A una bruja se le podía negar la existencia y, acto seguido, quemar a una mujer por ejercer el oficio, circunstancia que siempre me ha parecido digna de alguna atención histórica. El demonio podía faltar a la cita; el verdugo, por regla general, cumplía con sus obligaciones. Esa diferencia, que para la víctima debía de tener cierta importancia, ayuda a entrar en «La historia de lo imaginario», el capítulo de Evelyne Patlagean incluido en La Historia y el oficio de historiador. Patlagean devuelve al pasado una población que el historiador más severo preferiría dejar a la puerta del archivo, acaso por falta de credenciales. Santos, aparecidos, monstruos y muertos tenían, sin embargo, sus asuntos pendientes con los vivos.
Yo desconfiaría de una historia que admitiera la escritura de una propiedad, pero desechara por supersticiosas las disposiciones que su dueño adoptó para salvar el alma. El testador podía equivocarse acerca del Purgatorio y acertar en la suma que entregaba a la Iglesia. El dinero salía del patrimonio con una exactitud que no dependía de la existencia del otro mundo. Patlagean incluye los testamentos entre las fuentes de lo imaginario y, con ese gesto, obliga a reconocer que un mismo documento puede dar cuenta de una fortuna y de un miedo. Me interesa ese propietario que prepara su ausencia, calcula lo que deja a sus hijos y reserva algo para una eternidad cuya administración no conoce, pero de la cual ha recibido informes poco tranquilizadores.
Tampoco me apresuraría a repartir certificados de sensatez entre los muertos. La ventaja de llegar después nos concede el gusto de sonreír ante sus creencias con una seguridad que ellos habrían empleado para juzgar las nuestras. Patlagean recuerda que el límite de lo creíble cambia según las sociedades y sus distintos grupos. El historiador trae consigo una educación, unas evidencias y un repertorio de cosas que juzga absurdas. No deja todo eso en el perchero al entrar en la sala de consulta. Prefiero, por tanto, que declare sus instrumentos antes de declarar enferma a una época entera. Averiguar qué hacían los hombres con sus creencias me parece más provechoso que felicitarnos por no compartirlas.
Los jardines de Adonis, aquellas plantaciones efímeras que las mujeres exponían al calor del verano, podrían parecer una afición botánica de resultados lamentables. Los estudios de Marcel Detienne, que Patlagean comenta, muestran otra cosa. La vegetación formaba parte de un conjunto de asociaciones relativas a la sexualidad, el matrimonio, el culto y las clasificaciones de la vida social. Admito que las plantas dan aquí más trabajo que en un manual de jardinería, pero a cambio revelan algo de sus cultivadoras y del mundo que habitaban. El mito pierde su aspecto de ocurrencia extravagante en cuanto recupera las relaciones que lo hacían comprensible para sus destinatarios.
Los muertos medievales tampoco se resignaban a la discreción que yo habría esperado de su estado. Pedían, advertían, aparecían y conservaban vínculos con los vivos, cuyas obligaciones no terminaban en el entierro. Santos y reliquias intervenían en esa convivencia, sujeta a las enseñanzas de la Iglesia y a creencias populares que no siempre respetaban el programa. Patlagean reconstruye los intercambios entre ambas culturas sin suponer que el clérigo hablaba y el pueblo se limitaba a tomar apuntes. Esa atención me parece fecunda. Las doctrinas pasan por bocas que las alteran, necesidades que las adaptan y recuerdos que les añaden lo que faltaba. La autoridad prescribe una creencia; sus usuarios tienen también sus preferencias.
A los caballeros de las novelas artúricas, por su parte, les correspondía vivir en un mundo mejor dispuesto para reconocer sus méritos que el que les había tocado fuera del libro. Patlagean recurre a Erich Köhler para explicar cómo aquellas ficciones expresaban aspiraciones e insatisfacciones de la nobleza. Yo no buscaría en la corte de Arturo una reproducción fiel de la vida feudal. Me interesaría averiguar qué reparaciones ofrecía a sus lectores. La aventura podía ennoblecer una incertidumbre que, padecida sin literatura, debía de resultar bastante menos grata. También el pasado tuvo lectores deseosos de encontrar en las páginas el reconocimiento que sus contemporáneos les negaban.
El estudio de los altares del Purgatorio nos aparta por un momento de las impresiones personales, tan cómodas para el crítico y tan difíciles de discutir cuando vienen bien adjetivadas. Gabrielle y Michel Vovelle examinan sus imágenes mediante conjuntos documentales, mapas y recuentos. Comparan su difusión y sus cambios. Agradezco que los muertos reciban ese tratamiento metódico. La investigación gana precisión al preguntar dónde aparece una devoción, en qué fechas se extiende y qué grupos la sostienen. Una pintura puede sugerir mucho; varias pinturas, ordenadas y cotejadas, pueden obligarnos a retirar una sugerencia brillante. También para eso sirve un método.
El caso de Loudun, que llega al capítulo a través de Michel de Certeau, reúne religiosas, exorcistas, médicos y autoridades con explicaciones distintas sobre unos mismos padecimientos. Cada interpretación llevaba consigo el derecho a intervenir. Yo prestaría tanta atención a esa disputa como a los fenómenos que la provocaban. Atribuir una conducta al demonio, a la imaginación o a una causa natural modificaba el reparto de competencias y la suerte de los acusados. Urbain Grandier pagó con su vida en aquel conflicto. La incertidumbre sobre lo invisible no impidió que las decisiones sobre un cuerpo fueran irreversibles.
Mis reservas empiezan cuando el recorrido, tan abundante en autores y obras, concede a ciertas divisiones una estabilidad excesiva. La cultura popular aparece a veces dotada de una lentitud que amenaza con dejarla fuera del tiempo. No me basta encontrar el mismo santo o la misma fiesta durante siglos para suponer que significaron siempre lo mismo. Un nombre puede durar más que las necesidades a las que sirve. También desconfío de una cultura de élite demasiado unida, cuyos integrantes parecen haber resuelto sus diferencias antes de entrar en el capítulo. Las clasificaciones ayudan a investigar hasta el día en que comienzan a ahorrarnos la investigación.
El interrogatorio inquisitorial merece otra reserva, pues no aceptaría sin más que el acta nos entrega la voz intacta del interrogado. Alguien pregunta, alguien responde bajo condiciones que no ha elegido y alguien deja por escrito lo que considera pertinente. El documento conserva una relación de poder junto con un testimonio. Algo semejante ocurre con el sueño narrado, cuyo relato depende de las palabras y las convenciones disponibles. Me parece acertada la cautela de Patlagean frente al psicoanálisis aplicado al pasado sin suficiente atención al contexto. Los muertos tienen la desventaja de no poder protestar cuando se les atribuye un complejo que explica, con admirable facilidad, todo lo que hicieron.
El comentario de Alfredo Antonio Fernández, «Acerca de un tema desdeñado», acerca estas preguntas a América Latina y abre la conversación hacia Carpentier, García Márquez y Rulfo. Comparto su interés por una literatura capaz de conservar creencias, temores y aspiraciones que otros documentos apenas registran. Le concedería menos, sin embargo, en el momento de tratar la novela como testimonio de una sociedad. Un novelista selecciona, exagera, combina y discute los materiales que recibe. Yo pediría saber qué hizo con ellos antes de trasladarlos a una explicación histórica. La libertad del escritor es parte del problema documental, por más que al historiador le agrade encontrar una escena que parece escrita para confirmar su hipótesis.
Tampoco daría por demostrada la afinidad con Jung que Fernández sugiere al final. Estudiar representaciones colectivas no obliga a suscribir el inconsciente colectivo. Patlagean insiste en los cambios, las diferencias sociales y las circunstancias de transmisión, precauciones que dificultan el recurso a una clave universal. Comprendo la seducción de una llave que promete abrir tantas puertas. Mi reparo consiste en que el historiador tendría que comprobar, puerta por puerta, si pertenecen a la misma casa.
Las páginas sobre la política contemporánea terminan de quitarle inocencia al asunto. Patlagean menciona las fantasías históricas del nacionalsocialismo y el problema de su paso a la acción exterminadora. La ironía encuentra aquí su límite. Yo no atribuiría esos crímenes al poder de unas imágenes sin examinar las instituciones, los agentes y los medios que los hicieron posibles. Tampoco omitiría los relatos que ayudaron a justificarlos. El estudio de lo imaginario exige averiguar cómo una creencia obtiene obediencia, quién la divulga y qué prácticas autoriza.
A la historia cubana le haría preguntas de esa clase antes de aceptar sus habituales certificados de heroísmo. Me interesaría conocer cómo una promesa de redención adquirió credibilidad, qué exigencias se formularon en nombre de los muertos y qué sacrificios se reclamaron a quienes aún podían padecerlos. Habría que cotejar discursos, cartas, prensa, ceremonias y testimonios, sin atribuir a todo un pueblo la fe que sus portavoces proclamaban. Patlagean ofrece instrumentos para esa tarea. Yo los emplearía con especial cuidado ante los gobernantes que aseguran interpretar a los difuntos, pues los muertos rara vez convocan una conferencia de prensa para desmentirlos.