La señora del jardín

Por Blanca Caballero

Lucía escucha los golpes insistentes en la puerta. Imagina que es su nuera, otra vez con el encargo de cuidar al niño. No quiere abrir. Ya no tiene excusas para eludir las exigencias familiares. Está harta de hacerse cargo de los problemas ajenos.

—Mejor la enfrento y que se vaya rápido —murmura, irritada, mientras avanza con las chancletas flojas. Da unos pasos torpes y casi tropieza.

—¡Maldita sandalia! —gruñe—. Ya ni el calzado es confiable… igual que la familia.

Abre de golpe y, con una sonrisa filosa, suelta: —¿Qué trae la señora esta vez?

La nuera, desconcertada, no espera ese recibimiento. No es habitual de Lucía usar esas expresiones. —Necesito que cuides a tu nieto —balbucea—. Tengo una diligencia.

Lucía, sin perder la compostura, responde con dulzura prestada: —No puedo, tengo un partido de cartas en el club.

La mujer se queda atónita. Nunca ha oído que Lucía pertenezca a ningún club. Mientras la observa en silencio, Lucía piensa: “No se tragará esa excusa… jamás me ha visto salir, salvo al médico”.

La nuera, confusa, se marcha sin insistir. Lucía suspira aliviada. Quizá por fin logra liberarse. Tiene ochenta y tres años y, tras décadas de entrega, merece tener una vida. Se casó joven, vivió un largo matrimonio y crió a sus dos hijos con esmero. Los nietos son muchos, y la familia no para de darle tareas.

—Al fin soy libre —exclama Lucía, sonriendo—. Se acabó el sacrificio. Me dedicaré a lo que amo: los animales y el jardín.

Con el paso de los días, la familia entiende que ya no cuentan con la abuela. Lucía, entre tanto, disfruta del cambio. Duda al principio, pero reúne valor y lo logra. Su rostro, antes cansado, se ilumina ahora con travesura.

Se entrega al jardín con pasión renovada. Renueva los rosales, incorpora nuevas especies y convierte el patio en un pequeño paraíso.  Falta algo, sin embargo: un gato. Siempre le habían fascinado los gatos por su independencia y su forma enigmática de demostrar afecto.

Durante sus faenas entre las plantas, conoce a un joven problemático, pero muy trabajador. En el vecindario lo llamaban con frecuencia para realizar los trabajos más pesados: cargar sacos, abrir zanjas o cavar huecos. Él la observaba como a una sacerdotisa, capaz de resucitar una rama muerta.

Así nace una amistad peculiar. El joven entra y sale de la casa con frecuencia. Lucía le preparael desayuno cada mañana, no por afecto, sino para asegurarse de que no huya. Sabe que, si un día le dice que ya no quedan plantas que cuidar, él desaparecerásin despedirse.

Una tarde, tras su paseo diario, uno de los gatos entra en la casa. Curioso, se adentra en una habitación trasera y queda atrapado… Sus maullidos se propagan por todo el vecindario. Lucía, ajena a todo, vuelvea casa cuando tropiezaen la acera y cae. Su cadera no resiste. Vecinos alarmados llaman a una ambulancia. Mientras la trasladan, Lucía se aferra al brazo del socorrista, con los ojos desorbitados, suplicando:

—¡No me lleven lejos, por favor! ¡Mi jardín… mi jardín!

Los paramédicos, conmovidos, murmuran entre ellos: —Qué entrega al jardín…

Mientras tanto, uno de los vecinos, cansado de escuchar los maullidos, decide intervenir. Sigue el sonido hasta una habitación en el fondo. Al abrir, queda paralizado. Del techo cuelgan plantas exuberantes. Hay un sistema hidropónico, una ventilación perfectamente calculada y un control preciso de la humedad. Un invernadero secreto. El vecino no podía creerlo.
—¿La señora Lucía…?

Y en el hospital, Lucía, sin saber si sobreviviría, sueña con sus gladiolos… y con el dinero que la marihuana le traería. Y, si logra salir del hospital, jura que doblará la producción.

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