Honoré Daumier de sus series sobre el Salón publicadas en 'Le Charivari'

Honoré Daumier de sus series sobre el Salón publicadas en 'Le Charivari'

Expone quien puede pagarlo (3/5)

Por Sol de Rodela Ocoso

Esta serie abrió con una exposición donde se pagaba por exponer. Conviene recordarlo: la muestra de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York en 1917 —la del urinario de Duchamp— exigía una cuota a cambio de una promesa radical: sin jurado, sin premios, pared para todos. El pago era allí un mecanismo igualador: sustituía el criterio de unos pocos por el acceso de cualquiera. Cien años después, el pago por exponer ha vuelto con la lógica invertida: ya no reemplaza al filtro, es el filtro.

Las formas son conocidas por cualquier artista que haya intentado mostrar su obra sin padrinos. Galerías que se presentan como tales pero cuyo modelo de negocio no es vender obra sino cobrar al artista por colgarla —el circuito que la prensa especializada llama galerías de vanidad—. Convocatorias y certámenes con cuota de inscripción no reembolsable, se seleccione o no la obra. Ferias donde el coste del estand, asumido a veces por el propio artista, se mide en miles. Espacios municipales o privados que alquilan sus salas. Ninguna de estas prácticas es nueva; lo que sostengo —y lo formulo como hipótesis razonada, porque no existe una estadística global que lo pruebe— es que su peso relativo en las vías de acceso del artista sin red ha crecido, y que el efecto agregado es un peaje.

El problema del peaje no es moral sino estructural: filtra por capacidad de pago, no por criterio. Y ese filtro opera sobre un terreno ya inclinado. La sociología de la cultura viene documentando que las profesiones artísticas reclutan de forma desproporcionada entre los orígenes acomodados —no por talento desigual, sino porque sostener años de trabajo mal pagado exige colchón familiar—. Si a esa barrera de entrada se le suma pagar por la visibilidad misma, el resultado es un arte que se parece cada vez más a quienes pueden costeárselo. Gregory Sholette dio un nombre útil a lo que queda fuera: la materia oscura del mundo del arte (Dark Matter, 2011), esa mayoría de practicantes invisibles cuya actividad —compras de material, matrículas, cuotas, público de las ferias— sostiene económicamente al sistema que jamás los expondrá.

Sería deshonesto, sin embargo, contar solo esa mitad. Conviven con el peaje las convocatorias gratuitas con jurado, los espacios autogestionados, las salas institucionales que no cobran, y un circuito digital donde publicar no cuesta dinero (aunque cueste otra cosa: atención, de la que hablará la próxima entrega). El cuadro real no es un muro, es un sistema de vías desiguales: las gratuitas existen, pero son escasas, competidas y a menudo exigen precisamente el capital —currículum, contactos, lenguaje de dossier— que el peaje permite comprar a quien lo tiene.

La historia ofrece un precedente instructivo de cómo se rompe un monopolio del acceso. En 1863, el Salón de París rechazó tantas obras que la protesta llegó al emperador; Napoleón III ordenó abrir un Salón de los Rechazados donde el público juzgara por sí mismo. Allí colgó Manet su Almuerzo sobre la hierba, entre burlas que hoy leemos como partida de nacimiento de la pintura moderna. La lección no es la nostalgia del gesto imperial: es que el espacio expositivo alternativo, cuando existe, cambia la historia; los rechazados solo necesitaban pared.

Y esa es la parte que sigue estando en manos de los artistas. La tradición del espacio autogestionado —del taller convertido en sala, de la cooperativa, del colectivo que alquila un local entre veinte— es tan vieja como el sistema que la hace necesaria, y hoy es más viable que nunca en lo organizativo, aunque el precio del suelo urbano la castigue. Frente al peaje, la respuesta históricamente eficaz no ha sido esperar la invitación sino construir la pared propia y compartida. No resuelve la desigualdad de fondo —organizarse también exige tiempo, y el tiempo es la primera forma del privilegio—, pero desplaza la pregunta correcta: no «quién me deja exponer», sino «con quiénes puedo levantar un lugar donde el criterio no se compre». Que esa pregunta tenga respuestas reales, y las tiene en casi cualquier ciudad, es lo que impide que este diagnóstico termine en derrota.

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