Por El Coloso de Rodas
La idea esencial de La letra de molde está en la conversión de la palabra pública en mercancía. Barreras, director de La Palabra, comprende que el periodismo moderno no puede vivir solo de ideales, doctrinas o principios. Necesita dinero, anuncios, crédito, circulación, escándalo y oportunidad. De ahí que el periódico funcione en dos planos. En la superficie parece servir a la opinión, denunciar abusos, abrir tribunas, modernizar la información y recoger la actualidad de la calle. En el fondo, sin embargo, se mueve por intereses creados. Lo que se publica, lo que se calla, lo que se exagera y lo que se retira de la plana depende menos de la verdad que del cálculo.
La letra de molde, publicada en 1934, es una ficción que se adentra dentro del ambiente moral, político y periodístico del machadato, aunque su materia narrativa no se limite a la crónica inmediata de una dictadura. La novela recoge el clima de corrupción, oportunismo, miedo, arribismo, propaganda y acomodo que había marcado la vida pública cubana durante los años de Gerardo Machado, cuando la prensa, lejos de ser siempre una conciencia crítica de la República, podía funcionar también como instrumento de presión, negocio, chantaje, fabricación de prestigios y administración interesada de la opinión. Aunque nunca ha sido reeditada y solo quedan unos pocos ejemplares esparcidos por el mundo en bibliotecas especializadas, sigue siendo una novela inquietante. La Palabra, el periódico alrededor del cual se organiza la novela, no es solo un escenario laboral, sino una metáfora del país, de sus pactos turbios, de sus silencios pagados y de su tendencia a convertir la verdad en mercancía.
La novela tiene una relación directa con el llamado cuarto poder. Pero Vasconcelos no lo presenta como un poder puro, heroico o redentor. Lo muestra contaminado desde su nacimiento por las necesidades económicas y por la vanidad social. La prensa puede fiscalizar al gobierno, sacudir a los bancos, denunciar monopolios y dar voz a sectores excluidos. También puede chantajear, insinuar pruebas inexistentes, fabricar reputaciones y destruir honras. El cuarto poder aparece, entonces, como una fuerza ambigua. Puede vigilar al poder político, pero puede convertirse en poder paralelo. Puede iluminar la vida pública, pero también puede oscurecerla con intereses particulares.
Barreras es la figura clave de esa ambigüedad. Procede de la pobreza, del fracaso profesional, de la aventura y del aprendizaje de los métodos norteamericanos. Descubre que el viejo trabuco ha sido sustituido por el periódico. Esa sustitución es decisiva. La violencia ya no necesita presentarse con arma en mano. Puede aparecer en veinte líneas de editorial, en una insinuación sobre pruebas que nadie ha visto, en una campaña dirigida contra un adversario o en un silencio comprado por quienes temen quedar expuestos. Barreras no manda porque tenga una doctrina, sino porque domina la oportunidad. Su genio no consiste en decir la verdad, sino en saber cuándo decir algo, cuándo ocultarlo y cuándo insinuarlo.
Bermúdez representa el otro lado del periodismo. Llega desde la provincia con hambre de letra impresa, con una fe ingenua en la autoridad cultural del periódico. Al ver publicada su primera crónica siente que ha entrado en una vida superior. La letra de molde le da existencia. Lo vuelve visible. Le ofrece una forma de reconocimiento que la provincia le negaba. Pero esa ilusión se rompe al entrar en la redacción. Allí descubre que el escritor no gobierna la palabra, sino que muchas veces es gobernado por la máquina. Sus artículos pueden ser mutilados, aplazados, sustituidos o usados según la conveniencia del director. La vocación intelectual queda subordinada al cierre, al espacio, al anuncio y a la maniobra.
La propaganda aparece en la novela de una manera muy moderna. No se reduce al panfleto político ni a la consigna. Se manifiesta en la administración completa de la opinión. Propaganda es decidir qué noticia entra y cuál se queda fuera. Propaganda es convertir un rumor en amenaza. Propaganda es presentar un elogio pagado como juicio independiente. Propaganda es colocar una crónica social junto a un anuncio para que el prestigio del texto beneficie al comercio. Propaganda es repetir un nombre hasta volverlo importante y omitir otro hasta borrarlo. La novela muestra que la manipulación de la opinión pública no necesita gritar. A veces trabaja con adjetivos, ubicaciones, silencios y jerarquías.
La crónica social es uno de los ejemplos más finos de esa propaganda. Mendivil, cronista de salones, no maneja ideas políticas, pero maneja algo igual de poderoso, el deseo de figurar. La sociedad habanera necesita aparecer en sus notas. Una familia se siente elevada si recibe el adjetivo adecuado. Una dama gana o pierde prestigio según el color de su vestido y la forma en que el cronista la mencione. Un comerciante paga por quedar cerca de la crónica. El periodismo se vuelve vitrina. Ya no vende solo noticias, vende distinción. En ese mundo, la fama es una mercancía y el periódico es el escaparate donde se exhibe la vanidad republicana.
La novela también retrata la modernización de Cuba. El viejo lirismo patriótico de los libertadores ha sido desplazado por el negocio, la especulación, el crédito, el anuncio, el deporte, el espectáculo y la prisa urbana. La Palabra nace en ese clima. Su éxito no se debe a una superioridad moral, sino a que entiende el nuevo ritmo de la sociedad. Informa sobre pelota, sucesos, cuestiones obreras, literatura, política y vida social. Es un periódico moderno porque sabe que la ciudad necesita estímulo constante. La noticia ya no espera la solemnidad del día siguiente. Debe salir deprisa, a golpe de teléfono, antes de que otra actualidad la destruya.
Desde luego, La letra de molde es una crítica temprana a la sociedad del espectáculo. Todo busca convertirse en impresión, nombre, escándalo, reseña o apariencia. La realidad necesita pasar por la rotativa para ser reconocida. El periódico no refleja la sociedad de manera neutral. La ordena, la teatraliza, la vende y la disciplina. Quien controla la letra impresa controla una parte decisiva del miedo y del deseo colectivo.
La obra no niega que la prensa pueda cumplir una función noble. Blanchet imagina una prensa independiente, pública, libre de empresas y partidos, capaz de servir a la cultura y a la verdad. Pero esa visión queda como utopía frente al dominio del dinero. El periódico necesita sostenerse, y al necesitar sostenerse se compromete. Ahí está la tragedia del cuarto poder, porque aquello que nace con la promesa de vigilar, orientar y decir la verdad termina, cuando depende del crédito, del anuncio y de la conveniencia empresarial, convertido en una maquinaria que observa según le permiten sus acreedores, orienta según le dictan sus ingresos y calla allí donde la verdad amenaza su estabilidad.