Azúcar, tierra y dependencia. Una relectura de Raúl Maestri en el umbral de 1929

Por Galan Madruga

Introducción

Publicado en 1929, el mismo año en que el derrumbe de la Bolsa de Nueva York puso fin a la euforia económica de la década, El latifundismo en la economía cubana de Raúl Maestri es mucho más que un estudio sobre la propiedad territorial o la industria azucarera. Bajo la apariencia de un ensayo de economía política late una inquietud de naturaleza moral: la preocupación por el divorcio creciente entre la riqueza producida por una nación y la capacidad de esa nación para disponer de ella.

Maestri no se expresa como un técnico encerrado en las cifras ni como un jurista interesado únicamente en las formas institucionales. Su libro participa de una tradición ensayística cubana que entiende la economía como un problema de responsabilidad histórica y la soberanía como una cuestión inseparable de la dignidad colectiva. La concentración de la tierra, la expansión del capital extranjero y la subordinación del Estado a intereses ajenos le importan menos por sus efectos estadísticos que por las consecuencias que tienen sobre la vida de los hombres, sobre la posibilidad de construir una comunidad política consciente de sí misma y sobre el derecho de un país a decidir su propio destino.

Las páginas que siguen no denuncian únicamente una estructura económica; interrogan una forma de existencia nacional. Cada dato, cada cifra y cada argumento conducen a una misma pregunta: ¿qué valor posee la independencia política cuando las decisiones fundamentales sobre la riqueza, el trabajo y la propiedad se toman fuera de las fronteras del país? En esa pregunta, formulada en el umbral de la Gran Depresión, reside la vigencia de un libro que entendió, antes que muchos otros, que la soberanía no es una abstracción jurídica, sino una experiencia concreta que comienza allí donde una nación logra ejercer autoridad sobre las condiciones materiales de su existencia.

I. Una economía sin centro propio

Raúl Maestri inicia El latifundismo en la economía cubana apartándose deliberadamente del camino habitual de los estudios agrarios de su tiempo, pues, antes de examinar la concentración de la propiedad territorial, la expansión de la industria azucarera o la creciente influencia del capital extranjero, se detiene en una cuestión preliminar cuya formulación condiciona todo el desarrollo posterior del ensayo: qué condiciones históricas, económicas y políticas deben concurrir para que una sociedad pueda afirmar, con pleno sentido, que dispone de una economía nacional. La pregunta, que podría parecer abstracta o excesivamente teórica, adquiere una importancia decisiva en el contexto de la República cubana, ya que Maestri entiende que cualquier análisis que ignore quién controla la producción, quién dispone del crédito y quién orienta el destino de la riqueza terminará confundiendo los efectos con las causas.

La década de 1920, marcada por la aceleración de los intercambios internacionales, la consolidación de grandes corporaciones y la creciente influencia de las finanzas sobre las decisiones políticas, obligaba a reconsiderar el significado mismo de la soberanía económica. Mientras las economías industriales reforzaban sus mecanismos de protección y defendían espacios nacionales de acumulación, el mercado mundial ampliaba su radio de acción y subordinaba territorios enteros a las exigencias del comercio internacional. Maestri percibe con claridad esta paradoja cuando observa que «hablar de economías nacionales en tiempos en que —espontáneamente— nace y crece un mercado mundial es —si se hace con sinceridad— para apuntar una manifiesta antinomia», afirmación mediante la cual no niega la existencia de las economías nacionales, sino que obliga a interrogar las condiciones materiales que hacen posible su existencia.

Frente a las interpretaciones jurídicas, que identifican la soberanía económica con la mera existencia de un territorio delimitado, un aparato administrativo y un orden constitucional propio, Maestri propone una definición más exigente, según la cual una economía nacional solo puede existir cuando las fuerzas productivas y mercantiles se encuentran subordinadas al Estado. No basta, por tanto, con que la riqueza se produzca dentro de unas fronteras determinadas; resulta imprescindible que las decisiones fundamentales sobre su orientación y distribución respondan a intereses definidos desde el interior de la comunidad política. De ahí que sostenga que una economía nacional supone «la subordinación a un Estado dado de fuerzas productoras y mercantiles bastantes también dadas», formulación en la que el término decisivo no es economía, sino subordinación.

Vista desde esta perspectiva, la experiencia republicana cubana revela una contradicción de origen. La independencia alcanzada en 1902 no fue acompañada por una reorganización de la estructura económica heredada del período colonial, de modo que el nuevo Estado nació sin capacidad efectiva para orientar las actividades decisivas de la vida nacional. Aunque la República contaba con instituciones propias y con una soberanía formalmente reconocida, la producción azucarera, el crédito y las inversiones dependían de capitales extranjeros y de un mercado exterior cuyas decisiones escapaban al control de las autoridades cubanas. El gobierno administraba una economía que no dirigía y legislaba sobre una riqueza cuyo destino se decidía fuera de sus fronteras.

La consecuencia de esta situación aparece resumida en una de las afirmaciones más penetrantes del libro, cuando Maestri señala que «el Estado cubano no es el árbitro de la vida económica cubana. Más aún: el Estado cubano se encuentra presionado por la economía cubana», invirtiendo así la relación habitual entre política y economía. La debilidad institucional de la República no sería la causa de la dependencia, sino uno de sus efectos más visibles, puesto que un Estado incapaz de controlar las fuerzas que determinan la producción y el crédito difícilmente puede diseñar políticas de largo alcance o responder con eficacia a las crisis internacionales.

Las negociaciones arancelarias entre Cuba y Estados Unidos ofrecen, a juicio del autor, una prueba elocuente de esta anomalía. Cada vez que el Congreso norteamericano discutía modificaciones en las tarifas aduaneras, representantes cubanos debían comparecer ante el Comité de Medios y Arbitrios para defender las condiciones de acceso del azúcar al mercado estadounidense. La escena encerraba una paradoja difícil de soslayar: una nación políticamente independiente se veía obligada a intervenir en el debate legislativo de otro país para proteger la actividad económica de la que dependía su estabilidad. Cuba aparecía así vinculada a una estructura de subordinación que limitaba su capacidad de decisión y reducía considerablemente el alcance de su soberanía.

No sorprende, por ello, que Maestri describa al Estado cubano como «un Estado interdicto» cuyo «radio de actividades vese delimitado por fuerzas que no le pertenecen», expresión que no alude a la inexistencia del Estado, sino a una forma restringida de autoridad política. La República posee instituciones, administra recursos y mantiene un orden jurídico propio, aunque carece de instrumentos para modificar las estructuras económicas que condicionan su existencia. La palabra interdicto nombra, precisamente, esa distancia entre la soberanía formal y la capacidad efectiva de intervenir sobre las condiciones materiales de la vida nacional.

Las páginas iniciales del ensayo desembocan, finalmente, en una conclusión cuya radicalidad sigue conservando su fuerza interpretativa. Cuando Maestri se pregunta «¿Qué es, al cabo, la economía cubana?», responde sin vacilaciones: «Una economía colonial. Adscrita a un capitalismo extranjero, por él y para él funciona». La expresión no describe una situación jurídica ni propone una analogía retórica con el pasado colonial español; designa una forma específica de inserción en el mercado mundial, en la que una sociedad produce riqueza sin determinar su destino, participa del comercio internacional sin controlar sus reglas y dispone de un Estado independiente cuya capacidad de acción permanece condicionada por intereses económicos ajenos. Todo el libro no hará otra cosa que desplegar, a través del análisis del azúcar, de la tierra, del crédito y del trabajo, las consecuencias históricas de esta afirmación inicial.

La República y sus tres Cubas

Una vez establecida la imposibilidad de considerar a Cuba como una economía nacional en sentido estricto, Raúl Maestri desplaza el centro de su análisis desde la estructura productiva hacia las consecuencias políticas y sociales derivadas de esa anomalía originaria, convencido de que las dificultades de la República no pueden explicarse mediante argumentos que apelen exclusivamente a la corrupción administrativa, a la inestabilidad de los gobiernos o a la supuesta inmadurez cívica de la sociedad cubana. A su juicio, las instituciones republicanas fracasan porque se encuentran obligadas a administrar una realidad económica que escapa a su control, de modo que el Estado aparece sometido a fuerzas cuya capacidad de decisión resulta superior a la de las propias autoridades nacionales.

Para describir esta fractura, Maestri recurre a una intuición formulada años antes por José Ortega y Gasset, quien había distinguido entre una España oficial y una España vital, aunque introduce una variación decisiva que modifica el alcance del argumento. En la experiencia cubana no conviven dos países superpuestos, sino tres realidades diferentes que comparten un mismo territorio, aunque responden a lógicas distintas y, en ocasiones, contradictorias. Existe una Cuba vital, integrada por quienes trabajan, producen y sostienen la vida cotidiana del país; una Cuba oficial, representada por las instituciones republicanas, el orden jurídico y la administración pública; y una tercera Cuba, apenas visible en los mecanismos formales del poder, aunque decisiva en la orientación de la economía nacional.

Maestri designa a esta última como «la otra Cuba no cubana intrusa y dominante», expresión que, lejos de responder a una exaltación nacionalista o a un recurso retórico destinado a provocar una reacción emocional, intenta nombrar una estructura de poder cuya influencia no depende del control directo del aparato estatal, sino de su capacidad para orientar las inversiones, disponer del crédito, controlar la propiedad territorial y fijar las condiciones generales del intercambio económico. Esa tercera Cuba no necesita ocupar ministerios ni intervenir de manera abierta en las disputas partidistas, porque ejerce su autoridad desde un ámbito más profundo y menos visible: el de las decisiones que determinan el destino de la riqueza.

La República, observada desde esta perspectiva, adquiere un carácter paradójico. Las instituciones nacionales conservan la capacidad de legislar, recaudar impuestos y mantener el orden jurídico, aunque las actividades fundamentales sobre las que descansa la vida económica responden a intereses situados fuera del territorio nacional. El gobierno administra las consecuencias de procesos cuya dirección no controla, mientras el país legal y el país real avanzan por caminos divergentes. La distancia entre ambos no surge de una deficiencia institucional circunstancial, sino de la existencia de un poder económico que actúa al margen de los mecanismos visibles de la soberanía.

De ahí que Maestri afirme que «el Estado cubano es un Estado interdicto» y que «su radio de actividades vese delimitado por fuerzas que no le pertenecen», definición que no pretende negar la existencia del Estado, sino precisar los límites de su autoridad. La República posee instituciones propias y ejerce competencias reconocidas jurídicamente, aunque carece de instrumentos suficientes para intervenir sobre las estructuras que organizan la producción, el crédito y el comercio exterior. El poder político permanece, pero su capacidad de acción se encuentra restringida por condicionamientos económicos que lo preceden y lo desbordan.

La independencia obtenida en 1902 no alteró sustancialmente esa situación. España abandonó la Isla, aunque la organización material de la economía continuó orientada hacia intereses externos. La relación colonial fue sustituida por una forma más compleja de subordinación, en la que el control político directo cedió su lugar a mecanismos económicos capaces de producir resultados semejantes. La nueva potencia dominante no necesitaba administradores imperiales ni gobernadores militares; le bastaba con asegurar el control del mercado de exportación, orientar el flujo de capitales y condicionar el acceso al crédito.

Las negociaciones arancelarias entre Cuba y Estados Unidos ofrecían una imagen reveladora de esta dependencia. Cada vez que el Congreso norteamericano discutía modificaciones en sus políticas comerciales, los representantes cubanos se veían obligados a comparecer ante el Comité de Medios y Arbitrios para defender las condiciones de acceso del azúcar al mercado estadounidense. El episodio mostraba hasta qué punto la principal actividad económica del país dependía de decisiones adoptadas fuera de sus fronteras y confirmaba que la autonomía política de la República encontraba límites precisos allí donde comenzaban los intereses del mercado exterior.

La existencia de tres Cubas repercute también sobre la configuración de las clases sociales. Maestri observa que la economía dependiente impide la formación de una clase dirigente nacional capaz de identificar sus intereses con los del conjunto de la sociedad. La burguesía cubana participa de los beneficios generados por el sistema, aunque no controla sus resortes fundamentales; los trabajadores producen riqueza, aunque permanecen excluidos de las decisiones que determinan su distribución. Por ello afirma que «hay capitalistas y burgueses y proletarios cubanos. No hay un capitalismo o un proletariado cubanos», frase que no niega la existencia de conflictos sociales, sino que señala la ausencia de un proyecto económico común capaz de articular los intereses de la nación.

Privado del respaldo de una clase nacional hegemónica y sometido a una estructura económica cuyos centros de decisión se encuentran fuera del país, el Estado pierde progresivamente su capacidad para representar el interés general. Maestri lo expresa con una contundencia poco frecuente cuando sostiene que «el Estado —órgano de esa primacía— pierde, por lo tanto, su razón de ser. Se convierte entonces en el agente de otro Estado», formulación que, leída en el umbral de la Gran Depresión, revela hasta qué punto la crisis de la República no debía buscarse en la superficie de la vida política, sino en la fractura que separaba a la Cuba que trabajaba, a la Cuba que gobernaba y a la Cuba que, desde la sombra de la economía, decidía.

El azúcar como destino

A lo largo del siglo XIX, el azúcar pasó de ser una actividad económica relevante a convertirse en el principio organizador de la vida nacional cubana. Raúl Maestri observa este proceso con una mezcla de asombro y preocupación, porque entiende que el problema no radica en la expansión de un producto capaz de generar riqueza, sino en la progresiva subordinación de todas las demás actividades económicas a las exigencias de una sola mercancía. Lo que comenzó como una ventaja comparativa derivada de las condiciones naturales de la Isla terminó por definir la estructura productiva, la distribución de la población, el trazado de las vías férreas y la relación de Cuba con el mercado internacional. El azúcar dejó de ser una fuente de prosperidad para convertirse en el horizonte que delimitaba las posibilidades mismas del desarrollo nacional.

Maestri rechaza la idea, muy difundida entre sus contemporáneos, de que la especialización azucarera fuese el resultado de una decisión soberana o de un proceso espontáneo de modernización. La expansión de la industria respondió a factores externos, entre los cuales sobresalían el crecimiento del consumo estadounidense y la capacidad del capital extranjero para reorganizar el territorio cubano según las necesidades de ese mercado. La cercanía geográfica, la fertilidad de las tierras y la facilidad de acceso a los puertos favorecieron la consolidación de una economía orientada hacia la exportación. Sin embargo, el éxito inicial ocultaba una dependencia creciente que solo se haría visible cuando el mercado internacional comenzara a mostrar señales de agotamiento.

El autor resume esta relación mediante una observación cuya sencillez no disminuye su profundidad, al afirmar que la economía cubana «toda ella se orienta hacia el Norte y del Norte recibe capitales e impulso». La frase describe una estructura económica cuyo dinamismo depende de factores ajenos a la sociedad que la sostiene. El mercado interno pierde relevancia y la producción deja de organizarse en función de las necesidades nacionales. Las decisiones fundamentales se adoptan fuera del territorio cubano y los ritmos de crecimiento responden a una demanda exterior que escapa a cualquier forma de control político por parte de la República.

Las estadísticas reunidas por Maestri permiten comprender la magnitud del fenómeno. Entre 1909 y 1913, la producción mundial de azúcar de caña alcanzó los 8.967.000 toneladas, mientras que entre 1919 y 1923 esa cifra ascendió a 12.536.000 toneladas. Detrás de este incremento se encontraba el aumento sostenido del consumo estadounidense, que pasó de 79,7 libras por habitante en 1910 a 114,4 libras en 1926. Cuba adaptó su estructura productiva a esa expansión con una intensidad que terminaría por comprometer su equilibrio económico, pues la prosperidad nacional quedó ligada a una variable sobre la cual no ejercía ninguna influencia.

La desproporción entre el crecimiento demográfico y el aumento de la producción azucarera ofrece una imagen aún más precisa de esta transformación. Entre 1899 y 1926, la población cubana aumentó un 128,82 %, mientras la producción de azúcar creció un 1.369,34 %. Las cifras revelan que la economía nacional no se expandía para satisfacer las necesidades de la sociedad cubana, sino para responder a la demanda de un mercado extranjero. La riqueza aumentaba, aunque no lo hacía en función de un proyecto nacional de desarrollo. La producción seguía una lógica externa que imponía sus propias prioridades y desplazaba cualquier intento de diversificación económica.

Maestri advierte que el crecimiento económico y la autonomía nacional no siempre avanzan en la misma dirección. Una economía puede incrementar su capacidad productiva y, al mismo tiempo, reforzar su dependencia. Esta paradoja aparece condensada en una de las formulaciones más significativas del libro, cuando sostiene que «la economía cubana actual, como apartado que es de un sistema mayor, no se halla vinculada histórica ni socialmente a la nacionalidad cubana; empotrada a ella tiene su centro motor en otra esfera extranjera». La expresión «centro motor» permite comprender que la cuestión esencial no reside en el volumen de la riqueza producida, sino en el lugar desde donde se toman las decisiones que la orientan.

La especialización azucarera modificó también el paisaje agrícola de la Isla. La expansión de los cañaverales desplazó cultivos destinados al consumo interno, redujo la diversidad productiva y convirtió extensas regiones en espacios dependientes de una sola actividad económica. El empleo, el crédito, los ingresos fiscales y las expectativas de progreso quedaron subordinados a las oscilaciones del precio internacional del azúcar. La prosperidad adquirió un carácter frágil y estacional, sujeto a factores que podían cambiar bruscamente sin que la sociedad cubana dispusiera de mecanismos eficaces para amortiguar sus efectos.

Las señales de agotamiento comenzaron a manifestarse antes del derrumbe financiero de 1929. El crecimiento de la producción mundial superaba progresivamente la expansión del consumo, generando una situación de sobreoferta que amenazaba la estabilidad del mercado. El problema no radicaba en la cantidad de azúcar producida, sino en la ausencia de alternativas económicas capaces de reducir la vulnerabilidad del país. Cuando la demanda estadounidense se contrajo y el crédito internacional empezó a disminuir, la estructura entera reveló su fragilidad. El azúcar, que durante décadas había simbolizado la prosperidad republicana, mostró entonces su verdadera naturaleza. Cuanto más dependía Cuba de él, más estrechos se volvían los márgenes de su autonomía.

Del ingenio al central

La expansión de la industria azucarera cubana no puede comprenderse únicamente a partir del aumento de la demanda internacional ni del crecimiento de las inversiones extranjeras. Raúl Maestri advierte que la transformación decisiva tuvo lugar en el interior mismo del proceso productivo, cuando el antiguo ingenio colonial fue sustituido por el central moderno, cuya aparición modificó la organización del trabajo, alteró la estructura de la propiedad y rediseñó el espacio económico de la Isla. El cambio no representó una simple mejora tecnológica orientada a incrementar la productividad, sino una mutación profunda en la forma de relacionar la tierra, el capital y la industria.

El ingenio tradicional reunía en una misma unidad económica el cultivo de la caña y la elaboración del azúcar. El propietario controlaba la tierra, la molienda y la comercialización del producto, manteniendo una relativa autonomía en las distintas fases del proceso. El central moderno rompió esa unidad y estableció una nueva jerarquía, en la que la industria dejó de depender de la agricultura para imponer sus propias exigencias. La caña pasó a desempeñar el papel de materia prima de un sistema industrial cuya escala requería grandes inversiones, una capacidad de molienda superior y un suministro constante que las formas tradicionales de producción no podían garantizar.

Maestri recuerda que diversos pensadores y reformadores cubanos del siglo XIX habían anticipado la necesidad de esta transformación, convencidos de que la concentración industrial permitiría reducir costos y aumentar la competitividad en el mercado internacional. El central aparecía entonces como el símbolo de una modernización largamente esperada, capaz de insertar a Cuba en las dinámicas del capitalismo contemporáneo. Sin embargo, el progreso técnico produjo efectos que desbordaron ampliamente el ámbito de la producción y terminaron por reorganizar la vida económica del país en torno a una lógica distinta.

La nueva estructura industrial exigía amplias zonas de cultivo destinadas a asegurar un flujo permanente de caña, lo que impulsó la construcción de ferrocarriles privados, favoreció la concentración de la propiedad y transformó regiones enteras en áreas dependientes de un mismo núcleo productivo. El central dejó de ser una fábrica aislada para convertirse en el eje de una red económica que integraba tierras, medios de transporte, infraestructura y sistemas de financiamiento. El territorio comenzó a organizarse según las necesidades de la industria, desplazando progresivamente las formas tradicionales de explotación agrícola.

La aparición del colono ilustra con claridad esta nueva realidad. Aunque conservaba la propiedad o el arrendamiento de sus tierras, su margen de autonomía se reducía considerablemente, ya que dependía del central para transportar la caña, obtener crédito y colocar su producción en el mercado. Los precios, las condiciones de compra y los plazos de pago eran fijados por la empresa industrial, que concentraba la capacidad financiera y el acceso a los circuitos comerciales internacionales. El agricultor seguía siendo propietario de la tierra, aunque la dirección efectiva del proceso productivo había pasado a otras manos.

La industrialización modificó también el valor económico del suelo. La fertilidad continuaba siendo importante, aunque dejaba de ser el único criterio relevante. La proximidad al central, la conexión con las vías férreas y la posibilidad de integrarse a una red de abastecimiento adquirieron una importancia creciente. Algunas regiones se transformaron en espacios estratégicos para la producción azucarera, mientras otras quedaron relegadas a una posición marginal dentro del nuevo orden económico. La geografía cubana comenzó a reconfigurarse siguiendo los requerimientos de la industria.

La modernización alteró igualmente la percepción del tiempo. La zafra dejó de ser una actividad agrícola regida por los ritmos tradicionales del campo y pasó a depender de la coordinación de máquinas, trabajadores y sistemas de transporte. La eficiencia exigía sincronización, rapidez y disciplina. El calendario económico del país comenzó a girar alrededor de las necesidades del central, que organizaba la vida cotidiana de extensas regiones y condicionaba las expectativas de miles de personas.

Maestri subraya que esta transformación no surgió de un proceso interno de acumulación. La modernización azucarera cubana fue impulsada por capitales extranjeros y orientada hacia mercados extranjeros. Por ello afirma que «esta transformación radical de nuestra economía no se ha verificado mediante causas endógenas», recordando que el dinamismo del sistema dependía de estímulos situados fuera de la Isla. La innovación tecnológica aumentó la productividad y elevó la capacidad exportadora del país, aunque también reforzó la necesidad de crédito, aceleró la concentración de la tierra y profundizó la subordinación al mercado internacional.

El tránsito del ingenio al central encierra, en consecuencia, una paradoja que atraviesa toda la historia económica de la República. La maquinaria permitió alcanzar niveles inéditos de eficiencia y convirtió a Cuba en uno de los principales productores de azúcar del mundo, aunque esa misma modernización redujo los márgenes de autonomía nacional. La antigua economía del ingenio podía resultar limitada y poco competitiva; la economía del central era extraordinariamente productiva, pero había trasladado el centro de decisión hacia espacios ajenos a la sociedad que generaba la riqueza. Mientras la industria avanzaba, la nación descubría que su prosperidad dependía cada vez más de fuerzas que escapaban a su control.

El latifundio como forma moderna del capital

Una de las aportaciones más originales de El latifundismo en la economía cubana radica en el rechazo explícito de una interpretación muy extendida en el pensamiento social latinoamericano de comienzos del siglo XX, según la cual la gran propiedad territorial representaba una supervivencia anacrónica del orden colonial, condenada a desaparecer a medida que avanzaran la industrialización y el desarrollo capitalista. Raúl Maestri invierte esta perspectiva y sostiene que el latifundio cubano no es un residuo del pasado, sino una consecuencia directa de la modernización económica impulsada por la expansión de la industria azucarera y por la penetración del capital financiero internacional. La gran propiedad no sobrevive a pesar del progreso técnico, sino que se fortalece gracias a él.

La aparición del central moderno alteró las condiciones de la competencia económica y modificó la relación entre la tierra y la producción. Las nuevas exigencias industriales requerían extensas superficies de cultivo capaces de garantizar un abastecimiento continuo de caña, una red de transporte eficiente y una estructura financiera que permitiera sostener inversiones cada vez más elevadas. Las pequeñas y medianas explotaciones agrícolas carecían de los recursos necesarios para adaptarse a este nuevo escenario, mientras las grandes compañías, respaldadas por abundantes capitales, se encontraban en condiciones de adquirir tierras, incorporar tecnología y controlar los circuitos de comercialización. La concentración de la propiedad dejó de ser una anomalía para convertirse en una exigencia del sistema productivo.

La tierra adquirió entonces un significado distinto del que había tenido durante el período colonial. Su valor ya no dependía exclusivamente de la fertilidad del suelo o de la extensión de las propiedades, sino de su capacidad para integrarse a una red industrial compuesta por centrales, ferrocarriles, puertos y sistemas de financiamiento. La propiedad territorial pasó a formar parte de una estructura económica más amplia, en la que cada parcela debía responder a las necesidades de una industria orientada hacia la exportación. El suelo dejó de ser un recurso agrícola para convertirse en un activo estratégico dentro de un complejo industrial de alcance nacional e internacional.

Maestri insiste en que esta transformación no fue el resultado de un proceso interno de acumulación, sino la consecuencia de una reorganización económica impulsada desde el exterior. Al afirmar que «esta transformación radical de nuestra economía no se ha verificado mediante causas endógenas», subraya que el capital responsable de la modernización azucarera procedía de otros centros económicos y respondía a intereses ajenos al desarrollo integral de la sociedad cubana. La expansión del latifundio aparece así vinculada al crecimiento de las inversiones extranjeras y a la necesidad de asegurar la rentabilidad de esas inversiones mediante el control directo del territorio.

Las cifras disponibles confirman la magnitud del fenómeno. A finales del siglo XIX, las inversiones estadounidenses en Cuba ascendían a cincuenta millones de dólares. Tres décadas después superaban los mil cuatrocientos millones, de los cuales una parte considerable se concentraba en la industria azucarera. El crecimiento del capital extranjero avanzó de manera paralela a la concentración de la propiedad territorial, generando una estructura económica en la que la posesión de la tierra y el control de la producción tendían a reunirse bajo una misma dirección.

Las grandes empresas azucareras no adquirían tierras por simple afán especulativo. Necesitaban garantizar el suministro de caña, reducir la dependencia respecto de productores independientes y asegurar la continuidad del proceso industrial. La integración vertical del negocio exigía reunir bajo una misma administración la agricultura, la molienda, el transporte y la comercialización. El latifundio surgió como la expresión territorial de esa estrategia económica, cuya lógica respondía menos a la tradición agraria que a las necesidades del capitalismo industrial.

Las consecuencias de este proceso se hicieron visibles en la transformación del paisaje cubano. Regiones enteras comenzaron a organizarse alrededor de los grandes centrales, mientras los ferrocarriles privados articulaban vastas zonas rurales y los bateyes crecían hasta adquirir dimensiones urbanas. Fernando Ortiz, citado por Maestri, describe este fenómeno al referirse a «territorios tan extensos que en otros países serían provincias, con campos que son horizontes, con bateyes que son ciudades», imagen que permite comprender la escala alcanzada por las nuevas unidades productivas y el grado de influencia que ejercían sobre la vida económica y social de la Isla.

La expansión del latifundio alteró también la distribución de la riqueza y redujo las posibilidades de desarrollo del mercado interno. La concentración de la propiedad desplazó a pequeños productores, limitó la diversificación agrícola y favoreció una estructura económica orientada casi exclusivamente hacia la exportación. Maestri advierte que «la capacidad adquisitiva del mercado nacional se reducirá en grandes proporciones», señalando así una de las contradicciones centrales del modelo azucarero. La producción aumentaba de manera extraordinaria, aunque los beneficios de ese crecimiento tendían a concentrarse en pocos actores económicos y a desplazarse fuera del país.

La crisis de 1929 confirmó la fragilidad de este sistema. La caída del precio del azúcar, la reducción del crédito y la contracción del mercado estadounidense pusieron de manifiesto que la eficiencia del latifundio dependía de circunstancias que escapaban al control de la sociedad cubana. El problema no residía en la extensión de la propiedad por sí misma, sino en la forma en que esa propiedad se articulaba con el capital financiero y con las necesidades del mercado internacional. El latifundio cubano no representaba una herencia inmóvil del pasado colonial. Era, más bien, la expresión territorial de una economía moderna, altamente productiva y profundamente dependiente, en cuyos límites podían leerse las contradicciones fundamentales de la República.

La banca y la propiedad de la tierra

La concentración de la propiedad territorial en Cuba no puede explicarse exclusivamente a partir del crecimiento de la industria azucarera ni del aumento de las inversiones extranjeras. Entre la expansión de los centrales y la formación de los grandes latifundios actuaba una fuerza menos visible, aunque mucho más decisiva, cuya influencia se extendía sobre todos los sectores de la economía. Raúl Maestri identifica esa fuerza en el crédito, convencido de que la modernización de la República no habría sido posible sin la intervención de la banca internacional y de que, al mismo tiempo, esa intervención alteró profundamente la naturaleza de la propiedad agraria. La historia del latifundio cubano es inseparable de la historia de la deuda, porque la tierra comenzó a cambiar de manos no tanto mediante la compra directa como a través del control de los mecanismos financieros que hacían posible su explotación.

La construcción de centrales, la adquisición de maquinaria, la extensión de las líneas ferroviarias y la incorporación de nuevas tierras al cultivo exigían inversiones que superaban ampliamente la capacidad de ahorro interno de la sociedad cubana. El sistema financiero nacional carecía de los recursos necesarios para sostener una expansión productiva de semejante magnitud, de manera que el vacío fue ocupado por bancos estadounidenses interesados en colocar capitales en una economía cuya rentabilidad parecía asegurada por el crecimiento del consumo de azúcar en el mercado norteamericano. La presencia de la banca extranjera no obedecía a una estrategia excepcional ni a una circunstancia fortuita. Formaba parte del funcionamiento ordinario de una economía integrada de manera subordinada al capitalismo internacional.

Maestri no cuestiona la necesidad del crédito ni desconoce su papel en el desarrollo económico. Su preocupación surge cuando los instrumentos financieros dejan de servir a la producción y comienzan a determinar la distribución de la propiedad. Los préstamos concedidos a colonos, empresarios y propietarios de ingenios estaban respaldados por hipotecas sobre la tierra, por las futuras cosechas o por las instalaciones industriales. Mientras los precios del azúcar se mantuvieron elevados, el sistema funcionó con aparente normalidad y alimentó la ilusión de una prosperidad indefinida. Cada nueva zafra justificaba nuevas inversiones y cada inversión incrementaba el nivel de endeudamiento de la economía cubana.

La llamada danza de los millones, impulsada por el extraordinario aumento del precio del azúcar durante la Primera Guerra Mundial, aceleró este proceso hasta límites difíciles de sostener. Convencidos de que la expansión del mercado continuaría sin interrupciones, numerosos productores ampliaron sus operaciones mediante créditos cuyo pago dependía del mantenimiento de precios excepcionalmente altos. El sistema parecía sólido mientras el mercado favorecía el crecimiento, aunque su estabilidad descansaba sobre una premisa extremadamente frágil. Bastó una caída repentina del precio del azúcar para que la estructura financiera revelara sus debilidades.

La crisis azucarera de 1920 mostró con claridad el mecanismo mediante el cual la deuda podía transformarse en propiedad. Los productores que no lograron cumplir sus obligaciones financieras perdieron el control de sus tierras, de sus ingenios y de sus instalaciones industriales. Las entidades bancarias, protegidas por las garantías hipotecarias, ampliaron rápidamente su presencia en la economía cubana. Maestri señala que la banca extranjera, «ajena a los intereses del país», aprovechó las circunstancias para consolidar una posición que iba mucho más allá de la simple intermediación financiera.

El ejemplo más revelador de esta transformación aparece en la referencia al National City Bank, del que se decía que había llegado a controlar «cincuenta a sesenta ingenios en el verano de 1921». La cifra posee un valor simbólico que trasciende su dimensión estadística, porque muestra el momento en que las instituciones financieras dejan de limitarse a prestar dinero y comienzan a administrar directamente los medios de producción. El banco se convierte en propietario, mientras la frontera que separaba el crédito de la posesión efectiva de la tierra desaparece progresivamente.

Las consecuencias de este proceso alcanzaron también a los colonos, cuya posición económica se volvió cada vez más precaria. Para sembrar necesitaban préstamos, para transportar la caña dependían del central y para comercializar su producción debían someterse a condiciones que no estaban en capacidad de negociar. La deuda se transformó en una forma cotidiana de subordinación que limitaba su autonomía y reforzaba el poder de las grandes compañías. El acceso al crédito dejó de ser un instrumento de promoción económica para convertirse en un mecanismo de control sobre quienes participaban en la producción.

Maestri insiste en que la verdadera dimensión de este fenómeno no puede apreciarse mediante la simple observación de la balanza comercial. El indicador decisivo es la balanza de pagos, porque en ella se registran los intereses, dividendos y beneficios que abandonan el país. Una parte considerable de la riqueza generada por la economía azucarera no permanecía en Cuba. Regresaba al exterior bajo la forma de rentas financieras, reforzando un circuito de acumulación que beneficiaba a otros centros económicos. La producción nacional alimentaba un proceso de crecimiento cuyos principales resultados se desplazaban fuera del territorio donde esa riqueza había sido creada.

La crisis mundial de 1929 confirmó la tendencia que Maestri había identificado años antes. La contracción del crédito, la caída del precio del azúcar y la reducción del consumo estadounidense aceleraron la transferencia de propiedades hacia las instituciones financieras. Los pequeños propietarios y los empresarios más endeudados perdieron activos, mientras los bancos consolidaron su influencia sobre la tierra y la industria. La soberanía económica de la República no se erosionaba únicamente en los mercados de exportación o en las negociaciones comerciales. También se debilitaba en las oficinas donde se decidía quién podía acceder al crédito, quién conservaría sus propiedades y quién quedaría excluido del sistema productivo. Detrás de cada central, de cada ferrocarril y de cada extensión de caña existía una red financiera que convertía la deuda en propiedad y el crédito en una forma silenciosa de poder.

El trabajador sin nación

Las transformaciones económicas descritas por Raúl Maestri adquieren su verdadero significado cuando se observan desde la perspectiva del trabajo, porque la concentración de la tierra, la expansión del crédito y el desarrollo de la industria azucarera no modificaron únicamente la estructura productiva del país, sino también la experiencia cotidiana de quienes dependían de su esfuerzo para subsistir. El problema del latifundio no puede reducirse a una cuestión de propiedad ni a una discusión sobre la distribución del capital, ya que sus efectos se proyectan sobre la organización del tiempo, sobre las formas de vida y sobre la posibilidad misma de construir una comunidad nacional articulada alrededor de intereses compartidos. La economía del azúcar transformó el territorio cubano, aunque también alteró la relación entre el trabajador y la riqueza que contribuía a generar.

La zafra pasó a convertirse en el principio organizador de la vida económica de la República. El empleo aumentaba de manera considerable durante los meses de cosecha y disminuía con la misma rapidez una vez concluida la molienda, obligando a miles de trabajadores a alternar períodos breves de intensa actividad con largas etapas de desempleo o subempleo. La estabilidad dejó de depender de la capacidad de trabajo individual y comenzó a estar determinada por factores externos, entre los cuales sobresalían las fluctuaciones del mercado internacional y las decisiones adoptadas por empresas cuyos centros de dirección se encontraban fuera del territorio nacional. El calendario económico del país se subordinó a los ritmos de una industria orientada hacia la exportación.

La estacionalidad del empleo produjo una forma particular de incertidumbre social. El trabajador cubano descubría que su bienestar no guardaba una relación directa con la productividad de su esfuerzo, sino con el precio internacional del azúcar y con las expectativas de consumo del mercado estadounidense. Una reducción de la demanda o una caída en las cotizaciones internacionales podían alterar, de un año a otro, las condiciones de vida de regiones enteras. La prosperidad adquirió un carácter transitorio y precario, mientras la inseguridad económica se convertía en una experiencia permanente para amplios sectores de la población rural.

Maestri observa que la expansión de la industria azucarera estuvo acompañada por la importación masiva de trabajadores haitianos y jamaicanos, cuya presencia respondía a la necesidad de disponer de una fuerza laboral abundante y de bajo costo durante los meses de zafra. La medida obedecía a una lógica estrictamente económica, orientada a garantizar la rentabilidad de las empresas mediante la reducción de los salarios y la disponibilidad de mano de obra fácilmente reemplazable. Más allá de los prejuicios propios de la época, presentes en algunas de las expresiones utilizadas por el autor, su análisis permite comprender cómo la fragmentación del mercado laboral debilitaba la capacidad de organización de los trabajadores y reforzaba la posición de las grandes compañías azucareras.

La expansión del latifundio aceleró, además, el desplazamiento de pequeños agricultores hacia el trabajo asalariado. Familias que anteriormente combinaban distintas actividades productivas y mantenían cierto grado de autonomía económica fueron incorporándose progresivamente a una estructura industrial que exigía disponibilidad estacional y dependencia permanente del salario. El campesino perdió acceso a la tierra y se convirtió en trabajador temporal, mientras las posibilidades de desarrollar formas diversificadas de producción disminuían a medida que avanzaba la concentración territorial. La modernización de la agricultura redujo los espacios de independencia económica que aún subsistían en el campo cubano.

Los bateyes, surgidos alrededor de los grandes centrales, expresan con claridad las consecuencias sociales de este proceso. La vivienda, el empleo, el comercio y los servicios básicos quedaron estrechamente vinculados a una misma empresa, cuya influencia se extendía mucho más allá del ámbito productivo. La comunidad entera pasó a depender del funcionamiento de la industria azucarera y de las decisiones adoptadas por actores económicos que no necesariamente compartían los intereses de quienes vivían y trabajaban en esos espacios. La vida cotidiana se organizó alrededor de una actividad cuya continuidad no podía garantizarse desde el interior de la propia sociedad cubana.

La paradoja central de este modelo aparece formulada por Maestri cuando advierte que el aumento de la producción y de las exportaciones no se tradujo en una mejora sostenida de las condiciones materiales de la mayoría de la población. La riqueza generada por el azúcar no fortaleció el mercado interno ni favoreció una distribución más equilibrada del ingreso. Por el contrario, la concentración de la propiedad y de los beneficios limitó las posibilidades de expansión del consumo nacional, de modo que «la capacidad adquisitiva del mercado nacional se reducirá en grandes proporciones». La economía crecía, aunque sus frutos tendían a concentrarse en un reducido número de actores y a desplazarse fuera del país.

En este contexto adquiere sentido una de las afirmaciones más reveladoras del ensayo, cuando Maestri sostiene que «hay capitalistas y burgueses y proletarios cubanos. No hay un capitalismo o un proletariado cubanos». La frase no cuestiona la existencia de clases sociales ni desconoce los conflictos derivados de la desigualdad económica. Señala, más bien, la ausencia de un proyecto nacional capaz de integrar los intereses de quienes participan en la producción. Los trabajadores generan riqueza dentro de una estructura cuya lógica responde a necesidades ajenas a la sociedad cubana y cuyos beneficios principales se orientan hacia otros espacios económicos.

La crisis de 1929 reveló con especial crudeza esta situación. La caída del precio del azúcar y la contracción del crédito provocaron un aumento inmediato del desempleo y expusieron la fragilidad de una economía incapaz de proteger a quienes dependían de ella. El trabajador sin nación del que habla Maestri no es un individuo desprovisto de identidad o de conciencia patriótica, sino alguien cuyo esfuerzo sostiene una estructura productiva sobre la cual no ejerce ningún control. La tragedia de la República, observada desde la experiencia del trabajo, consistía precisamente en esa distancia entre quienes producían la riqueza y quienes decidían su destino.

1929 o la caída de la ilusión

La publicación de El latifundismo en la economía cubana coincidió con uno de esos momentos excepcionales en que la historia parece condensar, en un breve lapso de tiempo, contradicciones que habían permanecido ocultas durante décadas bajo la apariencia de la prosperidad. El derrumbe de la Bolsa de Nueva York, ocurrido en octubre de 1929, no creó los problemas que Raúl Maestri había identificado en la estructura económica de la República, sino que aceleró procesos ya existentes y confirmó la validez de un diagnóstico que, hasta entonces, podía parecer excesivamente pesimista. La crisis mundial actuó como una prueba histórica que reveló la fragilidad de una economía cuya expansión dependía de factores ajenos a la voluntad de la sociedad cubana.

Durante las décadas precedentes, el crecimiento de la producción azucarera, la llegada constante de capitales extranjeros y el aumento del comercio exterior habían alimentado la convicción de que la prosperidad material equivalía al desarrollo nacional. Las cifras parecían confirmar esa percepción. Las exportaciones aumentaban, los centrales ampliaban su capacidad productiva y las inversiones procedentes de Estados Unidos transformaban el paisaje económico de la Isla. Sin embargo, aquella abundancia descansaba sobre una premisa extraordinariamente frágil, ya que suponía la continuidad indefinida del consumo estadounidense y la permanencia de un flujo constante de crédito internacional. La riqueza nacional dependía de variables sobre las cuales la República no ejercía ningún control.

Maestri había resumido esta relación de dependencia cuando afirmaba que la economía cubana «toda ella se orienta hacia el Norte y del Norte recibe capitales e impulso», observación que adquiere un significado particular a la luz de los acontecimientos de 1929. Mientras el mercado estadounidense mantuvo su capacidad de consumo, la subordinación económica permaneció oculta bajo los signos visibles del crecimiento. Bastó una reducción de la demanda para que el sistema entero comenzara a mostrar sus debilidades. La caída del precio del azúcar afectó de manera inmediata los ingresos por exportación, disminuyó la capacidad de pago de productores y colonos, redujo la recaudación fiscal y provocó un aumento acelerado del desempleo. Cada elemento de la economía cubana dependía de otro situado fuera del país.

La contracción del crédito internacional agravó una situación ya comprometida. Las instituciones financieras endurecieron las condiciones de los préstamos, limitaron la refinanciación de deudas y aceleraron la ejecución de garantías hipotecarias. Los pequeños propietarios y los empresarios más endeudados vieron disminuir sus ingresos al mismo tiempo que aumentaban sus obligaciones financieras. Los bancos, en cambio, ampliaron su control sobre la tierra y la industria, repitiendo un fenómeno que Maestri había observado durante la crisis azucarera de 1920, cuando el National City Bank llegó a controlar «cincuenta a sesenta ingenios en el verano de 1921». La deuda, que durante los años de prosperidad había facilitado la expansión productiva, se transformó en un mecanismo de concentración patrimonial.

La crisis puso en evidencia otra debilidad estructural de la economía republicana. Décadas de concentración de la riqueza habían impedido la formación de un mercado interno capaz de amortiguar las fluctuaciones del comercio exterior. El crecimiento de las exportaciones no había sido acompañado por una distribución equilibrada del ingreso, de modo que amplios sectores de la población carecían del poder adquisitivo necesario para sostener la demanda nacional. Maestri había advertido esta tendencia cuando señaló que «la capacidad adquisitiva del mercado nacional se reducirá en grandes proporciones», afirmación que la Gran Depresión confirmó con una claridad imposible de ignorar. La disminución del consumo interno no fue una consecuencia accidental de la crisis, sino una manifestación de las limitaciones inherentes al modelo económico cubano.

Las regiones organizadas alrededor de los grandes centrales sufrieron de manera inmediata los efectos de la contracción económica. Los bateyes, cuya existencia dependía del ritmo de la zafra, experimentaron un aumento del desempleo, una reducción del comercio local y una creciente incertidumbre respecto al futuro. La interrupción del crédito paralizó proyectos de expansión y limitó la capacidad de respuesta de productores y trabajadores. La crisis alteró la vida cotidiana de miles de personas que descubrieron, de forma abrupta, hasta qué punto su bienestar dependía de decisiones adoptadas en otros lugares.

La respuesta del Estado reveló los límites de la soberanía republicana. Las autoridades cubanas podían administrar las consecuencias inmediatas de la depresión, aunque carecían de instrumentos para modificar sus causas profundas. El gobierno no controlaba el precio del azúcar, no regulaba el flujo internacional de capitales y no podía intervenir sobre las decisiones del mercado estadounidense. La afirmación de Maestri, según la cual «el Estado cubano no es el árbitro de la vida económica cubana», dejaba de ser una hipótesis teórica para convertirse en una evidencia histórica. La crisis mostraba que la independencia política resultaba insuficiente cuando las fuerzas decisivas de la economía permanecían fuera del alcance del poder nacional.

El derrumbe de 1929 puso fin a la ilusión de que el crecimiento económico, por sí mismo, conduciría al fortalecimiento de la soberanía. La República descubrió que una nación puede aumentar su producción sin ampliar su capacidad de decisión y que la acumulación de riqueza no garantiza necesariamente la autonomía. Lo que se desplomó en aquellos meses no fue solo el precio del azúcar ni el valor de las acciones en Wall Street. También se desmoronó la confianza en un modelo de desarrollo que había confundido la expansión de las exportaciones con la construcción de una economía nacional. La crisis mundial confirmó, con una contundencia que los hechos posteriores no harían más que reforzar, que la principal debilidad de la República residía en la distancia que separaba la independencia jurídica del control efectivo sobre las condiciones materiales de su existencia.

Nota bene: Uno de los rasgos más llamativos del ensayo de Raúl Maestri es la abundancia de fuentes anglosajonas, circunstancia que no debe interpretarse como una simple preferencia intelectual ni como una manifestación de dependencia cultural, sino como una consecuencia lógica del propio objeto de estudio. Si la economía cubana de las primeras décadas republicanas se hallaba estrechamente vinculada al mercado estadounidense, el conocimiento de esa realidad exigía acudir a los archivos, estadísticas, informes financieros y publicaciones especializadas producidos en el principal centro de decisión económica del período.

Las referencias más frecuentes proceden de informes del gobierno de Estados Unidos, memorias de bancos, anuarios comerciales, estadísticas del consumo de azúcar y documentos relacionados con las discusiones arancelarias del Congreso norteamericano. Maestri utiliza datos del comercio exterior, informes del Departamento de Comercio, registros aduaneros y estudios elaborados por organismos financieros estadounidenses para reconstruir la magnitud de las inversiones extranjeras, la evolución del consumo y el comportamiento del mercado azucarero. El autor comprende que la historia económica de Cuba, durante las primeras décadas del siglo XX, no puede escribirse únicamente desde La Habana, porque una parte considerable de las decisiones que condicionaban la vida nacional se tomaban en Washington y en Nueva York.

Entre las fuentes indirectamente citadas o claramente reconocibles destacan los informes del United States Department of Commerce, las estadísticas del United States Tariff Commission, los documentos del Committee on Ways and Means de la Cámara de Representantes y los reportes financieros de entidades como el National City Bank of New York, institución que desempeñó un papel decisivo en la reorganización de la propiedad azucarera tras la crisis de 1920. La propia referencia de Maestri al hecho de que representantes cubanos comparecieran ante el Comité de Medios y Arbitrios del Congreso estadounidense revela la importancia concedida a la documentación producida por las instituciones norteamericanas.

Junto a estas fuentes económicas y financieras aparecen autores de lengua inglesa vinculados al estudio del capitalismo moderno, del imperialismo y de la organización industrial, cuyos trabajos circulaban ampliamente en los medios académicos y políticos de la época. Aunque Maestri evita las adscripciones doctrinales explícitas, su análisis dialoga con debates que, desde finales del siglo XIX, ocupaban un lugar central en la economía política anglosajona.

La abundancia de estas referencias responde, además, a una razón metodológica. Maestri entiende que una economía dependiente solo puede comprenderse si se estudian los centros externos desde los cuales se organiza y se dirige. La presencia dominante de fuentes estadounidenses no es un síntoma de subordinación intelectual, sino una consecuencia de su hipótesis principal. Si el azúcar cubano se producía para el mercado norteamericano, si el crédito procedía de bancos estadounidenses y si las inversiones extranjeras condicionaban la estructura de la propiedad, resultaba indispensable consultar la documentación generada por esas mismas instituciones.

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