Otra lectura de «El regreso de los imperios»

Por El Coloso de Rodas

El ventilador sigue girando después de que alguien lo desconecta, conserva durante unos instantes la apariencia de un funcionamiento que ya ha perdido su fuente de energía y solo revela su verdadera condición cuando las aspas comienzan a detenerse. Armando de Armas propone esta imagen en El regreso de los imperios. Diálogos con Armando de Armas, su conversación con Ángel Velázquez Callejas, para explicar la supervivencia de unas sociedades que habrían roto sus vínculos con el principio espiritual que las sostuvo, aunque sus instituciones todavía funcionen y sus habitantes confundan la prolongación del movimiento con la salud del conjunto. Buena parte del libro cabe en la distancia que separa aquellas aspas todavía en marcha del enchufe que alguien retiró, una distancia que los interlocutores examinan mediante la crítica del progreso, la discusión de la autoridad y la búsqueda de formas de pertenencia anteriores al Estado moderno.

La palabra imperio, cargada de imágenes de conquistas, ejércitos y pueblos sometidos, puede llevar a algunos lectores a atribuirle al libro una nostalgia territorial que sus páginas procuran corregir, pues De Armas precisa que su propuesta concierne al regreso de la idea imperial, cuya existencia dependería de una autoridad espiritual anterior y superior a la extensión de sus dominios. El tamaño del territorio carece de valor decisivo dentro de su razonamiento, hasta el punto de que una comunidad pequeña podría participar de esa condición mientras una potencia con bases militares en medio mundo permanecería ajena a ella. Su pregunta apunta a la energía que mueve las aspas, aunque el lector, distraído por el estrépito del título, apenas alcance a ver la máquina y anticipe una defensa de la expansión militar.

Roma, el Sacro Imperio Romano Germánico y la monarquía hispánica proporcionan a De Armas sus principales referencias, interpretadas a partir de una capacidad de reunir pueblos distintos bajo un principio compartido, mientras los antecedentes imperiales de México y Brasil, el proyecto de Colombeia de Francisco de Miranda y la persistencia de una vocación imperial rusa amplían el horizonte de sus conjeturas. Tales referencias cumplen funciones diferentes, pues unas ofrecen modelos de integración cultural y otras señalan espacios donde una memoria imperial podría recobrar expresión política. La exclusión del Tercer Reich y de las expansiones británica, estadounidense y soviética aclara el sentido particular que concede al término, ya que atribuye a esas experiencias formas de dominación material o de homogeneización incompatibles con la diversidad que su ideal desea preservar.

Una reseña que pasara por alto esta distinción acabaría discutiendo con un libro imaginario, sin llegar a examinar la separación que De Armas establece entre la expansión de un poder que reduce las diferencias a su utilidad económica o ideológica y una unidad política capaz de reconocerlas. Su deuda con Julius Evola y Alain de Benoist resulta explícita en la exigencia de una legitimidad que el dinero y la coacción apenas pueden imitar, del mismo modo que el ventilador desconectado conserva el giro después de perder la corriente. La pertenencia, los deberes heredados y el reconocimiento de una autoridad forman, dentro de esta interpretación, el circuito de una vida común que el Estado moderno habría reemplazado por contratos, procedimientos y dependencias financieras, con el consiguiente empobrecimiento de los vínculos que justificaban la obediencia.

Velázquez Callejas introduce en el prólogo una reserva que merece acompañar la lectura, pues su aproximación al renacimiento concede prioridad a unas formas de vida que sobreviven dentro de épocas que parecen haberlas cancelado, antes que a la restitución de instituciones antiguas. El pasado guarda posibilidades todavía activas, hábitos del espíritu y exigencias personales que una sociedad puede olvidar sin haber conseguido destruirlas, mientras De Armas conduce esa intuición hacia una explicación de los ciclos históricos bajo la cual la crisis contemporánea anunciaría el agotamiento de una época y la preparación de otra. La afinidad de los interlocutores favorece la amplitud de las respuestas, aunque reduce las ocasiones en que una objeción podría obligar al entrevistado a precisar el paso de una interpretación cultural a una predicción sobre el destino de las sociedades.

La imagen del ventilador alcanza su mayor eficacia en la crítica de una sociedad que aumenta su velocidad mientras pierde el conocimiento de sus fines, multiplica sus recursos y empobrece la experiencia de sus habitantes, extiende sus comunicaciones y deteriora su capacidad de escucharse. De Armas retrata a un individuo solicitado por deseos que apenas alcanza a reconocer como propios, sujeto a una obligación de movimiento que vuelve sospechosa cualquier pausa y aplaza el examen de la vida presente en nombre de un porvenir mejor. Cada insuficiencia reclama una nueva actualización, un consumo adicional y otra promesa, hasta que el mecanismo prosigue sin que nadie pregunte si tanta actividad conserva algún propósito, una experiencia humana que concede a estas páginas un interés más amplio que las preferencias políticas del autor.

La dificultad aparece al conceder a esa experiencia el rango de una ley de la historia, ya que la falta de un progreso moral asegurado deja abierta la pregunta por el curso de las sociedades sin demostrar que obedezcan a ciclos gobernados por el Espíritu. De Armas recurre a la espiral para explicar que un regreso conserva ciertas esencias y modifica sus formas, con lo cual evita la repetición literal, aunque introduce una flexibilidad que plantea problemas al anunciar acontecimientos. Una caída podría confirmar el ciclo tanto como una recuperación, e incluso la persistencia del viejo orden podría explicarse mediante la duración de su agonía, de manera que el ventilador corre el riesgo de servir para cualquier diagnóstico, ya sea que sus aspas disminuyan la velocidad, se detengan o continúen girando durante un tiempo que la teoría nunca termina de precisar.

La objeción encuentra un antecedente preciso en las Lecciones de historia universal de José María Heredia, cuya lección XL de Historia antigua rechaza que los imperios estén sujetos a una vida orgánica con juventud, madurez y muerte inevitables. En las páginas 239 a 241 del primer volumen de la edición de 1915, Heredia distingue la decadencia necesaria del cuerpo humano de los males políticos que las leyes y las decisiones pueden contener, e incluso cortar de raíz. Su lectura de Roma atribuye a la expansión territorial una responsabilidad que pudo haberse evitado, mientras la capacidad de reforma de las constituciones inglesa y americanas ofrece un recurso para corregir desequilibrios sin destruir el orden entero. La diferencia con De Armas concierne al lugar de la voluntad humana en la historia, pues Heredia reserva a las naciones la posibilidad de alterar su destino mediante instituciones reformables, frente a un retorno cuyo fundamento espiritual excede sus decisiones. El ventilador podría necesitar una reparación de sus mecanismos y de sus conexiones antes que el anuncio de una nueva época, una posibilidad que obliga a distinguir el agotamiento de un régimen de la muerte necesaria de toda una civilización.

La separación entre imperio e imperialismo ayuda a distinguir la autoridad reconocida de la dominación impuesta y a imaginar una unidad política que preserve las particularidades de sus integrantes, aunque pierde consistencia cuando al primero se le atribuyen las virtudes del ideal y al segundo los vicios de las experiencias históricas. Bajo tal reparto, los abusos de una potencia podrían bastar para expulsarla de la categoría imperial, mientras la idea conservaría su pureza al quedar exenta del examen de sus realizaciones. Roma, la monarquía hispánica y el Sacro Imperio tendrían que ser examinados también en sus conflictos internos, en las condiciones de pertenencia y en las distintas posiciones de quienes vivieron bajo su autoridad, aun cuando las respuestas comprometieran parte de la grandeza que el diálogo les reconoce.

La distinción entre auctoritas y poder sostenido por recursos legales o coercitivos ilumina la situación de unas instituciones que conservan sus atribuciones después de perder el respeto público, pero todavía deja pendiente el procedimiento mediante el cual una comunidad reconocería al portador de la autoridad espiritual y limitaría sus decisiones. Un gobernante puede invocar una misión sagrada con la misma facilidad con que otro invoca al pueblo, de modo que la crítica de las falsificaciones democráticas debería conducir a un examen igual de exigente de las falsificaciones espirituales. También existen enchufes dibujados en la pared, conexiones aparentes y hombres dispuestos a declarar que la energía divina pasa por sus manos, una posibilidad que el ideal imperial necesita considerar para que su promesa de legitimidad no dependa de la confianza en las virtudes del soberano.

La defensa de una comunidad capaz de reunir culturas distintas encuentra otra dificultad en las respuestas que vinculan la legitimidad política con la sangre, los ancestros y la permanencia secular en un paisaje, pues el reconocimiento de una tradición necesita explicar la situación del extranjero, del emigrante y del descendiente que rechaza parte de su herencia. Una conversación surgida del exilio cubano contiene motivos suficientes para detenerse en este conflicto, dado que la continuidad cultural puede sostener a quien ha perdido su país y también ser invocada para negarle su lugar. La incorporación de las tesis raciales de Lamar Schweyer vuelve más urgente el examen, pues atribuir las dificultades políticas al mestizaje compromete la pluralidad que el propio ideal imperial afirma proteger y reduce el espacio dedicado a las leyes, las decisiones y las responsabilidades de los gobernantes.

Los pasajes dedicados a Cuba poseen mayor fuerza al separar la nación del régimen que pretende representarla y al buscar antecedentes del desastre en la degradación institucional, la violencia revolucionaria y la sustitución del mérito profesional por la credencial política. El examen de 1933 amplía una discusión que suele comenzar en 1959 y abre un campo de investigación atendible, aunque su rendimiento disminuye cuando la genealogía queda sujeta a una secuencia inevitable o cuando las decisiones de adversarios distintos se explican mediante un único mando financiero oculto. La sospecha puede orientar una investigación, pero necesita documentos, diferencias y relaciones causales que hagan posible distinguir una intervención deliberada de un error, una conveniencia circunstancial o una consecuencia imprevista, sin conceder a un poder secreto la facultad de explicar cualquier desenlace.

La referencia al estudio de Velázquez Callejas sobre el espíritu regional del Cauto lleva la conversación hacia un ámbito que desmiente con especial claridad la interpretación territorial del título, pues una región pequeña podría conservar una fuerza de pertenencia que una gran estructura estatal ha perdido. El imperio aparece entonces como una cualidad de la vida compartida, una relación entre memoria, paisaje y autoridad que precede a cualquier ambición de superficie y que ayuda a comprender por qué De Armas insiste en distinguirlo de la acumulación de recursos y territorios. La intuición merece desarrollarse con una atención equivalente a la capacidad de una cultura para discutir consigo misma, incorporar experiencias nuevas y reconocer a quienes transforman lo recibido sin renunciar a su pertenencia.

Las aspas del ventilador permanecen en la memoria del lector al terminar una conversación que explica la inquietud de De Armas ante unas instituciones todavía activas, aunque privadas, a su juicio, de la razón espiritual de su existencia. La misma imagen señala el límite de su respuesta, pues identificar una pérdida de energía deja por resolver qué corriente debe sustituirla, quién tendrá la facultad de conectarla y qué ocurrirá con quienes rechacen la conexión propuesta. Los imperios de este libro pertenecen a una aspiración de autoridad, continuidad y diversidad cultural que merece algo más que la reacción inmediata ante su nombre, aunque su prueba más difícil comenzaría en el instante de su realización, cuando el poder investido de sacralidad encontrara a un individuo que, en nombre de su propia libertad, se negara a reconocerlo.

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