Por Ego de Kaska Ediciones
Epitafio en modo preámbulo
La muerte de un amigo es siempre un suceso trascendente. Mucho más si ese amigo fue a la vez maestro, guía, figura paterna y tantas otras cosas que prefiero recordar en silencio, porque no tendrían importancia salvo para quien escribe estas líneas. En pocas palabras: ha muerto en Cuba el profesor Juan Sebastián Ramos y el aviso adquiere tintes de tragedia íntima, porque solo entre sus antiguos discípulos hallará genuinos dolientes.
Murió como vivió, podría decirse: solo en primer lugar, pero también consagrado al olvido, como intelectual venido a menos, a quien nunca aplaudieron salvo en los bares de su natal Santa Clara, en el corazón mismo de la isla. Pero su partida tiene múltiples aristas, porque Ramos ha muerto por enésima vez. Perdió una vida en los intentos de escapar del país, durante los famélicos años del periodo especial; perdió otra cuando lo expulsaron de la Universidad Central de Las Villas, donde impartió por décadas un curso inolvidable de literatura cubana; sufrió, por último, la peor de todas las muertes, cuando naufragó la balsa en que intentaba sacar de Cuba un manuscrito atribuido al poeta español Federico García Lorca, descubierto por casualidad en el rincón menos propicio para conservar un texto de tal magnitud histórica.
Salí de Cuba —para no regresar— hará pronto 25 años: más de dos décadas en las que no volví a saber del maestro. No me ufano de ello; antes me inunda la vergüenza que el orgullo, pues no pasa una noche sin que me asedien los remordimientos. ¿Qué pude hacer por mi viejo profesor y no hice? ¿Cuánto lo afectó mi partida? ¿Cuánto mi aplazada decisión de restablecer el vínculo a pesar de la distancia?
Ya no tendré respuestas, pero sí la oportunidad de rendirle este modesto tributo, a cuenta de la gentileza de un amigo en común. Aprovecho entonces para agradecer al pianista Héctor Estrada, con quien Ramos y yo tuvimos el privilegio de compartir lo mejor y peor de los duros años 90. De Héctor recibo estos poemas salvados a tiempo por manos atentas —las mismas que cerraron los ojos de su autor— incumpliendo la última voluntad de este, cuya intención era echarlos literalmente a la basura.
Ramos ordenó de manera expresa que sus textos fueran destruidos. Ensayos, cuentos, novelas y la mayoría de sus poemas no verán jamás la luz, privando a la cultura nacional de un tesoro tan valioso como irremplazable. Nunca el kafkiano gesto tuvo émulo igual entre las generaciones literarias del último siglo, dentro y fuera de Cuba, pues sabido es que pululan en ambas orillas poetas y poemarios como moscas sobre un pastel de cumpleaños.
Me gustaría, finalmente, añadir un breve comentario sobre los textos que componen este cuaderno, pero yo no sería capaz de emborronar cuartillas para enaltecer una obra que ignorarán las academias, y escamotearán del canon lírico de una isla que también se muere sola, como cualquier poeta olvidado.
Emma Cuervo
Miami, junio de 2026
Juan Sebastián Ramos nació en 1946 en Aguanó, un caserío de campo situado justo antes de entrar a los límites de Remedios, actual provincia de Villa Clara. A finales de la década de 1960, obtuvo una licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad de La Habana. Desde entonces ejerció el magisterio en distintos niveles educativos hasta obtener una cátedra en la Universidad Central de Las Villas, de donde fue expulsado en 1994 tras varios intentos fallidos de abandonar el país. Guardó prisión por dicho motivo y nunca regresó a la vida académica y cultural de la isla. Es autor de numerosos ensayos, poemas, artículos periodísticos y al menos una novela, cuyos manuscritos se creen destruidos o extraviados. Murió en Santa Clara, probablemente a inicios del actual milenio, sin que las numerosas pesquisas hayan podido establecer la fecha exacta.
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© Herederos de J. S. Ramos, 2026 — Imagen de cubierta e ilustraciones interiores: Bianca Van Dijk — © Ego de Kaska Ediciones — Dirección editorial: Ángel Velázquez Callejas — Formato 5 x 8, 75 págs.