Por Roberto Montenegro

La madrugada del 18 de marzo de 1961, el teniente Julián Falcón y su esposa, Clara Monteagudo, murieron en la pequeña casa que ocupaban en Casablanca, frente a la bahía de La Habana. Él tenía treinta años y ella veinticuatro. Llevaban catorce meses de casados. Los soldados encontraron sobre la mesa del comedor dos cartas, una medalla de la Virgen de la Caridad, un carnet militar, tres fotografías y un vaso de ron que nadie había tocado. La carta de Julián contenía una sola frase:

«No dispararé contra los hombres que combatieron a mi lado».

La de Clara era un poco más extensa:

«He acompañado a mi marido durante su vida y no lo abandonaré cuando todos los demás lo abandonen».

En la fotografía de bodas, tomada en un estudio de la calle Neptuno, Julián aparecía con el uniforme verde olivo, las botas recién lustradas y una barba recortada que todavía conservaba algo de la Sierra. Clara llevaba un vestido blanco de mangas cortas, confeccionado por su madre, y sostenía un ramo de azucenas artificiales. Ninguno sonreía. Parecían dos jóvenes obligados a guardar silencio ante una felicidad demasiado solemne para ser mostrada.

La casa donde vivían era humilde y fresca. Desde el portal podía verse, entre los techos y los depósitos del puerto, la ciudad extendida al otro lado del agua. Por las noches llegaban hasta ellos las luces de La Habana, rotas por el movimiento de la bahía, mientras las lanchas cruzaban lentamente de una orilla a otra. Julián acostumbraba sentarse en una silla de hierro y observar aquellas luces sin hablar.

Clara sabía que no miraba la ciudad. Miraba el tiempo.

Durante los primeros meses de matrimonio habían vivido con una intensidad que los sorprendía a ambos. Julián regresaba de la fortaleza cubierto de polvo, con el cuello del uniforme abierto y un olor a sudor, cuero y tabaco que Clara reconocía desde antes de que él cruzara la puerta. Ella dejaba cuanto estuviera haciendo y corría a recibirlo. Algunas tardes apenas llegaban al dormitorio. Se abrazaban contra la pared del corredor o se tendían sobre la colcha todavía sin acomodar, como si la guerra, concluida en los discursos y en los periódicos, continuara persiguiéndolos dentro de la casa.

Sin embargo, jamás se entregaban el uno al otro con ligereza. Aun en el placer conservaban cierta gravedad. Para Julián, el cuerpo de Clara era algo sagrado, una patria diminuta que no debía conquistar, sino defender. Para Clara, el pecho de su marido, marcado por una herida recibida en las montañas, representaba la superficie visible de una vida que nunca le pertenecería por completo.

Julián había peleado junto a hombres que ahora eran llamados traidores. Habían dormido bajo los mismos árboles, compartido la escasa comida y cargado a los heridos por senderos donde la lluvia convertía el barro en una masa espesa. Algunos creían en una revolución democrática. Otros soñaban con una transformación más radical. En aquellos tiempos las diferencias parecían pequeñas frente al enemigo común.

Después del triunfo, las palabras comenzaron a separarlos. Unos ascendieron. Otros desaparecieron de los actos públicos. Algunos fueron enviados al extranjero. Tres de los amigos más cercanos de Julián, Esteban, Rojas y el capitán Montalvo, fueron arrestados bajo la acusación de conspirar contra el nuevo gobierno.

Julián no quiso creerlo. Dos noches antes de su muerte recibió la orden de presentarse en La Cabaña. Allí le comunicaron que debía dirigir, al amanecer del día diecinueve, el pelotón encargado de ejecutar a los tres prisioneros.

No protestó. Se mantuvo inmóvil frente al comandante, con las manos apoyadas sobre las rodillas, mirando un mapa de Cuba colgado en la pared. La isla aparecía pintada de un verde intenso. Nunca le había parecido tan larga, tan estrecha ni tan indefensa.

Le concedieron una noche para regresar a su casa. Cuando llegó a Casablanca, Clara estaba sentada junto a la radio. Había escuchado rumores sobre nuevas detenciones, pero ignoraba la orden recibida por su marido. Al abrir la puerta lo vio detenido en la oscuridad, con la gorra bajo el brazo y las botas cubiertas por el polvo blanquecino de la fortaleza.

No se acercó a besarlo. Comprendió que algo había ocurrido. Julián cerró la puerta, pasó el pestillo y dejó la pistola reglamentaria sobre una repisa. Después se sentó a la mesa sin quitarse el uniforme. Clara puso a calentar café. El agua comenzó a hervir y el olor oscuro del polvo recién colado llenó la cocina.

Ella sirvió dos tazas. Julián no tocó la suya.

—Mañana fusilan a Esteban, a Rojas y a Montalvo.

Clara permaneció de pie.

—¿Tú tienes que estar presente?

—Tengo que mandar el pelotón.

La cuchara que ella sostenía produjo un sonido leve al chocar contra el plato. Julián levantó la mirada.

—No voy a hacerlo.

Clara se sentó frente a él.

—Entonces debemos irnos esta noche.

—¿Adónde?

—A Matanzas. A casa de mi hermana. Desde allí podemos buscar una lancha.

Julián negó con la cabeza.

—No voy a esconderme. Tampoco voy a abandonar Cuba.

—Si te quedas, vendrán por ti.

—Lo sé.

El ventilador giraba lentamente sobre ellos. Cada vuelta producía un pequeño crujido. Desde la calle llegaba el canto de un hombre que regresaba borracho del puerto. Cantaba un bolero antiguo, olvidaba algunos versos y volvía a comenzar. Clara miró las manos de su esposo. Eran fuertes, oscuras y estaban apoyadas sobre la mesa con una serenidad que la aterrorizó.

—¿Qué piensas hacer?

—Esperarlos.

Ella comprendió entonces que Julián hablaba de la muerte. No necesitó preguntarle nada más. Se levantó, recogió las tazas y vertió el café intacto en el fregadero. Luego abrió el armario del dormitorio y comenzó a sacar sus vestidos. Escogió uno azul para su madre, uno amarillo para su hermana y otro blanco, casi nuevo, para una amiga de la escuela.

Julián la observó desde la puerta.

—No tienes que quedarte.

—No me lo pidas.

—Podrías decir que no sabías nada.

—No quiero sobrevivir contando mentiras sobre esta noche.

Él se acercó y la abrazó por la espalda. Clara inclinó la cabeza. La barba de Julián rozó su cuello y ella cerró los ojos. Sintió que aquel contacto sencillo contenía todos los días transcurridos desde la boda: las mañanas de lluvia, las camisas tendidas en el patio, los zapatos embarrados junto a la puerta, los almuerzos apresurados, las reconciliaciones que no habían necesitado palabras.

—Tengo miedo —dijo Clara.

Julián apretó los brazos alrededor de su cintura.

—Yo también.

Aquella confesión los tranquilizó. Clara calentó agua para el baño. Julián se afeitó frente al pequeño espejo colgado sobre el lavabo. La superficie estaba manchada y devolvía una imagen ligeramente deformada de su rostro. Se pasó la navaja con cuidado, retirando la barba que durante meses había conservado como recuerdo de la guerra.

Al terminar parecía más joven.

Clara se apoyó en la puerta.

—Así estabas cuando te conocí.

—Entonces no tenía este uniforme.

—Tenías otro.

—¿Cuál?

—El de los hombres que todavía no saben en qué van a convertirse.

Julián sonrió. Después bebieron un poco de ron. Clara nunca acostumbraba hacerlo, pero aquella noche aceptó el vaso que él le ofrecía. El alcohol le quemó la garganta y le produjo una breve tos. Julián se rio. Fue una risa limpia, casi infantil, y ella pensó que hacía mucho tiempo no lo escuchaba reír de aquel modo.

Subieron al dormitorio. A través de la ventana podía verse una franja de la bahía. La luz de la refinería temblaba sobre el agua y un barco avanzaba lentamente hacia la entrada del puerto. La sirena de la nave lanzó un sonido grave que pareció penetrar en las paredes.

Julián desvistió a Clara con paciencia. Cada botón abierto era una despedida. Cada parte descubierta de su cuerpo parecía adquirir una existencia nueva. La piel de la joven, dorada por el clima y protegida durante años de las miradas ajenas, resplandecía bajo la lámpara.

Él la contempló como si quisiera aprenderla de memoria. Besó sus párpados, sus hombros y la pequeña cicatriz que tenía junto al ombligo. Clara apoyó las manos sobre el pecho de Julián y siguió con los dedos el trayecto de la antigua herida. Imaginó el cuerpo de su esposo tendido en el suelo y retiró la mano.

—No pienses en eso —dijo él.

—No puedo.

—Entonces mírame.

Clara lo miró. Se amaron con una urgencia silenciosa. No buscaban olvidar la muerte, sino desplazarla durante unas horas hacia los límites del cuarto. Cada movimiento adquiría la fuerza de una protesta contra el amanecer. Afuera continuaban cruzando las lanchas de la bahía, encendiéndose y apagándose las luces de la ciudad, respirando las casas y caminando los hombres que ignoraban cuanto sucedía dentro de aquella habitación. Cuando terminaron, permanecieron abrazados.

—Podríamos dormir —dijo Clara.

—No quiero perder estas horas.

Ella apoyó la cabeza sobre su pecho.

—Entonces háblame.

Julián le contó historias de su infancia en Camagüey. Le habló de un caballo llamado Relámpago, de una laguna donde nadaba desnudo con sus hermanos y de su abuelo, que conservaba un machete mambí envuelto en una tela roja. Clara ya conocía aquellas historias, pero no lo interrumpió.

A las cuatro de la madrugada se levantaron. Clara se bañó, se peinó y se puso el vestido blanco de la boda. No quiso usar velo. Julián vistió el uniforme, ajustó el cinturón y colocó la gorra sobre la mesa. Después retiró del nicho familiar la medalla de la Virgen de la Caridad y la puso junto a su carnet militar.

Escribieron las cartas. Julián abrió la puerta del patio. El cielo comenzaba a aclararse sobre La Habana. Una brisa húmeda movió las hojas del aguacate. Los primeros gallos cantaban entre las casas y el olor del mar se mezclaba con el humo de los depósitos.

A las cinco y treinta escucharon los motores. Tres vehículos se detuvieron frente a la casa. Una voz ordenó a Julián que saliera con las manos en alto. Clara lo tomó del brazo.

—Todavía puedes entregarte.

—Entregarme significa aceptar que soy culpable.

—Estás vivo.

—Por unos minutos.

Julián retiró la pistola de la repisa, sacó el cargador y dejó ambas piezas separadas sobre la mesa. Luego abrió la puerta principal.

Salió desarmado. Clara permaneció bajo el marco, vestida de blanco. Los soldados formaban un semicírculo frente a la vivienda. Algunos eran muchachos a quienes Julián había instruido meses atrás. Ninguno quería mirarlo directamente. El oficial encargado de la detención dio un paso adelante.

—Teniente Falcón, queda arrestado por insubordinación y complicidad con elementos contrarrevolucionarios.

—No soy cómplice de ninguna conspiración.

—Se negó a cumplir una orden.

—Me negué a asesinar a mis amigos.

—Debió confiar en la justicia revolucionaria.

—La justicia no necesita vendarle los ojos a un hombre antes de matarlo.

El oficial alzó la mano. Varios fusiles apuntaron hacia Julián. Clara bajó los escalones y se colocó junto a su marido.

—Regrese a la casa —ordenó el oficial.

Ella no se movió.

—Señora, esta detención no tiene relación con usted.

—Todo lo relacionado con él tiene relación conmigo.

Julián buscó la mano de Clara. Sus dedos se entrelazaron. Al otro lado de la bahía, el sol comenzaba a levantarse detrás de los edificios. La Habana parecía una ciudad de cobre suspendida sobre el agua. Durante un instante, los soldados, el oficial y el matrimonio contemplaron aquella luz.

Nadie supo quién disparó primero. El cuerpo de Julián recibió el impacto y retrocedió sin soltar la mano de Clara. Ella intentó sostenerlo, pero otra descarga la derribó sobre él. El vestido blanco se extendió en el suelo y comenzó a absorber la sangre.

Los disparos despertaron a los vecinos. Cuando cesó el ruido, un perro ladró detrás de una cerca. La bahía continuó moviéndose con la misma indiferencia. Una lancha cruzaba hacia La Habana llevando obreros, estudiantes y mujeres con bolsas de comida.

El oficial entró en la casa. Encontró las dos cartas sobre la mesa, el vaso de ron, la pistola descargada y la pequeña medalla de la Virgen. Permaneció unos segundos contemplando aquellos objetos. Luego guardó la carta de Julián en el bolsillo y ordenó retirar los cuerpos.

La fotografía de bodas quedó apoyada contra el salero. En ella, Julián y Clara continuaban de pie ante el biombo del estudio, jóvenes, solemnes y todavía vivos, con esa expresión de quienes contemplan algo que los demás no pueden ver.

Total Page Visits: 436 - Today Page Visits: 39