El mito de Roosevelt y la Cuba republicana

Por Galán Madruga

Inscrito en la tradición republicana y socialista del antiimperialismo cubano, atento a la defensa de la nación y provisto de los instrumentos de un marxismo crítico, «Cuba, 1898-1921. Partidos políticos y clases sociales«, de Jorge Ibarra Cuesta, es una obra que merece ser leída para tener una idea de las relaciones de poder que acompañaron el nacimiento de la República. El libro supera las cuatrocientas páginas y examina las clases sociales y los partidos políticos de aquellas décadas; aquí nos detendremos en una zona de esa investigación, la función del mito en la representación de la República durante sus primeros veinte años.

La muerte de Theodore Roosevelt, ocurrida en enero de 1919, reunió en una ceremonia fúnebre a políticos cubanos que habían hecho de la discordia un oficio y que, según sospecha Ibarra, encontraron en el homenaje al antiguo presidente una ocasión para expresar sus afinidades; la gratitud al difunto, más duradera que la emoción del duelo, custodiaba un acuerdo sobre el origen y el destino de la República; detrás de la imagen del amigo busca los términos de una dependencia que algunos de sus beneficiarios habían aprendido a llamar libertad. Al seguir los hechos y las palabras que los ordenan, Ibarra examina el mito de Roosevelt, capaz de reunir a hombres enfrentados por la política y de dar una apariencia familiar a las relaciones con los Estados Unidos; Ibarra quiere saber cómo se formó esa imagen y qué compromisos permitió justificar.

El periódico El Triunfo anunció a «Cuba de duelo por la muerte de su mejor amigo» y resumió los méritos del difunto con una fórmula que Ibarra recoge: «Luchó por la independencia cubana, nos dio la república y la mantuvo para la democracia y la libertad». En el verbo dar está la distribución de los papeles que Ibarra somete a juicio: los cubanos habían combatido por su independencia, pero la República figuraba como un obsequio extranjero, y quien recibe una patria de manos ajenas corre el riesgo de confundir la soberanía con una deuda. El mecanismo de aquella operación consistía, según Ibarra, en conservar los hechos y apartar las circunstancias que podían explicar su sentido. El historiador escribe: «El mito histórico siempre significa un compromiso. Él conserva la referencia a los hechos históricos concretos, pero éstos siempre pierden en él “su recuerdo de fabricación”. Los hechos son mencionados, pero nunca analizados. Se enumeran en el orden de su aparición, pero nunca se explican» (Ibarra, p. 381).

La operación por la cual el mito hace pasar por natural lo que tiene una historia, estudiada por Roland Barthes, encuentra en Ibarra una materia precisa: los episodios de la intervención norteamericana, que permanecen visibles mientras el relato aparta las relaciones de poder que harían discutible su conclusión. Roosevelt participó en la guerra, ocupó la presidencia durante la instauración republicana y tomó decisiones sobre Cuba; enumerar esos actos no basta para probar que todos obedecían al propósito de asegurar la soberanía de la isla. La lectura de Hans Blumenberg, para quien el mito da nombres a fuerzas que exceden nuestro dominio, suscita una pregunta ante los testimonios reunidos por Ibarra, pues la imagen del protector podía hacer menos incierta la relación con Washington; no sabemos por ello si todos los dirigentes compartían el mismo temor, pero sus declaraciones invitan a examinar qué esperaban de aquella amistad.

Fernando Ortiz deseaba que «la herencia del padrino (Roosevelt) no la despilfarre el tutor», frase que Ibarra recoge entre las versiones del homenaje y en la cual el padrino y el tutor representaban al mismo poder extranjero, si bien la diferencia entre ambas figuras le daba al político cubano palabras para reprochar la conducta presente sin renunciar a la protección que atribuía al pasado; la protesta necesitaba de la tutela cuya extensión pretendía contener. Al lamentar la pérdida del auxiliador de las pequeñas nacionalidades frente al «peligro de absorciones», Carlos Mendieta expresaba un temor que Ibarra reconoce en el comportamiento de las dirigencias, mientras la lectura de Blumenberg ayuda a considerar el alivio que podía ofrecerles un benefactor reconocible, sin que por ello debamos atribuir a todos los protagonistas idénticas razones.

Los testimonios semejantes que conservadores, liberales y miembros de una minoría más crítica dejaron sobre Roosevelt, pese a sus desacuerdos, ocupan en la investigación de Ibarra un lugar dentro de la trama de relaciones sociales y políticas; queda al lector la tarea de distinguir, en cada homenaje, lo que pudo haber de convención fúnebre, cálculo o creencia. El Roosevelt de los discursos y retratos procedía de una selección de episodios históricos, dispuestos de tal suerte que el hombre apareciera como protector y que los vínculos establecidos con él pudieran recordarse sin recelo; para que el mito cumpla su oficio no es preciso que todos sus hechos sean falsos; basta con que el orden del relato vuelva aceptables las relaciones que les dieron origen.

Ibarra explica la función política de esa narración: «El mito de Roosevelt tendía a legitimar históricamente la función de intermediario que había desempeñado con respecto al Gobierno estadounidense. Cuando se afirma que Roosevelt fue un paladín de la Independencia, la República, la libertad, se están justificando las relaciones que se sostuvieron en el pasado con el “grande hombre”, las que dieron lugar al tipo de República e independencia alcanzada por los cubanos» (Ibarra, fragmento sobre el mito de Roosevelt, pp. 378–393). La absolución del benefactor alcanzaba a quienes habían pactado con él. Si su voluntad había favorecido la libertad cubana, los acuerdos podían presentarse como continuación de la empresa independentista, y el prestigio de los veteranos respaldaba la genealogía emancipadora de los acuerdos. El amparo ofrecido por la narración tenía así un costo político. La confianza ayudaba a sostener el vínculo del cual procedía la inseguridad, hasta dificultar que se concibiera una soberanía ajena a la tutela agradecida.

El vínculo que Ibarra establece entre el homenaje y los compromisos de los mediadores cubanos ilumina la política de aquella generación, si bien la coincidencia de las dirigencias no demuestra que la población entera compartiera sus creencias, como tampoco borra las discrepancias de quienes acudieron al lenguaje común del elogio. La pregunta que Ibarra dirige a los homenajes merece alcanzar su propia escritura, en la cual el antiimperialismo orienta la elección del problema y la sospecha con que escucha a los antiguos independentistas, pues la soberanía constituye la medida con la cual juzga los acuerdos de la República. El elogio de Roosevelt resulta problemático para quien reconoce una contradicción entre la emancipación proclamada y las facultades concedidas al poder extranjero. Ibarra interroga la gratitud porque rechaza que la libertad cubana deba su fundamento a una autoridad capaz de restringirla. La elección permite recuperar conflictos que el ceremonial fúnebre había omitido, pero establece también el horizonte dentro del cual los testimonios recibirán su explicación.

En la presentación de su libro, Ibarra relaciona los instrumentos legales con la organización económica: «La Enmienda Platt y el Tratado de Reciprocidad Comercial constituirían las premisas jurídicas, políticas y económicas, a partir de las cuales, se establecerían y desarrollarían los mecanismos de penetración imperialista. Las posibilidades objetivas de un desarrollo capitalista independiente eran condenados, de esa manera, por los mecanismos de dominación neocoloniales que le arrebatarían el excedente económico a la burguesía doméstica cubana y española» (Ibarra, «Una presentación necesaria», pp. 1–14). «Nos dio la república»: en esas palabras la nación que había combatido por su independencia figura como destinataria de un favor, y las autoridades llamadas a gobernarla deben su reconocimiento a un poder que conserva facultades de intervención. Ibarra examina los intereses de quienes hallaron en aquel arreglo una posición desde la cual actuar y mandar.

La preferencia por Georges Dumézil frente a Claude Lévi-Strauss precisa el alcance de la elección teórica de Ibarra, para quien Lévi-Strauss remite las formas míticas a una lógica subyacente del espíritu, mientras Dumézil las relaciona con las estructuras de las sociedades que las producen. El historiador cubano favorece la segunda vía porque conoce los nombres, las trayectorias y las posiciones sociales de los autores del homenaje. Ibarra formula su apuesta metodológica: «En efecto, la posición privilegiada que disfrutamos por el hecho de asistir al nacimiento del mito en cuestión, nos permitirá vincular genéticamente los distintos relatos o versiones de los fabuladores del mito a determinadas estructuras sociales. Las personalidades políticas cubanas que elaboraron las distintas versiones míticas de la intervención de Roosevelt en diversos momentos de la historia republicana, pertenecían a las tendencias políticas fundamentales de la época y respondían a las determinaciones de las estructuras sociales que hemos estudiado cuidadosamente en este trabajo» (Ibarra, fragmento sobre el mito de Roosevelt, pp. 378–393). La palabra genéticamente designa aquí la explicación de su formación histórica. El mito de Roosevelt ofrece un caso cuyos productores pueden identificarse, de modo que la investigación promete avanzar más allá de una comparación de formas.

La elección de Dumézil responde al propósito de relacionar los relatos con la posición social de sus autores y de averiguar por qué una misma imagen podía reunir a políticos rivales, una búsqueda que lleva a Ibarra hasta los compromisos que el elogio ampara, si bien la pertenencia a una clase o a una tendencia no resuelve por sí sola el sentido de cada testimonio. Al observar que a la «Independencia» y a la «República» «se les ha suprimido su historia, no su existencia», Ibarra repara en dos palabras que permanecen en los homenajes, pero ya no obligan a interrogar las condiciones políticas en que se hizo la República; la lectura de Barthes esclarece esa pérdida, y la investigación de Ibarra identifica a quienes hablaron y los vínculos que sus palabras ayudaban a preservar.

Boas y Mauss aparecen en la investigación a propósito de la coincidencia entre hombres que no habían concertado sus respuestas, un problema cuyo examen conduce a Ibarra hasta los hábitos del lenguaje político, sobre los que escribe: «Debe pensarse que estos modos de pensamiento a los que se refiere Boas están pautados e inscritos en el lenguaje político de una época. La repetición de determinados modos de significación crea unos hábitos mentales, los cuales conforman las expresiones de ese lenguaje particular que es el lenguaje político, de igual modo que los otros lenguajes» (Ibarra, fragmento sobre el mito de Roosevelt, pp. 378–393). La cita de Mauss alude a «hábitos que dirigen la conciencia, en sí inconscientes». Freud, Jung y Lévi-Strauss aparecen como posibilidades de explicación que el historiador no asume hasta sus últimas consecuencias. Prefiere un sentido más restringido de lo inconsciente, referido a lo espontáneo y no premeditado. Marx, citado a propósito de la elaboración inconsciente de la mitología, respalda el enlace de la fantasía colectiva con las formas sociales.

Dumézil, Barthes, Boas y Mauss acompañan a Ibarra en esta pesquisa por razones distintas: los relatos, su relación con la sociedad y los hábitos de quienes los repiten exigen preguntas que un solo método difícilmente podría responder. El mérito de esa reunión se reconoce en la lectura de los testimonios, donde todavía queda por distinguir la convención, el interés y la convicción. El temor al protectorado o a la anexión favorecía, según Ibarra, el acuerdo de las dirigencias, aun cuando Varona, Sanguily y Márquez Sterling representaban para él una minoría que podía invocar la Enmienda Platt como freno sin aspirar a perpetuarla; cabe preguntarse cuánto explica la función atribuida al mito del afán de conservar una posición política y cuánto de los esfuerzos por defender una autonomía amenazada.

La figura del benefactor extranjero, capaz de justificar relaciones de dependencia, invita a mirar otras representaciones que hicieron de un dirigente la garantía de la libertad nacional, si bien la comparación no pertenece a los fragmentos de Ibarra aquí examinados y sería injusto borrar las diferencias entre la República y el orden revolucionario; aun así, el libro deja una pregunta que puede dirigirse a ambos: qué poderes se ejercen en nombre de la emancipación. La différance de Derrida ofrece una vía para volver a la República que los homenajes celebraban: el nombre de independencia remite a una promesa cuyo sentido depende de otras palabras y cuya realización puede quedar aplazada. Esta lectura, ajena al método de Ibarra, llama la atención sobre la distancia entre la soberanía proclamada y las condiciones en que los cubanos podían ejercerla.

Los homenajes de 1919 ofrecían a las dirigencias una manera de recordar sus acuerdos con Washington sin abandonar el vocabulario de la emancipación, pues la memoria del amigo daba forma a sus expectativas y, al mismo tiempo, podía justificar los compromisos cuyo origen el libro de Ibarra se propone examinar. La costumbre de explicar una época por el nombre de un hombre no terminó con los funerales de Roosevelt, pues la memoria revolucionaria otorgó después a Fidel Castro un lugar central en el relato de la soberanía; esa atribución merece su propia investigación, atenta a las circunstancias que distinguen a ambos regímenes. Permanece abierta la pregunta que suscita el libro de Ibarra: qué libertad se proclama, quién puede ejercerla y qué relaciones de poder se ocultan tras la figura del salvador.

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