Diversión en el pueblo (relato)

Por Blanca Caballero

Siempre lo veía en la barra, con unas copas de más. Era un cliente habitual del bar, y lo que más me impresionaba era su extraordinaria capacidad narrativa. Cada día contaba, con lujo de detalles, anécdotas ocurridas durante su larga vida.

Aquel hombre, un señor de unos setenta años, trigueño, delgado y ágil a pesar de la edad, tenía el rostro surcado de arrugas y la mirada viva. A veces los parroquianos le invitaban una bebida para que comenzara a hablar. Entonces se soltaba con historias de su juventud, especialmente de los años veinte, cuando apenas tenía unos veintitantos años. Había vivido intensamente, pero más aún, había conocido a personas fascinantes, verdaderos protagonistas de sus relatos.

Yo lo escuché varias veces, y todavía conservo en la memoria algunos de sus cuentos. En aquella época yo tendría unos treinta años y solía frecuentar ese bar en La Habana. Me gustaba ir alrededor de las seis de la tarde, al salir del trabajo. Antes de llegar a casa, me tomaba unas copas. Eran los últimos años de la década de los sesenta; el glamour de La Habana ya se había desvanecido casi por completo, aunque aún quedaban sitios donde uno podía evocar cierta elegancia perdida. La clientela del bar era estable, todos se conocían, lo que creaba un ambiente especial.

Ese día, el viejo comenzó a contar la historia de un amigo. Era característico en él tomar un puro, darle un par de vueltas entre los dedos, acercarlo al oído, olerlo con deleite, encenderlo con lentitud… se tomaba su tiempo. Luego bebía su primer trago de ron y comenzaba:

—Pues bien, esto sucedió en un pueblo del interior de Cuba, en la antigua provincia de Oriente.

¿Recuerdan los circos? Aquellos que recorrían la isla ofreciendo sus espectáculos. Algunos eran fascinantes, otros un tanto deprimentes, y unos pocos, medianamente aceptables. Llegaban en camiones, con sus carpas, sus animales —elefantes, leones, monos—, sus artistas y payasos. ¿Lo recuerdan? Cuando llegaban al pueblo, rompían con la monotonía. Todo el mundo se enteraba, y se hacía lo imposible por conseguir los veinte centavos que costaba la entrada. Quienes no los tenían, buscaban cómo colarse, aunque era difícil: esos circos solían tener vigilantes bien entrenados.

Rápidamente armaban su carpa en el terreno que cada pueblo destinaba para ellos, y comenzaban a repartir folletines con las imágenes de las bailarinas, los acróbatas, los animales y la figura más relevante del elenco. El pueblo, ansioso por cambiar el ritmo de sus días, se vestía con sus mejores galas. Desde el más pequeño hasta el más anciano estaban prestos para asistir y vivir una noche distinta.

Un día cualquiera, por los años veinte, llegó el circo Aurora. Llegó con su música, sus bailarinas, sus payasos y su escandalosa alegría que irrumpía en la quietud bucólica del pueblo. Desfilaron por las calles principales con sus jaulas llenas de leones; las amazonas cabalgaban sobre briosos caballos; los elefantes, en perfecta formación, se tomaban de la cola uno tras otro; los perros saltaban sin cesar; los payasos hacían reír a todos con sus ocurrencias. Era una fiesta de color, ruido y asombro.

Yo estaba en una esquina, como siempre, sin perderme ni un solo desfile de los circos que se aventuraban a llegar. Me fascinaba imaginar la vida nómada y aventurera de sus integrantes, soñaba con pertenecer a ese mundo errante.

Aquella vez, de pie en la esquina, tenía unos veinticinco años cuando vi a una amazona montar su caballo blanco, un magnífico ejemplar de raza árabe con la crin larga, bien peinada, y la montura adornada con estrellas rojas y azules. La mujer era bellísima: trigueña, de cabello negro y lacio que le caía en cascada hasta la cintura. En su rostro se destacaban unos ojos inmensos, pestañas largas, cejas arqueadas que le daban una expresión de firmeza, y su cuerpo… su cuerpo era el de una diosa. No hay más que decir.

Quedé prendado.  Sospecho que la mayoría de los hombres del pueblo sintió lo mismo que yo. Cuando pasó cerca, intenté sonreírle, enviarle un beso… pero no pude.

Desde ese momento, contaba los minutos hasta que cayera la tarde y comenzara la función.

En aquel pueblo había personajes inolvidables. Estaba el doctor Adrián González, un hombre rollizo y parlanchín, siempre amable y servicial.

También vivía allí el abogado Ramiro Pelayo, todo un personaje. Nieto e hijo de combatientes del Ejército Libertador, su familia era rica, lo que le permitió estudiar en el extranjero. Alto, vigoroso, delgado, con un rostro afable e inteligente. En sus años de soltero todas las mujeres del pueblo, y también las de fuera, suspiraban por él. Me imagino el peso que debía sentir sobre sus hombros. Era un excelente partido: apuesto, con fortuna, y con una prometedora carrera.

Cuando se casó, todos se asombraron. Escogió a una mujer menuda, más bien fea, sin gracia y sin educación. Pero como decía mi madre: el amor es ciego. Fueron una pareja ejemplar. Siempre juntos, siempre de la mano por las calles. Él, solícito, la tomaba del brazo al cruzar la calle, la cuidaba como si fuera de porcelana. No tuvieron hijos, pese a los años de matrimonio.

La maestra del pueblo era otro personaje querido, una mujer de gran carácter, que había enseñado a leer y escribir a casi todos los habitantes.

Así, aquel pueblo expresivo, feliz y laborioso, se preparaba para recibir unos días de diversión.

El circo permanecería una semana, y todos estábamos seguros de que llenaría su carpa cada noche. Este no era un circo cualquiera: la cantidad de animales, el número de payasos —al menos seis—, el colorido de los trajes de las bailarinas, la calidad de los espectáculos, el tamaño de la carpa… todo indicaba que estábamos frente a un gran espectáculo.

Y la función comenzó. Fui uno de los primeros en sentarme en mi silla. No pude hacerlo muy cerca del escenario porque quería ahorrar dinero para poder asistir más días, así que me ubiqué en el gallinero, como solía decirse.

Todos los personajes más importantes del pueblo estaban en las primeras filas. Pude ver a la maestra con toda su familia: tenía cuatro hijos y estaba con su esposo. Sus niños, obedientes, silenciosos; sin embargo, no disimulaban la impaciencia por el comienzo del espectáculo.

También estaba el doctor, conversando con todos, preguntando por la salud de sus pacientes más recientes, hablando y hablando…

Y el abogado no podía faltar. Había traído a su esposa, y se encontraban sentados muy juntos.

Empezó la función. Primero salieron los payasos, hicieron varias escenas cómicas que pusieron al público a llorar de risa. El maestro de ceremonias, con su traje de luces, elegante, conducía el espectáculo con mucha clase. Luego llegaron los animales. El número de los perros fue magnífico.

Después, el domador con sus leones y tigres, derrochando valentía: se acercaba al tigre de forma temeraria, incluso metía las manos dentro de la boca del león. Los acróbatas caminaban por la cuerda floja con gran maestría. En el trapecio trabajaban dos hombres y una mujer; las piruetas que hacían me dejaron atónito por su complejidad. Las bailarinas facilitaban la transición de un número a otro de forma muy eficaz, evitando que el público se aburriera en ningún momento. Todo estaba magnífico.

Hasta que apareció mi amazona, vestida con un traje rojo brillante que le quedaba sumamente ajustado. No me explicaba cómo podía moverse, y mucho menos hacer todas esas cabriolas. Venía cabalgando con el pelo suelto, que parecía una nube negra. Con ella venía otro jinete. Trotaron alrededor de la pista con una vara larga sostenida entre ambos. Desde lo alto—es decir, desde el trapecio—apareció un enano que descendía y caminaba sobre la vara, mientras los caballos galopaban. Luego volvía a subir al trapecio, y mientras tanto, ella corría y hacía diferentes movimientos sobre la montura. En fin, su número fue espectacular. Cuando terminó, la aplaudimos frenéticamente. Al terminar volvió su cabeza hacia el público y me pareció que me sonrió.

No sé por qué, pero mi vista recayó en el abogado. Lo vi tenso, inclinado hacia adelante, como si estuviera conteniendo la respiración, mirando detenidamente el número de los jinetes. Estaba algo lejos, pero pude notar que realmente estaba emocionado. Sentí celos, muchos celos. No iba a poder competir con ese hombre, porque de lo que estaba seguro era de que se había prendado de mi amazona.

Terminó la función y cada cual regresó a su casa. Yo lo hice con pensamientos lúgubres. No quería perderla, y estaba seguro de que, sin haber hecho nada, ya estaba decidido.

Volví al circo cada día. Disfruté del espectáculo y vigilé al Sr. Pelayo, siempre tenso, siempre pendiente de los jinetes, de ella. Yo, celoso, aunque resignado a no mirar tan alto.

“Pueblo pequeño, infierno grande”, decía un dicho popular. Uno de esos días pasé cerca de la maestra y la oí comentar:

—Parece mentira que el Sr. Pelayo no sepa disimular —dijo en tono algo agrio—. Todo el pueblo se está dando cuenta de su afinidad con esa mujer del circo.

No solo oí a la maestra; también el tendero comentaba con el doctor. Así, de comentario en comentario, empezó a crecer una ola de chismes respecto al señor Pelayo y la mujer del circo.

Se terminaba la semana. Ese día era la última función. Yo estaba sentado en mi lugar, el Sr. Pelayo en el suyo. No faltó a una sola función, y en las últimas había dejado de traer a su esposa. Permanecía solo en su palco, silencioso, observando detenidamente para no perderse ningún detalle.

Yo ya había hecho mi plan: me iría con el circo, claro, si me aceptaban. Así que me acerqué al dueño y le ofrecí mis servicios. Me aceptó, porque uno de los integrantes había renunciado tras enamorarse de una muchacha del pueblo. Hicimos, prácticamente, una permuta.

Se acabó la función. Fui a mi casa a recoger mis pertenencias. Quedé con el director del circo en que me uniría a ellos en el pueblo más cercano, ya que tenía dos o tres asuntos pendientes. Me aceptaron la proposición, y me fui presuroso a casa con el fin de organizarlo todo. También fui a ver a Pablo, mi jefe en el almacén donde trabajaba, y le pedí la parte del dinero que me debía por la semana de trabajo.

Al día siguiente, cuando me desperté y salí a la calle rumbo a la estación de autobuses para alcanzar al circo… ¡boom! Me topé con un revuelo de esos que hacen historia en los pueblos chicos: el Sr. Pelayo se había fugado con el circo.

¡Imagínense el escándalo! Aquello era la comidilla del día. En la barbería, en la panadería, hasta en la iglesia se murmuraba. Todos opinaban, todos lo juzgaban. Que si un hombre de su categoría, que si su pobre esposa, que si el qué dirán. Aquello era un vendaval de chismes que no paraba.

Yo me sentí triste y celoso. Pero se me pasó pronto. Al fin y al cabo, yo iba tras la vida del circo, y eso lo estaba consiguiendo. Que el abogado tuviera su romance… bueno, ya yo estaba resignado.

Cuando llegué al otro pueblo y me acerqué al campamento del circo, vi a lo lejos una de las camionetas. En la cabina, sentados juntitos, vi al Sr. Pelayo… ¡con el brazo echado por los hombros de alguien! Me acerqué más, curioso, y cuando por fin pude ver con claridad… ¡sorpresa! ¡Era el enano el que tenía abrazado!

Aquí terminó la narración. Todos en el bar nos quedamos de piedra. Nadie dijo una palabra. Sentimos que nos habían tomado el pelo… pero al instante, empezamos a reírnos como locos.

Uno de los parroquianos, aun carcajeándose, le preguntó al narrador:

—¿Y la amazona?

—Me casé con ella —respondió con una gran sonrisa—. Duramos seis años.

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