Por Galán Madruga
*Texto que forma parte del libro Transculturación: poética del funcionalismo cultural
El prólogo escrito por Bronislaw Malinowski para Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar no constituye simplemente una introducción cortesana destinada a legitimar la obra de un intelectual latinoamericano dentro del campo antropológico internacional, sino un complejo dispositivo hermenéutico mediante el cual el propio Malinowski reformula, amplía y desplaza algunos de los presupuestos esenciales de su teoría funcionalista, hasta el punto de reconocer que la cultura no puede entenderse como un agregado mecánico de instituciones aisladas ni como un simple sistema de adaptación económica, sino como una totalidad dinámica donde psicología, técnica, simbolismo, historia, economía, lenguaje y sensibilidad colectiva participan simultáneamente en la constitución de nuevas formas civilizatorias, razón por la cual el antropólogo declara desde las primeras páginas que “con frecuencia discutimos los dos sobre esos interesantísimos fenómenos sociales que son los cambios de cultura y los impactos de las civilizaciones”, afirmación que permite comprender que el prólogo no nace de una lectura distante, sino de un diálogo intelectual donde ambos autores intentaban descifrar el problema central de la modernidad americana.
La originalidad del prólogo radica en que el antropólogo no se limita a elogiar el concepto de transculturación,, sino como el resultado de un encuentro histórico concreto producido en La Habana a finales de 1939, apenas unos meses antes de la publicación del libro en 1940 y en medio de un escenario internacional marcado por el colapso europeo provocado por la guerra, el ascenso de los nacionalismos agresivos y la creciente necesidad norteamericana de redefinir sus relaciones culturales con América Latina bajo la llamada política del “Buen Vecino”, contexto dentro del cual la visita de Malinowski a Cuba y las conversaciones sostenidas con Fernando Ortiz adquieren un valor decisivo para comprender la dimensión geopolítica, epistemológica y hermenéutica del prólogo mismo.
Malinowski no llega a Cuba como un simple viajero académico ni como un etnógrafo curioso ante el exotismo tropical. Arriba ya convertido en una figura central de la antropología británica, fundador del funcionalismo moderno y autoridad internacional en los estudios sobre cultura y organización social, especialmente después de sus investigaciones en las islas Trobriand y de la publicación de obras fundamentales sobre parentesco, economía primitiva y sistemas simbólicos. Sin embargo, el viaje a Cuba le permite entrar en contacto con una realidad completamente distinta a las sociedades oceánicas que habían estructurado sus trabajos clásicos, pues aquí se enfrenta a una formación histórica atravesada por colonialismo, esclavitud africana, economía de plantación, capitalismo internacional y procesos migratorios continuos, es decir, una sociedad donde el problema del cambio cultural no podía reducirse a simples mecanismos de adaptación tribal, sino que implicaba relaciones complejas entre imperios, mercados y civilizaciones. De ahí que el propio Malinowski recuerde en el prólogo que durante su estancia habanera discutía constantemente con Ortiz “sobre esos interesantísimos fenómenos sociales que son los cambios de cultura y los impactos de las civilizaciones”, frase que revela que aquellas conversaciones no constituyeron intercambios superficiales, sino verdaderos laboratorios de elaboración conceptual.
La Habana que encuentra Malinowski en 1939 era además una ciudad singular dentro del hemisferio occidental, un espacio donde convivían las grandes tensiones de la modernidad atlántica. El azúcar articulaba la economía cubana dentro del capitalismo internacional, particularmente en relación con los Estados Unidos, mientras el tabaco conservaba todavía un aura artesanal, sensual y simbólica asociada a formas tradicionales de sociabilidad y trabajo. Ortiz había comprendido que ambos productos no representaban únicamente actividades económicas diferenciadas, sino dos estructuras culturales antagónicas que organizaban distintas relaciones sociales, sistemas laborales, imaginarios políticos y sensibilidades colectivas. Precisamente por ello Malinowski queda fascinado ante la capacidad del intelectual cubano para convertir productos agrícolas en principios hermenéuticos de interpretación histórica.
El encuentro entre ambos intelectuales debe entenderse también como una convergencia excepcional entre dos tradiciones teóricas. Por un lado, el funcionalismo europeo de Malinowski, preocupado por estudiar las instituciones como partes orgánicas de un sistema cultural total. Por otro, la experiencia histórica caribeña de Ortiz, quien había comenzado sus investigaciones desde el derecho penal y la criminología positivista, para desplazarse progresivamente hacia una antropología histórica centrada en los procesos de mestizaje cultural cubano. Lo extraordinario consiste en que Malinowski reconoce inmediatamente que Ortiz estaba produciendo teoría original desde América Latina, hasta el punto de declarar que adoptaría el término transculturación “constante y lealmente”. Esa afirmación posee enorme relevancia histórica, pues implica que una categoría nacida en el Caribe corregía críticamente el vocabulario dominante de la antropología anglosajona.
El núcleo epistemológico del prólogo aparece cuando Malinowski analiza críticamente el término acculturation, concepto que en la antropología norteamericana comenzaba ya a adquirir estatuto hegemónico, y cuyo desmontaje semántico constituye uno de los momentos más lúcidos de la teoría cultural del siglo XX, debido a que el antropólogo percibe que el lenguaje científico jamás resulta neutral, sino que transporta dentro de sí estructuras invisibles de dominación ideológica, de modo que cuando escribe que la palabra acculturation “contiene todo un conjunto de determinadas e inconvenientes implicaciones etimológicas”, y más adelante añade que “es un vocablo etnocéntrico con una significación moral”, está señalando que el problema no reside únicamente en la precisión terminológica, sino en el modelo civilizatorio implícito que presupone la existencia de una cultura superior hacia la cual otra debe tender como destino histórico obligatorio.
La hermenéutica funcionalista desplegada por Malinowski alcanza aquí una extraordinaria sofisticación, pues el análisis etimológico del término se transforma en una crítica de las relaciones coloniales de saber, especialmente cuando afirma con ironía que el inmigrante “ha de recibir los beneficios de ‘nuestra cultura’” y que “es ‘él’ quien ha de cambiar para convertirse en ‘uno de nosotros’”, observación mediante la cual desmonta la lógica unilateral del evolucionismo cultural y propone una comprensión mucho más compleja del contacto entre pueblos, comprensión que hallará en el concepto orticiano de transculturación su formulación teórica más adecuada.
Precisamente por ello, Malinowski celebra con entusiasmo el neologismo introducido por Fernando Ortiz, llegando incluso a declarar que se “apropiaría de la nueva expresión” y que la usaría “constante y lealmente”, afirmación que no debe interpretarse como mera cortesía académica, sino como reconocimiento explícito de que Ortiz había logrado formular una categoría más apta para describir los procesos reales de interacción cultural, ya que la transculturación no implica absorción pasiva ni simple difusión de rasgos, sino un proceso donde “siempre se da algo a cambio de lo que se recibe”, un verdadero “toma y daca”, según la célebre expresión recogida por Malinowski, quien inmediatamente añade que ambas partes “resultan modificadas” y que de esa interacción surge “una nueva realidad, compuesta y compleja”, la cual “no es una aglomeración mecánica de caracteres” sino “un fenómeno nuevo, original e independiente”.
Toda la estructura funcionalista del prólogo descansa sobre esta idea fundamental, debido a que para Malinowski la cultura jamás constituye una esencia fija o una sustancia inmóvil, sino un sistema orgánico de relaciones en permanente reorganización, razón por la cual el antropólogo insiste una y otra vez en que los fenómenos culturales deben estudiarse como totalidades integrales donde factores materiales y simbólicos operan simultáneamente, principio que reconoce de manera ejemplar en el libro de Ortiz, particularmente cuando afirma que el autor cubano analiza conjuntamente “las condiciones ecológicas”, “la química”, “la física”, “la técnica”, “las creencias”, “supersticiones y valores culturales”, así como “la psicología del fumar”, revelando con ello que el tabaco y el azúcar no son meros productos agrícolas, sino complejos sistemas civilizatorios.
Desde esta perspectiva, el funcionalismo malinowskiano se distancia de cualquier economicismo rudimentario, puesto que reconoce que los procesos productivos no pueden separarse de las estructuras imaginarias y afectivas que les otorgan sentido dentro de una sociedad determinada, de ahí que Malinowski considere indispensable estudiar “la estética y la psicología de las impresiones sensoriales” junto con “el habitat y la tecnología”, observación fundamental para comprender que el tabaco adquiere en el análisis orticiano una dimensión casi ritual, relacionada con el placer, el prestigio, la sensualidad y la identidad colectiva, motivo por el cual el antropólogo llega incluso a evocar la famosa definición de Stendhal según la cual “La beauté n’est que la promesse du bonheur”, introduciendo así el problema del deseo dentro de la teoría funcionalista misma.
La importancia hermenéutica de esta observación resulta enorme, debido a que el funcionalismo suele caricaturizarse como una teoría puramente utilitaria de las instituciones sociales, cuando en realidad Malinowski reconoce aquí que las sociedades se organizan también alrededor de emociones, símbolos y experiencias sensoriales que participan activamente en la reproducción del orden cultural, razón por la cual el tabaco aparece asociado a “la sensual belleza” del objeto fumado, mientras el azúcar queda vinculado a una estructura productiva completamente distinta, caracterizada por la mecanización, la rudeza industrial y el trabajo esclavo, diferencia que permite a Ortiz construir el célebre contrapunteo entre dos modelos de organización histórica de la sociedad cubana.
Otro aspecto decisivo del prólogo reside en la manera mediante la cual Malinowski reintroduce la historia dentro del funcionalismo, disciplina frecuentemente acusada de reducir las culturas a esquemas sincrónicos desligados del tiempo, crítica que el propio texto parece desmontar cuando afirma que Ortiz “acude a la historia cuando ésta es indispensable”, frase aparentemente simple, aunque teóricamente profunda, pues revela que la temporalidad no desaparece del análisis funcionalista, sino que se integra como elemento explicativo de las transformaciones estructurales de la cultura.
De este modo, las sucesivas oleadas migratorias descritas en el prólogo —españoles, africanos, judíos, franceses, chinos, portugueses, anglosajones— no aparecen como simples datos cronológicos, sino como fuerzas activas de reorganización cultural, hasta el punto de que Malinowski señala que “cada nuevo elemento se funde, adoptando modos ya establecidos a la vez que introduciendo propios exotismos y generando nuevos fermentos”, frase donde el antropólogo sintetiza magistralmente el principio funcionalista de interacción dinámica entre sistemas culturales.
La reflexión alcanza además una dimensión geopolítica particularmente significativa cuando Malinowski examina las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, observando que “la interdependencia es mutua” y proponiendo incluso la creación de institutos hemisféricos de investigaciones económicas y sociales capaces de estudiar científicamente los complejos procesos culturales americanos, idea que convierte el prólogo en algo mucho más ambicioso que una mera introducción bibliográfica, ya que se transforma en programa intelectual para una antropología continental basada en el estudio concreto de los fenómenos de transculturación.
La extraordinaria importancia del prólogo radica en que Malinowski reconoce en la obra de Ortiz una nueva forma de escritura antropológica donde ensayo, sociología, historia, economía, etnografía y análisis cultural se integran en una totalidad expresiva inédita, razón por la cual afirma que bajo “la externidad de un brillante escrito de ensayista” se esconde “una sólida labor científica y de penetrante análisis social”, observación que legitima la singularidad metodológica del pensamiento orticiano y convierte a Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar en una de las grandes obras fundacionales de la teoría cultural latinoamericana del siglo XX.
También te puede interesar
-
Breves apuntes sobre el contrapunteo de la “plantación esclavista” y la “hacienda patriarcal” en Cuba (siglo XIX)*
-
Divertirse hasta morir (primera parte)
-
Si se ha perdido tome la senda del tonto que siempre le da por tocar la campana
-
No eliges lo que ves. La Televisión: Anatomía de un sistema que organiza su mirada -PARTE I*
-
¿Son sólo rumores sobre el artista y la obra de arte?