Por Kukalambé

Publicada en 1888 y reeditada en 1983 por Editorial Letras Cubanas, En busca del eslabón. Historia de monos pertenece a la zona de la literatura decimonónica en la que la ficción todavía podía funcionar como gabinete de curiosidades, aula ambulante, relato de viajes, sátira intelectual y laboratorio de hipótesis. Francisco Calcagno no se limita a colocar una intriga sobre un fondo científico, sino que hace algo más arriesgado y, por momentos, más fértil. Convierte el lenguaje de la antropología, de la zoología, de la paleontología y del transformismo en materia narrativa, de modo que los sistemas de clasificación, los nombres de naturalistas, las disputas sobre el origen del hombre y la búsqueda del célebre missing link dejan de pertenecer exclusivamente al tratado y se vuelven motores de personajes, viajes, escenas cómicas y desengaños. El resultado no es una novela científica en sentido estricto ni una novela naturalista a la manera de Zola, aunque Zola aparezca irónicamente en sus páginas. Es, más bien, una ficción atravesada por la cultura naturalista del siglo XIX, entendida como pasión por observar, medir, ordenar y reconstruir la genealogía de los seres vivos.
Desde el comienzo, Calcagno presenta la ciencia como una forma de monomanía, es decir, el capitán John Thunderbolt y el doctor don Sinónimo no son solamente estudiosos, sino hombres poseídos por una idea. Thunderbolt ha leído a Quatrefages, Haeckel, Darwin y otros autores, se ha entregado al transformismo y sueña con encontrar el punto de tránsito entre el antropoide y el hombre. Don Sinónimo, más libresco y pedantesco, ha pasado media vida leyendo, copiando, anotando y escribiendo, hasta poder decir que viajaba intelectualmente por un país de monos antes de emprender el viaje real. La comicidad nace de esa hipertrofia del saber. Los personajes hablan como bibliotecas con piernas, y la novela no oculta el placer de acumular nombres, teorías, fósiles, cráneos, instrumentos, mapas y referencias. La erudición, por tanto, es simultáneamente contenido y caricatura.
La estructura en seis capítulos confirma ese movimiento y la monomanías instala la obsesión; Simiomaquia convierte la búsqueda en expedición; Simiología desplaza el relato hacia África y hacia el repertorio comparativo del mundo animal; El gorila hace del gran antropomorfo una presencia concreta ante el saber europeo; En Similandia acerca todavía más la frontera entre lo humano y lo simiesco; El Antropopiteco concluye con el fracaso de la prueba definitiva y con una retirada que obliga a revisar las certezas iniciales. La expedición sale para confirmar una teoría, pero regresa cargada de dudas. Ahí reside una de las virtudes más modernas del libro. La ficción permite que una teoría sea sometida a la resistencia de la experiencia y, en esa resistencia, los científicos descubren que la realidad no siempre se deja acomodar en la taxonomía que llevaban preparada en sus maletas.
El yate Antropoide es quizá la imagen más lograda de ese universo, su proa está rematada por un busto de Cuvier y en la popa cuelgan retratos de naturalistas y antropólogos. A bordo se reúne una biblioteca con volúmenes de Buffon, Darwin, Broca, Quatrefages, Blumenbach, Topinard, Agassiz y otros nombres, junto con cráneos de cuadrumanos, esqueletos, instrumentos de disección, barómetros, brújulas, teodolitos y mapas. El barco no transporta simplemente a los protagonistas. Transporta un sistema de conocimiento. Europa y Estados Unidos llevan consigo, hacia Brasil, África y Borneo, una biblioteca desde la cual pretenden leer el mundo antes incluso de encontrarse con él.
Esta operación tiene un interés crítico que supera la intención divulgativa del autor, pues los viajeros creen salir al encuentro de la naturaleza, pero en realidad viajan acompañados por un archivo de autoridades. Cada animal visto, cada cuerpo humano observado, cada conducta de un mono o de un indígena entra inmediatamente en una cuadrícula previa. El dato empírico se mira a través de Camper, Broca, Haeckel, Darwin, Lubbock o Quatrefages. La novela deja ver, quizá sin proponérselo plenamente, que la observación científica nunca es una mirada inocente. Se observa desde un vocabulario, desde una jerarquía, desde una institución y desde un conjunto de expectativas. El Antropoide es, en ese sentido, una Academia flotante antes de que aparezca la Academia como institución explícita.
La relación con la Academia se vuelve abiertamente satírica en la biografía de don Sinónimo. Su gran obra previa había sido una memoria presentada a la Academia francesa sobre la posibilidad de que el hombre desarrollara alas propias mediante esfuerzos transmitidos hereditariamente. Calcagno estira hasta el absurdo ciertas versiones del lamarckismo. La Academia declara el trabajo muy singular y anima al autor a comenzar él mismo el entrenamiento para que sus descendientes puedan volar dentro de algunos millares de siglos. La escena parece un chiste, pero ese chiste encierra una intuición central. La ciencia decimonónica no existe solamente como descubrimiento, sino también como circuito de legitimación. Hay que redactar memorias, enviarlas, ser juzgado, ser admitido o ridiculizado, convertir una observación en discurso reconocible por una comunidad de especialistas.
Calcagno se divierte con el ritual y, al mismo tiempo, lo respeta, donde sus personajes quieren gloria científica, desean inscribir sus nombres en los anales del saber y organizan una Comisión Exploradora del eslabón faltante, con presidente, secretario, afiliados y cargos. La institución aparece antes que el descubrimiento. Incluso el fracaso debe terminar en publicación. Al final, don Sinónimo convierte la experiencia en folletos y resume sus conclusiones como si el viaje necesitara ser salvado por la forma académica. La aventura termina donde había comenzado, en el texto científico.
La novela resulta hoy particularmente valiosa cuando se la lee no como depósito de verdades científicas, muchas de ellas superadas o directamente erróneas, sino como documento imaginativo de una época en la que la antropología naciente estaba mezclada con paleontología, anatomía comparada, frenología, teoría racial, evolucionismo y una fe casi religiosa en el progreso. Calcagno reproduce esa mezcla con una energía extraordinaria. Los personajes hablan de ángulos faciales, prognatismo, cráneos, razas inferiores y superiores, atavismos y escalones evolutivos como si el cuerpo humano pudiera ser colocado sin residuos dentro de una serie zoológica.
El problema es que la ironía del narrador no elimina la violencia de ese vocabulario. Procopio, antiguo esclavo negro, es descrito desde el inicio mediante rasgos que lo acercan al simio, y su cuerpo es utilizado una y otra vez como supuesto argumento visual a favor de la continuidad entre mono y hombre. En otros momentos, africanos, bosquimanos, hotentotes, australianos o indígenas americanos son colocados en escalas de humanidad que hoy reconocemos como parte de la pseudociencia racial del siglo XIX. El texto llega a imaginar desapariciones de pueblos enteros bajo una lectura brutal de la selección y del progreso. No basta, por ello, con decir que Calcagno se burla de sus antropólogos. La novela es más ambigua. Se ríe de la pedantería, de la monomanía y de la confianza excesiva en los sistemas, pero sigue compartiendo una parte considerable del horizonte jerárquico que esos sistemas habían producido.
Esa ambivalencia es precisamente lo que vuelve interesante la obra para una lectura contemporánea, ya que Calcagno permite ver el instante en que la ciencia moderna, después de combatir el dogma religioso y afirmar el valor de la observación, podía transformarse a su vez en dogma. Don Sinónimo llega a comprender, hacia el final, que también la razón crea sus magister dixit, sus términos griegos, sus clasificaciones y sus senderos que desembocan en el vacío. Los fósiles humanos que examina son símicos, prognatos, rudimentarios, cuanto se quiera, pero siguen siendo humanos, dotados de palabra, voluntad e intelecto. El eslabón no aparece. La naturaleza se resiste a entregar la pieza que completaría el esquema.
La derrota de la Comisión contiene así una crítica involuntariamente más fuerte que muchas de sus declaraciones doctrinales, de hecho los protagonistas habían querido ser héroes y terminan sospechando que han sido los Quijotes del progreso. La comparación con Don Quijote es decisiva. Como el caballero cervantino, han leído tanto un género de libros que salen a buscar en el mundo aquello que los libros les prometieron. Don Quijote veía gigantes donde había molinos; Thunderbolt y don Sinónimo ven eslabones, atavismos y grados zoológicos allí donde encuentran cuerpos singulares. La ficción de Calcagno se convierte, en ese punto, en crítica de la ficción interna del científico, es decir, de la narración previa con la que pretende ordenar lo real.
La comparación con Informe para una Academia, de Franz Kafka, escrito y publicado en 1917, resulta especialmente fecunda si se evita convertirla en una hipótesis de influencia directa. No hay razón para afirmar que Kafka conociera la novela de Calcagno. Lo interesante es otra cosa. Entre ambos textos puede establecerse una relación de inversión. Calcagno imagina hombres de ciencia que recorren el mundo para encontrar el animal capaz de explicar el origen del hombre. Kafka imagina un mono que ya no espera a ser explicado por los hombres, sino que entra en el recinto institucional y ofrece él mismo su informe.
Peter el Rojo, o Rotpeter, comparece ante una Academia y reconstruye su paso de mono capturado a artista capaz de comportarse como un europeo. La escena kafkiana cambia radicalmente el eje del discurso antropológico. El objeto de observación se convierte en sujeto de enunciación. El espécimen habla. El cuerpo que podía haber sido medido, clasificado, encerrado o exhibido domina ahora el lenguaje de quienes lo habrían estudiado. No solicita ser reconocido como esencia humana. Explica, más bien, el proceso práctico mediante el cual aprendió gestos, hábitos y lenguaje para encontrar una salida a su cautiverio. Su humanización no nace de una marcha triunfal de la evolución, sino de la necesidad de sobrevivir.
Aquí la diferencia con Calcagno es profunda. Thunderbolt y don Sinónimo buscan la continuidad entre mono y hombre en huesos, ángulos, cráneos, fósiles, comportamiento animal y genealogías zoológicas. Kafka coloca la frontera en el terreno de la imitación, del aprendizaje y de la representación. Peter se hace humano en la medida en que aprende a actuar como humano ante otros humanos. La antropología se transforma en teatro. El paso entre especies deja de ser solamente cuestión biológica y se vuelve cuestión institucional. Para entrar en el mundo de los hombres hay que dominar sus códigos, su alcohol, sus saludos, su disciplina, su escenario y, finalmente, su lenguaje académico.
La Academia adquiere entonces una significación inversa. En Calcagno, la Academia es la instancia que recibe las memorias del científico y decide, con más o menos ironía, qué merece entrar en el archivo del saber. En Kafka, es el mono quien llega a la Academia ya convertido en prueba viviente de algo que los académicos no controlan del todo. La institución escucha a quien, en el orden clásico de la historia natural, debía ser observado. El científico pierde el monopolio del relato. Peter narra su propia domesticación y, al narrarla, convierte a los hombres en objeto de observación. Durante la travesía marítima aprende mirando a los marineros, de la misma manera que los naturalistas miraban monos en sus jaulas. El espejo se invierte. El animal estudia al hombre.
Hay todavía una correspondencia más inquietante. El Antropoide de Calcagno es un barco equipado para transportar la mirada científica hacia territorios considerados salvajes. El barco de Kafka es el espacio de la captura y de la pedagogía forzada. En uno, el barco lleva antropólogos a buscar al mono; en el otro, lleva al mono hacia Europa. Es difícil imaginar una simetría más productiva. Calcagno representa el movimiento expansivo del saber occidental, que sale a clasificar; Kafka representa el regreso del ser clasificado, que entra en Occidente y aprende a devolverle la mirada.
Si se colocan ambas obras frente a frente, Peter podría leerse, metafóricamente, como la respuesta que la Comisión Exploradora de Calcagno nunca recibió. Thunderbolt desea encontrar un ser situado entre el mono y el hombre, una criatura que permita cerrar la cadena. Kafka ofrece algo mucho más incómodo, un mono que ha atravesado la frontera no mediante una mutación anatómica, sino mediante una adaptación cultural extrema. No es el fósil que faltaba. Es un sujeto que desmonta la pregunta misma.
Para los antropólogos de Calcagno, la continuidad entre animal y humano sirve para reconstruir un origen. Para Kafka, esa continuidad sirve para cuestionar el presente. Peter no habla desde el amanecer de la especie, sino desde la modernidad disciplinaria. Ha aprendido porque la jaula le cerraba todas las alternativas. Su famosa diferencia entre libertad y salida contiene una crítica que la novela de 1888 todavía no podía formular con la misma intensidad. El animal no entra en la civilización como culminación natural del progreso, sino como estrategia para escapar de una forma de encierro. Civilizarse significa aceptar otra serie de coerciones, más soportables porque ofrecen movilidad, prestigio y escenario.
Esta perspectiva ilumina retroactivamente En busca del eslabón. La expedición de Calcagno cree estudiar a los monos en estado natural, pero sus propios métodos están llenos de domesticación simbólica. Nombran, clasifican, comparan, traducen comportamientos a escalas humanas y convierten cuerpos en ejemplos. Incluso Procopio, que es hombre y liberto, soporta continuamente la mirada clasificadora de sus compañeros. Kafka radicaliza esa situación hasta invertirla. Peter comprende que, si quiere dejar de ser objeto, debe apropiarse del lenguaje del sujeto. La palabra es su salida. Cuando habla ante la Academia, no demuestra que se haya vuelto libre. Demuestra que ha aprendido a utilizar la institución que antes habría podido reducirlo a objeto.
Por eso la conexión más profunda entre Calcagno y Kafka no está en el mono como motivo pintoresco, sino en la relación entre conocimiento y poder. ¿Quién tiene derecho a describir a quién? ¿Quién establece el límite entre humanidad y animalidad? ¿Qué institución valida la respuesta? ¿Qué debe hacer un cuerpo para ser admitido dentro de una categoría? Calcagno formula estas preguntas de manera todavía inestable, mezclándolas con el entusiasmo cientificista y con prejuicios raciales de su época. Kafka las lleva a una zona de mayor desnudez. Su mono domina el idioma de la Academia, pero esa victoria está construida sobre una pérdida. Para poder hablar como hombre ha tenido que alejarse de su memoria de mono hasta casi volverla inaccesible.
En Calcagno, la ciencia fracasa porque no encuentra el eslabón. En Kafka, el eslabón aparece de una manera que hace fracasar la seguridad de la ciencia. Peter no cabe cómodamente en ninguno de los extremos. Es mono por biografía, humano por aprendizaje, artista por profesión y académico por circunstancia. Su identidad es una práctica. Allí donde el naturalista busca una esencia anatómica, Kafka muestra una performance social.
Como novela, En busca del eslabón es desigual. Las digresiones científicas interrumpen con frecuencia la acción; la acumulación de autoridades puede convertirse en catálogo; algunos personajes son tipos construidos para sostener discusiones, y la intriga sentimental de Virginia y Adalberto tiene una ligereza convencional frente al peso enciclopédico de la expedición. Sin embargo, esas mismas irregularidades forman parte de su interés histórico. El libro conserva el momento en que el saber especializado todavía podía irrumpir masivamente en la narración sin pedir permiso, cuando una novela podía detenerse durante páginas para discutir fósiles, cráneos, transformismo, geología o conducta animal y luego volver, sin demasiada transición, a un chiste matrimonial o a una aventura en la selva.
La mejor parte de Calcagno surge cuando esa mezcla produce ironía. El capitán y el doctor poseen una fe admirable en la investigación y, al mismo tiempo, una capacidad ilimitada para convertirla en disparate. La novela no destruye la ciencia, sino la soberbia que pretende confundir hipótesis con destino de la naturaleza. El científico valioso no es el que posee un sistema cerrado, sino el que regresa del viaje con la capacidad de reconocer la insuficiencia de sus instrumentos. La última lección de don Sinónimo, aunque todavía llena de errores y prejuicios, admite que la paleontología está incompleta, que los archivos naturales apenas ofrecen capítulos sueltos y que quizá otras generaciones deban resolver lo que la suya no puede.
Incluso el cierre conserva esa ambigüedad. Entre las conclusiones publicadas por el doctor figura la afirmación de que los africanos pertenecen a la especie humana, frase que hoy resulta estremecedora precisamente porque revela que esa pertenencia podía ser presentada como conclusión científica y no como evidencia moral elemental. La novela se aleja de algunas versiones extremas del racismo poligenista, pero no consigue salir del lenguaje jerárquico que hizo posible formular la pregunta. Su valor crítico actual depende de no absolverla ni condenarla de manera sumaria, sino de leerla como un campo de tensiones donde la ciencia emancipadora frente al dogma religioso convive con una antropología capaz de producir nuevos dogmas raciales.
Junto a Kafka, la obra adquiere una segunda vida. Calcagno muestra a los hombres persiguiendo al mono para descubrir qué es el hombre. Kafka hace que el mono se presente ante los hombres y les muestre cuánto de domesticación, imitación y obediencia puede esconderse dentro de la idea de humanidad. El primero busca el eslabón en la naturaleza; el segundo lo traslada al lenguaje, al escenario y a la institución. Entre ambos queda suspendida una pregunta que sigue siendo fecunda. Es posible que el verdadero eslabón no sea una criatura perdida entre dos especies, sino el acto mismo mediante el cual una sociedad decide quién puede hablar, quién debe ser observado y qué clase de discurso merece ser escuchado por una Academia.
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