La muerte ha entrado en la estancia

Por: Félix Fojo

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París. Avenida Foch # 88.
El sol pugna por salir y el cerrado manto de nubes bajas y grises que persiste desde ayer en la tarde, se lo impide. También se afana el astro rey por comenzar a calentar la mañana parisiense pero no lo logra. De hecho ni siquiera logra hacerse ver en el horizonte, y la claridad que anuncia el día es tan famélica que se requiere de la iluminación artificial para andar con cierta seguridad por las aceras y orientarse en las calles.
Amanecer glacial y brumoso en un París que ha despertado. Un París que se ha puesto en movimiento, no queda de otra, desde hace por lo menos una hora larga. Que hay que vivir y ganarse el pan.
Para millones de parisienses es una jornada más de labor, de dura brega, de mercado, de servicios, de taller, de industria, de transporte, de oficina, de hospital, de cuartel o de colegio. Para unos algunos bienaventurados es la hora de arrebujarse con verdadero placer entre las mantas que les cubren y continuar durmiendo la mañana. Para los que trabajan de noche, no importa quiénes ni en qué, va siendo la hora de zamparse cuanto antes un desayuno común y rutinario, meterse en la cama y dormir aprisa, que el día se va volando y la noche vuelve en un suspiro. Siempre, y sin remedio, vuelve la noche, y vuelve, y vuelve.
No es precisamente el París burbujeante y bullanguero que nos muestra magistratmente bien el músico norteamericano George Gershwin en su soberbia suite «An American in Paris», pero en algo, hay que reconcerlo, se parece.
Para los Baró-Lasa, todos ellos, de uno u otro lado de las líneas de batalla, porque esas líneas existen aunque hoy se declare, por razones de fuerza mayor un armisticio, ajenos en estas horas a cualquier cosa que pase fuera de su pequeño y muy especial mundo, concentrados todos en la desgracia de Catalina que es también su desgracia, resulta este de hoy un triste e inolvidable amanecer. En realidad un paréntesis, cortito, en una vieja pelea que se apagará solo con el tiempo y el tedio de lo que ya, de tanto llevar y traerse, no vale la pena continuar y termina por aburrir.
Se ve caer como en cámara lenta el aguanieve. Esporádica, no mucha, cabrilleando en la luz mortecina del amanecer a través de los cuatro ventanales de la gran sala del palacete de los Baró-Lasa. Los cristales y los marcos de maderas preciosas, que van del suelo al techo están cubiertos en parte por cortinajes de tela repujada scalamandre falk manor, fabricados a mano en la India inglesa, muy gruesos, robustos, pesados y a la moda, pero dejando, por claridad, algún espacio libre por el que comienza a vislumbrarse tenuemente el movimiento de la calle y el parque arbolado al otro lado.

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Una vista habitual, repetida, que no parece interesarle a alguien en aquella casa sobre la que planea y ataca hoy la desventura. O sí. Porque la verdad es que el único que se entretiene allí viendo el paisaje, en este caso el del fondo de la mansión, mucho menos hermoso que el del frente —Roldán. Thierry, solo y un poco aburrido, mata el tiempo mientras bebe té verde caliente aromatizado y come con apetito cruasanes recién horneados de pasta de leche, miel y mermelada de grosellas, obviamente deliciosos, que va tomando —con sigilo, para no aparentar gula— de una gran bandeja metálica acabada de traer, como cada mañana, de la cercana panadería del pastelero Jean Millet y sus hijos.
Dicen los conocedores gastronómicos que la Jean Millet et les enfants, que seguirá existiendo y horneado cruasanes casi un siglo después de estas crónicas, es una de las mejores boulangeries de la ciudad, y hasta los más entusiastas de todo lo francés, los francófilos de corazón, defienden y discuten, ¡humm, que también lo es de todo el mundo!
¿Tendrán razón? Pues… probablemente sí.
Sentado a una mesa de madera cruda, de apariencia basta, pero de magnífica hechura, en la cocina de la enorme vivienda, Thierry bebe su té, mastica lentamente y espera con paciencia, que esa es la parte menos interesante, aunque a veces, como hoy, es remunerativa desde el punto de vista gastronómico, de su trabajo con el doctor Domínguez Rouldaaan, como le llama la lenguaraz y cizañera portera del edificio donde viven. Un trabajo que agradece de corazón y que no cambiaría por ningún otro.
Alguien, quizás el chofer del señor Baró, un tipo callado, eficiente y por lo visto buena persona con los de su condición, le ha puesto junto a los cubiertos un diario Le Figaro, que aún huele a tinta recién salida de las rotativas y del que él, Thierry, solo ha visto, y con desgano, los titulares, los de siempre, y las predicciones para las carreras de caballos de la tarde, pasatiempo del que sabe un poco y que le ha proporcionado en ocasiones, las ganancias suficientes para llevar a una chica al teatro y a un buen restaurante del Barrio Latino. ¡Y hasta para algo más que no debe contarse! Lo cierto es que no le hace ninguna gracia al muchacho mancharse los dedos de las manos con el pigmento negro del periódico y arriesgase a estropear el vistoso uniforme que luce con tanto garbo y placer.
Aunque atendido con distante respeto y aturdidora eficiencia por un ama de llaves que más parece la madre superiora de un convento de clausura cerrado a cal y canto, lo cierto es que nadie le hace mucho caso al chofer del doctor Roldán ni a ninguna otra cosa que no tenga que ver con lo que está ocurriendo en la alcoba de la señora Catalina. Y lo que está ocurriendo allí cerrará el ciclo de una vida, la de Cati, y cambiará de paso la vida de todos en la casa y cambiará el destino de la propia casa.

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Pero seamos formales con el presente.
El final, ese final que todos han temido, y esperado, se acaba de producir hace unos minutos. La muerte ha entrado en la estancia de la señora a reclamar lo que de hecho ya le pertenecía desde hace algún tiempo, y como es natural, se escuchan en uno u otro rincón de la mansión gemidos, suspiros aislados, voces en sordina, carrerillas para cumplir órdenes perentorias del señor Baró, del mayordomo, del ama de llaves o de las amitas, las hermanas de la señora, en fín, lo de siempre en estos casos pero con la contención y parsimonia autoimpuestos de la gente de clase.
¡Sí señor, de mucha clase!
Y por eso mismo, porque las reglas de la elegancia imponen una rígida autodisciplina, aunque la procesión vaya por dentro, una paz densa, pesada, se ha ido adueñando de todos y de todo. Comienza el día y la vida, que nunca se detiene, debe volver a tomar las riendas y seguir el camino que conducirá a cada cual a su destino y del que todos guardarán imágenes, la historia que ahora termina para comenzar una nueva, como una parada recordable en la carretera, en una sola dirección que es el vivir.
Digámoslo con palabras más claras y sencillas…
Catalina Lasa del Río y Noguerido de Baró ha muerto.
Transcribimos a continuación un recuento muy breve de los eventos relacionados con el fallecimiento de Catalina Lasa del Río, ocurridos en París, en este amanecer del 30 de noviembre de 1930, y extraídos de las libretas de notas del doctor. Apuntes con fines recordatorios, tomados a vuela pluma por el profesor Francisco Domínguez Roldán,  —con su enrevesada letra de médico que a él mismo le cuesta luego dios y ayuda entender—, para su asiento posterior en el archivo personal de historias clínicas.
No constituyen estas notas, de ninguna manera, un certificado formal de defunción, ya que el mismo, cuando sea emitido, deberá contener, y demostrar en lo posible, las causas directas e indirectas del  fallecimiento de la occisa. No son tampoco, ni mucho menos, un intento de diagnóstico etiológico, causal, de la, o las patologías que han llevado a la enferma a la por ahora inexplicable muerte. Estas notas solo apuntan a demostrar formalmente que la paciente ha fallecido y a recordar, con fines de archivo, el aspecto y características particulares del cadáver en los primeros minutos posteriores al deceso. No excluyen, al contrario, hacen imprescindible, un certificado formal de defunción. Y mucho menos descartan una autopsia ejecutada en debida forma y por especialistas en la materia, único evento forense que nos arrojaría alguna luz sobre las causas reales de la muerte de la difunta.
Las observaciones clínicas finales, inmediatas y solo externas, del cuerpo yacente de Catalina Lasa del Río, efectuadas por el doctor Francisco Domínguez Roldán, únicamente recogen —aunque por escrito y firmadas como es debido por el el galeno, según su costumbre— los signos de la muerte.
Nada más.
Y como es de rigor se exponen a continuación:
Nota: El lenguaje del doctor es básicamente coloquial, pendiente de una elaboración posterior más apegada aun, si cabe, a la jerga científico-médica.

Aspecto cadavérico. Es una observación claramente subjetiva, de puro sentido común, pero amparada por nuestra ya larga experiencia en la materia.
Palidez extrema en las zonas no afectadas por las múltiples lesiones de la piel y mucosas que presenta el cuerpo. Se observan ya algunas manchas violáceas en zonas declives (livideces cadavéricas, livor mortis) pero aún son pequeñas y no confluyentes, aunque eventualmente se extenderán y confluirán en las próximas horas.
Se observa cierto grado de cianosis peribucal. También se observa cianosis ligera en las falanges distales de las manos. No mencionamos las uñas porque la paciente insistió casi hasta el último aliento en mantenerlas arregladas y cubiertas de esmalte.
Uñas de pies y manos cuarteadas, sin lustre, sin brillo y muy ásperas. Lo que se aprecia, a pesar del susodicho esmalte que las cubre, en algunas zonas donde este se ha perdido o se ha retirado exprofeso por el médico de asistencia.
La lengua está seca (deshidratada), saburral y retraída. Encías y cielo palatino ennegrecidos. Faltan algunas piezas dentarias, lo que se aprecia ahora al haberse retirado las prótesis que cubrían esas ausencias en los últimos días.
Pérdida de la coloración rosada normal de las palmas de las manos. Las líneas palmares son profundas y se aprecian exangues, blancas, lo que es sinónimo de la ausencia de circulación sanguínea.
Pulso en las muñecas (pulsos periféricos) y en el cuello, ausentes a la palpación.
Se aprecia al contacto simple y directo la frialdad de miembros, manos y pies que crece de momento en momento y se extiende progresivamente al resto del cuerpo. El termómetro de mercurio no recoge una temperatura compatible con el estado vital. Confirmamos, por tanto, por palpación y termométricamente, el algor mortis.
Reflejo plantar, ausente.
Reflejo rotuliano, ausente.
Reflejo tricipital, ausente.
Reflejo pupilar completamente ausente a la luz. Ambas pupilas están dilatadas al máximo (midriasis extrema). Conjuntivas ictéricas y con algunas petequias (hemorragias subconjuntivales).
Hundimiento parcial de los globos oculares (Signo de Stenon Louis).
Reflejo corneal, ausente.
Inconsciencia. Ausencia total de respuesta a los repetidos llamados. Son señalamientos obvios, y hasta cierto punto subjetivos, pero lo mencionamos por pertenecer a la descripción de muerte que detallan, desde siempre, los clásicos.
Movimientos respiratorios torácicos y abdominales, sonidos de entrada y salida de aire al pulmón y humedad del aliento en el espejo (empañamiento), todos ausentes. Se auscultaban abundantes estertores y frémito pleural hasta justo antes de la expiración, pero estos signos han desaparecido completamente.
Latidos cardiacos auscultados, ausentes.
Tensión arterial imposible de tomar por ausencia de pulsos en el pliegue del codo. No se aprecia la recoloración rosada de la piel del brazo después de retirar la presión del manguito del esfigmomanómetro.
Pérdida evidente del tono muscular general.
Relajamiento de esfínteres propio de la ausencia de un tono muscular adecuado por pérdida de la actividad nerviosa motora.
Respuesta a los estímulos dolorosos (pinchazos, compresión y pellizcamiento), nula.
No se observan aún signos de rigidez cadavérica (rigor mortis), pero es presumible que aparecerán en un tiempo prudencial. Debe señalarse que la gran pérdida de masa muscular de la occisa y el encamamiento prolongado, muy anteriores al óbito, pueden, quizás, disminuir o abortar en parte la susodicha rigidez.
Los estertores agónicos (gasps) terminaron definitivamente a las 6.09 a. m.
Declaré la muerte de la paciente a las  6.11 a. m.
Mantuve informado todo el tiempo al señor Baró, esposo de la paciente, de los intentos terapéuticos, obviamente inútiles, para retrasar el óbito, y del momento de la expiración de la misma. Él se mantuvo atento y expectante todo el tiempo pero siempre al margen de los acontecimientos.
Somos, y lo confirmamos con nuestro nombre y firma, parte tratante y testigos presenciales, al mismo tiempo, del luctuoso acontecimiento.

Dr. Prof. Titular Medicina Francisco Domínguez Roldán. LdH

Hasta aquí las pertinentes observaciones clínicas propias de un profesional médico de primera línea, pero…
Ese profesional médico también es un ser humano. Un gran ser humano. Un humanista consciente de la diferencia entre la frialdad de la exposición estrictamente científica y los valores y sentimientos. Por tanto, lo que sigue a continuación, el doctor Domínguez Roldán no lo escribirá nunca en un registro de datos de interés puramente científico.
Pero lo piensa:
Estamos ante el cuerpo de un ser humano que se ha debilitado hasta perder todo vestigio de vida, y no por el agotamiento propio y natural de la vejez, sino por la arremetida brutal y a destiempo de algún agente, alguna noxa, algún veneno interno o externo que aún no hemos podido detectar y/o precisar. Observamos un cuerpo disminuido, maltrecho, quebrantado, venido a menos, pudiera decirse que ya en estado pútrido, lleno de cicatrices recientes, llagas, pústulas, fístulas supurantes, pápulas, vesículas llenas de líquido seroso, áreas herpetiformes y hematomas que configuran un insulto a la vista del observador al desparramarse sobre casi toda la superficie de aquella piel que había sido, hasta unos pocos meses atrás, blanca y suave al tacto como los narcisos de invierno. Un cuerpo que, como nos ilustra la lectura del antiquísimo libro tibetano de los muertos, ya no escuchará sus propios aplausos, ni proyectará sombra bajo el sol, ni dejará huellas en la arena húmeda. En fin…
Un exquisito cuerpo femenino por el que más de uno, en otro tiempo y lugar, hubiera suspirado, que digo, matado y que ahora… ahora, hay que hacer un esfuerzo, un verdadero acto de valor y disciplina personal para sentir, primero que todo, el respeto de un profesional al ser humano que ha sufrido, y luego lástima, misericordia, sincera congoja y no la repulsión o el rechazo natural al que nos empujan nuestros ancestrales instintos.
¿Cómo carijo ha podido llegarse a esto?
¡Dios mío!
Desprendió con cierta estudiada lentitud las pulidas olivas del estetoscopio de sus oídos, se quitó el adminículo del cuello con un movimiento mecánico miles de veces repetido y lo puso, con calma y elegancia, a un lado de la cama, sobre el filo de las sábanas y  junto a un par de toallas húmedas y ajadas, un recipiente metálico arriñonado conteniendo una sonda y unas agujas, una bandeja que dejaba ver cuatro o cinco jeringas de grueso cristal recientemente usadas, una goma de compresión, algodones con alcohol ya seco y varias ampolletas de Coramina, Cafeína, Digitoxina y Adrenalina rotas y vacías.
—¡Touché! ¡c’est fini dans! —dejó escapar el doctor como en un gruñido.
Cerró entonces el profesor Roldán los ojos obscenamente abiertos de la difunta pasando su mano derecha extendida, de arriba hacia abajo, sobre los hinchados párpados. Cubrió hasta el pecho el cadáver desnudo a medias con una sábana de hilo puro —que fue alguna vez blanca como la nieve, ahora arrugada y con manchas de vómito y otras secreciones corporales— e hizo un leve movimiento de cabeza, una especie de silencioso y sutil saludo de despedida a aquella mujer que ya había terminado, al fin, de sufrir.
Una mujer controvertida, amada y odiada a partes iguales, temperamental, impositiva, egoista casi siempre, pero a la que había que reconocerle valor. Mucho valor. Una mujer que en su momento se había puesto de espaldas a la sociedad a la que pertenecía por derecho, que hizo con su vida y su cuerpo, ese cuerpo de diosa de la carne, lo que le había dado su realísima gana. Que había enfrentado una enfermedad —¿sabrá Dios que enfermedad?— con un valor y una entereza poco vistas.
No, no era el consabido discursito de tópicos y lugares comunes que se hace cuando la gente ya no respira, no, es el reconocimiento a una persona que pudo haberse equivocado muchas ocasiones, que hizo mal a sabiendas, que ganó unas veces y perdió otras, pero que nunca se rindió ante ese mundo que supo ponerse por montera.
¡Que descanse en paz!
Se levantó con cierta dificultad, ¡el cansancio y los años, carijo, que se van dejando sentir, sobre todo en nochecitas como esta!, de la banqueta baja en la que estaba sentado, junto al lecho y se volvió con la calma, el aplomo, del profesional experimentado hacia Juan Pedro Baró, que observaba de pie, pálido como la muerte y silencioso como una vieja tumba en un cementerio de provincias.
—¡Todo ha terminado, Baró. Lo siento, lo siento mucho! —No le gustaban los pésames y mucho menos las inútiles palabras de consuelo, es más, siempre todas esas peroratas le habían parecido hipócritas, hasta ridículas, por eso, cuanto antes se terminara con ese formalismo tonto, mucho mejor para él y para el marido de la muerta.
Se hizo un silencio pesado, ambiguo, que duró quizás quince o veinte segundos, pero que al doctor le parecieron horas. Por unos instantes el doctor tuvo la sensación de que Juan Pedro Baró, o la estatua de Juan Pedro Baró, parada a sus espaldas hasta ese momento y ahora, mirándolo de frente y sin pestañear, había perdido el habla.
Pero no.
—No, no todo, doctor Domínguez, no todo ha terminado.
La frialdad de la respuesta de Baró sorprendió al profesor.
—¿Cómo dice?
—Le explicaré.
—Le escucho.
Juan Pedro Baró, aplomado, tan seguro de sí mismo como siempre, se tomó su tiempo para continuar. —Sé lo cansado que debe sentirse, profesor Roldán, pero es muy importante, es necesario que conversemos ahora sobre algo referente a la pobre Catalina, a la familia y a mí mismo. —Hizo una pausa, quizás para matizar un poco sus palabras—: Si no fuera absolutamente necesario, profesor Roldán, no abusaría de su persona solicitándole una breve conversación privada después de todo lo que usted ha hecho por Catalina, que en paz descanse, y por todos nosotros.
El doctor, que esperaba los lamentos de dolor usuales en aquella situación, y no una invitación a conversar tan pronta, tan puntual y tan carente de emoción, respiró profundo, se sobrepuso a la perplejidad y contestó lo único razonable que podía decir.
—Pues… sí, claro que sí. Estoy a su disposición, Baró.
—Lo agradezco, y le ruego, doctor, permita, mejor dicho, permitamos usted y yo a las hijas y hermanas de Catalina acercarse a la pobre difunta… —puso una mano gélida pero firme en el hombro del doctor.
—Por supuesto…
—Acompáñeme usted, entonces, profesor Roldán, a la biblioteca a tomar un café con unas gotas de coñac o alguna otra bebida. Creo que lo merecemos, ¿no?
—Sí…, sí, no nos vendría mal.
—Pues venga conmigo, doctor.
—Lo sigo.
—Andando.
El doctor Domínguez Roldán, consciente de que no ha terminado aún sus labores, desea comenzar a llenar el certificado de defunción provisional de la difunta cuanto antes. Y desea también solicitar a Juan Pedro Baró le permita contactar de inmediato a un patólogo forense amigo e indicar la autopsia de la fallecida. Eso sobre todo, pero lo cierto es que no le vendría nada mal un buen café con coñac ahora mismo. Y sí, piensa que realmente lo merece, o lo merecen ambos, teniendo en cuenta el estoicismo, eso le parece a Panchón aquel rigor, aquella tiesura de poste telegráfico que el hombre, el imperturbable marido de Catalina Lasa, ha mantenido toda la santa noche.
—Lo acompaño con gusto, caballero, pero me gustaría antes asearme las manos. —Y orinar, que no lo dice, pero su próstata ya no es, ni mucho menos, la de un muchacho.
—Por supuesto, doctor, no faltaba más.
—Le agradezco. Y ambos salen de la habitación a la que ya están ingresando, se cruzan en la puerta, en silencio, compungidos, pero serenos, se diría que resignados, los miembros de la familia que se encuentran en la casa.
—Sígame, doctor.
A Catalina Lasa del Río de Baró, la hermosa Cati, aunque aún le queda por delante a su cuerpo, y sobre todo a su nombre, un largo recorrido de mito y morbo, se le empieza a desdibujar su aura, cuidada con tanto celo, de hembra fuerte y desarmante belleza terrenal para convertirse en la mujer de los amores no aceptados por la sociedad, de los hijos abandonados y no vistos en años, de las escapadas rocambolescas, de las supuestas persecuciones policiacas por diversos países y continentes, de las citas a oscuras y escondidas, de las mansiones de cuentos de hadas, de las rosas únicas hipotéticamente creadas para ella, de las joyas faraónicas llevadas hasta en el catafalco, de los gigantescos sobornos a funcionarios, presidentes y papas, de las tumbas inverosímiles, de los maleficios y apariciones, en fin, la mujer de las conjeturas y misterios nunca aclarados y con toda probabilidad exagerados hasta el delirio.
Mito comienza a ser Catalina Lasa desde ya y mito será por los siglos de los siglos. De ese mito, prueba al canto, es esta misma crónica que usted está leyendo ahora. Pero ningún contemporáneo suyo, nadie cercano lo sabe aún, que lo mítico requiere del tiempo para asentarse y consolidarse. Primero, todo lo que ocurre es presente inadvertido, luego, será pasado, después, y solo después, se hará, con mucha suerte, mito. Todo mito que se precie, todo mito establecido, todo mito que quede en la conciencia colectiva vendrá siempre del ayer, cada vez más nebuloso y distante. Pero como pieza que nadie pone en duda, será invencible.
El pasado, esa cosa amorfa y moldeable, algo que cada cual cuenta a su manera, puede ser cambiado, modificado, atraído hacia uno o empujado y alejado de sí, mas, al final es, y siempre será, inderrotable. Que como decía Wilde, «…todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro». Santa verdad.
Y entonces, antes que mito, comienza Catalina Lasa desde ese lúgubre amanecer parisién, quién lo diría, a convertirse en pasado. Morboso, idealizado, fantasmal, aunque algo cada vez más lejano, añejo, eso es…
Sí, al fin y al cabo… pasado.
Y luego, solo luego, mito.

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