Julián del Casal

Julián del Casal

Examen de una exhumación lírica: La pureza decadente de Julián del Casal en la edición de Exodus

Por M. P.

Para el observador contemporáneo, extraviado en las vacuidades de la lírica despojada de rigor formal, la reconsideración del corpus de Julián del Casal (1863–1893) no constituye un mero ejercicio de arqueología filológica; es, propiamente, una necesidad soteriológica. En un ecosistema editorial hipertrofiado de naderías, la sobria aparición de esta antología, cobijada bajo el sello de Ediciones Exodus y enriquecida con un prólogo de Juan Bautista Durán, emerge como un hito crítico de insoslayable valor. La edición, que compendia con encomiable pulcritud los tres estadios fundamentales de la exigua pero densa producción casaliana —Hojas al viento (1890), Nieve (1892) y el póstumo florilegio de Rimas (1893)—, nos ofrece la oportunidad de examinar, libre de las adherencias del chovinismo insular, la fisonomía del que fuera, junto a José Asunción Silva y Manuel Gutiérrez Nájera, el auténtico vector de transmutación que condujo a las letras hispánicas desde el estercolero del romanticismo epigonal hacia las cumbres parnasianas y el refinamiento polícromo del modernismo.

El estudio introductorio de Bautista Durán, atinadamente titulado Julián del Casal, un esquife poético, acierta al diagnosticar la singularidad posicional del habanero. Ciertamente, mientras la posteridad continental ha preferido entronizar la monumentalidad arquitectónica de Rubén Darío o la vibración telúrica y comprometida de José Martí —este último justamente deificado por su apoteosis martirial en Dos Ríos—, Casal permanece confinado a las catacumbas del decadentismo más hermético, desprovisto de monumentos oficiales e ignorado por los manuales ibéricos de divulgación. Es preciso subrayar la agudeza con la que el prologuista desarticula el mito del Casal meramente patológico para devolvernos al orfebre. Como bien se colige de su correspondencia e influencias, el cubano no es un mero imitador transatlántico de Charles Baudelaire; es el primer hermeneuta que comprende la autonomía de la Belleza en nuestra lengua, desvinculándola de toda servidumbre ético-moral.

Al confrontar Hojas al viento, el volumen inicial de 1890, el lector docto advertirá de inmediato la tensión dialéctica entre el residuo romántico y la incipiente plasticidad cromática. En su célebre Autobiografía, el endecasílabo casaliano ya no canta las efusiones del yo hiperbólico, sino que escenifica la parálisis del espíritu ante el paisaje espiritual: «Indiferente a todo lo visible, / ni el mal me atrae, ni ante el bien me extasío, / como si dentro de mi ser llevara / el cadáver de un Dios, ¡de mi entusiasmo!». Esta declaración de atonía existencial —este spleen que anticipa el hastío absoluto de sus piezas maduras— se halla ya investida de una arquitectura métrica impecable, donde el rigor del Parnaso opera como el corsé que impide la disolución del sujeto lírico.

Es, no obstante, en Nieve (1892) donde la madurez del vate alcanza su cenit técnico, particularmente a través de su maestría en el soneto endecasílabo. El volumen, structured con una simetría casi litúrgica, contiene algunas de las cumbres del decadentismo hispanoamericano, tales como Tristísima nox o Pax animae. El mérito inestimable de Casal radica en su capacidad para aclimatar las atmósferas confinadas del París finisecular al trópico cubano, operando una inversión estética que Durán describe con justeza. Frente a la exuberancia vegetal y la luminosidad solar que la tradición poética de la isla había consagrado, Casal opone conscientemente la apología del artificio: el ambiente enfermizo de una alcoba le resulta más cautivador que el olor de un bosque de caoba, confirmando su preferencia por la flor de invernadero frente a la flor que se abre en el sendero.

Esta predilección denota el dandismo intelectual de un autor que, atrapado en las estrecheces de las redacciones habaneras y aquejado por la tisis, optó por edificar un palacio de marfil mental cuyos muros estaban decorados con grabados de Gustave Moreau y estampas japonesas. El análisis comparativo que el prólogo traza entre la muerte de Casal y la de José Asunción Silva resulta sumamente iluminador: frente al suicidio teatral e inequívocamente romántico del colombiano, la desaparición de Casal —acaecida el 21 de octubre de 1893 a causa de una hemorragia masiva provocada por un acceso de risa durante una cena— adquiere el carácter de una paradoja baudeleriana, donde la «tos alegre» ironizada por Lezama Lima sella el destino del poeta con una rúbrica de sangre y humor negro. La alegría, para aquel que había sido sentenciado por la profecía paterna a ser el verdugo de su propio gozo, acabó deviniendo en verdugo físico.

La sección final del volumen, consagrada a Rimas (1893), testimonia la disolución última de las ilusiones terrenales y la entrega incondicional a la morfina del Ideal o del paraíso artificial. Poemas de una factura tan depurada como La canción de la morfina no solo rivalizan con las composiciones homónimas de la Francia finisecular, sino que introducen la sinestesia radical —los sonidos en el color y los colores en el sonido— en el torrente circulatorio de la poesía castellana, abriendo las compuertas por las que más tarde habrían de navegar las vanguardias del siglo XX. El poema A la bellezasintetiza este calvario estético al evocar la muerte por buscar una visión casta de incógnito santuario sin haberla encontrado jamás. El lenguaje se despoja aquí de la ornamentación accesoria para aproximarse a una pureza casi mística, si bien un misticismo invertido, cuyo puerto final no es la unión con la deidad, sino la asimilación del vacío y el eterno descontento.

Por todo ello, la presente entrega de Ediciones Exodus no debe ser leída como un mero objeto de consumo para los diletantes de la nostalgia decimonónica. Es una vindicación oportuna, un rescate riguroso de un creador que, en palabras de Octavio Paz recogidas en el volumen, ayudó a descubrir en América la verdadera tradición española, olvidada en España. Aunque persistan ligeras imperfecciones menores en la distribución tipográfica de ciertos pasajes —pecadillo menor atribuible a las vicisitudes de las prensas contemporáneas—, el libro se impone como una adquisición obligatoria para todo aquel que pretenda comprender la genealogía de la modernidad poética. Recomendar la lectura de esta antología no es un acto de cortesía crítica; es un deber imperativo para quienes aún sostienen que la poesía es la transmutación alquímica del dolor humano en dulce voluptuosidad. Casal, aquel esquife que navegó con el verde errante de sus ojos fijos en la noche, merece, por fin, el reposo de nuestra más alta y erudita atención


Poesía
Julián del Casal (1863-1893)
Prólogo: Juan Bautista Durán (Julián del Casal, un esquife poético)
Ediciones Exodus, junio de 2021 (Primera edición)

Tamaño: 5,5 x 8,5 pulgadas; 286 páginas
ISBN: 979-85-26682-48-0 (Rústica)
ISBN: 979-85-26677-39-4 (Tapa dura)
Disponible en Amazon.

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