«Nos vemos en Stuttgart», (novela, capítulo I)

Por: Jose Rey Echenique.

El rumor invadió las ciudades, como un ciclón de aguas lentas y presagiosas. Recorrió las avenidas, las calles, plazuelas, los solares, los barrios. Inundó los pequeños pueblos, que se diseminaban como un interminable semillero a través de toda la isla. La URSS, la Meca del Comunismo Mundial, había caído para siempre.

El pueblo de Cuba sería el último en enterarse de semejante acontecimiento. En los primeros meses no se notó algún cambio, pero con el discurrir del tiempo, comenzó la desaparición física de los productos básicos. El gobierno recogió la mayoría de estos, y los almacenó bajo el rimbombante nombre de “Reserva de Guerra”. La sicosis bélica se desató y con ella la brutal propaganda comunista.

 Con los frentes fríos, también vendrían los frentes de hambre y de miseria, que en pocos días desbastarían el país. Hasta lo más mínimo se racionalizó. Los efectos enseguida se vieron en la figura demacrada de todos. Comenzaron a aparecer enfermedades, que solo se habían visto en los campos de concentración soviéticos y nazis. La polineuritis avitaminosa, dejó ciega a no pocas personas. La escabiosis o sarna común, consumió la piel de miles de cubanos, los que se veían privados de conseguir un simple jabón.

A esta época, las autoridades le llamaron “Período Especial”. A su etapa superior “Opción Cero”, este último término presagiaba una casi extinción del PIB. Pero más que todo, insinuaba veladamente, una especie de resignación que la propaganda constantemente se empeñaba en justificar.

Algunos creían, a pie juntillas, que el Período Especial tenía la apariencia de un inmenso pulpo, cuya cabeza recordaba a la cabeza del mítico personaje conocido como Tío Sam, con bombín y barbilla canosa.

Mientras unos se entretenían en el extranjero, contando las horas para que llegara de una buena vez el pataleteo final de la dictadura castrista, yo me disponía a ingresar en una escuela preuniversitaria en el campo. El gobierno, para sorpresa de todos, no clausuró estos antros o centros de trabajo forzado para los jóvenes. Esto obedecía a una política que enmascaraba la vinculación del trabajo y el estudio, como experiencia pedagógica del dolor y el sufrimiento.

Recuerdo con mucha impotencia el día que partimos. Era la primera vez que me separaba de casa y ya hacía siete años que mis padres se habían separado.

Mis pertenecías eran pocas. Traía en una mochila de tela una muda de ropa para el trabajo, y un uniforme de segunda mano, color azul, para asistir a clases. Ese día mi madre se me acercó y con su acostumbrado cariño, me puso entre las manos un frasco de pastillas (polivit) que había conseguido a contrabando.

― No olvides tomarte la pastilla, mijo.

Hacía énfasis en esto, porque en tomar la dichosa pastilla con sabor a rayo, nos iba la vida.

Yo no había comprendido las verdaderas dimensiones de lo que significaba abandonar mi casa, para cumplir el anhelado sueño de mamá, de verme algún día recibido de médico. Pero cuando el ómnibus que nos transportaba se adentró entre los campos de naranja, a través de un terraplén de tierra púrpura, comprendí lo que sería pasar tres años de mi vida, en aquella Siberia Tropical.

Años después, entendería la estupidez de aquella decisión, cómo habíamos sido víctimas de un juego macabro, en el que la política era el centro de todo.

Pero en aquellos días de 1991, yo no imaginaba nada de lo que sucedía en el exterior, y ni siquiera lo que representaba la caída del llamado campo socialista.

La escuela o centro de trabajo forzado, como me gusta llamarlo, distaba de Esmeralda, mi pueblo natal, alrededor de cuarenta kilómetros. Su arquitectura, al igual que la de otros centros preuniversitarios en el campo, era mediocre y de extrema rigidez soviética. Constaba de dos inmensos edificios de cuatro pisos cada uno que se destinaban a la función de dormitorio, tanto para las hembras como para los varones, separados, como es obvio, uno de otros.

Uno de los edificios se comunicaba con otro a través de dos pasillos aéreos. Aquella parte era dedicada a la enseñanza y en ella se compartimentaban las aulas y cátedras, en las cuales recibiríamos una educación mediocre y saturada de basura ideológica. En el ala sur del plantel se encontraban el comedor, los almacenes y la cocina, que no era otra cosa que un cuarto en el centro del cual, había un inmenso fogón de cemento, donde se quemaba la leña casi las veinticuatro horas del día.

Lo peor de todo era la comida, además de la convivencia, como es claro y que era carcelaria con todos los matices. El desayuno consistía en una lonja de pan que podía esconderse fácilmente en la palma de la mano; casi siempre estaba acompañado de una infusión o cocimiento, popularmente conocido con el nombre de tisana, y que podía ser de tilo, mejorana, o hierva buena, etc. Eran estas infusiones las causantes del estado de somnolencia en que, con frecuencia, nos encontrábamos todos en el horario de la mañana.

El primer día, estuve convencido de que mi estancia en aquel sitio sería horrenda. Recuerdo que el jefe de internado abrió la puerta del albergue, y se hizo visible un inmenso rectángulo, con piso de losetas percudidas, donde se hacinaban incontables literas de hierros.

En el centro del albergue, se alzaba una gigantesca pila de colchones, que cada uno se lanzó a coger inmediatamente. Era lastimoso contemplar aquel espectáculo en el que yo también participaba, para no quedar en desventaja.

Esa misma tarde ocurrió la primera de las broncas. Dos muchachos se fueron a los puños, porque ambos estaban interesados en el mismo colchón. Los colchones estaban infectados de ladillas. Aquellos parásitos corrían por encima de la superficie rugosa de la tela, visiblemente hambrientos y ansiosos de encontrar carne fresca en qué anidar. Allí me percaté de que a eso nos habían reducido también a nosotros. No era mucha la diferencia.

Esa tarde no me atreví a tender la cama hasta que no anunciaron la hora de dormir. La ansiedad me atenazaba y, no sé por qué razón, aguardaba a que mágicamente mi madre apareciera, para pedirme que volviera a casa. Fue este el primer episodio de ansiedad que padecí en mi vida. Después leí, en un libro del sicoanalista Víctor Frank, que a este fenómeno se le conoce con el nombre de ilusión del indulto, suelen experimentarlo esencialmente los condenados, cuando esperan en el corredor de la muerte, aunque es común en las personas y puede suceder muchas veces a lo largo de toda una vida.

Al caer la noche el silencio era monolítico. La escuela estaba rodeada de monte y de extensos campos de cítricos. El pueblo más cercano, distaba a solo cuatro kilómetros. A ello había que sumarle el problema de los mosquitos y los apagones que en aquellos años eran habituales.

Siempre he creído que cuando se suman la ignorancia, la miseria y la impiedad, todo lo que está sometido a esta triada, corre el mayor de los riesgos, especialmente, el ser humano. En ese clima de ignorancia, impiedad y miseria, transcurrió una parte de mi vida. Pero yo le había prometido a mi madre que, si soportaba un día, soportaría tres años y así intenté hacerlo durante un buen tiempo.

La rutina era simple. A los alumnos del décimo grado, entre los cuales me encontraba yo, se les asignaban lugares específicos para que se encargaran de la limpieza de estos durante la semana. De manera que cuando sonaba la campana del llamado “de pie”, a los que esa mañana les tocaba la limpieza, debían bajar rápido al comedor, desayunar y acto seguido incorporarse a la limpieza del albergue, para en tiempo récord, no dejar de asistir al matutino, que se desarrollaba previamente en las mañanas, antes de cualquier actividad.

Luego, según sus respectivos grados, los alumnos tenían que asistir a las jornadas de trabajo o los turnos de clase. Los esquimales ― se les llamaba así a los alumnos del décimo grado ― por ejemplo, debían ir en el horario de la mañana al campo. Este horario se extendía hasta alrededor de las once, momento en que el alumno, luego de haber concluido el trabajo, tenía que apresurarse e ir hacia al  albergue, tomar una ducha y asistir al almuerzo, que se extendía desde las once hasta las doce y media aproximadamente. Cumplido este horario, entonces el estudiante era conducido hasta el aula.

Las clases terminaban las cinco de la tarde y, en ocasiones, se dilataban hasta muy bien entrada las seis de la tarde, horario en que se podía escuchar, el ruido miserable de las bandejas de aluminio en el comedor. Era un reflejo incondicionado e indicaba, que ya se estaban alistando los pormenores para la comida.

Los que en esa semana eran responsables de la limpieza, tenían que volver a limpiar el albergue, para que antes de las nueve de la noche, todo estuviera reluciente y preparado para la inspección que era supervisada por los profesores de guardia. Había que ver cómo estos profesores, imitaban a pequeños dictadores, que pretendían hacer valer una moralidad trasnochada delante de nosotros. Ya, a esa hora, no podíamos disimular el agotamiento.

De muchas de las cosas que sucedieron en este tipo de internado ― aislados del mundo, y a varios años luz de distancia del baño de posmodernidad que el mundo se daba a finales de los años noventa― pocos conocen en el extranjero. La enseñanza era totalmente atrasada. La mayoría de las materias carecían de libros de textos y las que lo tenían, habían sido impresos en los años setenta y ochenta. El Marxismo lo penetraba todo. Al jefe de cátedra de esta odiosa asignatura― un hombre de apellido ruso, pero de raza afrocubana― lo consideraban un gurú. Le atribuían una capacidad moral rayana en el sacerdocio. Yo tuve la oportunidad de conocerlo de cerca, pues también impartió clases a mi grupo.

 En esta asignatura de Marxismo, el alumno que alcanzaba más calificaciones era aquel que más palabras de elogio dedicaba al dictador Fidel Castro y a su creación diabólica: La revolución.

En esas circunstancias conocí a Orlov, era el nombre de este profesor que impartía la asignatura a los esquimales porque, según él, veníamos cruditos de la calle. Era un hombre delgado, de tez oscura, llevaba barba y un espendrú , al estilo de los setenta. La gente corría el rumor de que Orlov no se cortaría el pelo mientras siguiera desaparecido Camilo Cienfuegos, el comandante que había perdido la vida en un misterioso accidente de avión. Era Orlov, en realidad, un hombre aquejado de un gran trastorno de personalidad. Ahora, después de tanto tiempo, me doy cuenta, que esa era la razón de su extrema introversión, y de su comportamiento obsesivo- compulsivo.

Antes de entrar en el aula, los estudiantes debían hacer una fila ordenada en el corredor. Solo cuando Orlov estaba satisfecho con esta disposición casi geométrica, entonces, mandaba a pasar primeramente a los varones y luego a las hembras. Nunca me expliqué por qué hacía este gesto poco caballeroso en un hombre como él, empeñado en dar el mejor ejemplo todo el tiempo. Sin embargo, en medio de tanta estupidez, Orlov era una persona original, extravagante y no sé hasta qué punto inofensivo. Era extremadamente cumplidor con su trabajo. Cuando el ómnibus, que traía todas las mañanas a los profesores, se le iba por cualquier motivo, el recorría veinte kilómetros, desde su pueblo hasta la escuela, en una bicicleta destartalada, para que los estudiantes no dejaran de recibir su dosis de doctrina diaria. Su comportamiento, la mayoría de las veces, desafiaba las leyes de la lógica.

En aquel hacinamiento en el que vivíamos, la nocturnidad era un alivio, después de largas jornadas de trabajo y de estudio. Pero también podían ser peligrosas. Así me sucedió en cierta ocasión, cuando decidí violar una de las reglas fundamentales de la convivencia: nunca echarse a la cama antes de la última campanada.

 Aquella noche no me sentía muy bien y por ello me subí a mi litera, mucho antes de lo habitual. Quedé dormido, incluso, con las luces del albergue prendidas, de manera que fui presa fácil, cuando los otros muchachos subieron a la hora acostumbrada. Solo recuerdo que una luz, como la de un relámpago, iluminó mis ojos. Sentí un dolor intenso en la cara. Y al otro día me descubrí un moretón encima del pómulo derecho.

Desperté sobresaltado, tratando de encontrar al responsable, pero me fue imposible, pues una gruesa oscuridad reinaba en el albergue. Tampoco se escuchaba nada en lo absoluto. Recorrí a tientas el lugar de las duchas, pero fue en vano. La cara me ardía y la ira me recorría las venas con un furor avasallante. No podía escandalizarme, y para evitar ser el hazmerreír del grupo, decidí no darle importancia al hecho, al menos por el momento. Confiaba que, con el tiempo, descubriría al oculto perpetrador del atentado, por el que padecí una paranoia de muchos días.

Sin embargo, con el paso de las semanas, me di cuenta de que, dentro de aquel régimen, el atentado, la violencia, sería una práctica habitual. No fuimos pocos los que fuimos víctimas de aquellas escenas, incluso peores. Uno de los actos más traicioneros se lo hicieron a Joel, un recién llegado proveniente de los Camilitos (Estudiantes de las escuelas militares Camilo Cienfuegos). Le pusieron fósforos encendidos dentro de los dedos. Al despertarse Joel, aterrorizado, el fuego se extendió hasta las sábanas y el colchón.

 La algarabía fue tan grande que hubo que apagar las llamas con los pies y con otros colchones, porque a partir de las once de la noche el servicio de agua se retiraba. El resultado fue un castigo generalizado, impuesto por el profesor de guardia. Esa noche no pudimos pegar un ojo. Nos mandaron a hacer pequeños pelotones y pasamos horas marchando en la madrugada. Desde la escuela hasta la carretera que conducía hacia la ciudad de Camagüey, la distancia era de aproximadamente dos kilómetros. Joel perdió las sábanas y tuvieron que darle otro colchón, aunque no por ser víctima se escapó del castigo.

 A veces los atentados y el uso de la violencia, no solo se limitaba a las noches. Con el transcurrir del tiempo, se crearon grupos represivos que se hacían llamar Brigada Especial, muy parecidos a los órganos represivos que tenía el Ministerio del Interior del mismo nombre. Estos eran grupos de tipos adictos a la violencia, guapos, chivatos, delatores, que se unían, armaban un cerco en torno a una víctima elegida, y allí mismo le propinaban una soberana paliza, que no debía dejar marcas en la cara ni lesiones graves. Tuve un amigo que fue sorprendido por la Brigada Especial y casi pierde un ojo. Cuando Nicolás cayó al piso, fue pateado y uno de aquellos golpes, le alcanzó el ojo izquierdo, en donde apareció enseguida un inmenso hematoma que nos hizo temer a todos. Esto solía ocurrir a plena luz del día y nadie podía interceder, de lo contrario sería también víctima de incontables atentados.

No recuerdo haber visto nunca a algún profesor intervenir en estos asuntos. Al contrario, sé que la Brigada Especial era usada por ellos mismos, para reprimir a ciertos estudiantes, que no eran dignos de su devoción.

Los profesores alentaban la violencia. Una tarde, estábamos yo y otro muchacho, en uno de los pasillos aéreos, mirando un juego de béisbol, o mejor dicho un piquete, porque aquello no se podía llamar baseball propiamente. Desde aquella altura, en un tercer piso, se podían divisar las áreas deportivas y de entrenamiento militar en el patio de la escuela. Estábamos entretenidos cuando, Ernesto, un estudiante de mí mismo año, pasó corriendo detrás de nosotros y saltó a través de una de las puertas que separaban al albergue del aéreo. Eran estructuras de madera y cristal, casi derruidas. Por uno de aquellos orificios, se metió Ernesto. No se percató que desde una de las cátedras el subdirector del campo (dirigía todo lo relacionado con las actividades agrícolas, pederasta, además) lo estaba observando. Aquel individuo, llamado René, bajó las escaleras del cuarto piso a toda velocidad, y al ver que nosotros estábamos en la tercera planta, dedujo que habíamos sido testigos directos del incidente.

Además de su cargo, René era profesor de inglés, pero, a primera vista, daba la impresión de que guardaba algo retorcido en las mazmorras oscuras de su personalidad. Aquel día nos llevó al albergue. Cerró las puertas violentamente, y nos amenazó con golpearnos, si no delatábamos el nombre del alumno, que había osado saltar la pared de madera. Al ver que no dijimos nada, se encolerizó. Recuerdo que me empujó, exigiéndome que lo golpeara en represalia, para él tener más motivos de replicar con golpes. Pablo, el muchacho que estaba a mi lado en el momento del incidente, corrió hacia su litera, en busca de protección. Yo, en cambio, corrí en dirección contraria, hacia los baños, y me apoderé de una escoba, para defenderme de la agresión.

René, al ver mi reacción, se detuvo. En ese mismo momento, Pablo apareció por detrás de él con un cuchillo en la mano. El profesor solo así se dio cuenta de que estaba en problemas. Si avanzaba un paso, quedaría al alcance de mi arma improvisada. Si retrocedía, caía en manos de Pablo. Pero era cobarde, enseguida su tono de voz se volvió más sumiso y comenzó a dar cortos pasos hacia la derecha, hasta que logró escapar, con el rabo entre las piernas.

Luego del incidente, Pablo y yo sabíamos que teníamos las horas contadas en la escuela. Pero no fue así. No sé por qué extraña razón no fuimos expulsados. Lo cierto es que, desde esa tarde, no volvimos a tener contacto directo con el profesor René. Sin embargo, sus amenazas serían más solapadas a partir de ese instante. Nunca descuidé el inglés, asignatura a través de la cual el profesor operaría arteramente para reprobarme. El odio que René sentía por nosotros se podía adivinar en la profundidad de sus pupilas azulosas, cuando accidentalmente nuestras miradas se cruzaban. Pablo y yo muchas veces lo comentábamos. La asistencia al campo se nos hizo obligada. La más pequeña ausencia o incumplimiento de la norma, podía ser motivo de represalia, por parte de este funcionario avieso.

En los días en que no había cosecha de naranja, las jornadas del campo se dedicaban a la chapea de los surcos, al deshierbe con el azadón o con la llamada piocha, (una especie de instrumento parecido a un pico, con el cual se arrancaba de raíz la hierba de guinea de tallo fino y alargado, que con el tiempo alcanzaba la altura de la cintura de una persona).

En los días de seca, esta hierba se hacía casi imposible de arrancar. Los surcos estaban cubiertos de ella, por eso se tomaba bastante tiempo deshierbar un surco de más de cien metros de distancia. Éramos explotados y, lo peor de todo, es que jamás recibimos dinero por esto. Era una trata infantil institucionalizada.

Después que sanaron las llagas de mis manos, causadas por el contacto de la madera bruta del mango de las herramientas con la piel, logré desarrollar cierta práctica en esta faena. La mayoría de las veces, de entre las raíces de la hierba guinea, salían las arañas peludas, y solían subirse a las espaldas, sin que uno se diera cuenta. Yo les temía, sin embargo, esta fobia tuve que esconderla ingeniosamente de los demás alumnos, con tal de evitar el ridículo. Una vez fui picado por uno de estos especímenes (migale spirinicrus) Se me había introducido en el zapato, mientras yo trabajaba. Logré sacarla sigilosamente, a pesar de que el corazón me latía con intensidad y sudaba frío. El que trabajaba a mi lado, me preguntó extrañado acerca de lo que me había sucedido y le dije que me había dado un golpe con la piocha por accidente. No se percató de la araña, la cual había escapado hacia el tronco de una de las matas de naranja.

El trabajo forzado todas las mañanas era una verdadera tortura. Una prueba para nuestra voluntad, con la cual pretendían disciplinar la mente y el espíritu de cada uno de los estudiantes. Los profesores velaban constantemente porque estas actividades se realizaran con calidad. También éramos espiados por los obreros agrícolas, que eran responsables directos de esta actividad. · ¿A dónde iban a parar las ganancias de aquellas producciones? Nadie sabía. Aunque no éramos tan estúpidos como para ignorar de que alguien, a costa de nosotros, se llenaba los bolsillos de dinero.

Cuando llegaba la cosecha de naranja, en ocasiones, le recogíamos algunos sacos a los profesores, a cambio de un pase el fin de semana. Un día recogí diez sacos para un profesor de educación física. Estas naranjas eran vendidas a contrabando en Esmeralda, a peso cada una. De ese dinero jamás recibimos un centavo. El profesor de educación física habló con el subdirector de internado y luego de una larga espera, me fue concedido el pase.

Los primeros días, pasamos casi un mes sin ir a casa, según los profesores, las oncenas iniciales del curso eran vitales para curtir la voluntad y así el estudiante lograba tener una idea general de lo que podía esperar, en el resto del curso. No cabían falsas expectativas. Nunca me engañé a mí mismo, pero en estos claustros de concreto, encontré mi vocación imaginativa. Desarrollé una capacidad increíble para imaginarme historias, que todos los días recreaba en mi mente, antes de quedarme dormido, o en los escasos momentos de soledad que a veces yo mismo propiciaba, pues aquellas historias tenían un fuerte componente adictivo.

Siempre era yo el personaje principal. Podía encarnar a un científico famoso; un hombre de negocios multimillonario, rodeado de confort, de autos de lujos y mujeres; o, simplemente, podía ser un personaje bélico. Solía imaginarme en medio de una guerra contra aquella realidad; recurrentemente, me imaginaba a mí mismo dándole el tiro de gracia al dictador, el causante de todas las desgracias que habían asolado a la isla.

Estas historias, parecerá ridículo, me sostenían en los momentos de gran desánimo. Siempre fui ese soñador, tratando de llenar de lujo su soledad. Así sucedió cuando descubrí la lectura. Me iba a la biblioteca y leía a Emilio Salgari, Mark Twain, novelas policiacas cubanas, y de espionaje soviético, ambientadas en la Segunda Guerra Mundial. Pablo y yo nos hicimos excelentes amigos, a través de la lectura. Abordábamos temas profundos, hasta donde nuestras edades nos permitían, porque éramos dos adolescentes con inmensas lagunas de conocimiento, pero esta curiosidad de alguna manera nos permitía alejarnos de toda la mediocridad. Nos convertimos en críticos feroces de la dictadura de los Castros, a la que siempre culpábamos de nuestras penurias.

Pablo fue quien me reveló la identidad del responsable de mi atentado nocturno. Desde ese día que lo supe, comencé a preparar mi venganza. El azar me había puesto aquel enemigo, con el cual reñiría varias veces durante el primer año. Nunca pude evitar el deseo de partirle la cara cada vez que lo veía. La vendetta est tuto.

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