Por El Coloso de Rodas
Armando de Armas terminó de escribir Realismo metafísico. Un texto mistérico acerca de la creación literaria en medio del auge del coronavirus, en 2020, y escogió para sus últimas páginas una observación de Martí, «el murciélago, que se come al cocuyo, y no la luz», en la que cifra la supervivencia del espíritu después de la muerte corporal. El ensayista atribuye a la frase una certeza que la imagen por sí sola no demuestra, pues el poeta puede descubrir relaciones inesperadas entre las cosas sin que su intérprete quede autorizado a encontrar en ellas la confirmación de sus creencias sobre la inmortalidad.
Marzo y julio de 2020 delimitan la escritura del ensayo, durante los meses en que la pandemia había impuesto la vulnerabilidad corporal a las conversaciones públicas y Armando defendía una existencia superior al organismo, conforme a convicciones que ya sostenía antes del coronavirus. Su elección de Martí reúne al poeta, al fundador y al combatiente que acepta el riesgo del sacrificio, aunque el Diario de campaña también conserva las urgencias de los heridos, la sed y la fatiga de hombres para quienes la preservación del cuerpo formaba parte de la empresa que habían decidido acometer.
Martí contempla plantas, heridas y caminos con una precisión que Armando vincula a la percepción de un orden espiritual, conforme a una idea de la creación en la que el escritor descubre, mediante símbolos y experiencias ajenas a los hábitos cotidianos, una verdad anterior a sus palabras. Durante una presentación de La tabla llamó realismo metafísico a esta búsqueda y habló de «la realidad redonda, redonda en tanto completud», cuya extensión abarca lo sensible y su raíz invisible. «Lo finito como manifestación de lo infinito» resume la aspiración de conocer, en la experiencia concreta, las huellas de principios superiores.
Muertos que conversan, ascensiones y alteraciones del tiempo habitan las narraciones del realismo mágico sin que su presencia certifique un orden trascendente, pues la naturalidad del prodigio depende de la voz que lo cuenta y de las reglas que acepta el lector. Armando exige además que lo extraordinario comunique una verdad sobre el ser, anterior a la invención del escritor, exigencia que concierne al conocimiento atribuido a la literatura. Una novela puede explorar lo imposible sin resolver su existencia fuera de la ficción, aunque comparta imágenes y procedimientos con otra que aspire a revelar una realidad superior.
Carpentier sitúa lo real maravilloso en las creencias y en la historia americana, e impugna un patrón cultural único para medir toda experiencia, mientras Armando busca una Tradición anterior a las culturas y a sus circunstancias particulares. Sus discrepancias reclaman el examen de las obras, que los calificativos «folclórico» y «culterano», aplicados a García Márquez y Carpentier, dejan sin hacer. Afirmar la procedencia espiritual de una escritura explica la elección de un autor, pero su superioridad literaria depende de cuanto logra expresar y de sus recursos, asuntos que ninguna profesión de fe resuelve.
René Guénon sostiene la existencia de una Tradición primordial de la que las religiones conservarían testimonios, y Armando encuentra en tal supuesto la unidad que necesita para reunir símbolos y experiencias de culturas distintas. Karl Kerényi describe la contemplación de lo divino y Manly P. Hall examina misterios, iniciaciones y cultos antiguos, lecturas con las que el ensayista restituye al poeta la condición de vidente. Sueños, cavernas y retiros pertenecen a prácticas en las que conocer comprometía la vida del iniciado, aunque su proximidad con la creación literaria deba justificarse mediante algo más que una semejanza de imágenes.
Mnemosine y Lete presiden la disputa entre memoria y olvido que Armando extiende de los individuos a los pueblos, bajo la convicción de que la escritura conserva vestigios de su origen sagrado aun después de perder conciencia de él. Juan Eduardo Cirlot relaciona boca, fuego y creación, mientras Olavo de Carvalho busca en tiempo, espacio y cantidad los fundamentos de los géneros literarios. Tales principios podrían explicar una aspiración de universalidad, pero apenas dicen cómo nacen el verso y la prosa en lenguas concretas, ni qué parte corresponde a las sociedades y a las decisiones del escritor en su historia.
Jung examina en Respuesta a Job la sombra divina y la coexistencia de los contrarios, mientras Huxley describe en Las puertas de la percepción las visiones inducidas por la mescalina, experiencias que Armando aproxima a las iniciaciones antiguas sin establecer un criterio suficiente para atribuirles una procedencia común. La realidad psíquica de una imagen difiere de la existencia trascendente que pudiera asignársele, y una alteración de los sentidos tampoco prueba la verdad religiosa de su interpretación. Las afinidades reunidas en el ensayo interesan por las preguntas que suscitan, aunque no basten para demostrar el acceso a un mismo orden superior.
Homero admite, según Armando, una pluralidad de dioses y una convivencia de contrarios favorables a la libertad, frente a la obediencia y la represión que atribuye al mundo bíblico, pero la dureza del destino en la Ilíada y la protesta de Job dificultan tal reparto. El hombre que exige razones a Dios se resiste a quedar sometido a una literatura de la docilidad, del mismo modo que el héroe homérico padece poderes que apenas puede discutir. Ambas obras contienen conflictos que exceden la jerarquía religiosa del ensayista, quien admite su coexistencia en un mismo libro sin revisar del todo la separación anterior.
Evola interpreta la conducta heroica bajo una exigencia de superación espiritual que Armando extiende a la historia, con apoyo en Spengler y su concepción de las culturas como expresiones de un alma. Cabalgar el tigre guía su examen del nihilismo y de las rebeldías de Rimbaud, Lautréamont, el dadaísmo y el surrealismo, a las que reprocha reproducir la descomposición contra la cual surgieron. Su juicio sobre el vacío interior merece discusión, aunque los propósitos y hallazgos de cada obra reclamen un examen propio, pues rechazar la Tradición no demuestra el fracaso de una aventura artística ni agota las razones de su existencia.
Darwin, Marx y Freud comparecen bajo una condena del materialismo que reúne métodos y preguntas demasiado distintos para admitir una refutación conjunta, del mismo modo que retirar libros y añadirles notas históricas exigen juicios separados sobre sus efectos en la circulación de las obras. El prólogo de Gonzalo Rodríguez García declara la rebelión contra el mundo moderno y recurre a Giménez Caballero y José Antonio Primo de Rivera para defender la autoridad espiritual del poeta. Esa filiación política pertenece a su exposición, pero no demuestra la validez de los argumentos literarios ni resuelve el lugar que tal autoridad reserva a la discrepancia.
Homero, Dante, Cervantes, Nietzsche, Kafka y Lezama difícilmente compartirían una idea de lo sagrado, y la incorporación de Pound, Yeats, Jünger, Hölderlin, Donoso Cortés y Miguel Serrano amplía una reunión de afinidades que tampoco constituye una escuela. Mircea Eliade estudia las religiones sin que describirlas obligue a aceptar sus creencias, mientras Borges imagina explicaciones admirables y falsas del universo sin conceder a ninguna la última palabra. Su presencia plantea a Armando una dificultad que la enumeración de antecedentes deja intacta, pues la imaginación metafísica también puede nutrirse de la duda que el ensayo aspira a cancelar.
Martí busca agua, reclama al practicante y atiende a los heridos en las mismas páginas donde los combates, los fusilamientos y las marchas nocturnas sugieren a Armando una percepción iniciática nacida de la guerra. La interpretación heroica de Evola orienta su lectura, pero la solicitud del enfermero hacia los cuerpos dañados impide reducir la campaña a una victoria del espíritu sobre la carne. El Diario conserva necesidades que ninguna promesa de inmortalidad satisface, y el escritor que anota los sufrimientos de sus compañeros participa de una obligación terrenal que también debe figurar en el juicio sobre su grandeza.
El caballo y el jinete del cuadro de Carlos Enríquez sostienen la imagen del «Valhalla cubano» con que Armando interpreta Dos Ríos, bajo una luz de ascensión cuya belleza no demuestra las intenciones de Martí antes de morir. La apoteosis pertenece a la libertad del intérprete y alcanza una fuerza poética que exige distinguirla de la prueba histórica. Realismo metafísico reclama una dignidad del oficio ajena a su reducción a mercancía o consigna, aunque las obras citadas conserven preguntas que su doctrina deja sin resolver, igual que la luz del cocuyo persiste más allá del sentido que se intenta fijarle.