Por Vance Buran
El Arte Cubano contemporáneo no se entiende como una secuencia ordenada de estilos sino como una sucesión de fracturas: cada generación se constituye, en buena medida, contra las condiciones materiales y políticas que heredó de la anterior. Lo que en los años ochenta fue una eclosión vinculada a las instituciones del Estado se transformó, en los noventa, en una práctica marcada por la escasez del Período Especial; en los dos mil, por la negociación con el mercado internacional; y en la última década, por una dispersión geográfica que ha convertido la categoría misma de «Arte Cubano» en una etiqueta crecientemente porosa. Hablar hoy de artistas cubanos residentes en La Habana, en Miami, en Madrid o en Berlín no es solo describir una distribución geográfica: es nombrar regímenes de producción, públicos y posibilidades materiales radicalmente distintos.
La tesis que articula este texto es que el eje generacional resulta más operativo que el geográfico para entender la producción reciente. Un artista nacido en los setenta, formado en el ISA habanero, comparte más con sus coetáneos exiliados que con un artista veinteañero residente en su misma ciudad. Las marcas generacionales —qué se leía, qué referentes circulaban, qué crisis se vivieron en formación— pesan más que la pertenencia a un escenario nacional cada vez más diluido.
Los ochenta y la «eclosión institucional»
El llamado boom de los ochenta cubanos ha sido suficientemente historiografiado como para no necesitar ser detallado en esta reseña. Conviene, sí, recuperar algunos rasgos que condicionan todo lo posterior. La generación de Volumen Uno —exposición colectiva de 1981 que suele tomarse como gesto fundacional— operó en un entorno institucional que, paradójicamente, ofrecía recursos materiales (espacios, formación, circulación interna) y al mismo tiempo márgenes de irreverencia que el sistema todavía toleraba. Artistas como José Bedia, Flavio Garciandía, Tomás Sánchez, Rubén Torres Llorca o Ricardo Rodríguez Brey trabajaron desde un repertorio que cruzaba la antropología afrocubana, la apropiación pop, el conceptualismo internacional y un retorno a la pintura que dialogaba con los debates posmodernos del momento.
La generación inmediatamente posterior —la de finales de los ochenta, con figuras como Carlos Rodríguez Cárdenas, Glexis Novoa o el grupo ABTV— radicalizó la dimensión crítica e irónica. Es la generación que, en buena parte, abandonó la isla hacia 1990-1991, en un éxodo que no fue solo biográfico sino estructural. Con su salida, el sistema institucional cubano perdió a una franja completa de su producción más viva.
Lo decisivo, retrospectivamente, es que estos artistas se formaron en un contexto donde el arte mantenía una función pública relativamente estable. Esa estabilidad —ideológica y material— no volvería a existir.
La «economía del cartón» de los noventa
La crisis del Período Especial reorganizó toda la producción cultural. Es la década en que el papel reciclado, el cartón, los materiales encontrados y la documentación fotográfica de baja calidad se convierten no en elección estética sino en condición de posibilidad. Kcho (Alexis Leyva Machado) construye sus primeras balsas y embarcaciones precarias con materiales recuperados; Tania Bruguera inicia su trabajo performático con una densidad corporal y política que se distingue del conceptualismo más frío de la generación anterior; Los Carpinteros, originalmente trío (Alexander Arrechea, Marco Castillo y Dagoberto Rodríguez), luego dúo, elaboran su lenguaje de objetos imposibles, escultura-mueble y dibujo arquitectónico que se convertiría en marca reconocible internacionalmente.
Lo interesante de esta generación es la simultaneidad, no siempre consciente, entre dos movimientos. Por un lado, una elaboración formal sofisticada, técnicamente impecable —los dibujos de Los Carpinteros son un ejemplo claro— que les abrió las puertas del circuito internacional. Por otro, una temática que, sin ser explícitamente disidente, dejaba leer las condiciones materiales y simbólicas de la isla: el agua, la migración, la utopía fallida, el objeto doméstico transformado en alegoría.
El mercado internacional —ferias, galerías, bienales— descubre el Arte Cubano en estos años y lo descubre, conviene decirlo, en un momento en que la propia escena cubana necesitaba esa salida. La Bienal de La Habana, fundada en 1984, había sido durante los ochenta un espacio de articulación Sur-Sur con una vocación tercermundista explícita. En los noventa, su función se transforma: pasa a ser, también, plataforma de visibilidad para coleccionistas y galeristas occidentales.
La consolidación y sus ambigüedades
La primera década del nuevo siglo es la del afianzamiento internacional. Bedia ya hace tiempo que vive en Miami; Los Carpinteros operan entre La Habana y Madrid; Kcho mantiene estudio en la isla, pero expone en todo el mundo; Bruguera circula entre cátedras académicas, residencias y proyectos de larga duración como la Cátedra Arte de Conducta (activa en La Habana entre 2002 y 2009).
Aparece en estos años una franja generacional intermedia —Carlos Garaicoa, Yoan Capote, Wilfredo Prieto, Glenda León, Diana Fonseca Quiñones, Reynier Leyva Novo entre otros— que ya no se forma bajo la lógica del aislamiento sino con conciencia plena del circuito internacional al que aspirará a integrarse. Garaicoa elabora un trabajo sobre arquitectura y memoria urbana que dialoga con las preguntas de la teoría arquitectónica contemporánea; Capote produce una obra escultórica de gran formato y resolución matérica notable; Prieto despliega un conceptualismo de gesto mínimo y humor seco que lo aproxima a una tradición internacional —Cattelan, Orozco— más que a una marca específicamente cubana.
Es legítimo plantear, en este punto, una cuestión incómoda: parte de esta producción opera con un repertorio iconográfico —la balsa, la palma, el muro, el discurso político textualizado— que funciona, para el público internacional, como significante reconocible de «lo cubano». La pregunta no es si los artistas hacen esto cínicamente —en general no lo hacen— sino qué efectos estructurales tiene el hecho de que el mercado premie ciertos signos antes que otros. La iconografía de la insularidad y la disidencia se vuelve, en algunos casos, un código exportable. No es un juicio sobre las obras individuales, que pueden ser sólidas; es una observación sobre el sistema en que se inscriben.
Dispersión y disolución de la categoría «Arte Cubano»
El período que va, aproximadamente, de 2014 a hoy concentra varias transformaciones simultáneas. La normalización diplomática con Estados Unidos durante la administración Obama abrió un breve momento de optimismo en torno al mercado cubano que se cerró rápidamente con el retorno del endurecimiento posterior. La crisis económica de la isla se ha agudizado de forma severa; la emigración de artistas jóvenes ha sido masiva. El llamado Decreto 349 (publicado en 2018) y los episodios de tensión entre el Estado y artistas como el colectivo San Isidro o Luis Manuel Otero Alcántara han polarizado el campo de manera difícilmente reversible.
En este contexto, la generación más joven —artistas nacidos en los ochenta y noventa— produce desde condiciones radicalmente distintas según resida en Cuba, en Miami, en México o en Europa. Es problemático nombrar a quienes están dentro sin riesgo para ellos; el caso de Bruguera misma, con sus períodos de detención y restricción de movimiento, ilustra el espesor del problema. Quienes han salido —y son muchos— se enfrentan al desafío inverso: cómo sostener una identificación con una escena que ya no se habita, sin replicar los códigos exotizantes que el mercado solicita.
Entre los artistas más jóvenes residentes fuera, hay quienes han optado por abandonar la temática cubana como marca identitaria y trabajar desde lenguajes plenamente internacionales —pintura abstracta, instalación poscibernética, vídeo ensayo— donde el origen cubano se vuelve dato biográfico antes que materia de la obra. Otros han hecho del exilio mismo el contenido: trabajos que tematizan la salida, la imposibilidad del retorno, el archivo familiar fragmentado. Ambas estrategias son legítimas, y ambas tienen riesgos: la primera, el de borrarse en el ruido del circuito global; la segunda, el de instalarse en una elegía cuya rentabilidad simbólica decrece con el tiempo.
¿Qué queda de «lo cubano»?
Si la pregunta es qué hace que estas cuatro décadas de Arte Cubano constituyan un objeto coherente, la respuesta más honesta es que lo constituyen cada vez menos. La producción de un artista cubano nacido en los años sesenta del siglo pasado, formado en el ISA en los ochenta y residente en Miami desde hace tres décadas, comparte con la producción de un artista nacido en los noventas y formado en residencias berlinesas básicamente la nacionalidad de origen y poco más. Esa es la situación, y conviene asumirla sin nostalgia.
La crítica del Arte Cubano contemporáneo tiene, ante esto, dos tareas que no deberían confundirse. La primera, descriptiva: cartografiar con precisión qué se está produciendo, dónde, bajo qué condiciones. La segunda, evaluativa: distinguir qué obras dialogan productivamente con sus condiciones —de exilio, de precariedad, de mercado— y cuáles se limitan a ilustrarlas. Esa distinción no se hace por solidaridad ni por antipatía política. Se hace mirando las obras una por una, lo cual es, al final, lo único que la crítica puede hacer con sana honestidad.
V.Buran
Schaffhausen, abril de 2026
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