El prólogo como interpretación: Herminio Portell Vilá y la recepción inicial del «Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar»

Por Gálan Madruga

La inclusión de A manera de prólogo en la primera edición de Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, publicada en La Habana en 1940, posee una significación intelectual que excede ampliamente las convenciones editoriales de su tiempo. Fernando Ortiz no recurrió a una figura protocolar ni buscó el respaldo circunstancial de una personalidad pública para acompañar la aparición de un libro que ya desde su concepción aspiraba a convertirse en una interpretación general de la experiencia histórica cubana. Solicitó el texto introductorio a Herminio Portell Vilá, historiador, ensayista y profesor universitario que ocupaba entonces un lugar destacado dentro de la historiografía republicana y cuya producción intelectual se había orientado durante décadas al examen de las relaciones entre Cuba, España y los Estados Unidos, así como al estudio de las condiciones históricas que habían limitado el desarrollo de la soberanía nacional. La elección no fue accidental.

Entre ambos existía una comunidad de preocupaciones intelectuales que hacía posible un diálogo particularmente fecundo. Ortiz llegaba a la década de 1940 después de haber construido una obra monumental sobre la cultura cubana, la transculturación, la economía, la etnografía y la historia social de la Isla. Portell Vilá, por su parte, había dedicado buena parte de sus investigaciones a estudiar los mecanismos mediante los cuales la dependencia económica terminaba convirtiéndose en subordinación política. El prólogo aparece así como el punto de convergencia entre dos formas distintas de aproximarse al problema nacional cubano.

Desde el principio, Herminio Portell Vilá deja claramente establecida la magnitud intelectual que atribuye a la labor de Fernando Ortiz. No se limita a formular elogios convencionales ni a destacar los méritos académicos de una obra reciente. Afirma que la producción intelectual de Ortiz representa «la más original e integralmente fecunda, la de mayor proyección universal y más completa utilidad nacional que Cuba ha tenido a todo lo largo de su historia». La afirmación posee un alcance considerable si se recuerda que procede de uno de los historiadores más respetados de la República y que aparece formulada en un momento en que la cultura cubana contaba con figuras de la talla de Jorge Mañach, Emilio Roig de Leuchsenring, José María Chacón y Calvo, Ramiro Guerra o Medardo Vitier. Portell no está expresando únicamente una admiración personal. Está reconociendo que Ortiz había logrado construir un modelo de interpretación de Cuba cuya amplitud metodológica permitía integrar disciplinas que hasta entonces solían permanecer separadas. Historia, economía, antropología, sociología, lingüística y etnografía convergían en una misma empresa intelectual orientada hacia la comprensión de la nación.

Cuando añade que los libros de Ortiz «no necesitan de prólogos» y que la sola autoridad de su nombre basta para atraer la atención de cualquier lector inteligente, Portell está señalando algo más profundo que el prestigio de un autor consagrado. Está reconociendo que la obra orticiana había alcanzado ya una posición canónica dentro del pensamiento cubano. En cierto modo, las palabras introductorias funcionan como una declaración de principios acerca del lugar que Fernando Ortiz ocupaba dentro de la cultura nacional. Tal reconocimiento ayuda a comprender por qué Ortiz acudió precisamente a Portell Vilá para acompañar la publicación del libro. No buscaba un simple presentador. Necesitaba un interlocutor capaz de advertir el alcance histórico de una obra cuya complejidad desbordaba las categorías tradicionales de la economía política, de la historia agrícola o de la antropología cultural.

La razón principal que llevó a Herminio Portell Vilá a aceptar el encargo aparece expresada por él mismo cuando reconoce que el tema desarrollado por Ortiz había formado parte de sus propias preocupaciones intelectuales. Señala que el único mérito que podría justificar su presencia en el libro radica en haberse interesado «más de una vez en el tema fundamental» que el autor desarrolla en sus páginas. Esta observación posee una importancia mayor de la que suele atribuírsele. Permite comprender que el prólogo no fue escrito desde una posición externa a la obra. Portell no habla como un comentarista ocasional. Habla como alguien que había reflexionado durante años sobre la estructura económica cubana y que encontraba en el Contrapunteo una formulación especialmente original de problemas que le resultaban familiares.

Uno de los núcleos argumentales más importantes del prólogo aparece en la interpretación que Portell desarrolla acerca de la industria azucarera. A diferencia de buena parte de la historiografía económica de su época, que tendía a identificar la prosperidad nacional con el crecimiento de la producción azucarera, Portell insiste en que tal identificación descansa sobre un error histórico de enormes proporciones. Según sus propias palabras, la expansión de la industria azucarera fue consecuencia de «errores económicos y políticos que son seculares» y cuyos orígenes deben buscarse en el sistema colonial español. Esta afirmación no constituye una observación secundaria dentro de la argumentación general del texto. Se encuentra en el centro mismo de la lectura que Portell realiza del libro de Ortiz. La plantación azucarera aparece descrita como una estructura histórica que, aunque terminó dominando la economía cubana, nunca llegó a identificarse plenamente con los intereses permanentes de la nación.

La profundidad de esta crítica se hace todavía más visible cuando Portell sostiene que la industria azucarera forma «un todo adventicio en Cuba, algo extraño a nuestro país», ligado históricamente a intereses extranjeros antes que nacionales. El uso del término adventicio no es casual. Introduce una interpretación de larga duración según la cual el sistema azucarero habría permanecido relativamente ajeno al desarrollo orgánico de la sociedad cubana. La plantación no aparece aquí como una simple actividad económica. Se presenta como una forma de organización social que condicionó la propiedad de la tierra, la distribución de la riqueza, las relaciones laborales, la estructura política y la posición internacional de Cuba. Décadas antes de que la teoría de la dependencia formulara sus principales postulados, Portell identificaba ya la existencia de mecanismos mediante los cuales la economía exportadora terminaba subordinando la vida nacional a intereses externos.

Esta línea argumental alcanza uno de sus momentos más intensos cuando describe la industria azucarera como un «enorme parásito» que ha vivido siempre «del favor y de los sacrificios de los demás». Más allá del evidente contenido polémico de la metáfora, interesa observar la cercanía existente entre esta formulación y el método desarrollado por Ortiz a lo largo del Contrapunteo. Tanto en el prólogo como en el libro, los fenómenos económicos aparecen dotados de una dimensión casi antropológica. El azúcar deja de ser un producto agrícola para convertirse en una fuerza histórica capaz de modelar instituciones, hábitos, relaciones sociales y formas de conciencia colectiva. La metáfora del parásito expresa, en términos simbólicos, una interpretación compleja acerca de las consecuencias históricas del monocultivo.

Las reflexiones de Portell sobre la Revolución de 1895 permiten advertir hasta qué punto sus preocupaciones historiográficas convergían con las de Ortiz. A su juicio, la guerra de independencia había abierto una oportunidad excepcional para reorganizar la economía nacional sobre bases diferentes. La destrucción de una parte significativa de la infraestructura azucarera durante la invasión de Oriente a Occidente ofrecía la posibilidad de superar el modelo de monocultivo exportador que había dominado la vida económica de la Isla durante más de un siglo. Sin embargo, la ocupación norteamericana frustró aquella posibilidad al restaurar el sistema productivo anterior y reforzar nuevamente los vínculos de dependencia con el mercado estadounidense. Estas observaciones deben situarse dentro de una de las preocupaciones centrales de toda la obra de Portell Vilá, orientada a demostrar cómo la soberanía política cubana había quedado condicionada por estructuras económicas heredadas de la colonia y consolidadas durante la República.

Frente a la imagen del azúcar aparece la del tabaco, cuya valoración ocupa una parte considerable del prólogo. Portell destaca que tanto la planta como las técnicas fundamentales de cultivo y elaboración poseen raíces cubanas y americanas. Pero su interés principal se dirige hacia las consecuencias sociales derivadas de la industria tabacalera. A diferencia de la gran plantación, el tabaco favoreció la existencia de pequeños productores, artesanos especializados y formas de trabajo que exigían conocimiento técnico y experiencia acumulada. El veguero, el escogedor, el despalillador y el torcedor aparecen así vinculados a una tradición laboral distinta, caracterizada por una mayor autonomía y por una participación más activa en la vida social y política del país. No resulta extraño, por ello, que Portell afirme que «el veguero y el obrero tabaquero tuvieron la representación del cubanismo» y desempeñaron un papel relevante dentro de los movimientos revolucionarios y de la formación de una conciencia nacional.

Lo que emerge de esta contraposición entre azúcar y tabaco no es simplemente una comparación económica. Lo que Portell percibe en la obra de Ortiz es una explicación integral de la historia cubana elaborada mediante dos imágenes organizadoras. De un lado aparece la plantación, asociada al latifundio, la dependencia, la concentración de riqueza y la subordinación al mercado internacional. Del otro surge el mundo del tabaco, relacionado con formas de producción más dispersas, con tradiciones artesanales y con sectores sociales que participaron activamente en la formación del sentimiento nacional. En consecuencia, el historiador comprende que el verdadero propósito del libro no consiste en describir dos productos agrícolas, sino en examinar dos trayectorias históricas que influyeron de manera decisiva en la configuración de la sociedad cubana.

Cuando Portell concluye que Fernando Ortiz persigue «un fin didáctico y patriótico» mediante las figuras de Doña Azúcar y Don Tabaco, está reconociendo que la estructura alegórica del libro responde a una finalidad intelectual precisa. El recurso literario no busca embellecer la exposición ni facilitar la lectura. Permite organizar una interpretación histórica de gran amplitud donde economía, cultura, sociedad y política aparecen integradas dentro de una misma explicación. Precisamente por ello, el prólogo ocupa un lugar relevante dentro de la recepción temprana del Contrapunteo.

Herminio Portell Vilá comprendió que Fernando Ortiz no había escrito un tratado especializado destinado a economistas o historiadores agrícolas. Había elaborado una teoría histórica de la nación cubana construida a partir de los procesos materiales y culturales que habían configurado su desarrollo. La admiración que expresa a lo largo de todo el texto nace de esa comprensión. Su prólogo puede leerse, en consecuencia, como el reconocimiento de que la obra de Ortiz inauguraba una nueva forma de pensar la historia de Cuba, una forma donde los productos, las técnicas, las costumbres y las estructuras económicas dejaban de ocupar un lugar secundario para convertirse en protagonistas de la experiencia nacional.

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