¿Quién es quién para dar carta de autenticidad al arte? ¿Es el debate público dentro de un contexto determinado, como aseguran algunos, el que deba proporcionarle su carácter vinculante? ¿No puede uno arrinconarse junto a Freud en lo que se refiere a que el arte esté exento del continuum histórico de pasado, presente y futuro?
Sin embargo, ya aparece rápidamente la señora historicidad —hay que reconocer que es algo pesada y se ha puesto muy gorda— para declarar como axioma la naturaleza cambiante de la experiencia estética, pues se basa en la desocultación de maneras siempre supuestamente nuevas, revolucionarias o simplemente sorprendentes.
Y así podemos seguir dándole vueltas a la cuestión, dado que es inagotable —y lo peor es que lo continuará siendo por nuestra incapacidad por darla por terminada, aunque eso sí bautizándola con otros nombre más repolludos (posatomismo, posnarcisismo, posvigoricismo, y sucesivos)— como lo ha puesto de manifiesto Nicolás Bourriaud, al señalar que ahora hay una nueva corriente: «el altermodernismo», como experiencia positiva de desorientación a través de una forma artística que explora todas las dimensiones del presente, trazando líneas en todas las direcciones del tiempo y del espacio. Ahí es nada. Hasta me he quedado sin aliento y aturdido.
Con ello, en esta síntesis sintética, llegamos a la guinda del pastel, que, por caernos simpático, se la vamos a atribuir a John Berger, por aquello de que, si consagramos la búsqueda de beneficios como el único medio de salvación de la humanidad, el volumen de ventas pasará a ser prioridad absoluta, y, por lo tanto, lo existente ha de ser ignorado o suprimido o anulado. En definitiva, a la mierda y a otra cosa, mariposa.
Gregorio Vigil-Escalera
De las Asociaciones Internacional
y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)
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