimental, donde la musicalidad, el simbolismo y la evocación nostálgica sustituyen cualquier afán de brillantez exterior. El libro se abre con una declaración de modestia literaria, cuando el autor explica que la obra fue escrita apresuradamente para concurrir a un certamen convocado por la Academia Cubana de Artes y Letras, observación que posee un interés histórico evidente, aunque el lector contemporáneo pronto descubre que detrás de esa aparente improvisación existe una notable unidad emocional y estética.
El poema inicial, ¡Mis viejos limoneros!, constituye en realidad una especie de programa poético que resume buena parte de los temas que recorrerán el libro entero. Los limoneros no aparecen como simples árboles pertenecientes al paisaje rural cubano, sino como criaturas espirituales capaces de recordar, sufrir, esperar y amar, transformados por el poeta en símbolos permanentes de la memoria afectiva. Cuando escribe que aquellos árboles florecieron «haciendo de esperanzas alarde» y que su florecimiento fue «como una oración», el autor introduce desde el comienzo la fusión entre naturaleza, sentimiento y religiosidad que caracteriza toda la obra.
En realidad, la poesía de Lles se construye a partir de una operación simbólica constante mediante la cual los objetos naturales dejan de pertenecer al mundo exterior para convertirse en manifestaciones visibles de una experiencia sentimental interior. Los caminos, los potreros, los atardeceres, los pájaros, las fuentes y los azahares no poseen autonomía propia; existen únicamente como reflejos de la tristeza, la nostalgia o la esperanza del sujeto lírico. Se trata de una técnica característica del simbolismo finisecular, heredada indirectamente de la tradición francesa y reelaborada por el modernismo hispanoamericano, que encuentra aquí una de sus expresiones más delicadas.
El gran tema del libro es, sin duda, la ausencia. Todo parece organizado alrededor de una figura femenina que ha desaparecido o que nunca termina de llegar. La «hermanita de todos los crepúsculos», evocada una y otra vez, adquiere la condición de una presencia fantasmal cuya ausencia termina estructurando el universo entero del poema. No es casual que los limoneros esperen, que los senderos se prolonguen hacia horizontes inalcanzables o que los personajes recuerden constantemente un amor perdido. Más que una historia amorosa concreta, el libro propone una meditación sobre la espera misma, sobre la experiencia de vivir orientado hacia algo que quizá nunca regrese.
El paisaje desempeña una función esencial. El mundo rural cubano aparece representado mediante imágenes de extraordinaria serenidad, aunque esa serenidad siempre se encuentra atravesada por una leve tristeza crepuscular. Los potreros, los caminos, los grillos, los monteros, los toros y las heredades no son descritos desde una perspectiva costumbrista, sino desde una mirada profundamente lírica que transforma cada elemento en signo de una emoción. Particularmente notable resulta el poema donde, en medio del silencio de la tarde, se escucha a lo lejos «el fúnebre ruido de un tambor africano», imagen que introduce inesperadamente una resonancia cultural cubana dentro de una atmósfera dominada por el refinamiento modernista.
Desde el punto de vista formal, la obra revela un notable dominio de los procedimientos métricos heredados del siglo XIX. Predominan los versos de ritmo amplio y sonoro, cuidadosamente equilibrados mediante rimas consonantes y pausas internas que producen una sensación de fluidez musical casi constante. La abundancia de puntos suspensivos, tan característica de la escritura de la época, no debe interpretarse como una simple afectación estilística, sino como un recurso destinado a prolongar la resonancia emocional de las imágenes, permitiendo que el verso parezca disolverse lentamente en el silencio.
Otra de las dimensiones más interesantes del libro es su carácter espiritual. A medida que avanzan las composiciones, el sentimiento amoroso comienza a mezclarse con referencias religiosas que remiten tanto al catolicismo popular como a una sensibilidad mística de raíz modernista. Campanas que anuncian el Ave María, rosarios que se deslizan entre manos delicadas, órganos que resuenan en las iglesias y figuras femeninas asociadas a la Virgen María aparecen con frecuencia creciente, hasta el punto de que el amor humano parece adquirir progresivamente una dimensión trascendente.
Especial atención merece la sección titulada Alma mística, donde la mujer amada es contemplada bajo una luz casi religiosa. Allí la figura femenina deja de ser únicamente objeto de deseo para convertirse en encarnación de pureza, compasión y espiritualidad. Esta idealización extrema recuerda ciertos poemas de Amado Nervo, aunque en Lles el tono resulta más campesino y menos intelectual, más vinculado a la experiencia concreta de los pueblos y las iglesias provinciales que a las especulaciones filosóficas.
Lo que distingue finalmente a Limoneros en flor de tantos otros libros de su tiempo es precisamente esa capacidad para fusionar la sofisticación modernista con un paisaje profundamente cubano. Frente a los escenarios exóticos que abundaban en buena parte de la poesía contemporánea, Lles sitúa sus emociones entre limoneros, potreros y senderos rurales, construyendo una geografía sentimental donde la experiencia universal del amor perdido adquiere acentos específicamente insulares. No hay aquí París, Bizancio ni los jardines orientales tan frecuentados por otros modernistas; hay, en cambio, una Cuba interior y silenciosa, contemplada desde la melancolía de la tarde.
Vista desde la distancia de más de un siglo, esta obra posee el encanto de los libros que pertenecen a un mundo desaparecido. Sus versos conservan intacta la música lenta de una sensibilidad que todavía creía en la belleza como refugio espiritual, en la naturaleza como espejo del alma y en la poesía como una forma privilegiada de convertir la tristeza en armonía. Quizá por ello, más allá de sus inevitables limitaciones históricas y de cierto sentimentalismo propio de la época, Limoneros en flor continúa ofreciendo al lector contemporáneo una experiencia estética singular, la de asistir al diálogo entre un hombre y sus recuerdos bajo la sombra perfumada de unos viejos limoneros que, desde hace más de cien años, siguen floreciendo en la memoria de la literatura cubana.