© Tekosin Demirr

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Me quiero entrometer, aunque no he sido invitado

Por Gregorio Vigil-Escalera

Primero un lingüista, antes un semiólogo, después un psicoanalista, más tarde un hermeneuta, y por último un «fenomenólogo» y un historiador advierten que la obra de arte por sí misma no existe sin interpretaciones, exégesis y teorías. Éstas son las que dan lugar a su reconocimiento y a su aprehensión por el mundo.

¿Son necesarias tales mediaciones entre el sujeto receptor y la obra? En cierta medida no habría razón para ponerlo en duda, si bien ellas mismas no se fían de sí mismas en tanto en cuanto a lo largo de los siglos se formulan y se vuelven a formular una y otra vez, se trastocan, se dispersan, se mezclan, se contradicen y hasta se ensamblan como si fuesen collages. En resumen, que bajo una supuesta trama de textos en cada época se erige un edificio estético que es un sofisticado y adúltero borrón y cuenta nueva.

Cierto que no puede negarse que el arte es polisémico y entraña dificultades para una visión plena que extraiga la totalidad de sus sentidos ocultos, mas la persistencia de la mirada, el conocimiento y la información de cada estilo y su periodo, así como el contexto global y la constante adicción visiva harán posible la percepción de la «forma artística como la forma visible de su contenido» (Ben Shahn).

En tal sentido, Heidegger fue terminante: «el cuadro de verdad es el mundo que abre, el ente que sale a la luz en el desocultamiento de su ser».

Gregorio Vigil-Escalera
De las Asociaciones Internacional
y Española de Críticos de Arte (AECA/AMCA) 

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