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Antes del veridicto de Emilio Ichikawa

Antes del veridicto de Emilio Ichikawa

Catálogo Ediciones Exodus

«Antes del veredicto» de Emilio Ichikawa

Por Ego de Kaska / septiembre 12, 2022

Por El Coloso de Rodas

Mientras el escritor deja en sus páginas las vacilaciones y las impaciencias que ninguna vida consigue borrar por completo, quienes se encargan de custodiar su memoria suelen preferir una continuidad moral en la que cada episodio anuncie, con anticipación providencial, la grandeza del personaje. Entre esas dos maneras de conservar a un hombre, la que admite sus desacuerdos consigo mismo y la que los acomoda a un destino ejemplar, Emilio Ichikawa sitúa el conflicto de Antes del veredicto. La demasiada humanidad del Padre Varela, publicado por Ediciones Exodus en octubre de 2020, con prólogo de Armando de Armas. A través del proceso de beatificación de Félix Varela, de la lectura de sus Cartas a Elpidio y del examen de la biografía escrita por monseñor Carlos Manuel de Céspedes, el autor pregunta qué ocurre con la libertad de interpretación cuando un pensador, cuya obra pertenece a la discusión histórica, empieza a recibir la autoridad de una figura destinada a la veneración.

Aunque el título anuncia una espera judicial y el subtítulo remite al horizonte nietzscheano de lo humano, demasiado humano, el libro no presenta una acusación destinada a probar la indignidad del sacerdote. Su interés consiste en recuperar aquello que la admiración institucional, cuando establece de antemano las conclusiones de la lectura, puede dejar fuera del retrato. Varela aparece como un escritor que necesita vender sus libros, se irrita ante la indiferencia, emplea expresiones hirientes contra sus adversarios y defiende a su Iglesia con una lealtad que condiciona algunas de sus posiciones sobre la libertad. Esa restitución proporciona el motivo que enlaza los distintos apuntes, aun cuando el recorrido se detenga en cuestiones de gobierno, educación, superstición, comercio o identidad nacional. La humanidad del personaje resulta, a la vez, un objeto de investigación y una exigencia dirigida al lector, que deberá permitirle ser contradictorio sin retirarle por ello su respeto.

En la disposición de las cuatro partes, El Proceso, Confesiones del Padre Varela, El libro de Mons. Carlos Manuel de Céspedes sobre el Padre Varela y Antes del veredicto, puede advertirse un movimiento que parte de la institución, se aproxima a la voz del escritor, examina la mediación biográfica y regresa al espacio público en el que se disputan sus significados. No estamos ante una biografía completa ni ante una investigación canónica del expediente, sino ante una serie de glosas articuladas alrededor de una preocupación persistente. Las alusiones a entregas anteriores, a lo que se comentará mañana o a los lectores de un sitio conservan las señales de la publicación sucesiva. También las referencias al presente de 2011 y 2012, mantenidas dentro de una edición de 2020, obligan a distinguir el tiempo de redacción de los apuntes del tiempo de su reunión en libro. Esa diferencia importa cuando se valoran anuncios, expectativas y pronósticos que la edición no reelabora retrospectivamente.

Cuando Armando de Armas, en las páginas iniciales, destaca el humor y el olfato detectivesco de Ichikawa, ofrece una orientación útil para comprender la mezcla de documentación y sospecha que sostiene el conjunto. Su prólogo recoge, además, el desacuerdo con la obligación de ejemplaridad y la afinidad con una interpretación de Varela que permita descubrir lo que conviene evitar en la vida intelectual. Sin embargo, la caracterización de Ichikawa como un autor cercano a una vertiente positivista debe tomarse con cautela, dado que las glosas recurren con frecuencia a intuiciones psicológicas, imágenes metafísicas y analogías contemporáneas que exceden una demostración empírica. El prólogo participa de la polémica y la intensifica con sus propias referencias al ambiente mediático de 2020. Por ello, antes que una presentación neutral, constituye una primera intervención en el debate que el ensayo desarrollará.

A partir de la entrevista concedida por monseñor de Céspedes a Amaury Pérez Vidal en 2011, Ichikawa encuentra una frase que adquiere el valor de una pequeña escena originaria. El postulador habría aconsejado al sacerdote que, si deseaba llegar a los altares, no escribiera, puesto que al escritor se le examina hasta la última letra. El comentario, reproducido en las páginas 17 y 18, permite desplazar la atención desde una presunta insuficiencia de bondad hacia la dificultad de hacer coincidir una obra extensa con la imagen de una conducta siempre ejemplar. En la letra permanecen los matices que el elogio puede olvidar, las reservas que una biografía suaviza y las posiciones que, reunidas fuera de su circunstancia, incomodan a los administradores del recuerdo. Sin embargo, la anécdota no establece por sí sola una incompatibilidad general entre escritura y santidad, ni permite identificar cuáles fueron las objeciones precisas del expediente de Varela. Su eficacia es ensayística y su alcance probatorio resulta más limitado.

Al comentar la votación de 2008, en la que, según la comunicación eclesial citada, seis de nueve teólogos recomendaron un examen ulterior, el autor distingue entre la insuficiencia de los datos aportados y los problemas de una personalidad multifacética que no habrían sido afrontados debidamente. Sobre ese trasfondo formula varias posibilidades para explicar el impulso posterior del proceso, entre ellas el cambio de postulador, la coyuntura favorable y el trabajo de un equipo de investigadores. Aunque manifiesta su inclinación por las interpretaciones oportunas y el contexto político, también reconoce que se mueve en el terreno de la suspicacia (pp. 19-21). Este reconocimiento debe acompañar la lectura crítica del pasaje. Solicitar que se conozcan los argumentos nuevos es razonable, pero la ausencia de esos argumentos en el material consultado no demuestra que no existieran aportes documentales o esclarecimientos suficientes para modificar la evaluación.

Cuando la ejemplaridad eclesiástica se aproxima a la consigna revolucionaria de imitar al Che, aparece una de las analogías de mayor alcance del libro, que concierne a la forma en que las instituciones organizan el deseo de parecerse a otro. Ichikawa observa que una vida propuesta como modelo deja de ser únicamente una existencia particular y empieza a funcionar como medida de las demás. La comparación resulta esclarecedora si se mantiene en ese nivel, donde interesa la presión ejercida sobre las conductas y la distribución de reconocimiento entre quienes cumplen o incumplen el ideal. Sería menos convincente si borrara las diferencias entre autoridad religiosa, disciplina partidista y coerción estatal. El ensayo gana cuando examina el procedimiento común de fabricar ejemplares humanos, pero necesita conservar las distancias históricas entre las instituciones a las que interpela.

Ante la posibilidad de que Varela reciba una consagración católica, la pregunta por la nación introduce un problema que desborda la devoción individual. Un fundador reconocido por creyentes de distintas religiones y por personas sin fe podría quedar asociado, en la representación pública, con una pertenencia confesional presentada como fundamento de la cubanidad. La inquietud de Ichikawa no reside simplemente en que Varela fuera sacerdote, condición que nadie podría sustraer de su pensamiento, sino en que esa condición proporcione a una institución una ventaja para administrar un patrimonio compartido. De ahí la formulación del capítulo Santo sin libertad, donde la canonización se imagina como un cierre del archivo interpretativo (pp. 22-24). A nuestro juicio, el autor identifica una desigualdad de autoridad que merece discutirse, aunque exagera cuando supone que el monopolio del legado sería inevitable y estaría justificado con pleno derecho. Una sanción religiosa puede aumentar la influencia de ciertas lecturas, pero no elimina la legitimidad de la investigación histórica ni demuestra que toda recepción futura deba someterse a ella.

En las cartas dirigidas a José de la Luz y Caballero que abren la segunda parte, el personaje abandona el reposo del retrato conmemorativo y aparece atrapado en una dificultad editorial muy concreta. Quiere saber qué ha ocurrido con los ejemplares enviados a La Habana, necesita recuperar los gastos y llega a proponer que se le devuelvan para venderlos en otro lugar o quemarlos. Al reconocerse como escritor y editor sin fondos, el propio Varela introduce una relación entre generosidad y falta de medios que desarma cualquier descripción demasiado complaciente de su empresa intelectual (pp. 27-29). Aquí la argumentación de Ichikawa encuentra un apoyo especialmente firme, puesto que la cita permite comprobar el desencanto sin depender de una reconstrucción psicológica externa. El pensamiento viaja en libros que alguien debe imprimir, anunciar y comprar, y la distancia entre el prestigio atribuido posteriormente a una obra y su circulación inicial adquiere una presencia casi material.

Cuando Varela identifica el escaso recibimiento de Cartas a Elpidio con el desprecio hacia su persona, la correspondencia revela hasta qué punto el escritor había comprometido su imagen de sí mismo en aquella publicación. Ichikawa aprovecha esa confesión para cuestionar los relatos que dan por sentada una influencia inmediata y multitudinaria sobre la juventud cubana. El señalamiento es pertinente, aunque exige distinguir la recepción de esos volúmenes en 1839 de la influencia docente anterior del sacerdote y de las distintas apropiaciones posteriores de su obra. Un mal resultado de ventas, una ausencia de publicidad y el sentimiento de abandono de un autor no equivalen, sin más, a la inexistencia de sus efectos intelectuales. La observación más fecunda consiste en abrir una investigación sobre esos tiempos de recepción, cuya historia no puede sustituirse por la seguridad del panegírico ni por la impaciencia del desmitificador.

Bajo la invención de Elpidio, al que la escritura proporciona disponibilidad y docilidad, Ichikawa descubre una respuesta a la soledad del exiliado. El interlocutor ausente permite prolongar una conversación con la isla cuando la correspondencia real y la circulación del libro no garantizan la compañía deseada. Esta interpretación ilumina la dimensión afectiva del género epistolar, aunque no basta para explicar por completo la elección de un destinatario literario, que también pertenece a una tradición pedagógica y retórica. El ensayo insiste en la infelicidad de Varela y llega a reconocer en sus juicios envidia, rencor o resentimiento. Tales términos describen la impresión del lector Ichikawa, mientras que las quejas por el dinero y por el silencio de los corresponsales constituyen testimonios más directos. Mantener esa diferencia permite apreciar la sensibilidad del retrato sin atribuir a la conjetura el valor de una prueba concluyente.

En la interpretación de la impiedad como experiencia de los vivos que desean lo que no son y temen aquello que no conocen, la glosa alcanza uno de sus momentos más personales. Las páginas 32 y 33 sitúan a Dios y a los muertos fuera de esa inquietud, reservando a la existencia humana el espacio de la ilusión y del desasosiego. La prosa se desprende parcialmente de la explicación histórica y se acerca a una meditación sobre el deseo, la muerte y la imposibilidad de descansar en la propia condición. Conviene advertir que esa elaboración llega al lector a través de Ichikawa y no debe adjudicarse íntegramente a Varela como si fuera una definición literal de sus cartas. La distinción no disminuye el interés del pasaje, que muestra cómo el crítico se apropia de una cuestión ajena para pensar con voz propia, aunque sí delimita el uso que podría hacerse de él en una reconstrucción del pensamiento vareliano.

A través del capítulo Un hombre contento, la incomodidad con la propia existencia se desplaza hacia una crítica de los hábitos políticos cubanos que convierten el disfrute en una actividad necesitada de excusas. Las evocaciones del carnaval de la Calle Ocho, de los nombres solemnes dados a reuniones y polémicas y de la culpa que acompaña al placer muestran el modo en que Ichikawa enlaza su lectura del siglo XIX con el ambiente del exilio. La secuencia que encuentra en Varela, desde el gobierno hacia el orden y desde el orden hacia el contento, le permite preguntar por el fin de la vida social (pp. 34-35). Si el orden se justifica por el bienestar que hace posible, una política que reclama sacrificios interminables pierde la finalidad que decía proteger. Sin embargo, la idea de un pueblo naturalmente grácil y gozador tiene algo de generalización identitaria. El autor debe cuidarse de no reemplazar el cubano heroico de sus adversarios por otro cubano esencial, definido de una vez por el comercio y el placer.

En el examen de la oposición entre militancia eclesiástica y enseñanza de la libertad, la incomodidad de Varela ante Grocio introduce un límite que el elogio pedagógico suele dejar sin explorar. Ichikawa pregunta qué acceso a otras tradiciones intelectuales puede ofrecer un maestro cuando el desacuerdo se formula mediante acusaciones de delirio y miseria espiritual. Asimismo, al relacionar la Revolución francesa con el problema posterior del anticlericalismo revolucionario cubano, objeta las explicaciones que atribuyen la persecución religiosa únicamente a errores individuales (pp. 36-39). La comparación amplía el debate sobre las genealogías ideológicas, aunque requeriría más documentación para alcanzar una demostración histórica suficiente. En cuanto al juicio concreto sobre Grocio, el lector recibe una cita de Varela y una objeción de Ichikawa, pero no el cotejo detallado con la obra del pensador neerlandés, que sería necesario para resolver la disputa.

Entre la consideración de Tomás de Aquino y el comentario sobre el despotismo ilustrado, las glosas pasan de los límites impuestos al gobernante a las apariencias que vuelven aceptable su dominio. Ichikawa reconoce en Varela una sospecha particularmente valiosa hacia el poder que invoca las luces, la prudencia o el bien futuro para exigir obediencia (pp. 39-43). Bajo la amenaza de un porvenir funesto, la población puede tolerar en el presente medidas que de otro modo rechazaría, mientras el gobernante representa su decisión como un doloroso deber. La observación permite comprender la afinidad entre protección y subordinación sin reducirla a una simple maldad personal. Aunque las alusiones a un posible déspota generoso en Cuba poseen una evidente intención contemporánea, la mejor contribución del pasaje consiste en devolver al lenguaje benévolo del poder la posibilidad de ser examinado como instrumento de dominación.

Cuando las glosas llegan a la clase militar y a la judicatura, el desacuerdo se vuelve más preciso y menos dependiente de la insinuación. Varela defiende la obediencia como principio de la milicia, pero intenta reservar una dignidad moral al soldado honrado que, obligado a actuar injustamente, limitaría el daño a lo que exige la orden. Ichikawa señala la dificultad de ese consuelo, puesto que el pueblo atacado no tiene por qué reconocer un hermano en quien lo agrede con dolor (pp. 43-45). En la crítica a los abogados, cuyo catálogo de vicios resulta extraordinariamente áspero, el sacerdote muestra una irritación que cuestiona la imagen de una moderación invariable. Ambos pasajes revelan la tensión entre una condena moral y las obligaciones de un cuerpo institucional. Para el lector actual, el interés consiste en advertir los límites internos del argumento, sin exigir al texto del siglo XIX que resuelva por anticipado todos los debates posteriores sobre responsabilidad y obediencia.

En las páginas dedicadas al templo y a la respuesta de san Ambrosio ante Teodosio, la Iglesia aparece como un lugar de protección de la libertad cuya eficacia depende, sin embargo, de unas condiciones determinadas. La igualdad de los fieles convive con una sumisión considerada justa, mientras el ideal de una nación semejante a un inmenso templo extiende hacia la sociedad una forma de orden religioso. Al detenerse en el arrepentimiento del emperador, Ichikawa advierte que la elocuencia del obispo tiene fuerza dentro de una autoridad que el propio gobernante reconoce (pp. 47-50). Frente a un déspota que no acepta esa jurisdicción espiritual, la amonestación puede carecer de efecto. Esa observación resulta decisiva para impedir que una escena ejemplar funcione como una receta política universal. La palabra no actúa fuera de toda relación de poder, incluso cuando sus defensores la presentan como una victoria exclusiva de la virtud.

Al comentar los juicios de Varela sobre jóvenes y mujeres, Ichikawa reconoce que sería necesario un estudio especializado capaz de situarlos dentro de la historia de las ideas, pero deja ese examen apenas iniciado. Las reservas contra Fanny Wright y la recomendación de orientar a los adolescentes hacia saberes prácticos muestran que la confianza en la educación no elimina la voluntad de dirigir y restringir determinados intereses (pp. 50-52). Más desarrollada aparece la lectura del silencio como respuesta a la polémica y del respeto social como freno al insulto. El trato civilizado no requiere siempre una simpatía íntima, puesto que puede sostenerse sobre la conciencia de que la agresión pública desacredita a quien la ejerce. Al recuperar ese realismo, el ensayo encuentra una alternativa a la inflación del debate, aunque el contraste entre la recomendación del silencio y la propia beligerancia verbal de Ichikawa añade una contradicción productiva al conjunto.

En el comentario de la llamada religión de los nadas y del relato sobre Rousseau, Diderot y el concurso de Dijon, la pluralidad de creencias se cruza con el problema de la originalidad intelectual. Varela sospecha de una condescendencia que, al pretender agradar a todos, vacía el compromiso dogmático, mientras Ichikawa reconoce en el gesto de oponerse mecánicamente a la opinión dominante una técnica para obtener visibilidad con escaso trabajo (pp. 52-56). La crítica a esa singularidad calculada conserva su fuerza aun cuando el relato de Marmontel no se acepte como una explicación definitiva de la obra de Rousseau. Resulta interesante que un autor tan inclinado al desacato advierta contra la pose del discrepante, pues de ese modo expone su propia escritura a la regla que formula. Para que el desacuerdo merezca consideración deberá demostrar algo más que el deseo de ocupar un lugar llamativo en la conversación.

Ante la riqueza eclesiástica, el sacerdote adopta una defensa que Ichikawa presenta con claridad, sin ocultar su propia distancia. La institución necesita recursos para hacer el bien y un decoro que sostenga su prestigio ante la sociedad, aunque las virtudes deban constituir su dignidad principal. La glosa permite comprender el punto de vista de quien no concibe la pobreza como obligación absoluta de todo cuerpo religioso (pp. 56-59). A la vez, la denuncia de quienes recaudan dinero bajo los disfraces de la fe o del patriotismo extiende la crítica hacia los aprovechamientos materiales del sentimiento colectivo. El pasaje se enlaza con el reconocimiento de que el exilio ha dejado de ser un accidente pasajero. Un escritor que no prevé el regreso necesita pensar de otra forma sus vínculos con la patria y sus condiciones de subsistencia, cuya realidad no queda resuelta mediante la celebración de su desprendimiento.

Bajo el examen de la superstición, que ocupa buena parte de las glosas del segundo tomo de Cartas a Elpidio, surge una dificultad inseparable de la pertenencia confesional de Varela. Criticar las creencias supersticiosas puede favorecer el juicio racional, pero también puede servir para excluir a los competidores de la religión considerada verdadera. Ichikawa advierte esa ambivalencia y distingue entre herejía, superstición e impiedad, categorías que no deben tratarse como nombres equivalentes de un mismo adversario (pp. 59-62). Cuando Varela describe un orden social sostenido por la credulidad, el chiste y la indolencia, el problema alcanza incluso a los críticos que confunden la burla con una oposición eficaz. En este punto, el ensayo cuestiona indirectamente una de sus propias herramientas. La jarana puede desinflar un prestigio, pero también puede proporcionar a quien se burla la satisfacción que lo dispensa de actuar o de argumentar con mayor profundidad.

Al considerar la política como una actividad tentada por el placer de mandar, las páginas 62 a 66 descubren una afinidad entre la crítica religiosa de la idolatría y la sospecha ante el poder. Ichikawa encuentra en Varela un gesto que llama anarquista, aunque el texto no permita atribuir al sacerdote una adhesión doctrinal al anarquismo. La fuerza de la glosa reside en presentar la tiranía como una posibilidad de la práctica gubernativa y en exigir precauciones ante la alianza del trono con el altar. Las dos definiciones de Iglesia que reproduce, como comunidad de fieles y como cuerpo jerárquico, permiten distinguir la misión espiritual de los privilegios y dependencias de sus ministros. Resulta revelador que el autor imagine, en un comentario añadido, que la existencia de santos oficialmente reconocidos podría reducir la presión de las ejemplaridades comunistas y exiliares. La consagración que antes teme como cierre del pensamiento aparece aquí como un posible alivio frente a otros modelos opresivos.

A través del capítulo El culto al presente, el rechazo del sacrificio encuentra su formulación más convincente. Varela concede a las generaciones futuras un lugar en nuestros buenos deseos, pero les niega el derecho a exigir la destrucción del bienestar de quienes viven ahora. Ichikawa reconoce en ese argumento una objeción a la demagogia que aplaza indefinidamente el cumplimiento de sus promesas (pp. 67-68). El deber con el presente incluye la mejora de uno mismo y de la sociedad habitada, de manera que no puede reducirse a una invitación al goce inmediato ni a una indiferencia hacia la posteridad. La precisión aumenta el valor político del pasaje, puesto que permite criticar el chantaje del futuro sin renunciar a la responsabilidad. A nuestro juicio, estas páginas justifican especialmente la recuperación del Varela humano, cuya preocupación por la vida efectiva ofrece una resistencia interna a la apropiación sacrificial de su nombre.

En la sospecha hacia el martirio buscado como vía de reconocimiento, la relación entre víctima y tirano se vuelve más incómoda. Según los pasajes que Ichikawa comenta, quien desea ser mártir puede necesitar un perseguidor y provocar la ocasión de sufrir para confirmar su identidad (pp. 69-70). La observación ilumina ciertos aprovechamientos de la desgracia, pero no autoriza a suponer que toda víctima participa voluntariamente de la violencia que padece. La crítica debe conservar esa frontera para que el análisis de una teatralización no termine desatendiendo una injusticia real. Del mismo modo, la desconfianza de Varela ante los milagros fingidos no equivale a una negación del milagro. El sacerdote quiere distinguir el portento atribuido por competencia y vanidad religiosa de aquello que considera una intervención auténtica, diferencia que el ensayo utiliza para volver más exigente cualquier futura afirmación milagrosa asociada a su figura (pp. 70-73).

Cuando la crítica de la superstición conduce a separar de los sacramentos a quienes compran y usan ciertos libros, el ejercicio del juicio deja ver una consecuencia disciplinaria inequívoca. Ichikawa señala que, dentro de ese argumento, la libertad individual queda subordinada a la autoridad encargada de proteger la comunidad religiosa (pp. 73-76). La observación está sostenida por el pasaje que reproduce y permite discutir la amplitud que puede darse a una descripción de Varela como defensor de la libertad. Asimismo, los episodios de falsos profetas y pretendidos cristos, contados con satisfacción y aspereza, muestran una capacidad narrativa que la imagen del santo moderado tiende a suavizar. Sin embargo, no todos los relatos agrupados bajo el humor negro poseen la misma gravedad. El desenmascaramiento cómico de un impostor y la muerte de un niño durante una supuesta resurrección requieren respuestas morales distintas, aun cuando ambos revelen los daños de la credulidad.

Al distinguir la tolerancia teológica, la social y la legal, el tramo final de las glosas proporciona una de las aclaraciones conceptuales más necesarias. Varela admite la convivencia respetuosa y el amparo civil del creyente ajeno, mientras rechaza que deba aceptar como verdaderos todos los dogmas (pp. 78-83). Ichikawa reconoce la diferencia, aunque en algunos momentos presenta esa coexistencia como un fingimiento que no parece inevitable. Se puede respetar sinceramente el derecho de otro a sostener una creencia sin compartirla ni proyectar que sea verdadera. La objeción del sacerdote al proselitismo también necesita un matiz, dado que el deseo de persuadir a alguien no viola necesariamente la tolerancia social o legal, salvo que incorpore coacción o acoso. La importancia de estas páginas consiste en mostrar que convicción y convivencia no se excluyen por definición, y que la validez del orden norteamericano puede ser reconocida por Varela sin que desaparezca su crítica religiosa a los Estados Unidos.

En la tercera parte, la lectura de Pasión por Cuba y por la Iglesia cambia el objeto inmediato del examen y hace visible el modo en que una biografía interviene en la organización del pasado. Ichikawa no acusa a monseñor de Céspedes de ignorar a Varela, sino que reconoce su saber, su calidad de escritor y su fidelidad institucional. Precisamente desde ese reconocimiento pregunta por la selección de los episodios que permiten presentarlo como figura de consenso entre la isla, el exilio y los Estados Unidos (pp. 87-92). El interés de la Iglesia por una memoria conciliadora no es necesariamente clandestino, puesto que el propio biógrafo declara la utilidad del personaje para esclarecer relaciones y reducir distancias. El salto más discutible consiste en tratar esa finalidad explícita como prueba suficiente de una estrategia de apropiación cuyo alcance total el libro no documenta. La lectura crítica de una intención debe sostenerse sobre los procedimientos del texto y no solamente sobre la pertenencia de quien escribe.

A través de las plazas de La Habana, de su economía de tránsito y de la reconstrucción de la infancia floridana de Varela, Ichikawa observa cómo el contexto histórico va adquiriendo una dirección biográfica. La permanencia espacial de la autoridad católica, la importancia del comercio, las relaciones entre Cuba y Florida y la formación irlandesa se integran en una imagen capaz de servir a necesidades actuales (pp. 92-104). Especialmente atendible resulta el señalamiento del paso desde una hipótesis prudente sobre la infancia hasta una narración más segura de sus circunstancias. La continuidad entre nacimiento, formación y muerte puede producir una impresión providencial que desborda los datos disponibles. Sin embargo, algunas inferencias del crítico son más frágiles. La adjetivación condenatoria de la esclavitud no demuestra por sí misma una ambivalencia racial del biógrafo, y la presencia de un educador irlandés no prueba que su función haya sido elegida para neutralizar políticamente las herencias española y norteamericana.

Ante las fuentes utilizadas para narrar el juramento constitucional de Cagigal, el ensayo ofrece un ejemplo concreto de cómo una decisión historiográfica puede modificar la distribución de protagonismo. La opción por el acto de la Catedral coloca al obispo en el centro de la escena, mientras la versión de la Plaza de Armas acentúa su carácter civil (pp. 109-112). Ichikawa ve en la preferencia una lealtad ideológica, pero no resuelve documentalmente si las fechas y lugares corresponden a actos distintos de una misma secuencia o a testimonios verdaderamente incompatibles. Esa comprobación sería necesaria antes de concluir que el relato ha desplazado el origen constitucional con el propósito de favorecer a la Iglesia. Aunque la glosa no cierre el asunto, su pregunta resulta útil al exigir que las diferencias entre proclamación, juramento y entrada en vigor sean examinadas y que la fuente preferida no reciba autoridad únicamente por su conveniencia narrativa.

Cuando las oposiciones a la Cátedra de Constitución y las gestiones de Varela en Madrid se presentan como episodios atravesados por patronazgo, el relato de la modernización educativa pierde su aparente inocencia. La retirada de los demás aspirantes y el apoyo del obispo permiten a Ichikawa cuestionar la imagen de una competencia plenamente abierta, aunque no basten para reconstruir todas las razones de los participantes (pp. 112-114). A su vez, la defensa del Seminario frente a la Universidad muestra que una iniciativa susceptible de producir beneficios públicos puede estar ligada a intereses institucionales particulares. El crítico se excede cuando parece hacer excluyentes el favor al obispo y el servicio a Cuba, puesto que ambos podían coincidir. También la brevedad del desempeño constitucional y parlamentario invita a medir los elogios, pero no determina por sí sola la escasa trascendencia de una enseñanza o de un proyecto legislativo (pp. 114-117).

En la última parte, el milagro regresa como problema de conocimiento y como acontecimiento público que puede quedar expuesto a la burla, especialmente cuando internet permite discutir materias antes reservadas a pequeños círculos. Ichikawa advierte que la demostración médica de una curación inexplicada y su interpretación religiosa no pertenecen a un mismo orden de afirmaciones (pp. 121-127). El prólogo había introducido testimonios sobre una comisión médica, mientras el ensayo examina las dificultades generales de hacer aceptable el hecho milagroso dentro de una sociedad escéptica. Nuestro análisis debe conservar una distinción que el libro no siempre formula con suficiente precisión. La falta de una explicación natural disponible no prueba por sí misma una intervención sobrenatural. La valoración religiosa requiere otros presupuestos y no puede presentarse como una conclusión obligatoria del conocimiento médico. Esta reserva permite atender al argumento sin convertir la reseña en una verificación de casos que el volumen no documenta íntegramente.

Bajo las reflexiones sobre Bertone, Obama y Benedicto XVI, el debate termina desplazándose hacia la relación entre verdades universales y reivindicaciones de singularidad. Ichikawa observa que el universalismo cristiano y la afirmación de ciertos derechos compartidos pueden enfrentarse a una retórica oficial cubana que invoca su diferencia para resistir el juicio externo (pp. 127-134). Aunque reconoce que lo universal puede emplearse de manera discriminatoria, también señala cómo la excepcionalidad nacional puede blindar prácticas de gobierno. El argumento resulta fértil mientras distingue los contenidos de cada universalismo. La defensa religiosa de una verdad, la promoción de derechos civiles y la conveniencia diplomática de una alianza no son equivalentes por compartir una aspiración general. Asimismo, las conversaciones imaginadas entre los representantes del poder funcionan como recursos satíricos, cuya expresividad no debe confundirse con el testimonio de un intercambio efectivamente ocurrido.

En el registro verbal que reúne vocabulario filosófico con términos de la conversación cubana, la crítica intenta devolver a los pensadores una proximidad que la solemnidad les habría quitado. Expresiones como numerito, paripé, jarana o tumbadores interrumpen la distancia académica y permiten que el lector reconozca prácticas conocidas bajo los nombres prestigiosos de la cultura. La mezcla posee una intención consecuente con el argumento, puesto que se resiste a que el respeto exija una lengua ceremonial. A veces, sin embargo, la calificación llega antes que la explicación y obtiene una complicidad cuyo efecto puede ahorrar al autor el trabajo que reclama de sus adversarios. Algo semejante ocurre con las alusiones eruditas y las atribuciones que no reciben una referencia bibliográfica completa. El libro tiene mayores exigencias de comprobación cuando cita un documento preciso que cuando moviliza una frase célebre como apoyo incidental de su razonamiento.

En las repeticiones de la advertencia del postulador, de la soledad del exiliado y de la presión ejercida por la ejemplaridad permanece la marca de una escritura por entregas que necesita recordar sus antecedentes. Reunidas las glosas, esa insistencia produce un ritmo circular y, en ciertos tramos, demora un desarrollo que podría ser más concentrado. La irregularidad visible en la numeración de uno de los apartados de la segunda parte también pertenece al acabado editorial y no a una decisión interpretativa. Con todo, la sucesión de apuntes permite acompañar una lectura que cambia de opinión, concede valor a un adversario y vuelve sobre una dificultad que no consigue resolver de forma definitiva. Esa movilidad tiene más interés que una seguridad uniforme, aunque el conjunto habría ganado con una revisión que redujera reiteraciones y precisara mejor la distancia entre el testimonio citado, la interpretación y la hipótesis política.


Prologo / Armando de Armas

El ensayo Antes del veredicto, del reconocido intelectual cubano Emilio Ichikawa, resulta un pormenorizado estudio acerca del proceso y esfuerzo por elevar a los altares al pensador e independentista cubano del siglo XIX, Félix Varela. Texto en que con humor fino y olfato detectivesco el escritor se adentra en los entramados non sanctos de la santificación y empieza por recomendar a rajatabla, a quien quiera verse un día canonizado, que no se le vaya a ocurrir ni de broma escribir una bendita; maldita letra en este caso. 

Emilio expone la sempiterna pelea entre santidad y racionalismo sin zanjar la problemática, con la facilona solución, de negar realidad y poder a la santidad frente al racionalismo, tan correctón y bien visto en los días de la modernidad extrema, y se pregunta con sagacidad y sarcasmo: «¿Qué puede la investigación científica, por más rigurosa que sea, ante la autoridad de aquellos que han activado la santificación de un pensador, sacándolo de la historia? La Iglesia y sus intelectuales orgánicos monopolizarán el legado intelectual del Padre Varela; y hay que decir que, una vez lograda la canonización, ese monopolio estará justificado y será ejercido con todo derecho.»

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Etiquetas: Antes del veredicto,canonización,Cuba,Emilio,Ensayo,Exodus,Feliz,historia,Ichikawa,libros,padre,Varela

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  • Viento tormentoso

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