Por Víctor M. Cortina
La organización expositiva de Totalitarismo en Cuba. Castrismo cultural y el último hombre aconseja una lectura retrospectiva, no tanto por una decisión formal explícita como por la manera en que sus argumentos adquieren espesor cuando se observan desde los ensayos finales. Las últimas secciones permiten reconsiderar, bajo otra luz, nociones introducidas antes, entre ellas el nacionalismo, la disciplina cultural, la subordinación simbólica, la persistencia del liderazgo y la dificultad del cambio, de modo que la disposición del volumen termina revelándose menos lineal de lo que pudiera sugerir su orden inicial. El libro acumula aproximaciones sucesivas a un mismo problema, sin conducir al lector hacia una conclusión previamente establecida, y su sentido general se vuelve más nítido cuando se reconstruye el trayecto en dirección inversa. Empezar por las zonas dedicadas a la literatura, las pesas y medidas, la democracia, la vigilancia, la sexualidad, la raza o la independencia permite advertir tanto la ambición del proyecto como el riesgo de extender una misma hipótesis hacia dominios históricos muy diferentes.
Uno de los últimos ensayos, dedicado a la literatura y al anticastrismo, parece a primera vista un apéndice, aunque ofrece uno de los mejores accesos al libro. La observación es sencilla y, por esa misma razón, incómoda. La oposición a una dictadura no concede talento literario, de la misma manera que una posición moralmente defendible no vuelve admirable una novela, un poema o un ensayo. En el exilio cubano, donde la política ha terminado tantas veces por convertirse en tribunal estético, esta advertencia tiene más alcance del que aparenta. El libro acierta al desconfiar de esa contabilidad, pues toda contabilidad cultural acaba estableciendo un árbitro, un baremo y una lista de méritos. Resulta paradójico que una cultura levantada contra la reglamentación ideológica reproduzca, con signos opuestos, la costumbre de clasificar la creación según su utilidad política.
Esa sospecha contra la medida se vuelve literal en unas páginas particularmente excéntricas donde el sistema métrico decimal aparece relacionado con la racionalidad homogeneizadora de la modernidad. Pasar de metros, kilogramos y decretos de estandarización a una genealogía del totalitarismo exige una demostración histórica que el libro apenas insinúa. La extravagancia de la hipótesis no la vuelve inútil. Lo que interesa allí no consiste en demostrar que el totalitarismo desciende del metro patrón, sino en poner bajo sospecha la inocencia de toda normalización cuando una autoridad central pretende decidir cómo se pesa, se clasifica y se traduce la variedad de la vida a una escala única. En Cuba la metáfora adquiere resonancia, aunque debería conservarse como metáfora mientras no exista una secuencia histórica capaz de convertirla en causalidad. La intuición suele llegar primero, veloz y provocadora, mientras la prueba histórica queda unos pasos detrás.
La reflexión sobre una “democracia fundamental” pertenece a esa misma tendencia a desplazar las nociones políticas fuera de sus definiciones habituales. La democracia deja de ser allí un mero arreglo institucional y pasa a entenderse como protección de la existencia, una casa común antes que una maquinaria electoral. Si democracia significa a la vez refugio, inmunidad y cuidado, el concepto gana espesor filosófico, pero pierde precisión institucional. El interés de esas páginas reside en desconfiar del hábito de imaginar la democracia como premio automático posterior al derrumbe del régimen.
Más arriesgados son los pasajes sobre raza, cuerpo y “ascesis muscular”. Allí la voluntad de apartarse de las interpretaciones habituales produce momentos de verdadera originalidad y otros de considerable fragilidad. Pensar el trabajo forzado, la esclavitud y la exclusión racial desde el cuerpo sometido al rendimiento recuerda que las abstracciones políticas se han sostenido sobre fatiga, disciplina y violencia física. Sin embargo, cuando el lenguaje de la raza se aproxima demasiado a formulaciones biológicas o atribuye capacidades y rendimientos a grupos raciales, la metáfora reclama cautelas que el ensayo no siempre introduce. Una imagen provocadora puede abrir una investigación, pero no debería sustituirla. Una formulación más rigurosa tendría que separar la historia del cuerpo, la explotación económica y la racialización social.
Algo parecido sucede con la sexualidad, a la que el libro atribuye una potencia de liberación frente a sociedades de vigilancia y disciplinamiento. La idea de que el individuo busca en el sexo un territorio momentáneamente propio cuando el Estado invade la existencia privada posee fuerza, sobre todo en sociedades que han intentado normar la intimidad, la familia, la masculinidad, la homosexualidad o la reproducción. Pero convertir la sexualidad en energía casi universal de resistencia olvida que también puede ser administrada por el poder. Queda, sin embargo, una intuición importante. Cuanto más completo pretende ser el control social, mayor valor adquieren los lugares donde el individuo intenta reservarse algo propio.
Desde esas zonas laterales se asciende hacia el problema que organiza buena parte del libro. La vigilancia no aparece reducida a policía secreta o tecnología estatal, pues interesa también su interiorización en la mirada ajena. El sujeto aprende a comportarse como si lo observaran incluso cuando nadie parece hacerlo. Ahí el totalitarismo deja de ser exclusivamente una institución y se convierte en hábito. El vecino, el compañero, el militante, el opositor e incluso el amigo pueden reproducir una vigilancia aprendida, señal de que la política ha encontrado alojamiento en la conducta cotidiana. El poder se vuelve así más económico, pues no necesita estar presente en todas partes si cada cual carga dentro de sí una pequeña representación del vigilante.
El ensayo dedicado al cambio lleva esta interiorización a una pregunta más propiamente cubana. ¿Y si el problema consistiera en que el régimen impide cambiar y, al mismo tiempo, en que la cultura nacional ha hecho del cambio una ceremonia repetida que rara vez se atreve a abandonar sus propios fundamentos? A partir del “contra sí” atribuido a Joel James, el libro propone una Cuba que construye y destruye, desea transformarse y teme abandonar lo conocido, invoca la ruptura mientras continúa dependiendo de los símbolos que pretendía superar. Castrismo y anticastrismo quedarían así separados por sus fines políticos, que no son en absoluto equivalentes, pero vinculados en ocasiones por reflejos semejantes, la necesidad del héroe, la moralización de la patria, el culto a la memoria, la búsqueda de un salvador, la sospecha ante la desviación y el deseo de una unanimidad virtuosa.
Aquí es necesaria una distinción que el propio impulso polémico del libro a veces pone en peligro. Compartir hábitos culturales no significa compartir poder. Un Estado con cárceles, ejército, policía, leyes, fronteras y capacidad de castigo no equivale a una asociación de exiliados, un movimiento opositor o una comunidad intelectual, por autoritarios que puedan ser algunos de sus reflejos. No debe confundirse semejanza simbólica con equivalencia política, pero tampoco negarse toda semejanza. La pregunta valiosa consiste precisamente en saber cuánto del régimen puede sobrevivir en quienes lo combaten, no como conspiración ni como fidelidad secreta, sino como aprendizaje involuntario de maneras de mandar, obedecer, excluir, venerar y distribuir legitimidades.
La crítica del nacionalismo ocupa por ello un lugar decisivo. La nación aparece en estas páginas no como una falsedad que deba abolirse, sino como una herencia capaz de convertirse en peso cuando se transforma en explicación universal de la existencia. Los héroes, las guerras, el folclore y los símbolos patrios pueden constituir una memoria compartida y también una cárcel si toda creación debe regresar a ellos para justificar su cubanía. El libro desconfía de que el pasado sea siempre una identidad saludable. A veces es también una autoridad, y pocas son tan difíciles de discutir como las que hablan en nombre de los muertos. Ese rechazo de la nostalgia obligatoria es uno de los puntos donde el ensayo resulta más libre, aunque también donde su antinacionalismo se acerca por momentos a otra doctrina total, como si liberarse de una identidad requiriera sospechar de casi todo vínculo heredado.
La ausencia de un espacio creativo, tratada en otro de los capítulos centrales, permite comprender mejor esa crítica. La cultura revolucionaria produjo lectores, bibliotecas, campañas de alfabetización y ediciones masivas, algo que ningún examen serio debería negar; pero el libro pregunta qué tipo de lector se pretendía formar y dentro de qué horizonte de legitimidad se organizaba la lectura. La respuesta propuesta es la “ortopedia cultural”. El libro habría sido también instrumento de entrenamiento. Se leía para adquirir mundo y postura. Un régimen puede publicar muchísimo y, al mismo tiempo, orientar las condiciones bajo las cuales se aprende qué merece ser leído, qué lenguaje resulta prestigioso y qué relación debe guardar el saber con la revolución.
En los espacios colectivos esta tesis adquiere una fuerza mayor. Estadios, plazas, campañas de alfabetización, movilizaciones agrícolas, congresos y concentraciones políticas son descritos como lugares donde la disposición física del espacio, la voz y la multitud se combinan hasta producir una experiencia de unanimidad. La observación sobre los “espacios sonoros” es probablemente uno de los hallazgos más fértiles del libro. La consigna no es sólo una frase. Tiene ritmo, volumen y repetición, y a menudo se pronuncia antes de que el individuo decida si desea hacerlo. La plaza no es simplemente el sitio donde habla el líder, sino el medio que convierte miles de voces separadas en una sola voz audible. El totalitarismo adquiere entonces una dimensión acústica. Se aprende qué decir, cuándo decirlo y junto a quiénes.
Bajo esa acústica aparece otra corriente, la de los afectos. El ensayo sobre la ira intenta seguir su transformación desde la épica independentista hasta la revolución moderna y concibe partidos, movimientos y Estados como tesorerías donde se depositan indignación, orgullo, resentimiento y deseos de reconocimiento. La imagen del banco de la ira es arriesgada, pero persuasiva cuando se utiliza para mostrar que ningún poder político se sostiene sólo mediante doctrinas. También administra emociones. La Revolución cubana supo convertir agravios dispersos en dramaturgia colectiva y esa energía inicial en obediencia organizada. El problema surge cuando esa continuidad parece bastar para explicar periodos demasiado distintos. Entre Céspedes, la política republicana, la revolución de 1933 y Fidel Castro hay ecos, pero también instituciones, conflictos y circunstancias que no deberían quedar reducidos a una misma corriente emocional.
Después de recorrer esas consecuencias se llega al concepto que organiza el volumen. “Castrismo cultural” nombra el momento en que el poder deja de entenderse sólo como orden proveniente del Gobierno y comienza a percibirse como una pedagogía de larga duración, instalada en el lenguaje, los espacios, las emociones, la memoria y las expectativas. Ésta es la parte más convincente del libro. La represión sigue siendo real y decisiva, pero se vuelve más comprensible cuando se examina la cultura que organiza obediencias, fabrica prestigios y determina formas de pertenencia. El concepto adquiere valor justamente cuando no pretende reemplazar la historia política, sino añadirle una profundidad que la descripción de prisiones, leyes y censura no alcanza por sí sola.
La figura nietzscheana del “último hombre” completa esa línea de lectura. No se trata tanto de identificar al cubano con un personaje filosófico cuanto de describir al individuo que prefiere la protección de certezas compartidas, símbolos heredados y reconocimiento administrado desde arriba. Su riesgo consiste en abarcar demasiado y ver domesticación donde también hay adaptación, ironía, doble moral o resistencia. En su mejor uso permite formular una pregunta que la politología convencional no siempre sabe hacer. Después de décadas de obediencia pública, simulación privada, movilización y dependencia institucional, ¿qué clase de individuo queda cuando las instituciones que produjeron esos hábitos comienzan a debilitarse?
Totalitarismo en Cuba es desigual, a ratos excesivo, con analogías que necesitarían más historia, categorías que reclaman fronteras más nítidas y referencias filosóficas que no siempre permanecen el tiempo suficiente sobre un problema antes de ser sustituidas por otras. Su mejor cualidad no consiste en demostrarlo todo, sino en desplazar la mirada hacia lugares donde el estudio del castrismo ha sido menos insistente. La cuestión final no es simplemente cuándo termina una dictadura, sino qué queda de ella cuando deja de estar solamente en el Estado y ha pasado a formar parte de la manera en que una sociedad recuerda, habla, se reúne, admira, sospecha, juzga y espera. Si el libro tiene razón en algo esencial, el verdadero final del castrismo no coincidirá necesariamente con el final de sus instituciones. Comenzará, con mayores dificultades, cuando los individuos dejen de reproducirlas sin advertirlo.
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