José Zacarías Tallet, (Poesía escogida)

Por Ediciones Exodus

Ediciones Éxodus se complace en anunciar el lanzamiento de su septuagésimo libro, titulado Poesía Escogida, del escritor José Zacarías Tallet. Esta obra forma parte del proyecto editorial «Rescate de Libros Olvidados y Proscritos» de la literatura cubana.

La dirección editorial está a cargo de Ángel Velázquez Callejas, mientras que el diseño y el arte del libro son obra de Roger Castillejo Olán. La edición, corrección y selección han sido minuciosamente supervisadas por Manuel Sosa, y el prólogo ha sido escrito por Manuel Vázquez Portal.

En breve, estará disponible en Amazon.

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prólogo:

Huellas de un comemierda

José Zacarias Tallet tenía muy bien definido su lugar, nuestro lugar, en el universo. No era la excepcionalidad su compromiso. Lo común, lo elemental, lo cotidiano fue la argamasa con que edificó su estructura espiritual. La realidad como salterio, y de ella cantó los salmos que le correspondieron. Comprendió a cabalidad la nimiedad que somos, el todo que somos, y transitó sin aureolas prestadas. Fue sólo su múltiple él. No se creyó nunca el cuento de héroe ni el papel de poeta. Corrió por los movimientos políticos de entonces sin alharacas personales y dejó los versos que le arrancó a las resonancias de su tiempo en él. Se supo un sobreviviente apenas, y lo dejó dicho. Yo soy un comemierda que hasta un chicuelo engaña.
Ser de entreguerras y crisis económica mundial (me refiero a las dos Guerras Mundiales y al Crac de 1929), llevó en sí todas las frustraciones, las desesperanzas, el escepticismo de su época. No fue la pompa su ruta; más bien, anduvo de pobreza en pobrezas. No de sonatinas y oropeles son sus versos, diríase, retratos de fondillos remendados.
Ha terminado el tiempo de las princesas tristes y los angelones dorados. Se muere el Modernismo y el Rubendarismo. Se elevan voces de vanguardia por todo el orbe. Los realismos de varios tipos (crítico, socialista, mágico) comienzan a colmar el mundo. El compromiso social, que ya ha cobrado cuerpo desde finales del siglo xix, con una pujante preponderancia de la izquierda tras el triunfo del bolcheviquismo, trae un discurso otro, un posicionamiento otro, un sujeto lírico otro.
América Latina no puede ajenizarse de tal fenómeno y eclosiona en ella una exuberante floración de ismos que van desde la supremacía de la metáfora (ultraísmo/Borges), endiosamiento —en el sentido de creador— del poeta (creacionismo/Huidobro) hasta la subversión contra los principios reaccionarios del pensamiento y la academia (estridentismo/Maples Arce). Andan por el Sur poetas que se distancian del Rubendarismo con libros que aún mantienen, formalmente, el tufo modernista, pero anuncian nuevas veredas a lo que será la lírica del siglo xx: Los heraldos negros y Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Cesar Vallejo y Pablo Neruda, respectivamente, son evidencias de ello.
En Cuba, José Zacarías Tallet no escapa de la refriega vanguardista. Pero ocurre que no encaja en ninguno de los ismos ni hace coro. No se suma más que a su propio ser. Un fuera de grupo. Un rara avis. Su poesía trae otro aliento. Distante de los viejos cánones, tampoco se avecina con los nuevos. No es la metáfora excelsa y combinada su afán, ni los neologismos y la abolición de la puntuación. Es la cotidianidad, sí, pero en un tono prosaísta, coloquial, con un léxico más cercano a la conversación entre amigos que al estilizado lenguaje literario.
Eso sí, a nadie remedo
(delirio de original)
y aunque señor del quiero y no puedo,
suelo en mi medio dar el bluff.
Quizá insistiendo, con paciencia,
al fin logre llegar, o acaso,
me dé el probable batacazo…
Lanza su estética al azaroso juego de las probabilidades, a la ruleta de la vida tal cual. Rezuma como una suerte de existencialismo tropical sin la pomposidad conceptualizadora europea. No es el reino de la ensoñación lírica lo que atisba y propone. Es la vastedad imperfecta, pero grandiosa, del imperio que impone El reino de este mundo. Va siendo un sembrador de la semilla, que él mismo calificará de estéril, cuando para 1951 reúne los poemas de su primer cuaderno y, quizás, se adelanta a lo que más tarde (1954) Nicanor Parra daría en llamar antipoesía.
Pruebas de ello las enumera en su texto Poema de la vida cotidiana, dedicado al escritor Carlos Montenegro.
Visitantes
entran a verle, me presenta a ellos
y en tono protector hace mi elogio:
«Es escritor, poeta…»
Los extraños me miran y sonríen,
y su sonrisa se me antoja
un comentario: «Debe ser un comemierda».
Y me sonrojo, balbuceo, niego…
¡Qué momento
para quien es poeta vergonzante!
El amo:
«Siempre le estoy aconsejando
que no pierda su tiempo escribiendo versitos,
que eso no da nada;
mucho más productivo
sería escribir libros de relajo»,
y suelta una estridente risotada
el muy cretino.
Y ese oscuro comemierda, poeta vergonzante, según se cataloga a sí mismo, va dejando sus huellas sin algarabía. Sin más pretensiones que acuartelar sosiegos contra su miríada de fantasmas. Hay seres que se saben sin acceso al éxito, o a eso que, los supuestos triunfadores, llaman éxito (de lentejuelas y candilejas), y no batallan por figurar. Más bien tratan de sobre vivir, de permanecer, y que aquellos que los necesiten tropiecen, en algún lugar o en algún momento, con ellos.
Así, en los años 60, la parte coloquialista, exteriorista, antipoética del llamado Grupo de poetas de El Caimán, lo hallan sumido en sus quehaceres y lo reflotan como paradigma de su nueva estética. En él se dan los presupuestos básicos del conversasionismo sencillo para allegar lectores del ámbito popular, al tiempo que su historial de participación política desde la izquierda (Protesta de los Trece, Grupo Minorista, Liga Antimperialista, Revista de Avance, cuñado y camarada de Rubén Martínez Villena) lo convierten en un excelente estandarte que se aviene de maravillas con la política cultural del nuevo régimen. Solo que olvidaron, o no quisieron tener en cuenta, que ese comemierda, ese poeta vergonzante, es también un iconoclasta ya bruñido a golpes, y sabe que:
De tal suerte,
el sonsonete eterno del chorro de melaza
o del chorro de acíbar.
La escala del Parnaso ha setenta escalones.
Al otro extremo,
están los sedicentes poetas de vanguardia,
que decapitan el humo de sus metáforas
y degüellan el ritmo de sus parábolas;
y es Darío para ellos Tut-Ankh-Amen,
y de tal año para atrás el arte es nulo.
¡Qué espanto ante lo fuerte y lo prosaico!
¡Qué esclavitud!
¡Qué desdén por lo romántico y lo clásico!
¡Y qué impotencia!

Y tras «el chorro de melaza» de los entusiastas caimaneros, vendrá «el chorro de acíbar» de los caimanes del poder. Es el ciclo. Él no lo aguarda, pero sabe que vendrá. Todos sus hoy se parecen al ayer. No está hastiado, pero lo sabe todo. El chorro de melaza se le acaba para octubre de 1968. El chorro de acíbar lanzado contra Herberto Padilla y su libro Fuera del juego lo alcanza porque no se agacha ni lo esquiva ni se doblega frente al amargo manguerazo que viene de las alturas. Junto a José Lezama Lima y Manuel Díaz Martínez le alcanza el torrente. Así lo contará más tarde Díaz Martínez:
«David Chericián, por cuyo libro apostaba la UNEAC como alternativa al de Padilla, fue enviado por (Nicolás) Guillén a casa de José Zacarías Tallet para que persuadiese al viejo poeta izquierdista de lo negativo que sería para la revolución que se premiara Fuera del juego. Tallet me dijo que fue tanta la indignación que le produjo la visita de Chericián, que después de echar a éste de su casa telefoneó a Guillén y lo increpó por pretender coaccionarlo».
El oscuro comemierda, el poeta vergonzante no tiene nada que perder. Solo un nuevo olvido caminará despacioso para rodearle cada gesto. El nuevo sistema que él auguraba, y al que, en cierta medida, allanó el camino para su arribo, nada le había ofrecido, nada le había otorgado, de lo que ahora pudiera despojarlo. Simplemente fue honrado, decoroso, digno. Volvió a sus quehaceres cotidianos, sus versos cotidianos, sus fantasmales desasosiegos cotidianos. Sabía quién era. Tenía muy bien definido su lugar, nuestro lugar, en el universo. Sin enfados y sin remilgos lo había dicho:
Soy de la estirpe de los hombres puentes;
y justifico la obsesión del ayer, que me retiene preso,
con la preocupación, pueril y remota,
del pasado mañana, que a nadie le importa;
soy capaz del absurdo de todos los oscuros sacrificios,
sin la convicción del profeta, del apóstol o de sus discípulos.
Quise en mi tiempo romper unos cuantos eslabones,
y me expresé en mi tiempo con palabras distintas,
y fui precursor en mi tiempo de lo que era diferente
y contrario de ayer.
Hoy estoy solo, absolutamente solo,
y no soy de mañana ni de ayer.
Pero los de ayer me consideran de mañana
y los de mañana me juzgan un hombre de ayer.
Mas yo me yergo, altivo y arrogante,
cual pétreo monolito en medio del desierto,
y sé quién soy, y lo que soy, he sido y seré,
y lo que se me debe y lo que hice y lo que todavía
puedo hacer.
Y sé que en mi tiempo di golpes de mandarria
para quebrar cadenas,
y que si no pude romperlas fue porque no podía ser.
Y que si otros vinieron detrás y las rompieron,
algo menos duras las encontraron por los golpes
con que no las pude romper.
Esa historia que cuenta, y, que en realidad le asiste, lo salvaguarda de odiadores, maledicentes y arribistas. Es mejor dejarlo tranquilo. No revolver la mierda que ha comido a lo largo de su vida. Dejar la historia en su lugar para que él no le señale todos los gazapos que en sus propias narices se idealizan, se usan, se enajenan, y él, por pudor, o por vergüenza propia y ajena calla. ¡Dejen tranquilo a ese viejo cascarrabias! Parece ser la consigna.
Y lo dejan tranquilo.
Nadie lo ataca ni lo elogia.
Nadie lo necesita.
Y se hacen realidad los versos del otro:
¡Al poeta despídanlo!
Ése no tiene aquí nada que hacer.
Desde el monocorde taconeo de su bastón, desde esa otra mirada que no dan los espejuelos de aumento sino los ojos interiores, camina y ve. Resiste. Sigue sobreviviendo.
Vuelven a necesitarlo.
Lo cargan esta vez de premios y medallas.
Intentan rescatarlo, rescatarse a sí mismos. Es a ellos, otros ellos —que, en resumidas cuentas, son los mismos— a quienes les hace falta. A él le sobran batacazos y olvidos, pero los comemierdas —que aún no saben, no han aprendido que lo son— requieren de su auxilio, no como poeta, sino como pilar de todo lo que se derrumba. Y él vuelve a servir de puente; es de la estirpe de los hombres puentes. Pero esta vez, años 80, al otro lado del puente: el mejor día, / con la conciencia quieta cantará el manisero.
Y volverá el olvido.
Y no será hasta 34 años después de haberle dado la patada al testero, en el 130 aniversario de su nacimiento, que al amigo y poeta Manuel Sosa se le ocurrió releerlo, revalorarlo, redescubrirlo y remangármelo por la cabeza para que yo escribiera esto que, a duras penas, he podido garrapatear en honor a mi maestro de comemierda.
Manuel Vázquez Portal

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