Por Julio Antonio García

La libreta yace sobre la mesa con la modestia de un pequeño evangelio administrativo, cubierta de cifras que alguna vez prometieron reconciliar el estómago con la Historia, mientras una mano vuelve a contar lo que falta y otra preserva el documento contra la humedad, el extravío o la voracidad del cajón. Su pobreza tiene algo de reliquia, pues vale menos por lo que entrega que por la relación que conserva con una potestad remota, capaz de reconocer al comensal y asignarle un sitio en la cena. Ángel Velázquez Callejas se detiene ante esa dependencia en Totalitarismo en Cuba. Castrismo cultural y el último hombre, donde el temor a perder la libreta abre una pesquisa sobre la obediencia, la conservación y el oscuro prestigio del amparo.

El beneficiario conoce la aritmética del hambre, cálculo que nunca coincide con la abundancia de la tribuna, pero todavía concede a la cartilla una autoridad que sus entregas apenas justifican. Velázquez escribe que «el miedo no es a perder lo que se tiene, sino a cómo mantenerlo», y la frase alcanza la intimidad de quien ha debido convertir cada jornada en una negociación con su propia penuria. Hay una paz exigua en saber quién repartirá mañana, aun si mañana vuelve a faltar lo necesario. La incertidumbre de una vida sin proveedor puede pesar más que la certeza de su incumplimiento, sobre todo si el mismo proveedor conserva las llaves del almacén y del castigo.

La escuela, el hospital y la pensión acudieron a la imaginación popular con la fuerza de unas promesas dirigidas al cuerpo, a su enfermedad, a su cansancio y a su desaparición. Aquellas necesidades ofrecían al socialismo una materia anterior a cualquier tratado, pues el hombre que teme por sus hijos escucha la oferta de seguridad con una atención que ninguna controversia filosófica consigue disipar. El poder supo habitar esa espera, ocuparla con su nombre y presentarse como autor de cuanto la sociedad producía. Cada servicio regresaba al ciudadano con el sello de una dádiva, y el trabajo de todos alimentaba una gratitud cuyo destinatario tenía rostro, uniforme y voz.

La plaza extendía sobre los asistentes una segunda vestidura, hecha de consignas, proximidad y reconocimiento, donde el individuo podía abandonar por unas horas la fatiga de ser uno. Velázquez encuentra en esa disolución un alivio que ayuda a comprender la vida afectiva del mando, y escribe que «en ese olvido hay cierta tranquilidad, ese olvido alberga cierta paz». El grito ajeno sostiene al propio, la multitud presta un cuerpo mayor al cuerpo fatigado y la tribuna proporciona una dirección para el entusiasmo. Después, el regreso a casa restituye la escasez, pero queda el recuerdo de una pertenencia que el poder podrá convocar de nuevo.

El jefe aparece en lo alto con la familiaridad de una figura que ha entrado en todas las salas, presidido todas las comidas y ocupado, por la radio o la pantalla, el espacio donde antes conversaban los parientes. Su voz organiza una explicación del mundo y concede a cada privación un adversario, una causa y una promesa de desquite. La pregunta incómoda tropieza entonces con la vigilancia de quienes necesitan conservar intacta aquella explicación, porque una duda sobre el gobierno puede rozar la biografía de sus fieles. El disidente introduce en la reunión la posibilidad de otra vida, y esa posibilidad perturba incluso a quienes ya han dejado de creer.

Las lágrimas que el libro examina a propósito de la aparición de Fidel Castro durante el VI Congreso del Partido Comunista poseen la densidad de los años que nadie desea declarar perdidos. Velázquez llama «emotividad zanjada» a ese vínculo que devuelve al patriarca una fuerza difícil de medir con los instrumentos de la administración. Quien lo contempla reconoce su juventud, sus sacrificios y las decisiones que ya no puede retirar del tiempo. El rostro del dirigente guarda una parte de su existencia, de modo que juzgarlo exige abrir un archivo propio, con sus renuncias y sus agravios. La fidelidad procura cerrar ese archivo antes de que la memoria empiece a declarar.

La «subjetividad del jefe», otra de las expresiones del manuscrito, puede sobrevivir a la ruina de su prestigio y buscar un nuevo alojamiento en los adversarios del antiguo señor. El ciudadano detesta al caudillo, pero conserva un sitio preparado para quien prometa conducirlo fuera del desastre, con la energía, la certeza y la autoridad que él mismo ha aprendido a reclamar. Esta sospecha de Velázquez requiere cuidado, porque la víctima y el gobernante afrontan responsabilidades distintas, aunque invita a examinar cuánto del mando permanece en las expectativas de quienes desean abolirlo. La estatua puede caer y dejar su pedestal dispuesto para el próximo huésped.

El chiste circula entretanto con la ligereza de una moneda que todos reconocen y nadie declara, salta de la cola al comedor, del comedor a la guagua, y concede a quien lo cuenta una pequeña victoria sobre la solemnidad oficial. Su autor ocasional sabe que el discurso miente, descubre la impostura y disfruta de su propia perspicacia, pero al día siguiente cumple el trámite, firma el papel y ocupa el lugar previsto. La autoridad recibe los actos necesarios para continuar; el inconforme conserva entre sus amigos el mérito de haberla descubierto. Tal convivencia puede durar años, hasta que la contradicción deja de doler y empieza a pasar por experiencia.

«Esto no hay quien lo cambie», sentencia alguien al final de la conversación, con la gravedad de quien acaba de consultar los archivos del porvenir. La frase preserva del fracaso y dispensa del esfuerzo, mientras concede a cualquier iniciativa el aire de una imprudencia juvenil. Ahí encuentro el cinismo que contribuye a la duración del régimen, esa inteligencia que reconoce la mentira y emplea su hallazgo para justificar la quietud. La incredulidad se vuelve un cómodo aposento, provisto de ironía, donde el ciudadano puede despreciar a sus gobernantes sin exponerse a la tarea incierta de asociarse con otros.

La risa también abre puertas que el temor había mantenido cerradas, acerca a dos desconocidos y les revela una experiencia común, por lo cual sería injusto condenarla a servir siempre al inmovilismo. Su destino depende de la confianza que produzca, del acuerdo que acaso nazca después de la ocurrencia y de la disposición a escuchar algo más que una nueva burla. El poderoso puede perder una parte de su majestad en un cuento, pero conserva sus atribuciones si el cuento termina por declarar inútil cualquier cambio. La gracia ha cumplido entonces una función de alivio, suficiente para atravesar la tarde, insuficiente para alterar las condiciones de la mañana.

El padre que calla por sus hijos obliga a detener la pluma antes de convertir la prudencia en un defecto del alma, pues conoce consecuencias que ningún juego verbal consigue abolir. La cárcel tiene cerrojos, el hostigamiento tiene nombres y la pérdida del sustento entra en la casa con una realidad que exige atención. Algunos pasajes del libro, al aproximar el miedo a una autoimposición, necesitan ese límite, porque la amenaza aprendida puede prolongar el efecto de una violencia que sigue disponible. Nadie debe exigir al perseguido una valentía abstracta mientras omite los recursos concretos con que su perseguidor puede dañarlo.

La patria, descrita en el manuscrito como «amparo garantizado» al tratar la identidad, ofrece otro recinto donde la incertidumbre busca descanso. Sus muertos proporcionan nombres, imágenes y sacrificios que el poder procura administrar como títulos de propiedad sobre los vivos. El gobernante se presenta como heredero de una voluntad anterior y convierte la discrepancia en una deuda con los sepulcros, hasta que cambiar de opinión parece una ofensa a quienes murieron. La memoria, capaz de sostener la resistencia, queda expuesta a ese uso que reclama obediencia en nombre de una familia nacional cuyo patrimonio guarda siempre el mismo albacea.

El «último hombre» de Velázquez permanece en las inmediaciones de aquel amparo, atento a la asignación, al permiso y al reconocimiento, aun después de agotada su confianza en el discurso que los distribuye. La represión, el monopolio institucional y la dependencia material sostienen esa permanencia; el cinismo añade la convicción de que cualquier salida desembocará en una desgracia mayor. Durante sesenta y siete años, el régimen ha podido aprovechar esa concurrencia de castigos y resignaciones, mientras cada fracaso renovaba la advertencia sobre el peligro de abandonar al protector. La promesa de seguridad acabó por incluir el miedo a prescindir de quien la incumple.

La libreta continúa sobre la mesa, próxima al plato, con sus cifras menudas y su autoridad de papel, mientras el hombre espera una entrega que no alcanza para el resto del mes. Salir de aquella relación exige sustento, derechos y confianza entre personas a quienes la sospecha ha separado durante décadas. Hace falta que pueda decir lo que piensa, conservar su trabajo y sustituir a sus gobernantes sin entregar a cambio la tranquilidad de sus hijos. Solo entonces el pan perderá la obligación de agradecer al cerrojo, y la mano que hoy protege la cartilla podrá dejarla sobre la mesa sin temor a lo que venga después.

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