Es posible, y aún probable, que un artista, a través de su subjetividad, imaginación, ideas, conocimientos, quimeras y ensueño, exprese mucho más de lo que conscientemente cree y sabe. Además, como persona dotada de una gran sensibilidad, tiene en su mente una síntesis de todo lo creado anteriormente, lo que afortunada o desafortunadamente no le permite librarse de su influjo.
Por consiguiente, el proceso hacia la consecución de la obra de arte surge de las vivencias y experiencia del autor, que se enfrenta desde lo que podría considerarse un misterio hasta lo metafísico de una energía desconocida, desde la desintegración de la realidad o del objeto hasta su reconstrucción, todo lo cual como fase inicial de la acción y su resultado.
Pero ¿son todos ellos rumores sobre la gestación de la creación artística o en verdad es real ese estremecimiento frente al caos exterior o la nada que nos acosa interiormente?
Claude Lévi-Strauss fue muy claro cuando escribía que «el pintor ha de unir ser y devenir, y producir con su pincel un objeto que no existe como tal y que, sin embargo, sabe crearlo sobre su tela: síntesis de una o varias estructuras artificiales y naturales y de uno o varios acontecimientos, naturales y sociales».
En ella, en esa unión, es, entonces, donde reside la emoción estética, una dama de la mejor sociedad y de dudosa alcurnia de la que se rumorea constantemente para bien o para mal, sea en vida o cuando nos dejen sin la tal eternidad.
Gregorio Vigil-Escalera
De las Asociaciones Internacional
y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)
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