La eternidad de una memoria, Zoé Valdés

Por Galán Madruga

Publicada en 2004, cuando recibió el Premio de Novela Ciudad de Torrevieja, La eternidad del instante ocupa un lugar singular dentro de la narrativa de Zoé Valdés, no solo porque desplaza hacia un protagonista masculino de origen chino el centro que en libros anteriores habían ocupado la mujer cubana, la vida insular y el exilio, sino también porque, al reconstruir imaginariamente la existencia de su abuelo materno, convierte una genealogía apenas conocida en el punto de encuentro entre la memoria familiar, la novela de formación, el relato de aventuras y una interrogación acerca de los componentes asiáticos de la nacionalidad cubana, cuyo desarrollo histórico suele explicarse mediante la confluencia de lo español y lo africano, dejando en una zona mucho menos iluminada a los culíes, los comerciantes, los veteranos de las guerras independentistas y las familias que incorporaron a la isla otra lengua, otros ritos y una sensibilidad que, aun transformada por la convivencia, nunca desapareció por completo.

Cuando Mo Ying abandona China para seguir el rastro de Li Ying, su padre, cantante de ópera que había partido hacia Cuba en busca de fortuna, la fidelidad filial que lo impulsa a cruzar mares y territorios desconocidos comienza a modificarlo mucho antes de que adopte el nombre de Maximiliano Megía, pues el muchacho educado dentro de un orden familiar, espiritual y artístico debe aprender que las virtudes recibidas en la casa paterna, admirables mientras regulaban la convivencia con los suyos, pueden convertirse en peligrosas debilidades ante traficantes, aventureros y hombres para quienes la confianza ajena constituye una mercancía más, de manera que el viaje, además de conducirlo hacia la isla donde espera encontrar al padre, lo conduce hacia una identidad que habrá de formarse entre la conservación de lo heredado y las sucesivas renuncias impuestas por la supervivencia.

Aunque la China evocada en las primeras páginas aparece organizada por las jerarquías tradicionales, el aprendizaje espiritual, la disciplina de las artes y el respeto a los mayores, esa representación no pretende ofrecer una reconstrucción histórica exhaustiva, pues responde, sobre todo, a la imagen que el anciano conservará de la patria perdida y a la necesidad narrativa de establecer una medida moral desde la cual podrá juzgar el mundo que va descubriendo, de modo que la sabiduría, la contención y la continuidad ancestral adquieren un relieve casi mítico frente a la violencia mercantil del viaje y la futura improvisación cubana, contraste que organiza buena parte de la novela, aunque también la expone a una idealización de China que, al convertirla en reserva de profundidad y mesura, limita la complejidad interna de aquella sociedad.

Desde que Li Ying abandona la casa para intentar fortuna en América, el océano deja de ser una distancia geográfica y se transforma en la extensión visible de una ausencia que Mo Ying procura reparar, ya que el padre, además de la persona buscada, encarna la explicación capaz de devolver continuidad a una familia interrumpida por la emigración, mientras su condición de cantante de ópera vincula la partida con el arte, la representación y el desdoblamiento de las identidades, motivos que reaparecerán cuando el hijo deba representar ante otros al hombre en que se ha convertido sin olvidar al niño que fue, y cuando la búsqueda, más fecunda como impulso que como posible encuentro, lo obligue a salir del universo protegido en el cual su nombre y su pertenencia todavía parecían inseparables.

Al quedar vinculada con José Bu, pariente que habría combatido en la guerra de independencia cubana y alcanzado entre los insurrectos una dignidad que la sociedad colonial negaba a tantos inmigrantes asiáticos, Cuba se presenta ante Mo Ying antes de ser conocida, convertida por la imaginación familiar en territorio de promesas, heroísmo y ascenso, aunque detrás de esa leyenda se anuncia una pregunta decisiva acerca de la incorporación del extranjero a la nación, puesto que el ejemplo del mambí chino sugiere que la participación en la historia común puede abrir las puertas de una nueva ciudadanía, pero no aclara cuánto debe abandonar el recién llegado para ser aceptado ni de qué manera las lealtades adquiridas podrán coexistir con los vínculos del linaje.

En el momento en que Mo Ying vacila entre proseguir hacia el destino incierto donde imagina a su padre o regresar a los brazos de su madre, la novela encuentra el núcleo temporal expresado por su título, ya que aquella duda, cuya duración apenas alcanza unos segundos, permanece dentro del anciano durante un siglo y convierte la partida en una herida que nunca termina de cerrarse, pues obedecer al padre ausente supone abandonar la seguridad materna, mientras fundar una vida nueva exige aceptar la desaparición de otra vida posible, suspendida para siempre en el punto del camino donde el joven pudo retroceder y, al no hacerlo, dejó atrás una versión de sí mismo que la memoria continuará interrogando.

Fuera de la protección familiar, mientras el recorrido acumula lugares, lenguas, cuerpos y costumbres que se suceden como estaciones de una iniciación, la confianza que había regulado el mundo doméstico se vuelve vulnerabilidad ante quienes conocen las reglas del comercio humano, por lo cual las pruebas no solo miden la resistencia física del viajero, sino que van modificando su percepción moral sin destruir el núcleo de integridad que lo distingue, y esa permanencia, más que una ingenuidad inalterable, revela el esfuerzo de quien aprende a defenderse sin adoptar enteramente la crueldad de sus perseguidores.

Descrito por algunos estudiosos como una Ruta de la Seda recorrida en sentido inverso, el desplazamiento de China hacia Cuba adquiere una dimensión histórica que supera la aventura individual, dado que las redes migratorias, los contratos fraudulentos y las formas encubiertas de esclavitud que llevaron trabajadores asiáticos hacia América aparecen detrás de las peripecias de Mo Ying, cuya experiencia permite recordar que la modernidad atlántica, presentada con frecuencia como horizonte de movilidad y prosperidad, también funcionó mediante la compraventa de cuerpos, el engaño de quienes desconocían las lenguas dominantes y la indefensión jurídica de hombres reducidos a fuerza laboral.

A medida que el sexo, el amor y la fascinación por costumbres desconocidas acompañan el itinerario, el cuerpo se convierte en instrumento de conocimiento y zona de peligro, puesto que la sensibilidad de Mo Ying amplía su experiencia al tiempo que lo expone al abuso, y aunque en esos pasajes se reconoce la exuberancia erótica propia de la novelista, con su gusto por la imagen intensa, el humor corporal y la mezcla de deseo y aventura, también se advierte la tentación de confiar a la intensidad sensual una elaboración psicológica que no siempre se cumple, mientras los mejores momentos surgen cuando el deseo nace de la vulnerabilidad del viajero y muestra que el aprendizaje sentimental avanza de manera desigual respecto de la formación moral.

Cuando el traficante Césareo Plutarco consigue ganarse la confianza del joven y lo captura, cualquier esperanza de atravesar el mundo mediante la sola honestidad queda destruida, pues la esclavitud deja de pertenecer a un pasado abstracto y se presenta como una amenaza inmediata para quien carece de protección, lengua y documentos, de modo que la identidad, junto con el cuerpo y la libertad, puede ser confiscada por aquellos que asignan un precio a la vida humana, mientras la conservación del nombre interior, incluso bajo el nombre impuesto o adaptado que luego llevará en Cuba, se transforma en una de las primeras formas de resistencia.

Antes de convertirse en una segunda patria, Cuba es para Mo Ying una costa imaginada en la que deberían resolverse la ausencia del padre y las incertidumbres del viaje, pero la llegada no clausura la búsqueda ni convierte el destino alcanzado en hogar inmediato, puesto que la promesa de la isla aparece mezclada con la violencia sufrida durante el trayecto y obliga al personaje a comenzar otra formación, menos espectacular que las peripecias marítimas, aunque más decisiva para su porvenir, pues aprender a vivir entre cubanos requerirá dominar nuevos códigos, soportar el desprecio racial, aceptar un nombre hispanizado y descubrir que la pertenencia no se recibe al desembarcar, sino que se construye a través del tiempo, el trabajo, los afectos y las pérdidas.

Al comenzar la segunda parte, titulada Vivir, el salto que conduce desde el joven viajero hasta Maximiliano Megía en el día de su centenario interrumpe deliberadamente la continuidad de la aventura, colocando ante el lector un cuerpo envejecido cuyas arrugas son descritas mediante ríos, montañas y llanuras, de manera que la piel carga con la geografía recorrida y el siglo vivido, mientras la revelación de que la historia anterior procede de los cuadernos de un hombre que ha renunciado a hablar reorganiza retrospectivamente la novela, pues cuanto parecía una narración exterior y lineal se descubre como memoria seleccionada desde la cercanía de la muerte.

Destinados a Lola, la nieta que encarna físicamente la mezcla de genealogías y que deberá interpretar lo recibido cuando el abuelo ya no pueda responderle, los cuadernos establecen una comunicación capaz de sustituir tanto la conversación perdida como los vacíos de una historia oficial que rara vez conserva la existencia de los inmigrantes comunes, de manera que los nombres, los gestos, los temores y las contradicciones depositados en la escritura doméstica adquieren el valor de un archivo familiar, cuya fragilidad no disminuye su importancia, ya que precisamente aquello que carece de certificación institucional puede transmitir la experiencia íntima de quienes participaron en la formación de una sociedad sin ocupar sus páginas principales.

Después del abandono de su esposa, cuando Maximiliano decide callar y reemplaza la palabra hablada por la caligrafía lenta, la nota y el cuaderno, su mutismo deja de ser únicamente una reacción sentimental y se convierte en una disciplina que modifica el valor de cada frase, pues la conversación espontánea, sometida a la dispersión y al olvido, cede ante una escritura trabajosa que obliga al anciano a seleccionar cuanto desea entregar, y de esa paradoja —la del hombre silencioso que produce una voz capaz de atravesar generaciones— nace el principio más logrado de la obra, ya que el fracaso de una relación amorosa termina originando una relación narrativa entre el abuelo, la nieta y los lectores futuros.

Desde el presente de la vejez, mientras los episodios juveniles regresan bajo una temporalidad discontinua, el recuerdo no reproduce de manera neutral cuanto sucedió, sino que recompone la experiencia según las preguntas del anciano y las necesidades de Lola, por lo cual Maximiliano escribe para explicarle quién fue y, simultáneamente, para comprender qué partes de Mo Ying sobrevivieron dentro del nombre cubano, de modo que la memoria actúa como testimonio, invención y reconciliación tardía, sin que resulte posible separar enteramente el hecho vivido de la forma adquirida durante décadas de evocación.

En La Habana, cuando Mo Ying comienza a responder al nombre de Maximiliano Megía, la adaptación no borra al muchacho chino, aunque establece una segunda capa biográfica que facilita su entrada en la sociedad insular y expone el precio simbólico de esa incorporación, pues ambos nombres permanecen dentro de una existencia cuya dificultad ya no consiste en elegir entre China y Cuba, sino en soportar la convivencia de pertenencias que al principio parecían incompatibles, hasta que la experiencia acumulada permite reconocerlas no como mitades rivales, sino como componentes inseparables de una personalidad transformada por el tránsito.

Aunque la comunidad china de La Habana ofrece códigos de reconocimiento, espacios comerciales, memorias compartidas y cierta defensa ante el aislamiento, tampoco constituye un refugio perfecto, dado que reproduce jerarquías, nostalgias y conflictos internos, y justamente por ello el barrio adquiere interés como lugar fronterizo, cubano por su inserción urbana y chino por sus prácticas, dentro del cual la identidad deja de presentarse como herencia inmóvil para convertirse en negociación cotidiana, hecha de comidas, palabras, negocios, cultos, alianzas y desacuerdos que modifican a quienes participan en ella.

Al adoptar la charada chino-cubana como principio de composición, vinculando cada capítulo con uno de los números, animales u objetos distribuidos sobre la figura popular del chino, la novela convierte un cuerpo estereotipado por el juego de azar en matriz de una biografía, de modo que aquello que circulaba como imagen pintoresca adquiere interioridad, pasado y voz, mientras la reunión de los fragmentos recompone al inmigrante que la cultura había reducido a signo, aunque la eficacia del procedimiento no es uniforme, ya que algunas correspondencias entre imágenes y episodios parecen obedecer con mayor fuerza a las exigencias del esquema que al desarrollo orgánico de los personajes.

Junto a la charada, cuya organización divide el cuerpo en signos, la ceiba extiende sus raíces imaginarias desde Cuba hasta China y ofrece una figura complementaria, pues el árbol sagrado reúne los espacios separados, comunica a los muertos con los vivos y expresa una genealogía que no depende de la cercanía geográfica, haciendo posible que China continúe dentro de Cuba y que la isla sea comprendida desde una memoria asiática, sin que ninguna de las culturas permanezca idéntica a sí misma después del encuentro.

Enfrentado a expresiones despectivas, supersticiones y fantasías culinarias que convierten al chino en criatura exótica o portadora de mala suerte, Maximiliano experimenta el racismo cotidiano de una sociedad que necesita su trabajo mientras lo mantiene en una posición marginal, y aunque la narración denuncia esa violencia, tampoco consigue escapar siempre de los estereotipos que exhibe, pues la representación de China se apoya a menudo en oposiciones demasiado cómodas —sabiduría frente a frivolidad, silencio frente a palabrería, continuidad frente a desmemoria— que pueden sustituir un prejuicio cubano por una idealización igualmente rígida de lo chino.

Gracias a la mirada extranjera del protagonista, la locuacidad, la improvisación, la ligereza política y la escasa memoria histórica de los cubanos aparecen sometidas a una crítica que la autora formula sin recurrir a las narradoras femeninas habituales de su obra, procedimiento que alcanza sus mejores resultados cuando la extrañeza de Maximiliano descubre hábitos naturalizados por quienes han vivido siempre en la isla, aunque pierde sutileza en aquellos momentos en que la voz del personaje se aproxima demasiado al juicio directo de la escritora y abandona la ambivalencia esperable en un hombre cuya identidad se ha formado precisamente mediante la convivencia de dos culturas.

Después de haber atravesado engaños, esclavitud, torturas y traiciones que en ocasiones proceden de quienes aparentaban mayor inocencia, Mo Ying no se vuelve enteramente cínico, pues aprende que la bondad carece de garantías históricas sin renunciar por ello a la norma interior recibida durante la infancia, y esa supervivencia moral, menos visible que las aventuras externas, sostiene la continuidad del personaje, cuya transformación no equivale a la destrucción de su origen, sino a la adquisición dolorosa de recursos con los cuales defenderlo dentro de un mundo que lo castiga.

Cuando la vida sentimental de Maximiliano desemboca en el abandono y el silencio definitivo, el erotismo de la juventud queda enlazado con la soledad de la vejez, de modo que el hombre que atravesó distancias inmensas para recuperar los vínculos familiares termina aislado dentro de su propia casa, aunque el fracaso afectivo, lejos de clausurar toda comunicación, produce indirectamente los cuadernos y desplaza hacia Lola la necesidad de encontrar una interlocutora, convirtiendo la pérdida amorosa en origen de la herencia narrativa.

Al reconocerse sino-cubano y unir dentro de una sola palabra cuanto la historia había mantenido separado, Maximiliano no proclama una conciliación pacífica ni una suma equilibrada de tradiciones, pues su doble pertenencia es resultado de heridas, adaptaciones, renuncias y afectos acumulados durante un siglo, hasta el punto de que ya no puede regresar a China, no solo por ser demasiado viejo y demasiado pobre, sino por haberse vuelto demasiado cubano para morir lejos de la isla, gradación mediante la cual se resume un aprendizaje identitario que nunca exigió la cancelación completa del pasado.

En las páginas finales, al declararse simultáneamente el último chino y el último cubano, el anciano expresa el orgullo y la amenaza de desaparición que acompañan a quien se sabe depositario de un mundo familiar en vías de extinguirse, por lo cual testimoniar antes de la muerte se vuelve una obligación frente a quienes podrían olvidar o reescribir ese pasado, y cuando Lola, dos años después del fallecimiento del abuelo, lee las últimas páginas, el verdadero destino del viaje deja de ser únicamente Cuba para cumplirse en la conciencia de la nieta, cuya lectura devuelve existencia al anciano y prolonga aquel instante remoto en que Mo Ying decidió no regresar junto a su madre.

Inscrita dentro de la tradición del Bildungsroman, aunque desplazada hacia un emigrante chino sometido a relaciones coloniales, raciales y mercantiles ajenas al modelo europeo clásico, la formación de Mo Ying no culmina en una integración transparente dentro de la sociedad nacional, sino en una identidad compuesta que conserva la fricción entre los mundos atravesados, mientras la tercera persona inicial, al ocultar provisionalmente el origen memorial del relato, permite que la aparición del anciano y sus cuadernos repliegue la novela sobre sí misma y acerque el libro que tenemos ante nosotros al manuscrito que Maximiliano prepara para Lola, concediendo autoridad testimonial a la ficción sin olvidar que toda memoria familiar ha sido seleccionada, organizada y transformada por quien la cuenta.

Si un instante puede sobrevivir durante un siglo cuando contiene una decisión irreversible, la vacilación del joven antes de partir permanece activa dentro del anciano no debido a que el pasado regrese intacto, sino a que nunca terminó de pasar, y mientras el cuerpo centenario ofrece la medida visible del tiempo, con sus arrugas convertidas en geografía, el cuaderno funciona como una segunda piel en la que cada recuerdo deja una marca, de manera que la eternidad anunciada por el título no pertenece a una duración abstracta situada fuera del mundo, sino a la permanencia de ciertos momentos dentro de otros seres.

Aunque la prosa reúne evocación lírica, aventura, humor, erotismo, comentario político y descripción sensorial, mezcla que reproduce el carácter mestizo del relato y evita una solemnidad uniforme, la acumulación de color local, proverbios, rasgos exóticos y juicios generales entorpece en ocasiones la progresión, no tanto por la exuberancia misma, que forma parte reconocible del temperamento verbal de Zoé Valdés, cuanto por la dificultad de distinguir en algunos pasajes entre intensidad expresiva y elaboración psicológica, problema que también afecta a personajes secundarios cuya función alegórica o aventurera predomina sobre su individualidad.

Sin reducirse a una reconstrucción biográfica ni alcanzar siempre el equilibrio requerido por su ambición, La eternidad del instante convierte una memoria familiar incompleta en una reflexión sobre la formación histórica de Cuba, otorgando al abuelo chino la capacidad de mirar la isla, juzgarla, amarla y transformarse con ella, inversión significativa dentro de una obra marcada por los cubanos que abandonan su país, ya que aquí es el extranjero quien llega, padece la exclusión y termina demasiado unido a la tierra adoptiva para morir en otra parte, mientras el silencio, transformado en escritura, evita la retórica fácil de una voz recuperada y entrega a los cuadernos la tarea de comunicar cuanto la conversación ya no puede sostener.

Cuando el viaje persiste en el cuaderno, el cuaderno encuentra su continuidad en Lola y la nieta recibe dentro de la novela una memoria que deberá transmitir a su vez, la cadena de lectura derrota modestamente al olvido, pues Mo Ying, convertido en Maximiliano Megía sin dejar de llevar consigo al niño que dudó durante unos segundos antes de abandonar a su madre, demuestra que la identidad no se conserva mediante una pureza imposible, sino a través de la fidelidad con que se transmiten las transformaciones sufridas, sin falsificar el origen ni negar las marcas dejadas por la segunda patria.

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