Por Galán Madruga
Tuve la oportunidad de leer el manuscrito de Una derrota británica en Cuba en 1997, en casa de su autora, Olga Portuondo Zúñiga, tres años antes de que la Editorial Oriente lo publicara en 2000. Aquel documento había formado parte de la discusión de su tesis doctoral en 1989 y conservaba todavía la intensidad de una investigación sometida al examen académico, aunque poseía ya la claridad de un libro destinado a modificar la comprensión de un episodio apenas atendido por la historiografía cubana. La lectura, realizada en la cercanía intelectual y doméstica de la autora, me permitió advertir que no estaba ante una crónica militar limitada a enumerar barcos, mandos y bajas, sino ante una indagación sobre la sociedad oriental que había hecho posible la derrota británica de 1741.
Entre los libros mediante los cuales Olga Portuondo Zúñiga ha restituido al oriente cubano una densidad histórica que la narración centrada en La Habana solía disminuir, Una derrota británica en Cuba ocupa un lugar singular, pues examina la expedición dirigida en 1741 contra Santiago de Cuba por el almirante Edward Vernon y el general Thomas Wentworth, episodio de la Guerra del Asiento cuyo desenlace no puede explicarse mediante una sencilla oposición entre la superioridad naval inglesa y la resistencia española. Publicado por la Editorial Oriente en 2000, reconocido con el Premio de la Crítica Científico Técnica y reeditado en 2015, el volumen devuelve a la campaña su escala caribeña, pero conserva la atención sobre la sociedad santiaguera, sus recursos, sus jerarquías y la forma en que un territorio periférico para la monarquía llegó a ser decisivo dentro de una contienda imperial.
El título contiene ya una elección historiográfica y no anuncia una victoria española, fórmula que habría subordinado el relato a la celebración metropolitana, sino una derrota británica ocurrida en Cuba, con lo cual el centro interpretativo se desplaza hacia el fracaso de una maquinaria expedicionaria y hacia las circunstancias locales que lo hicieron posible. Esa mudanza evita atribuir el resultado a un solo jefe militar o a una batalla culminante. La campaña, extendida desde el desembarco británico en la bahía de Guantánamo durante agosto hasta la evacuación de diciembre de 1741, estuvo compuesta por marchas interrumpidas, fortificaciones provisionales, exploraciones, escaramuzas, obstáculos logísticos, enfermedades y decisiones contradictorias. Su sentido histórico reside menos en un combate espectacular que en la imposibilidad británica de transformar la ocupación de una bahía en el dominio efectivo de una región.
Vernon llegaba precedido por el fracaso de Cartagena de Indias, aunque aún disponía de una fuerza naval considerable y de varios miles de hombres bajo el mando terrestre de Wentworth. La bahía de Guantánamo, rebautizada por los invasores como Cumberland Harbour, ofrecía un fondeadero desde el cual parecía viable establecer una base permanente, controlar el paso de los navíos y marchar contra Santiago. En el cálculo imperial británico, la distancia entre la capital oriental y La Habana, la dispersión demográfica y la aparente fragilidad defensiva de la jurisdicción prometían una conquista de bajo costo. La expedición reveló, sin embargo, la insuficiencia de una mirada que medía el territorio por distancias cartográficas y efectivos disponibles, sin comprender las dificultades de abastecimiento, las comunicaciones interiores ni la capacidad de movilización de sus habitantes.
La defensa encabezada por el gobernador Francisco Cagigal de la Vega no descansó en una confrontación frontal, imprudente ante la desigualdad numérica, sino en una combinación de previsión, inteligencia territorial y desgaste. Estudios posteriores sobre el sistema defensivo santiaguero, entre ellos el de Ignacio J. López Hernández acerca de los principios de fortificación aplicados durante el ataque de Vernon, confirman la relevancia de los reconocimientos previos, las rutas interiores, los puestos avanzados y la adaptación de las obras defensivas a las condiciones del Caribe. En la lectura que puede reconstruirse a partir de la investigación de Portuondo y de esa historiografía complementaria, la fortificación deja de ser solamente un conjunto de muros. Comprende información, circulación de avisos, control de caminos, retirada calculada, hostigamiento y aprovechamiento de una naturaleza que ningún ejército domina únicamente con superioridad de fuego.
Aquel mecanismo necesitaba una sociedad capaz de movilizarse. Soldados regulares, milicianos, vecinos de las poblaciones rurales y hombres familiarizados con los senderos participaron en una resistencia cuya eficacia procedía de la distribución de funciones. La importancia de las milicias obliga a abandonar la imagen de una colonia inerte, defendida desde fuera por los recursos de la Corona. En el siglo XVIII, tales cuerpos no eran democráticos ni anulaban las divisiones raciales y jurídicas del orden colonial; reunían, no obstante, sectores diversos y otorgaban a criollos, pardos y morenos libres responsabilidades militares concretas. Su participación muestra que la conservación de Santiago incumbía a habitantes cuyos intereses materiales, familiares y locales podían coincidir con los de la monarquía sin confundirse enteramente con ellos.
Uno de los méritos intelectuales del enfoque radica en que permite reconocer esa agencia local sin trasladar retrospectivamente a 1741 la nación cubana del siglo XIX. Defender la ciudad, los hatos, las rutas y las propiedades no equivalía todavía a combatir por la independencia. Existía, en cambio, una conciencia del lugar, formada por experiencias compartidas y por el conocimiento de una jurisdicción amenazada. Entre la obediencia imperial y el sentimiento nacional posterior se extendía una zona histórica compuesta por lealtades locales, obligaciones corporativas, intereses económicos y vínculos de vecindad. Portuondo ha dedicado buena parte de su obra a esclarecer esa formación lenta de la particularidad oriental, por lo cual el episodio adquiere valor como observatorio de una comunidad que comienza a reconocerse en la defensa de su espacio.
La enfermedad, frecuentemente presentada como explicación suficiente de la retirada inglesa, adquiere mayor precisión al integrarse en esa relación entre estrategia y medio. Las fiebres y la fatiga diezmaron a los expedicionarios, pero sus efectos crecieron debido a la inmovilidad del campamento, las dificultades del suministro, la estación lluviosa, el desconocimiento del terreno y la ausencia de una conducción coordinada. A comienzos de diciembre, más de dos mil hombres figuraban enfermos según los recuentos utilizados por la historiografía naval. La naturaleza no combatió por sí sola. Se volvió un factor militar al prolongarse el tiempo, cerrarse las rutas y frustrarse el avance, de modo que la resistencia local multiplicó la vulnerabilidad biológica de una fuerza concebida para conquistar con rapidez.
También pesó la fractura del mando británico. Vernon y Wentworth disentían acerca de las posibilidades de la marcha, el empleo de la flota y la responsabilidad por la parálisis de las operaciones. El primero evitaba comprometer sus navíos ante las defensas de Santiago después del desastre sufrido en Cartagena; el segundo desconfiaba de internar tropas debilitadas por caminos que desconocía, expuestas a emboscadas y sin apoyo suficiente. La disputa no fue una anécdota psicológica, sino la expresión de un problema estructural de las campañas anfibias, en las cuales la fuerza naval puede asegurar un desembarco sin garantizar la ocupación terrestre. Los británicos dominaron temporalmente el fondeadero, aunque no lograron articular ese dominio marítimo con una progresión eficaz hacia la ciudad.
La aparente desproporción entre los recursos de ambos contendientes conduce a otra de las conclusiones más fértiles. El poder imperial no se mide solamente por el número de buques, cañones o soldados enviados desde una metrópoli. Depende de la capacidad para sostenerlos, obtener información confiable, coordinar mandos y someter espacios habitados que responden a la invasión. Gran Bretaña podía proyectar una escuadra formidable sobre el Caribe, pero no consiguió organizar en Guantánamo una ocupación capaz de reproducirse. La administración española, menos poderosa en términos navales, contó con redes locales y con una autoridad que, bajo presión, supo renunciar al choque abierto para conservar la iniciativa defensiva.
Este planteamiento corrige dos simplificaciones frecuentes. La primera atribuye el fracaso a la incompetencia británica y reduce a sus adversarios a beneficiarios pasivos de errores ajenos. La segunda convierte la resistencia en una epopeya homogénea, sin atender las desigualdades internas de la sociedad colonial. Una interpretación rigurosa necesita mantener juntas ambas dimensiones. Vernon y Wentworth cometieron errores graves, padecieron las secuelas de Cartagena y operaron con información deficiente; Cagigal, las milicias y los habitantes de la región aprovecharon esas debilidades mediante decisiones concretas. La victoria defensiva fue una producción política y territorial, no un regalo del clima, aunque tampoco borró la esclavitud, las jerarquías de color ni los conflictos de intereses presentes en el oriente cubano.
La atención concedida a Santiago posee, además, una consecuencia para la historia general de Cuba. Durante demasiado tiempo, las narraciones nacionales ordenaron el periodo colonial desde la capital, el sistema de flotas y las reformas administrativas que afectaban principalmente al occidente. El ataque de 1741 demuestra que el oriente era un espacio conectado con Jamaica, La Española, las rutas del contrabando y las rivalidades navales. Su posición periférica respecto de La Habana lo situaba en el centro de otras relaciones caribeñas. La frontera marítima no era un margen vacío, sino una región de contactos, amenazas e intercambios en la que la población adquiría experiencia militar y desarrollaba mecanismos propios de supervivencia.
Desde esa perspectiva, el libro participa de una historiografía regional que no se limita a añadir episodios locales a un relato nacional ya concluido. Modifica las preguntas. En vez de preguntar únicamente qué decidió la Corona, interesa saber cómo circuló la información, quién abrió o cerró un camino, de qué recursos dispuso una milicia, qué autoridades negociaron la movilización y de qué manera la defensa alteró la vida cotidiana. La escala regional permite ver la materialidad de la guerra y también los límites de las órdenes imperiales. Una disposición concebida en Madrid o Londres debía atravesar océanos, puertos, burocracias y resistencias antes de adquirir eficacia en un punto determinado del Caribe.
Conviene advertir que una valoración definitiva del aparato documental, la organización interna de los capítulos y el uso específico de los archivos requiere consultar el volumen completo. La presente reseña no inventa citas ni adjudica a Portuondo formulaciones literales que no han podido verificarse. Se apoya en los datos bibliográficos disponibles, en la trayectoria historiográfica de la autora y en investigaciones académicas que estudian el mismo acontecimiento. Tal cautela no impide reconocer la contribución central atribuida de manera consistente a la obra, que consiste en rescatar una campaña oscurecida por el predominio historiográfico de Cartagena de Indias y demostrar que el fracaso británico ante Santiago merece una explicación autónoma.
Lejos de ser una curiosidad militar, la expedición de 1741 permite observar las condiciones reales del dominio imperial. Una escuadra podía tomar una bahía y darle otro nombre, pero ese gesto cartográfico no bastaba para gobernar el espacio. El nombre Cumberland Harbour expresó una soberanía anticipada que nunca alcanzó consistencia. Frente a ella, la defensa santiaguera mostró que el territorio se sostiene mediante conocimientos acumulados, vínculos sociales, abastecimientos, disciplina y decisiones ajustadas a las circunstancias. El episodio adquiere así una dimensión que trasciende el balance de bajas, pues contrapone la apropiación nominal del invasor con la posesión práctica de quienes conocían y defendían la región.
En Una derrota británica en Cuba, el acontecimiento militar sirve, en suma, para comprender una sociedad. El resultado no pertenece exclusivamente a la historia de España ni puede incorporarse sin reservas a una genealogía nacionalista cubana. Pertenece a la historia caribeña de los imperios, a la experiencia regional de Santiago y a la formación paulatina de una conciencia territorial. La mejor enseñanza del libro reside en esa convergencia. La derrota de Vernon fue británica por el alcance de sus errores, española por el marco político de la defensa y cubana por el territorio, los recursos humanos y las memorias locales que hicieron inviable la conquista.