LA PICARESCA ECONOMICA DEL REGIMEN CUBANO: REFORMAS QUE NO REFORMAN

Por Rafael Bordao.

En la Cuba actual, la palabra reforma ha dejado de significar transformación y se ha convertido en un recurso retórico, una coartada política, un acto de prestidigitación ideológica. La dictadura, acorralada por su propio fracaso estructural y por el endurecimiento de las presiones económicas externas, vuelve a desempolvar el viejo truco: anunciar cambios que nunca llegan, prometer aperturas que se cierran antes de nacer, y presentar como “novedad” lo que no es más que un remiendo desesperado para prolongar la agonía del sistema.

La picaresca del régimen consiste en simular movimiento para evitar moverse. Cada anuncio de “actualización del modelo”, cada guiño a la inversión extranjera, cada tímida concesión al sector privado, funciona como un espejismo cuidadosamente calculado. Se trata de aparentar flexibilidad sin ceder el control, de insinuar modernización sin desmontar los pilares del poder, de vender esperanza sin asumir responsabilidad. El gobierno culpa al “acoso económico” de Estados Unidos -una realidad que existe, pero que no explica ni justifica seis décadas de ineficiencia, corrupción y autoritarismo- mientras oculta que la raíz del colapso es interna, sistémica, y profundamente política.

Hoy, la crisis se ha agudizado hasta niveles que ya no pueden maquillarse: apagones interminables, hospitales en ruinas, industrias paralizadas, aeropuertos sin combustible, campos improductivos, ciudades que se desmoronan, un éxodo masivo que vacía la isla de su juventud y de su futuro. El país entero vive en modo supervivencia. Y aun así, la dirigencia insiste en que “resistir es vencer”, como si la resistencia no fuera, precisamente, la evidencia de su derrota moral y administrativa.

Las supuestas reformas económicas no buscan aliviar la vida del pueblo, sino garantizar la continuidad del poder. Son maniobras tácticas, no estrategias de desarrollo. Se abren pequeñas rendijas para captar divisas, pero se cierran todas las puertas que permitirían una verdadera prosperidad. Se permite el emprendimiento, pero sin derechos; se tolera la iniciativa privada, pero sin autonomía; se autoriza el comercio, pero sin libertad. Todo está diseñado para que el ciudadano produzca, pero no decida; para que genere riqueza, pero no la controle; para que trabaje, pero no aspire.

La picaresca del régimen es, en esencia, una forma de supervivencia política: un arte de engañar sin decir mentiras explícitas, de prometer sin comprometerse, de culpar al enemigo externo mientras se oculta la responsabilidad interna. Pero la realidad -esa fuerza que no se deja manipular- ha llegado a un punto de saturación. El país está exhausto, la sociedad está al límite, y la narrativa oficial ya no convence ni a quienes la repiten.

Cuba no necesita reformas cosméticas ni maniobras de distracción. Necesita un cambio de raíz: un sistema que respete la libertad, la propiedad, la dignidad y la voluntad de su pueblo. Mientras la dictadura siga aferrada a su picaresca, el país seguirá hundiéndose en la oscuridad. Y cada nueva “reforma” será solo otro capítulo de una larga estafa histórica que ya nadie cree.

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