Por Gregorio Vigil-Escalera –
El arte es una comprensión de un mundo cercado por el dolor y sin confianza en la providencia (Vettese). Y tomándolo como compañero, atravesamos con él las sombras donde la muerte se oculta y los sueños, enfermos, te invitan con el fin de concebir y expresar el espíritu insertado en la humanidad.
Según el mito trágico de Nietzsche, el arte debe dar imagen a todas las cosas terribles, malvadas, enigmáticas, aniquiladoras y funestas que hay en el fondo de la existencia. Al fin y al cabo, los tiempos de penuria, indigencia y miseria espiritual que se suceden dan pie a ello, hacen que sea un continente incontenible sin límite y que su designio sea desbordarse y derramarse por todas las superficies.
Ya es imposible poner en duda u omitir que muchas obras de arte sean fruto del desgarramiento del artista y hasta un reflejo de las contradicciones sociales, económicas y culturales que salen a la luz a cada momento, además de las dudas, cosmovisiones y catarsis que forman el signo de cada tiempo.
De lo que se infiere que el arte, en su definición más esencial y extrema, se manifiesta como expresión suprema del hombre y como un humanismo trágico que no puede ser conciliador ante un futuro completamente encubierto.
Gregorio Vigil-Escalera
De las Asociaciones Internacional y Española
de Críticos de Arte (AICA/AECA)