Por Sol de Rodela
Otero Alcántara llegó al exilio en julio con más de cuatro mil piezas hechas en cinco años de cárcel, y una parte del propio campo artístico cubano —no la maquinaria represiva, sino colegas, curadores, gente que también salió de la isla hace años— respondió con sospecha antes que con reconocimiento. Se hicieron cuentas para desmontar la cifra, se escrutó su cuerpo al bajar del avión para decidir si el sufrimiento era creíble, se montaron collages con sus propias palabras para exhibir contradicciones. Debajo de las tres formas hay un solo argumento, aunque se disfrace de otra cosa —eso no es arte serio, es material pobre, cartón y encierro convertidos en currículum, y ahora encima quiere vivir de la historia que nos cuenta (o sea, del cuento).
Conviene preguntar quién dice esto y desde qué lugar.
La sospecha hacia el material precario no es nueva ni es cubana. El arte povera italiano convirtió el cartón, la tierra y el trapo en posición conceptual hace sesenta años; el ensamblaje y el collage llevan un siglo instalados en el canon desde Schwitters. Que un artista autodidacta produzca en volumen con materiales de encierro no es una anomalía que exija justificación aritmética —es, literalmente, la definición del arte outsider tal como lo entiende su propio circuito, con revistas, ferias y coleccionistas dedicados en exclusiva a esa práctica. Medir la legitimidad de una obra por el óleo y el lienzo que no usó es un criterio de gremio, no un criterio estético.
Lo más incómodo no es la técnica que se cuestiona sino quién la cuestiona. Buena parte de quienes hoy dudan de Otero Alcántara —o callan mientras otros lo hacen— pertenece a generaciones que también rompieron con lo establecido para hacerse un lugar: la performance, la instalación, el arte de acción que en los ochenta y noventa cubanos fueron acusados igualmente de no ser arte de verdad, de ser un truco para llamar la atención, de buscar mercado y visado antes que sustancia. A esos artistas, hoy instalados en galerías, cátedras y colecciones, el tiempo terminó dándoles la razón que entonces se les negaba. Y es exactamente esa razón, ya ganada, la que ahora usan para negársela a otros.
Esto no es hipocresía por descuido. Es la función habitual de quien ya rompió la puerta —y una vez adentro, la puerta deja de ser un obstáculo y empieza a ser una frontera que administrar. El rompedor de ayer, cómodamente instalado, no necesita ya cuestionar el sistema; necesita distinguirse de quien todavía golpea desde afuera con métodos tan irregulares como los suyos propios lo fueron. La acusación —quiere hacer dinero— cumple esa función con precisión quirúrgica: desplaza el juicio de lo artístico a lo moral sin que haga falta argumentar nada sobre la obra misma.
Nada de esto exige celebrar cada pieza que salga de una situación de encierro o pobreza, ni renunciar al juicio crítico sobre lo que Otero Alcántara haga con su archivo carcelario cuando esas obras puedan verse —esa evaluación, llegado el momento, será bienvenida. Lo que no se sostiene es la operación previa, la que decide de antemano que cierto arte no cuenta como tal por el material del que está hecho o por la urgencia económica de quien lo produce. Esas fronteras ya la cruzaron, hace treinta o cuarenta años, los mismos que hoy las vigilan.
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