Otero Alcántara: divide y vencerás

Por Víctor M. Cortina

La llegada de Luis Manuel Otero Alcántara a Miami no debe contemplarse como el desenlace apacible de una historia carcelaria, pues el poder cubano, acostumbrado a cambiar de escenario cuando ya no puede conservar intacto el argumento, no puso en libertad a un hombre para que este desapareciera en la vida privada, sino que trasladó hacia el territorio estadounidense una figura cargada de símbolos, contradicciones, adhesiones internacionales y posibilidades polémicas que, mientras permanecía encerrada dentro de la Isla, acusaba de manera casi exclusiva al régimen que la había encarcelado, pero que, una vez situada en el sur de Florida, podía comenzar a producir conflictos dentro de la comunidad que debía recibirla.

Otero Alcántara llegó a Estados Unidos el 18 de julio de 2026, después de cumplir cinco años de prisión, mediante un permiso humanitario concedido por la Administración de Donald Trump, cuyo Departamento de Estado presentó públicamente al artista como una víctima de la represión cubana y como una figura valiente del Movimiento San Isidro. Marco Rubio anunció y celebró su llegada, mientras organizaciones como Freedom House y el Centro Presidencial George W. Bush reconocieron el papel desempeñado por la Administración republicana en su liberación y traslado. Estos hechos impiden sostener, sin violentar la evidencia, que Otero haya sido colocado en Miami por una red antitrumpista o que su salida se haya producido contra la voluntad del Gobierno republicano.

La cuestión comienza en otro punto, más turbio y menos visible, pues una cosa es quién facilitó su entrada en Estados Unidos y otra muy distinta quién puede apropiarse después de su imagen, administrar sus declaraciones, seleccionar los fragmentos más útiles de sus entrevistas y transformar su presencia en un argumento electoral dirigido contra los mismos republicanos que contribuyeron a sacarlo de Cuba. La contrainteligencia no necesita que el personaje explotado conozca la operación, participe en ella o reciba instrucciones, ya que la influencia política más eficaz suele ejercerse sobre materiales humanos auténticos, cuyas palabras pueden ser recortadas, exageradas, enfrentadas entre sí y reorganizadas dentro de narraciones que el protagonista nunca llegó a concebir.

Las agencias estadounidenses han descrito esta forma de actuación al explicar que las operaciones extranjeras de influencia no siempre inventan desde cero una controversia, sino que localizan divisiones existentes, exacerban los desacuerdos, amplifican los mensajes más extremos y empujan versiones capaces de beneficiar los objetivos del Estado que interviene. Bajo ese procedimiento, la verdad parcial resulta más rentable que la mentira absoluta, puesto que una entrevista real, un gesto verdadero o una frase pronunciada sin preparación ofrecen una materia mucho más resistente que cualquier falsificación fabricada en un laboratorio propagandístico.

Otero constituye una figura especialmente aprovechable porque no pertenece al tipo de opositor que el exilio histórico reconoce de inmediato, puesto que su lenguaje procede del performance, de la marginalidad habanera, de la cultura urbana, de OMNI-Zona Franca, del Movimiento San Isidro y de una sensibilidad política que no siempre utiliza las palabras, los gestos ni las jerarquías con las cuales se ha expresado durante décadas el anticastrismo de Miami. Ese desajuste permite construir alrededor de él dos personajes incompatibles, aunque ambos sean utilizados contra el mismo adversario.

Para un sector del exilio, Otero puede aparecer como un artista ambiguo, educado dentro de los códigos culturales de la Revolución, rodeado por curadores progresistas, organizaciones internacionales y medios que durante años han mantenido una relación conflictiva con el republicanismo cubanoamericano. Para el público antitrumpista, por el contrario, puede ser presentado como un creador negro, pobre, irreverente y perseguido que, después de escapar de una dictadura, llega a una ciudad dominada por conservadores incapaces de comprender su obra, su lenguaje o su experiencia social. En la primera representación se le acusa de no ser suficientemente anticomunista. En la segunda se acusa al exilio de no ser suficientemente democrático.

La mayor visibilidad mediática posterior a su llegada no ha quedado restringida a los espacios republicanos que promovieron su liberación, pues Otero ha concedido entrevistas o ha recibido una cobertura extensa en Univision, CNN, El País, Los Angeles Times, Al Jazeera, Reuters y otros medios nacionales e internacionales alejados del ecosistema conservador tradicional de Miami. Univision le concedió entrevistas amplias para responder a las críticas surgidas en la radio y las redes sociales, CNN difundió su historia ante una audiencia internacional y El País publicó una conversación extensa acerca de Cuba, Trump, Marco Rubio, la intervención extranjera y la situación del régimen.

No todos esos medios obedecen a una dirección partidista común, ni su cobertura demuestra una coordinación con La Habana, pero el efecto acumulado sitúa a Otero dentro de un campo informativo donde el antitrumpismo posee una capacidad de difusión mayor que la del exilio republicano, de manera que el artista, aunque haya sido recibido mediante una gestión de Trump y Rubio, puede terminar convertido en materia narrativa de un sector que necesita debilitar al Partido Republicano durante las elecciones de medio término.

Ese apoyo antitrumpista no tiene que expresarse mediante una adhesión formal al artista, pues basta con proteger su imagen frente a las críticas del exilio, presentar cualquier cuestionamiento como intolerancia conservadora y desplazar el centro de la discusión desde los cinco años que pasó en una cárcel cubana hacia el recibimiento que le ofrecen los cubanos de Miami. Mediante esa inversión, el régimen que lo encarceló comienza a borrarse del cuadro, mientras los republicanos, que contribuyeron a su salida, pasan a ocupar el lugar del acusado.

La operación comunicativa adquiere mayor utilidad cuando se conecta con la política migratoria, debido a que Otero ingresó mediante un permiso humanitario mientras otros cubanos, algunos de ellos llegados durante los últimos años, viven bajo el temor de la deportación, la pérdida del parole o la revisión de sus casos. La diferencia jurídica entre un preso político reconocido internacionalmente y un inmigrante sometido a otro procedimiento puede desaparecer en la propaganda, donde resulta fácil construir la imagen de un Gobierno republicano que abre la puerta a una celebridad cultural mientras la cierra ante familias anónimas.

El antitrumpismo puede utilizar esa contradicción para presentar a Otero como prueba de una política selectiva, teatral y oportunista, mientras los adversarios internos del artista pueden emplear la misma diferencia para afirmar que recibió privilegios negados a otros cubanos. Ambas reacciones, aunque parecen enfrentadas, debilitan al mismo campo político, ya que una acusa a los republicanos de crueldad migratoria y la otra los acusa de haber introducido en Miami a una figura que ciertos sectores consideran ideológicamente sospechosa.

El Gobierno cubano no necesitaría que los votantes cubanoamericanos se hicieran demócratas en masa, puesto que en una elección cerrada resulta suficiente que una parte de ellos se abstenga, pierda entusiasmo, retire apoyo a un candidato local o se entregue a una guerra interna que consuma el tiempo, la credibilidad y los recursos del exilio. Las elecciones primarias de Florida se celebran el 18 de agosto de 2026, mientras que la elección general de medio término tendrá lugar el 3 de noviembre, fecha en la cual estarán en disputa cargos federales, estatales y locales.

Lo que interesa a La Habana no sería convertir a Otero en candidato, dirigente o portavoz demócrata, empresa que resultaría demasiado visible y terminaría destruyendo la utilidad de su figura, sino lograr que su presencia contribuya a erosionar la unidad republicana en el sur de Florida, puesto que una derrota del partido presidencial en noviembre reduciría la capacidad de Trump para sostener su política de presión, facilitaría investigaciones congresuales, bloquearía iniciativas de la Casa Blanca y otorgaría mayor poder a legisladores que defienden la negociación con Cuba, la reducción de sanciones o la limitación de cualquier acción militar.

La diferencia entre ambos partidos acerca de Cuba ya se manifiesta en el Congreso. Durante 2026, legisladores demócratas han intentado restringir las facultades de Trump para emplear la fuerza contra el régimen, algunos han viajado a La Habana y han pedido negociaciones, mientras otros han defendido el levantamiento de sanciones que consideran ineficaces. La Administración republicana, por su parte, ha incrementado la presión económica y ha impuesto nuevas sanciones contra responsables de la represión y entidades vinculadas al poder cubano. Para La Habana, una victoria demócrata en las elecciones de medio término no constituiría una preferencia sentimental, sino la posibilidad concreta de limitar al presidente que mayor presión ejerce sobre su supervivencia.

Desde esa perspectiva, el apoyo que Otero recibe en medios y ambientes antitrumpistas adquiere un valor que rebasa su obra artística, pues puede servir para establecer una narración según la cual la verdadera amenaza contra el cubano recién liberado no proviene ya de la Seguridad del Estado, sino de una comunidad conservadora que lo examina, lo critica y le exige definiciones políticas. Cuando esa narración se instala, la dictadura obtiene una absolución indirecta, dado que la atención abandona al carcelero y se concentra sobre quienes discuten la conducta del excarcelado.

Existe incluso un antecedente inmediato que merece atención. Un funcionario estadounidense, citado de manera anónima por 14ymedio, afirmó que el régimen mantuvo a Otero incomunicado después del cumplimiento de su condena con la intención de colocar la responsabilidad sobre Washington y hacer creer que la demora de su salida correspondía a la Administración Trump. La información depende de una fuente no identificada y, por ello, no constituye una prueba definitiva, pero describe un procedimiento coherente con la hipótesis de que La Habana comprendía desde antes de su llegada el valor político que podía adquirir la figura del artista dentro de la confrontación estadounidense.

Otero no tendría que mentir para que esa utilización funcionara. Tampoco necesitaría atacar de frente a Trump. Bastaría con que hablara desde su formación, con sus vacilaciones, contradicciones y desconocimiento parcial de la política estadounidense, para que cada sector seleccionara aquello que necesitara. Los medios antitrumpistas conservarían las frases relacionadas con la inmigración, el racismo, la marginalidad o la incomprensión del exilio. Los adversarios de Otero conservarían los gestos que consideran extravagantes, las relaciones con la izquierda cultural y cualquier declaración insuficientemente severa contra el régimen. La Habana podría amplificar ambos archivos sin comprometerse públicamente con ninguno.

La paradoja reside en que algunas de las declaraciones conocidas de Otero no son favorables al Gobierno cubano ni especialmente útiles para una defensa tradicional de la izquierda, puesto que ha rechazado que el embargo explique por sí solo la catástrofe nacional, ha descrito a los cubanos como desesperados por un cambio y ha reconocido que una parte de la población escucha con mayor atención a Donald Trump y a Marco Rubio que a Miguel Díaz-Canel. Esas posiciones dificultan cualquier presentación del artista como defensor encubierto del régimen, pero no impiden que otros administren su imagen con propósitos antirrepublicanos.

La inteligencia cubana no trabaja únicamente mediante agentes clásicos, reuniones secretas y sobres de dinero, pues también estudia la circulación espontánea de los conflictos, reconoce qué personalidades pueden dividir a una comunidad y deja que los adversarios realicen una parte considerable de la operación. Cuando el exilio convierte cada desacuerdo en acusación de infiltración, cuando los medios transforman cualquier crítica en persecución y cuando las redes sociales obligan a escoger entre la veneración y el linchamiento, el servicio de inteligencia recibe gratuitamente el resultado que habría tenido que financiar.

La elección de noviembre puede funcionar como el primer terreno de esa explotación, mientras la presidencial de 2028 ofrecería un horizonte más amplio, puesto que durante los próximos dos años la figura de Otero podría ser utilizada para modificar la representación pública del exilio cubano, presentándolo menos como una comunidad formada por víctimas del comunismo que como un enclave intolerante, hostil hacia los inmigrantes y subordinado a Donald Trump. Esa transformación simbólica ayudaría a separar a votantes jóvenes, afrodescendientes, artistas, recién llegados y cubanos que, aunque rechazan el régimen, no se identifican con el conservadurismo histórico de Miami.

La Habana no necesita conquistar políticamente a toda esa población. Le basta con impedir que se incorpore de manera estable al Partido Republicano, mientras los medios antitrumpistas necesitan ofrecerle una identidad alternativa en la cual la oposición al castrismo no conduzca de modo automático hacia Trump o Rubio. Otero, por su origen social, su estética y su condición de víctima real, ofrece una figura alrededor de la cual puede ensayarse esa separación.

Afirmar que el artista participa conscientemente en semejante estrategia exigiría pruebas que no existen en el dominio público, entre ellas comunicaciones operativas, financiamiento clandestino, instrucciones, intermediarios o coordinación con funcionarios cubanos. Sin esos elementos, acusarlo de agente equivaldría a sustituir la investigación por la sospecha y a entregar al régimen una victoria adicional, pues nada favorece más a la contrainteligencia que una oposición dedicada a destruir a sus propias figuras sin haber demostrado previamente la acusación.

La hipótesis que puede sostenerse con mayor rigor es otra. El Gobierno cubano expulsó hacia Miami a un adversario que, dentro de la cárcel, lo perjudicaba y que, dentro del exilio, podía convertirse en causa de disputas. El antitrumpismo ha reconocido el valor cultural, racial y político de esa figura, mientras una parte considerable de su visibilidad mediática ha procedido de espacios que necesitan una derrota republicana en las elecciones de medio término. La Habana, sometida a la presión de Trump y consciente de que una mayoría demócrata limitaría esa política, posee razones evidentes para aprovechar toda controversia que disminuya la cohesión republicana.

El objetivo no consiste en hacer que Otero convenza a Miami de votar por los demócratas, sino en conseguir que los cubanos discutan durante meses acerca de Otero, que olviden al régimen que lo encarceló, que acusen al partido que facilitó su llegada y que lleguen divididos a las urnas. Cuando una comunidad emplea sus energías en decidir si el recién liberado merece entrar en el exilio, el carcelero, desde La Habana, puede contemplar satisfecho cómo la prisión continúa funcionando después de haberse abierto la puerta.

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