El hambre del artista

Uno de los cuentos más estelares (quizás el más estelar) de la narrativa de Franz Kafka es «El artista del hambre». Se trata de un huelguista del hambre en una época de transición empeñado en secularizar una tradición y demostrar el imperativo del «arte del ayuno», la capacidad de resistencia del cuerpo humano y la habilidad para implantar un récord de «días ayunando».

Se estableció en el establo de los animales de un circo para que el público que pasase por allí observara el ayuno. Pero nadie ponía atención a su huelga, nadie se acercaba al ritual del ayuno. Pasado varios días el hombre ya esquelético y sin apenas hablar, logró que se le acercara el guardia de seguridad para implorarle de que estaba próximo a la muerte y con su muerte se perdía extinguir una antigua tradición espiritualista del «corpus cristi».

Al día siguiente el ayunador, que había batido el récord de días sin comer y beber, murió sin pena ni gloria. En su lugar, ironía de la historia, expusieron una pantera negra que se paseaba de un lugar a otro devorando varios trozos de carne dejando asombrado al público que le llamaba la atención.

Kafka es un antropólogo de primera mano que nunca va a dar una conclusión definitiva. Esta es la mía: demostraba que una antigua práctica de espíritu religiosa había sucumbido ante la racionalidad de la vida instrumental y de la práctica democratizadora de los eventos de variedades. Se había producido un cambio de época. Comenzaba una época del «show mediático» de la cultura de masa.

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