Cuba, torreones y baterías de costa. Siglos XVI-XIX. Región occidental

Por Galán Madruga

La historia militar de Cuba ha sido narrada con frecuencia desde la monumentalidad de sus grandes castillos, construcciones que, dominando el paisaje gracias a su volumen, a su emplazamiento y a la densidad de los acontecimientos ocurridos entre sus muros, han terminado representando por sí solas la totalidad del sistema defensivo colonial. El Castillo de la Real Fuerza, el Morro, La Punta, La Cabaña y San Severino han ocupado el centro de las investigaciones, de las representaciones pictóricas, de los relatos de viajeros y de las políticas de conservación, mientras las fortificaciones menores, dispersas por costas, caletas, surgideros, desembocaduras y puertos secundarios, permanecían relegadas a una zona de penumbra documental.

Frente a esa tradición historiográfica, atraída por la grandeza visible y por la autoridad simbólica de las construcciones consagradas, Antonio Ramos Zúñiga propone, en Cuba, torreones y baterías de costa. Siglos XVI-XIX. Región occidental, una modificación sustancial del punto de observación, apartando la mirada de las fortalezas monumentales para dirigirla hacia los torreones, las baterías, los reductos, las atalayas y los puestos artillados que, extendiendo la defensa más allá de las ciudades amuralladas, convirtieron la costa occidental cubana en un territorio militar articulado. Lejos de reducirse a una recopilación de construcciones aisladas o a un catálogo de ruinas pintorescas, el libro estudia la expansión territorial del sistema defensivo español y documenta tanto las obras destinadas a proteger espacios carentes de grandes fortalezas como aquellas concebidas para apoyar castillos y plazas militares ya existentes.

Habiendo comprobado que muchas de esas construcciones apenas habían sido investigadas y que otras ni siquiera figuraban identificadas dentro de la bibliografía especializada, el autor se propone documentarlas en su singularidad material, sin separarlas del conjunto histórico, técnico y territorial al cual pertenecieron. Esta precisión metodológica permite comprender que Ramos Zúñiga no pretende añadir unas cuantas edificaciones olvidadas a una historia previamente constituida, sino reconstruir la lógica que las vinculaba, examinar las necesidades que determinaron su emplazamiento y explicar la función que desempeñaron dentro de un mecanismo defensivo mucho más vasto. Inscrito en un proyecto de investigación de largo alcance, el volumen recoge los resultados de una trayectoria consagrada al estudio de la arquitectura militar de Cuba y el Caribe, de la conservación patrimonial y de la historia de las fortificaciones.

Ramos Zúñiga ha publicado investigaciones dedicadas a La Habana, Guantánamo, Matanzas, Santiago de Cuba, el Castillo del Morro, Jagua y la región central de la isla, experiencia que explica tanto la densidad documental del libro como la naturalidad con la cual se desplaza entre archivos, planos, informes técnicos, restos arqueológicos y testimonios visuales. No estamos ante una aproximación ocasional al tema, sino ante la continuidad de una obra que, procurando elaborar una historia integral de la fortificación cubana, busca insertarla dentro del desarrollo de la ingeniería militar hispánica y caribeña, cuyas soluciones, debates y transformaciones circularon a través de un espacio imperial mucho más amplio que la Isla.

Uno de los fundamentos conceptuales de Cuba, torreones y baterías de costa reside en considerar la arquitectura defensiva como una expresión compleja en la cual convergen la técnica, la política, la economía y la cultura. Entendido desde esta perspectiva, el “arte de la fortificación” no se limita a describir muros, fosos, parapetos o plataformas, sino que comprende la relación entre defensa y ataque, las razones que llevan a una estructura a adoptar determinada planta, los códigos empleados en los planos, la adaptación de los diseños a la artillería, la transformación de la poliorcética y la respuesta de cada construcción ante las condiciones impuestas por el terreno.

Estudiar una batería exige reconocer el alcance de sus cañones, el relieve dominado desde sus posiciones, la ruta marítima que debía proteger, la población resguardada bajo sus fuegos, la fuerza enemiga que se calculaba enfrentar y los recursos económicos disponibles para levantarla. La obra fortificada aparece, contemplada bajo esta mirada, como una solución material ofrecida a una situación histórica concreta y, al mismo tiempo, como una forma cultural capaz de revelar los conocimientos, los temores y las aspiraciones de la sociedad que la produjo. Adoptada esa perspectiva, el libro rebasa los límites de una historia militar concebida como sucesión de guerras, invasiones y combates.

Aunque el corso, la piratería y las rivalidades imperiales ocupan un lugar destacado, sus episodios quedan subordinados a una pregunta de mayor alcance, orientada a descubrir cómo se organiza la defensa de un territorio insular cuya importancia depende de sus costas, sus bahías y sus rutas marítimas. Desde las primeras décadas del siglo XVI, los ataques contra poblaciones y embarcaciones obligaron a los habitantes de las Antillas y de Tierra Firme a reclamar protección para sus villas, naciendo las primeras fortificaciones cubanas como respuestas materiales a la vulnerabilidad de núcleos poblacionales abiertos al mar.

La fundación de Baracoa, Santiago de Cuba y La Habana estableció dos polos principales de militarización, uno oriental y otro occidental, cuya evolución quedó condicionada por la necesidad de proteger puertos, morros, surgideros y fondeaderos, espacios de comunicación que también podían convertirse en puntos de entrada para el enemigo. El Caribe que emerge de estas páginas no aparece como un mar pasivo extendido alrededor de la isla, sino como un escenario de competencia geopolítica donde chocan las ambiciones de España, Francia, Inglaterra y los Países Bajos.

Los ataques de Jacques de Sores, Francis Drake, Piet Heyn, Henry Morgan y Laurens de Graaf no figuran como episodios anecdóticos destinados a proporcionar color al relato, sino como manifestaciones de una transformación profunda del espacio caribeño, sometido a la presión constante de potencias marítimas que atacaban ciudades, interceptaban flotas, ocupaban islas y ensayaban estrategias de conquista capaces de obligar a España a revisar sus dispositivos defensivos. El puerto, la fortaleza y la batería se convirtieron, bajo esas condiciones, en componentes de una disputa por rutas comerciales, fuentes de riqueza, territorios y posiciones navales. Ramos Zúñiga define ese ámbito como un “Mediterráneo americano” modelado entre almenas, flotas y cañones, metáfora que condensa la intensidad de las guerras y el lugar central adquirido por el Caribe dentro del equilibrio imperial.

En el interior de ese panorama, la ocupación británica de La Habana en 1762 constituye un acontecimiento decisivo, al revelar que el sistema existente, pese a sus grandes castillos y murallas, podía ser vulnerado mediante una operación combinada de bloqueo naval, desembarco y asedio terrestre. Recuperada la ciudad por España en 1763, la defensa dejó de concebirse como una concentración de obras monumentales alrededor del puerto y comenzó a extenderse hacia territorios próximos y lejanos, incorporando fortalezas exteriores, campos móviles de tropas y posiciones destinadas a proteger bahías, pueblos y surgideros situados en los flancos de La Habana.

La renovación encabezada por Silvestre Abarca concedió a Batabanó, Matanzas y Mariel un nuevo valor dentro de una estrategia que, intentando impedir el aprovechamiento enemigo de puertos secundarios, aspiraba a bloquear cualquier base de desembarco desde la cual pudiera organizarse una marcha contra la capital. Convertida en uno de los protagonistas del libro, la geografía deja de funcionar como simple fondo sobre el cual se levantan fortificaciones. La costa occidental no aparece como una línea uniforme, sino como una sucesión de bahías de bolsa, desembocaduras, ensenadas, playas abiertas, ciénagas, alturas y canales de entrada, cada uno de cuyos accidentes impone una solución defensiva diferente.

Mientras un torreón elevado podía vigilar una extensión considerable, una batería baja, construida junto al mar, procuraba ejecutar tiros rasantes contra las embarcaciones; una bahía de acceso estrecho permitía organizar fuegos cruzados, mientras una costa abierta requería una red de puestos capaces de comunicar la presencia enemiga y retrasar el desembarco. La arquitectura militar, leída a partir de esas adaptaciones, se convierte también en una interpretación del paisaje, en una forma de traducir el relieve, las distancias, las elevaciones y los accesos marítimos en decisiones tácticas. La región occidental recibió una atención privilegiada de la monarquía española, favorecida por la primacía comercial, política y militar de La Habana, ciudad que desde finales del siglo XVI concentró el mayor conjunto de fortalezas abaluartadas de Cuba y el único recinto amurallado bastionado de la isla.

La protección de la capital produjo, sin embargo, una expansión gradual de las defensas hacia sus flancos, alcanzando primero la Chorrera, Cojímar y Bacuranao, para extenderse después hacia Matanzas, Mariel, Bahía Honda, Cabañas, Boca de Jaruco y Batabanó. El libro demuestra que aquella extensión no respondió a una acumulación fortuita de construcciones, sino a la formación de una periferia militar cuya función consistía en proteger la capital desde puntos situados a decenas de kilómetros de sus murallas, interceptando posibles desembarcos antes de que las tropas enemigas pudieran aproximarse a la ciudad. Esa periferia defensiva mantuvo una relación estrecha con la transformación económica del territorio, cuyo valor estratégico se modificó desde finales del siglo XVIII a medida que crecían la agricultura, los ingenios, los embarcaderos y las nuevas poblaciones.

Defender la costa significó también proteger el azúcar, las haciendas, los almacenes, los muelles y las rutas encargadas de comunicar los centros productivos con los puertos. Ramos Zúñiga demuestra que los torreones, además de representar la soberanía imperial, resguardaban intereses económicos concretos y respondían a la ocupación progresiva de territorios rurales, donde la riqueza generada por la producción agrícola requería dispositivos capaces de contener el contrabando, la piratería y las incursiones enemigas. El capítulo dedicado a la relación entre azúcar y piratería adquiere especial interés al mostrar cómo los torreones levantados en Mariel, Guajaibón, Banes y Santa Cruz del Norte formaron parte de un sistema encargado de proteger más de cien kilómetros de costa al este y al oeste de La Habana.

Algunas de estas construcciones fueron costeadas por hacendados y vecinos, quedando el suministro del armamento y la organización de las guarniciones en manos del gobierno. El torreón de Mariel fue concluido hacia julio de 1798; el de Guajaibón se había terminado en junio del mismo año, mientras el de Banes quedó terminado pocos meses después, aunque todavía aguardaba la instalación de sus cañones. La participación de los propietarios rurales descubre una zona de contacto entre el poder colonial y los intereses privados, toda vez que la Corona necesitaba extender las defensas y una parte del financiamiento provenía de quienes aspiraban a proteger sus bienes, asegurar la circulación comercial y reducir la vulnerabilidad de sus propiedades.

El sistema defensivo no formaba una línea continua de fortificaciones capaces de impedir cualquier desembarco. Muchos torreones disponían de un poder de fuego reducido y de guarniciones escasas, concentrándose sus funciones en la vigilancia, la transmisión de avisos, la primera resistencia y la coordinación de milicias y tropas. La importancia de esas construcciones no dependía tanto de su capacidad para derrotar por sí solas a una escuadra enemiga como de su integración dentro de una red territorial en la cual una torre, una batería, un puesto de caballería y una ruta de comunicación funcionaban como partes de un mismo mecanismo. El libro obliga a abandonar la concepción monumental de la defensa y a adoptar una visión sistémica, capaz de reconocer el valor estratégico que podía adquirir una construcción modesta cuando su emplazamiento, sus comunicaciones y su función se articulaban con el dispositivo general.

Ramos Zúñiga dedica especial atención a precisar qué debe entenderse por torreón, término que en Cuba se aplicó tanto a antiguas atalayas de observación como a torres defensivas provistas de artillería ligera. La palabra no designaba una forma única, pudiendo referirse a estructuras cilíndricas, cuadradas o poligonales, construidas en mampostería o cantería, sin relación necesaria con las torres de homenaje medievales ni con los elementos incorporados a las grandes fortalezas. Eran construcciones exentas cuya función variaba según el período, el emplazamiento y el equipamiento disponible. Durante el siglo XIX, el vocablo adquirió una significación más precisa, pasando a identificar torres circulares de mampostería, dotadas de dos pisos, aspilleras para fusilería y una terraza superior preparada para recibir piezas ligeras.

La distinción entre atalaya y torreón defensivo permite seguir la transformación del sistema costero. Las primeras torres funcionaban ante todo como puntos de observación y, aunque algunas podían albergar pequeñas piezas de artillería, se encontraban mejor preparadas para advertir que para combatir. Los torreones proyectados desde las primeras décadas del siglo XIX presentan otro carácter, reconocible en el grosor de sus muros, en su mayor altura, en los espacios destinados a oficiales y guarniciones, en sus almacenes, aspilleras, matacanes y plataformas superiores capaces de recibir artillería. La evolución arquitectónica expresa una modificación táctica mediante la cual la vigilancia cedió parte de su espacio a una defensa dotada de mayor autonomía, aunque la capacidad de estas torres continuara siendo limitada frente a una fuerza naval de grandes proporciones.

La aparición y expansión de las baterías de costa constituye otro de los ejes centrales del estudio. Durante los siglos XVI y XVII, las grandes fortalezas abaluartadas dominaron el pensamiento defensivo; el desarrollo posterior de la artillería, el crecimiento extramuros de las ciudades y la ampliación del alcance de los cañones alteraron, sin embargo, ese modelo. Las murallas urbanas perdieron una parte de su utilidad y las defensas comenzaron a organizarse mediante fuertes exteriores, campos atrincherados y grandes posiciones artilleras capaces de controlar accesos marítimos y terrestres. El incremento del poder destructivo de los proyectiles exigió estructuras más bajas, parapetos más gruesos, almacenes mejor protegidos y diseños destinados a reducir la exposición al fuego enemigo.

El libro explica esta transformación mediante un análisis tipológico que evita separar la forma arquitectónica de su función militar. Las baterías podían adoptar plantas rectas, angulares, semicirculares, elípticas, poligonales o irregulares, dependiendo de las condiciones del terreno y del campo de tiro requerido. El parapeto a barbeta permitía disparar por encima del muro, mientras las casamatas ofrecían posiciones cubiertas y una mayor protección para los artilleros. La gola, entendida como la parte posterior de la batería, podía quedar abierta o cerrarse mediante muros aspillerados, estacadas o frentes defensivos concebidos para rechazar un ataque terrestre.

En el interior se distribuían cuarteles, almacenes de pólvora, cocinas, aljibes, letrinas, explanadas, rampas y patios de maniobra, haciendo de cada plano reproducido en el volumen una articulación precisa entre potencia de fuego, circulación interna, alojamiento y resistencia estructural. Uno de los logros de Ramos Zúñiga radica en hacer comprensible esa terminología sin convertir el libro en un glosario. Los conceptos aparecen explicados dentro del análisis de las obras, permitiendo que el lector entienda qué es una barbeta al observar la posición del cañón, qué significa una gola cerrada al examinar la protección posterior de una batería o por qué una casamata representa un cambio decisivo frente a una explanada descubierta.

La erudición técnica no se utiliza como adorno, sino como lenguaje necesario para interpretar los documentos y revelar su contenido táctico. Esta cualidad distingue el volumen de numerosos estudios en los cuales los planos aparecen reproducidos como ilustraciones complementarias, sin participar en la construcción del argumento. La investigación sobre Batabanó ofrece un ejemplo particularmente valioso del método empleado. El autor reconstruye las distintas fases de la batería proyectada por Anastasio de Arango en 1806, reformada después por Manuel Pastor y sometida a nuevas propuestas durante las décadas siguientes. La obra presentaba un frente de mar con parapeto a barbeta, explanada para cañones, foso y una gola cerrada mediante una estacada aspillerada, mientras en su interior se distribuían los alojamientos de la guarnición y el almacén de pólvora.

Emplazada junto a una ciénaga y sometida a un deterioro constante, la construcción motivó proyectos de sustitución que contemplaban baterías circulares, estructuras levantadas sobre pilotes y posiciones acasamatadas dotadas de artillería de mayor calibre. Las páginas dedicadas a Batabanó incluyen planos correspondientes a 1806, 1824, 1838, 1849 y 1851, secuencia que permite observar la modificación de la planta, la disposición de la gola, el crecimiento de los parapetos y las soluciones propuestas para construir sobre un terreno inestable. El lector no recibe únicamente la noticia de que una batería fue reformada, sino que puede comparar los proyectos y advertir cómo cada ingeniero intentó resolver los problemas relacionados con la defensa, la humedad, el acceso y el alojamiento.

El libro adquiere en estos pasajes la condición de un atlas crítico de la ingeniería militar cubana, capaz de mostrar la evolución de las soluciones técnicas mediante la confrontación directa entre documentos. Algo semejante ocurre con Mariel, cuya bahía ocupaba una posición estratégica en la costa norte, cerca de la entrada del golfo de México y del canal de la Florida. Su boca estrecha, su fondeadero y su proximidad a La Habana la convertían en un punto susceptible de ser utilizado por fuerzas enemigas. La documentación reunida por Ramos Zúñiga demuestra que su importancia era reconocida desde el siglo XVII, aunque la militarización permanente tardó en concretarse. Durante la guerra anglo-española de 1727 a 1729 se temía una operación británica en la zona, circunstancia que llevó al gobernador Dionisio Martínez de la Vega a proponer la fortificación del puerto junto con Jagua y Nipe.

Los planos de Mariel permiten seguir la evolución de sus defensas desde las primeras propuestas hasta la construcción del torreón a finales del siglo XVIII y la aparición de baterías durante el XIX. Un documento de 1776 sitúa el proyecto de una torre en la boca de la bahía, mientras un plano de 1816 representa el torreón construido en 1798, una batería situada en Cayo Largo y las primeras trazas de la población. La fortificación aparece vinculada al desarrollo comercial, a las solicitudes formuladas por vecinos y hacendados, a la organización de los caminos y al poblamiento del puerto. Esa relación entre defensa y urbanización confirma una de las tesis implícitas del libro: fortificar no significaba prepararse exclusivamente para la guerra, sino ordenar el territorio, someterlo a vigilancia y crear las condiciones necesarias para su explotación productiva.

La obra dedica también un amplio espacio a Bahía Honda, Cabañas, Boca de Jaruco, Santa Cruz del Norte, Canasí y Matanzas, lugares que habían recibido una atención académica desigual, limitada en unos casos por la escasez de estudios y fragmentada en otros por investigaciones incapaces de abarcar el conjunto de sus defensas. Ramos Zúñiga incorpora planos inéditos o poco conocidos, informes de inspección, proyectos no ejecutados y evidencias arqueológicas. La investigación planigráfica y las señales materiales observadas sobre el terreno le permitieron identificar, entre otros hallazgos, una nueva batería en Boca de Jaruco, mientras el estudio de Mariel aporta una reconstrucción más completa de sus diversas fases defensivas.

El interés por las obras desaparecidas o nunca construidas constituye una de las características más fértiles del libro. En una historia convencional del patrimonio, la supervivencia material suele determinar la importancia concedida a una construcción, privilegiándose aquello que permanece en pie y relegándose lo demolido a una referencia marginal. Ramos Zúñiga procede desde una perspectiva diferente, incorporando los proyectos no ejecutados, las estructuras arruinadas, las baterías transformadas y los torreones reutilizados a una historia que no depende exclusivamente de la conservación física. Una fortificación que nunca llegó a edificarse puede revelar con singular claridad las doctrinas militares de su tiempo; una batería abandonada puede explicar la obsolescencia provocada por una nueva tecnología; una ruina modificada por usos industriales puede testimoniar la pérdida de conciencia patrimonial.

El caso del torreón de Banes adquiere, desde esta perspectiva, un valor particular. Una fotografía tomada por el autor en 1986 muestra que sus restos habían servido de base para un tanque de miel de purga perteneciente a un central azucarero. La adaptación, realizada en 1926, mutiló una parte considerable de la construcción, cuyo estado de conservación resultaba ya deplorable durante la década de 1980. Ramos Zúñiga documenta la materialidad de los muros, las modificaciones sufridas y las gestiones emprendidas para recomendar su protección, transformando la investigación histórica en una forma de denuncia. La ruina deja de ser contemplada como imagen romántica y aparece convertida en evidencia del abandono, de la transformación utilitaria y de la pérdida patrimonial.

La dimensión patrimonial alcanza una de sus expresiones más intensas en el estudio de la Batería de costa número 1, situada en La Habana del Este y considerada una obra singular dentro del patrimonio militar hispanoamericano, tanto por su relación con los modelos europeos de finales del siglo XIX como por la manera en que adapta aquellas influencias a las condiciones cubanas. Su planta presenta alas simétricas, parapetos a barbeta, cuarteles protegidos, almacenes ocultos tras elevaciones artificiales y una gola cerrada mediante muros aspillerados. La entrada, concebida bajo una sobria filiación neoclásica, establece un contraste con el carácter funcional del resto del conjunto.

Artillada con cañones Ordóñez de quince centímetros y piezas navales de tiro rápido, la batería formaba parte, tras su conclusión en 1897, de la primera línea defensiva del sector de barlovento, representando la culminación de varios siglos de evolución de la fortificación española en Cuba. El análisis de esta obra enlaza la técnica europea, la experiencia acumulada por los ingenieros españoles y la situación creada por la guerra con Estados Unidos. Lejos de constituir un monumento aislado del final de la colonia, la batería aparece como resultado de un proceso iniciado con las primeras atalayas y posiciones artilleras del siglo XVI. La historia de la Batería número 1 incorpora, además, una dimensión autobiográfica.

Ramos Zúñiga recuerda que en 1977 la encontró abandonada, cubierta por la vegetación y con sus cañones oxidados. Después de realizar diversas visitas y estudios, presentó un informe al Ministerio de Cultura e inició una campaña encaminada a conseguir su rescate, esfuerzos que condujeron a la rehabilitación del monumento y a su transformación en museo. Este pasaje modifica la voz del investigador, quien deja de aparecer exclusivamente como intérprete de documentos para revelarse como participante activo en la conservación del objeto estudiado. La autoridad del libro no procede solo de la consulta de archivos, sino también del trabajo de campo, de la observación directa y de la intervención patrimonial.

Hacia el final del dominio español, el sistema defensivo de La Habana había alcanzado una escala extraordinaria. Ramos Zúñiga calcula que en 1898 existían unas 210 fortificaciones permanentes y de campaña, distribuidas entre posiciones marítimas, líneas terrestres, baterías, reductos y atrincheramientos. La ciudad contaba con más de doscientas piezas de artillería y decenas de miles de hombres preparados para enfrentar el ataque estadounidense, concentración que demuestra hasta qué punto La Habana continuaba siendo considerada una plaza estratégica de primer orden. La gran batalla de la guerra tuvo lugar, sin embargo, en Santiago de Cuba, cerrándose el ciclo histórico de la fortificación española en América sin que las defensas habaneras enfrentaran el asedio para el cual habían sido preparadas.

La relación cuantitativa incluida en las últimas secciones confirma la amplitud del inventario elaborado, contabilizándose solo las fortificaciones construidas y documentadas, con exclusión de los fuertes, castillos y obras de campaña cuya existencia no puede verificarse. Para la plaza de La Habana y la región occidental se registran decenas de baterías y torreones, a los cuales se añaden las construcciones de la bahía de Matanzas, hasta alcanzar un total declarado de setenta y ocho fortificaciones. Estas cifras no constituyen un dato accesorio, sino una prueba capaz de medir la densidad del sistema y desmontar la idea de que la defensa colonial cubana se reducía a unos pocos castillos célebres.

El libro se completa con una relación de los ingenieros militares vinculados a las obras estudiadas, restituyendo la identidad de quienes suelen permanecer reducidos a simples firmas situadas en los márgenes de un plano. Silvestre Abarca, Anastasio de Arango, Manuel Pastor, Cayetano Paveto, José Marvá y Mayer, Antonio Trevejo y otros técnicos son examinados a partir de sus trayectorias profesionales, sus proyectos, sus ascensos y su participación en la arquitectura civil y militar. La historia de las fortificaciones se transforma así en la historia de una comunidad técnica que trasladaba conocimientos entre España, Cuba, Florida, Puerto Rico, México y otros territorios, adaptando modelos generales a las circunstancias geográficas, económicas y militares de cada lugar.

La figura de Silvestre Abarca ocupa un lugar central. Llegado a La Habana en 1763 con la misión de reconstruir y actualizar el sistema defensivo después de la ocupación británica, diseñó fuertes exteriores, dirigió la restauración del Morro, participó en la construcción de La Cabaña y planificó la protección de Batabanó, Matanzas, Jagua, Santiago de Cuba y Mariel. También proyectó edificios civiles, trazó planes territoriales y organizó el trabajo de un grupo de ingenieros bajo su mando. Su trayectoria demuestra que la ingeniería militar colonial no operaba dentro de un compartimento cerrado, al intervenir sus especialistas en caminos, edificios administrativos, obras hidráulicas y proyectos de planificación urbana. La presencia de ingenieros nacidos en Cuba introduce otra dimensión relevante.

Antonio Trevejo y Saldívar, participante en la defensa de La Habana contra los británicos en 1762, intervino en trincheras, reparaciones y construcciones civiles de considerable importancia. El libro recupera también la figura de Francisco Pérez, maestro mayor de obras de origen mulato que participó en el amurallamiento habanero y en las fortificaciones de Santiago de Cuba, aunque no recibió el título de ingeniero militar solicitado para él. Estos casos permiten observar las tensiones raciales, corporativas y administrativas que atravesaban la producción arquitectónica colonial, revelando la existencia de conocimientos locales que no siempre obtuvieron reconocimiento dentro de las instituciones imperiales. Desde el punto de vista editorial, el volumen destaca por la abundancia de su aparato gráfico.

Mapas, perfiles, plantas, elevaciones, fotografías históricas, imágenes aéreas y reproducciones documentales convierten el libro en una suerte de archivo visual dentro del cual los planos no acompañan al texto como elementos ornamentales, sino que participan de la demostración. En la sección dedicada a Isla de Pinos se reproducen, entre otros materiales, el mapa de Nueva Gerona, proyectos de baterías para Puerto Francés, reductos adaptados al terreno y diversas propuestas de cuarteles fortificados. Estas imágenes permiten comprender cómo se proyectaba la defensa de poblaciones recientes y de territorios caracterizados por una infraestructura escasa. El proyecto defensivo de Isla de Pinos resulta particularmente sugerente al mostrar la distancia que podía abrirse entre la imaginación militar y la capacidad efectiva de construir.

Para Nueva Gerona, Reina Amalia y Puerto Francés se propuso un sistema compuesto por baterías, reductos, cuarteles y posiciones artilladas que requería decenas de cañones y centenares de soldados. Ninguna de las fortificaciones costeras proyectadas llegó a levantarse, construyéndose únicamente un cuartel urbano dotado de torreones en las esquinas. La ausencia material de esas obras no disminuye su interés; los proyectos revelan la manera en que los estrategas concebían la ocupación y defensa de un territorio poco poblado, distante de los principales centros administrativos y expuesto al contrabando. La riqueza documental constituye al mismo tiempo la principal fortaleza del libro y su dificultad más evidente.

La sucesión de fechas, medidas, nombres de ingenieros, reformas, calibres, presupuestos y referencias archivísticas exige una lectura atenta, mientras la acumulación de información reduce en determinados capítulos la continuidad narrativa y dificulta el avance de un lector poco familiarizado con la historia militar. El volumen habría ganado en claridad mediante una conclusión general más extensa, capaz de reunir las principales tesis relacionadas con el territorio, la economía, la evolución tipológica y la conservación patrimonial. La incorporación de un índice onomástico, otro toponímico y una revisión editorial destinada a uniformar fechas, nombres y convenciones tipográficas habría reforzado también su utilidad como obra de consulta.

Esa densidad, sin embargo, no debe confundirse con una falta de orientación intelectual. Bajo la abundancia de datos se mantiene una tesis coherente: la defensa de Cuba no fue obra exclusiva de unos cuantos castillos, sino resultado de una ocupación progresiva del litoral, organizada mediante una red de estructuras cuya forma y función se modificaron conforme variaban la guerra, la tecnología, la economía y el paisaje. El torreón, la batería, el reducto y el puesto de vigía forman parte de la historia del poder colonial, pero pertenecen también a la historia del poblamiento, de la agricultura, del comercio, de la circulación técnica y de la transformación territorial.

La costa reconstruida por Ramos Zúñiga aparece, en ese sentido, como una frontera, no como una línea fija destinada a separar dos espacios estables, sino como una zona de contacto entre el mar y la tierra, el comercio legal y el contrabando, la soberanía imperial y la amenaza extranjera, la producción azucarera y la violencia naval. Las fortificaciones constituyen los signos visibles de esa tensión: cada torreón traduce el temor provocado por una vela desconocida en el horizonte; cada batería convierte la curvatura de una bahía en campo de tiro; cada plano reorganiza el paisaje conforme a las exigencias de la guerra. La costa fortificada constituye también una forma de memoria. Muchas de las construcciones estudiadas han desaparecido, otras permanecen mutiladas y algunas sobreviven ocultas bajo usos posteriores.

El libro funciona entonces como una operación de restitución mediante la cual Ramos Zúñiga, identificando los restos, reconstruyendo los proyectos y atribuyendo las obras a sus autores, devuelve significado histórico a lugares que podrían parecer insignificantes. Una elevación cubierta de maleza, un muro levantado junto a la playa o una cisterna abandonada dejan de ser fragmentos mudos para convertirse en testimonios de una política territorial desarrollada a lo largo de varios siglos. Estamos ante una obra destinada a convertirse en referencia para historiadores, arquitectos, arqueólogos, conservadores y estudiosos del Caribe, aunque también debe leerse como una advertencia patrimonial.

Cada batería demolida, cada torreón transformado y cada plano olvidado representan una pérdida de conocimiento sobre la formación histórica de Cuba. Ramos Zúñiga reúne esas huellas, las compara y las integra dentro de una interpretación coherente que rescata tanto las obras supervivientes como aquellas destruidas, modificadas o nunca construidas. Gracias a ese esfuerzo, la costa occidental deja de aparecer como un borde vacío de la isla y se transforma en un extenso archivo compuesto de piedra, tierra, hierro, pólvora y memoria.



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