La república frente a su santo. Lectura de «Mitología de Martí»

Por José A. Rivas

La imagen que ordena esta lectura no es la del héroe en combate, sino la de la estatua colocada frente a una República incapaz de reconocerse en ella. Ese contraste, formulado cuando el libro enfrenta el pedestal con la vida común, permite comprender que Mitología de Martí de Alfonso Hernández Catá no busca reconstruir de manera sucesiva la existencia de José Martí, sino interrogar la distancia entre el principio moral atribuido al fundador y las prácticas políticas de una nación que invoca su nombre mientras negocia con aquello que él habría rechazado. El centro del libro se encuentra, por tanto, menos en la vida narrada que en el uso republicano de esa vida. El mito funciona como una forma de acusación. Su fuerza procede de convertir al personaje en medida de la conducta pública, mientras su debilidad surge cuando esa medida se vuelve tan pura que deja fuera las ambigüedades propias de toda acción histórica.

Publicada en 1929, la obra intervino en una coyuntura en la cual el gobierno de Gerardo Machado había endurecido la represión, la dependencia del mercado norteamericano condicionaba la soberanía y la retórica patriótica empezaba a funcionar como cobertura de intereses privados. La evocación de Martí adquiría entonces una dimensión polémica. No bastaba con rendirle homenaje, ya que el problema consistía en decidir qué República podía presentarse como heredera de su proyecto. El libro responde mediante una restitución moral que despoja al héroe de la ceremonia oficial y lo entrega a una ciudadanía decepcionada. Esa operación explica el fervor de la prosa, pero también su severidad. La Cuba representada no aparece como una comunidad consumada, sino como un país que ha recibido una herencia ética sin aprender todavía a convertirla en hábito institucional.

El título declara una ruptura con la biografía documental. En vez de acumular fechas, testimonios y comprobaciones, el relato selecciona escenas capaces de condensar una orientación espiritual. La introducción defiende esa libertad cuando sostiene que la leyenda puede ensanchar lo posible sin convertirse por ello en falsificación arbitraria. Esa afirmación modifica el criterio de verdad que gobierna el texto. Una escena ya no obtiene legitimidad de la prueba, sino de su correspondencia con una figura moral construida con anterioridad. De ahí que los pensamientos atribuidos, los diálogos imaginarios y las situaciones recompuestas no se presenten como licencias ocasionales, sino como componentes de un método. El resultado pertenece al ensayo, al apólogo, al poema en prosa y a la hagiografía, aunque ninguno de esos géneros, tomado por separado, alcance a describir la mezcla.

La composición tripartita sostiene esa transformación sin limitarse a ordenar etapas de una vida. Las estampas iniciales convierten el nacimiento, la escuela, el presidio y la deportación en signos de una vocación que todavía no conoce su nombre. Las imágenes de la madurez desplazan el conflicto hacia la escritura, el amor, la organización revolucionaria, la rivalidad entre compañeros y la observación de los Estados Unidos. Los grabados finales someten la muerte y la posteridad a una lógica de sacrificio, memoria y resurrección civil. Entre esos bloques aparecen los retratos, pausas visuales que inmovilizan el rostro y permiten que el narrador compruebe la continuidad del personaje bajo edades distintas. No constituyen simples descansos descriptivos. Funcionan como umbrales de canonización, pues cada imagen fija separa una fase humana y prepara otra de mayor densidad simbólica.

El nacimiento narrado en «Belén» ofrece una muestra clara de esa poética. La alcoba habanera se transforma en escenario de anunciación, mientras el esclavo, el preso, el comerciante, el militar y el gobernante quedan convocados por una voz que conoce el porvenir. Sin embargo, el capítulo «Signos» introduce una cautela que vuelve más compleja la operación. El narrador reconoce que la posteridad suele inventar infancias excepcionales y que el adulto proyecta su luz sobre el niño, no al revés. El libro identifica así el artificio que utiliza. No intenta ocultarlo, sino justificarlo mediante una eficacia moral que juzga superior al registro minucioso. Esa conciencia de la fabricación evita la ingenuidad, aunque no resuelve el problema de fondo. La advertencia crítica y la exaltación providencial conviven porque la obra necesita preservar al mismo tiempo la humanidad del niño y la necesidad retrospectiva del héroe.

La santidad propuesta no pertenece del todo a la Iglesia, aunque toma de ella sus formas, sus metáforas y su dramaturgia. El paralelo con san Francisco reúne pobreza, renuncia al odio, fraternidad con los animales, desapego de los bienes y disposición al sacrificio. La dificultad aparece cuando el hombre inclinado hacia la mansedumbre debe organizar una guerra. En «El poverello reza a Jehová», esa contradicción se convierte en el núcleo de una ética de responsabilidad. La violencia no se celebra como virtud ni como vía natural de la política. Se acepta como un recurso extremo ante un orden que ha cerrado toda posibilidad de justicia. El capítulo intenta separar al libertador del caudillo, pues quien convoca a las armas debe cargar con el daño que las armas producen y evitar que la excepción revolucionaria se convierta después en norma de gobierno. La respuesta es literaria, pero apunta hacia un problema republicano concreto.

La muerte en Dos Ríos lleva esa lógica hasta su límite. «Domingo de Resurrección» presenta al combatiente ante una bala que podría evitar y le atribuye la decisión de permanecer, como si el cuerpo tuviera que desaparecer para que la doctrina quedara libre de concesiones futuras. La cerca de maya se vuelve corona de espinas, la caída adopta un valor sacramental y la resurrección comienza en el mismo instante de la muerte. Esa escena no puede aceptarse como explicación histórica, ya que una contingencia militar admite hipótesis vinculadas con la imprudencia, la confusión o el desconocimiento del terreno. Puede admitirse, en cambio, como cierre formal de un sistema de imágenes iniciado en el nacimiento. El santo debe morir antes de administrar la victoria, pues la gestión del poder lo expondría a pactos, errores y contradicciones que el mito no está dispuesto a incorporar.

Esa clausura se vuelve más productiva cuando el relato abandona el campo de batalla y examina la circulación del nombre entre los vivos. «Pedestal y estatua», «Don Cayetano el informal» y «Bautizo» desplazan la cuestión desde la muerte ejemplar hacia la conducta cotidiana. El recuerdo no depende del mármol ni de la repetición escolar, sino de su capacidad para obligar a cumplir una promesa, corregir un acto o reconocer la dignidad del adversario. Esas páginas contienen la solución más fértil del volumen. El mito deja de ser una elevación que separa al héroe de la comunidad y se convierte en una exigencia práctica. Martí sobrevive cuando su nombre altera una decisión. Esa supervivencia, menos solemne que la resurrección religiosa, devuelve la figura al terreno donde puede juzgarse su eficacia política.

La reflexión sobre los Estados Unidos ofrece el argumento de mayor alcance histórico. «El águila y la estrella» no parte de una hostilidad previa, pues registra la admiración por la escuela pública, la libertad de prensa, la energía productiva, el puente de Brooklyn, los adelantos técnicos y determinadas tradiciones cívicas. El temor aparece después, cuando esa potencia material se asocia con la corrupción, el racismo, la violencia contra los trabajadores, el dominio del dinero y la expansión sobre los pueblos vecinos. La crítica resulta más sólida porque nace del conocimiento de una grandeza real. La oposición entre el águila y la estrella resume el dilema de una isla obligada a convivir y comerciar con el poder cercano sin cederle la voluntad nacional. En 1929, esa preocupación ya no pertenecía al porvenir imaginado por Martí. Describía una dependencia visible en el azúcar, en las finanzas y en la política interna.

La relación con España responde a otra necesidad de la época. El libro distingue entre el pueblo peninsular y el régimen colonial, y presenta la independencia como ruptura política que no exige borrar una herencia cultural compartida. «Último retrato» adopta la conciencia del coronel Ximénez de Sandoval, mientras «Bautizo» hace que un sacerdote castellano acepte el nombre del antiguo enemigo. La reconciliación busca cerrar el rencor colonial y formar una comunidad hispánica capaz de resistir el predominio del dólar. La voluntad de separar emancipación y odio étnico resulta valiosa, aunque la síntesis propuesta no basta. La esclavitud aparece de manera lateral, y la población negra queda con frecuencia reducida al sufrimiento, la lealtad o el paisaje. Una nación que pretende reconocerse entera no puede convertir en decorado a quienes participaron de manera decisiva en su formación y en sus guerras.

Las mujeres reciben un tratamiento semejante. Leonor Pérez queda fijada en la maternidad dolorida, Carmen Zayas Bazán se reduce a alusiones que apenas permiten comprender el conflicto entre familia, destierro y revolución, y María García Granados funciona como figura lírica de la pérdida. Mary González discute con Martí desde una posición más visible, pero pertenece a una ficción cuyo desenlace confirma la autoridad del interlocutor. Estas limitaciones no son accidentes aislados. Proceden de una narración que distribuye a quienes rodean al santo según la función que cumplen en su camino. Unos testimonian, otros traicionan, otros dudan y otros reciben la doctrina. La unidad ganada mediante ese procedimiento tiene un costo evidente, pues la conciencia de los demás pierde autonomía y la historia nacional queda concentrada en un solo centro de irradiación.

El problema político más persistente se encuentra en la distancia entre virtud personal e institución. «Elogio de las ortigas» muestra la envidia, la murmuración, la pequeña ambición y el deseo de convertir el servicio público en propiedad privada. La crítica acierta al señalar que una causa puede desgastarse no solo por la acción del enemigo, sino por los intereses de quienes aseguran defenderla. Sin embargo, el recurso al amor, la generosidad y el desinterés no basta para explicar cómo se contienen esos impulsos dentro de una República. La moral del dirigente necesita leyes, controles y formas de responsabilidad que sobrevivan a su presencia. El santo puede ofrecer una norma de conducta, pero no sustituye el diseño institucional. Esta insuficiencia revela el límite de una respuesta que pretende curar la política mediante la intensificación de la conciencia individual.

La prosa participa activamente en la fabricación del mito, sus períodos amplios, la adjetivación insistente y la conversión de conceptos en plantas, metales, animales, astros y ceremonias no cumplen una función ornamental separable del argumento. El águila, la estrella, la ortiga, el pedestal y la corona de espinas producen relaciones entre soberanía, memoria, degradación y sacrificio. En los mejores pasajes, la imagen piensa. En otros, la acumulación de referencias bíblicas, clásicas y modernistas demora la idea hasta volver la frase consciente de su propio esplendor. Esa desigualdad no puede corregirse sin alterar el proyecto, puesto que una obra empeñada en sacar al héroe de la modestia documental necesita una lengua capaz de elevarlo. La retórica realiza en cada período la misma canonización que la trama ejecuta sobre la vida.

Mitología de Martí conserva interés por la tensión que no logra resolver. Al engrandecer al santo, simplifica al organizador político. Al denunciar la degradación republicana, confía demasiado en la regeneración de las conciencias. Al proponer una nación reconciliada, deja fuera voces esenciales de esa misma nación. Esas contradicciones no constituyen motivos para descartar el libro, sino la materia que permite leerlo como documento de una necesidad histórica. Cuanto más se aparta del Martí comprobable, con mayor precisión revela el Martí que 1929 necesitaba imaginar para juzgar su presente. La pregunta decisiva no consiste en determinar cuánto inventa, puesto que la invención está declarada desde el comienzo, sino en examinar qué verdad sobre la República consigue expresar mediante esa libertad y qué parte del país queda excluida de la imagen que pretende salvarlo.

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